AGOSTO

Dedicado a mi compañero, Federico Álvarez Santibáñez
Por Ana Marín Molina

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Coquimbo
Federico frente al diamelo
Pasajeros en el tren Elquino
La última lección del profesor
La primavera del 75
Nuestra gente del Liceo de La Serena


En la noche te acuestas a dormir y ves, con los ojos cerrados, que todo sigue transcurriendo en torno, que pasan las imágenes precisas, nítidas, exasperantes, y tú vuelves a ver los escalones que llevan hacia lo desconocido.

Ves los interminables corredores estrechos, las sombrías y desesperantes salas de espera. La gente que se tuerce las manos, nerviosamente, que mira el reloj una y otra vez, que comenta en voz baja, que se alza y camina en redondo con los ojos vueltos hacia dentro.

Y tú sabes que estás sola, esperando por obligación, rechazando con todas tus fuerzas ese deseo inmenso de salir corriendo, de desaparecer, de ser otra, de empezar de nuevo, desde cero. Una página en blanco en un cuaderno en limpio. Un día nuevo, totalmente nuevo.

Pero te quedas enclavada ahí tratando de que él no sé dé cuenta de lo que pasa en tu interior. Y le sonríes. Y lo ves de cara a la pared, manteniéndose en pie a duras penas. No sabes lo que siente, no sabes lo que piensa. Lo miras nada más, y le sonríes, mientras él sigue muriendo inevitablemente dentro de su silencio.

Y la distancia es tan corta que podrías tocarlo. Pero no puedes, porque ya es infinita, definitiva, eterna, para siempre.

Y se te quedará en el recuerdo ese color violáceo de su rostro, sus cabellos desordenados y con sangre. Sus ojos que te miran sin verte. Su voz que más que voz es un presentimiento. Un sonido que no alcanza a existir y se disuelve en ecos y espejismos.

Porque la juventud se te ha quedado atrás, irremediablemente lejos, muy lejos, en la vida vivida. Detenida en un infausto martes de un oscuro septiembre, en las voces de los altoparlantes, en las banderas que salían presurosas a flamear en los techos, desteñidas de miedo. En el rumor sordo de la metralla, en la luz de aquellos reflectores rebanando la noche. En las interminables horas de silencio, en el toque de queda. En las sirenas que pasaban nocturnas arañando los sueños. En las sonrisitas delicadas e irónicas de la escuálida gente razonable: "Yo te lo había dicho". En el terror de piedra que te aplastaba el pecho hasta hacerlo explotar en mil quemantes y despreciables lágrimas de cobardía. Ahí se había quedado. En los ojos abiertos, desmesuradamente abiertos al horror. En sus puños cerrados de impotencia. En esa carcajada que hiciste retumbar en todos los pasillos y que anunciaba un capítulo más que concluía. Una risa impregnada de llanto reprimido. Un tentativo absurdo de no mostrarse derrotada.

Porque le habían amarrado las manos. Sí. Sí. Y no podía hablar. La vida se concentraba en esos ojos grises de una expresión indescriptible que fijaba en los tuyos. Tú no querías mirarlo. Querías irte. Dejarlo solo con su lentísima agonía. Olvidarte de todo. No haberlo conocido. No podías soportar que él muriera frente a ti, sin poder hacer nada para prestarle ayuda. Sin poder evitarlo.

Aquella tarde tú también moriste. Quedaste clavada en la pared de aquel pasillo en donde te apoyaste para no verlo. El mundo se hizo inmenso y desolado. Oscuro. Y no pudiste encontrar tu sombra. Masticaste con amarga paciencia las palabras que no pudiste decirle. Y te tragaste todo el rencor del mundo, sin lograr digerirlo por completo.

Era agosto. Y los tambores de la banda de guerra hacían resonar las paredes de vidrio y dejaban vacíos interminables que se poblaban de estupor y de angustia. Ahí, en la Fiscalía Militar, nadie podía comprender. Cada cual cumplía su misión en la mejor forma posible. El juez, su trabajo de juez, tratando de no mirar al acusado para no ver los evidentes signos de tortura. El acusado, tratando de no morir en ese instante para no dar problemas. Las madres, rezando rosarios infructuosos y suplicando a Dios, de mil maneras, un poco de clemencia. El torturador y el carcelero, mirando con hastío sus relojes, impacientes por volver a casa, satisfechos del deber cumplido.

