___ LAS HISTORIAS QUE PODEMOS CONTAR

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------ ÁNGEL
Para Horacio Carabantes Olivares
Edgardo Carabantes Olivares

-SEÑOR MINISTRO -dijo Horacio, con una firme voz que no parecía de adolescente -no es posible que tengamos que estudiar entre murallas que ya se caen y se electrifican cuando llueve. El hombre importante de Santiago parecía sorprendido de escuchar que un niño le hablara de esa manera, aunque de todos modos parecía un tanto ausente. Tal vez pensaba en que el hombre llegaría a la Luna en pocos días más, o no sé; sí sé sin embargo que los mil que ahí estábamos, escuchábamos en absoluto silencio y yo me sentía orgulloso de cómo ese hermano mío, presidente del centro de alumnos del liceo más grande de La Serena, se dirigía, nada menos, de igual a igual a un ministro. –He venido desde la capital –dijo el aludido -porque me han encomendado iniciar el estudio de la situación... Y ése era un buen propósito, sin embargo se terminó ese año, el ser humano puso los pies en la Luna, pero del ministro Pacheco no supimos más. Vino entonces 1970, y decidimos iniciar un paro con toma. Conseguimos amplio respaldo en la comunitario. La orquesta de Jorge Peña Hen nos trajo un concierto donde chiquillos que ejecutaban instrumentos eran escuchados por chiquillos que expectantes, escuchaban atentos a cada melodía a cada nota.

Ya en plena toma, nos ingeniamos para permanecer vigilantes, y formamos comisiones para distribuir los alimentos, difundir lo que hacíamos, preocuparnos de la recreación y los deportes, y otra que propondría cada día temas de reflexión para enriquecernos. “La idea es mantenernos activos y lúcidos hasta lograr que el edificio empiece a demolerse”. Así lo propuso mi hermano entre aplausos entusiasmados. Claro que no todo era hacer deporte y reflexionar en el liceo; había también compañeros que escuchaban por la radio a uno que se hacía llamar “el profesor destino”, que a media mañana interpretaba los signos del zodíaco. “Aries”, decía con voz ronca y pausada. “Ella: aumentarán sus amistades, gracias a su simpatía. Él: no se interponga en cosas familiares”. Pero ésos eran sólo momentos de esparcimiento y los muchachos pronto volvían a trabajos más productivos, como que en tres semanas removimos a La Serena y forzamos una solución. Horacio anunció el final victorioso de la toma. Hubo gritos de júbilo y el grupo de estudiantes que salió portando mochilas, ollas, abrigos y boinas, abandonó el liceo entonando la canción del adiós.

Tres años más tarde, ése que hacía llamar “profesor destino”, un hombre canoso de lentes gruesos un tanto regordete, llegó ese martes como cada mañana a Radio Occidente para leer el horóscopo. Mientras esperaba su turno se le acercó el director, diciéndole “Osvaldo -ése era su nombre verdadero-, las cosas no están buenas, hay intentos de derrocar al gobierno”. El hombre lejos de afligirse adquirió una expresión de omnipotencia aún mayor que la suya de siempre, producto de saber que