Y tú ahí, contando las baldosas. Descifrando sus dibujos extraños. Haciéndote sonar las coyunturas. Escondiendo una culpa inconfesable. Envejeciendo un año por minuto. Inventándote nuevas esperanzas...

Y nada pudiste ver más allá de ese rincón donde él se esforzaba por no morir aún, donde él consumía gota a gota su residuo de vida, para hacerla durar hasta más tarde.

No había sol, porque era pleno invierno, sin embargo los vidrios que daban hacia el mar brillaban en el atardecer, melancólicamente. El vacío del mundo se concentraba allí y llenaba la sala. El antiguo cielo de tu ciudad del norte se partía en el medio y un río de sangre incontenible se derramaba sobre el valle. Las caricias perdían el sentido: eran gestos inútiles. La boca se llenaba de agua dulzona que te obligaba a vomitar el alma. Las piernas se te alargaban, se alargaban, empujándote en alto, tan alto que ya te era imposible ver tus pies, y te sentías disuelta, evaporada, flotando, sin raíces. Con una cabeza enorme que crecía palpitante, a punto de estallar. Luego un sudor helado. La desenfrenada carrera sin sentido de tu extraviado corazón. Y un silencio de muerte.

Y desde el otro lado del mundo logras escuchar el rumor de las olas en las noches en que el mar se retuerce descontento y los perros insomnes ladran a los fantasmas que tan sólo ellos ven. El lejano canto de un gallo a medianoche no logra desvelarte. Cambias de posición y ves pasar el mismo sueño bajo tus párpados, llenándote de incertezas, de interrogantes, de esas adivinanzas sin respuestas que proponen los sueños.

Y la Alameda se extiende una vez más frente a tus ojos, por el lado de adentro, y ves pasar las filas estremecidas de muchachos y muchachas con lienzos y banderas. Escuchas sus gritos y consignas. Sigues el rumor de la marcha. Estás ahí de nuevo y nada ha sucedido.

Debes buscar un lugar en el tiempo, un lugar sin dolor, sin nostalgia. Un segundo de inconsciente dicha, en este lamento persistente, incesante.

La tierra era toda nuestra, en un principio, toda a nuestra disposición. El mundo estaba en nuestras manos. De nosotros dependía su destino. Éramos creadores, protagonistas incansables, activos soñadores irreverentes. Después vino ese despertar lleno de miedo, con las noticias de la radio a todo volumen. Los tanques y patrullas recorriendo las calles. Llegaron el terror, la cobardía, el egoísmo y la impotencia a amarrarnos las manos. A cerrarnos la boca. A vendarnos los ojos. Pero nadie nos tapó los oídos, y los gritos desgarradores de los torturados aún resuenan dentro de nosotros. Y los sonidos de las sirenas de la guardia nocturna siguen estremeciéndonos. Y los disparos en medio de la noche. Y las ráfagas de metralleta. Y los nombres de los fusilados.

Por eso no sirve mirar desde el balcón la inocente elegancia de las ramas del árbol que se mueven al contacto del viento. Eso no sirve. Nada sirve para hacerte olvidar lo que no has visto, pero has imaginado detalle por detalle en esas largas noches de la ausencia, en que la pieza se te llena de imágenes y debes abrirte paso entre ellas a empujones y a codazo limpio. Tratando de no mirar. De no mirar. Porque lo verías repetido en millones de espejos. Un espejo que algún niño quebró. Que ya no existe. Y tú no quieres eso. Quieres la paz que buscas vanamente desde hace tantos años. Esa paz que perdiste cuando abriste los ojos y descubriste que tu ración de mundo se había desplomado para siempre.

Caminas entre ruinas. Entre cenizas apagadas. Ya no hay nada de aquella vez. Tu casa ha desaparecido. Los brazos se te hicieron agua y tus manos se disolvieron en una llovizna cuando trataste de acariciar su frente. Porque todo llega a su fin, y también esas tardes junto al río, soñando despiertos, edificando futuros imposibles, irrealizables. Engañando al presente con historias.

La casa tiembla, se estira, cruje y se acomoda. Se dispone a dormir. Con todas sus piezas y sus patios. Con sus grietas recientes y derrumbes antiguos. La noche se va extendiendo por el mundo. Con sus brazos enormes cubre toda la tierra. No hay estrellas ni luna. El universo es de una oscuridad impenetrable. Ana Marín Molina.-


Desde ese día trágico de agosto
que se ha quedado estático en el tiempo,
como un lamento lúgubre infinito,
como una herida que jamás se cierra.
Desde entonces, principio de mi angustia,
desde entonces y para siempre, siempre,
envuelta en soledades y silencio,
combatiendo con toda mi desdicha,
no me he atrevido a levantar la vista
ni al cielo anochecido más hermoso.
Por temor a divisar tu sombra,
tu imagen desde entonces imborrable,
tu chaquetón azul, viejo y gastado,
tu bufanda de lana blanca, blanca,
caminando entre estrellas imprecisas.
Tu imagen tan querida y añorada.
Con la mirada triste y desteñida,
la esperanza marchita y en girones
y el corazón, cual máquina oxidada,
olvidado en el fondo de un bolsillo.
Para no verte así no miro el cielo
desde ese día trágico de agosto.

------------- O -------------


Federico, compañero,
devuélveme la alegría
que te llevaste ese día
cuando en trágico sendero
un zarpazo traicionero
puso fin a tu existencia.
Mientras lloro la carencia
de tu mágica dulzura
grito en esta noche oscura
devuélvanme su presencia.

------------- O -------------

      


Federico Álvarez Santibáñez, “Perico”, militante del MIR, químico laboratorista y profesor de química del Liceo Maipú, ex alumno del Liceo de Hombres de La Serena y de la Universidad de esa misma ciudad. Falleció el 21 de agosto de 1979 tras haber sido detenido por carabineros que lo entregaron a la CNI. En su declaración ante la Fiscalía Militar los abogados apreciaron las terribles condiciones en que se encontraba, a pesar de lo cual no se lo remitió al hospital. Al día siguiente falleció en la Posta Central donde debió ser llevado de urgencia y donde se le diagnosticó contusiones múltiples, hemoptisis e insuficiencia pulmonar. Sin embargo, oficialmente se explicó su muerte como consecuencia de un golpe en la cabeza dado por un carabinero al reducirlo.

En contra partida, el Colegio Médico realizó un sumario en contra de los facultativos que tuvieron participación en los trabajos de tortura del CNI, ya que en la Posta Central, donde Federico en definitiva fallece, se indicó que la causa de la muerte no se vincula a ningún golpe en la cabeza, sino a las torturas ocasionadas por la CNI. De esta manera, entre los médicos sancionados por el Colegio Médico se menciona a Camilo Azar Saba: participación en torturas al interior de recintos de la CNI; un dictamen que afectó además a los doctores Luis Losada Fuenzalida, Manfred Jurgensen Caesar. p> La llamada “Comisión Funa”, acudió a denunciar a Camilo Azar a su propio domicilio en La Reina, el 20 de diciembre de 2004. “es un médico que puso sus conocimientos al servicio de la tortura aplicada por la CNI al interior de recintos clandestinos”, agregando que “el caso más conocido de su actuación es el que causó la muerte de Federico Alvarez Santibáñez –Perico-, quien dejó una viuda, un hijo y el ejemplo de consecuencia de un hombre que se atrevió a enfrentar a la dictadura a pesar de los momentos extremadamente adversos.

Hasta la fecha, la Comisión Funa ha denunciado por torturadores en sus lugares de trabajo a los médicos Alejandro Forero, Werner Zanghellini, Roberto Lailhacar y Sergio Muñoz Bonta, quien continúa trabajando en la sección dental del Hospital Barros Luco.

Conozca también "Pasajeros del tren Elquino" , homenaje de Martín Faunes para Federico Álvarez Santibáñez.


Federico era ex alumno del Liceo de Hombres de La Serena; liceo del cual egresaron también Horacio Carabantes Olivares y Óscar Rojas Cuéllar. Con este último fue compañero además en la Universidad de Chile Sede La Serena.
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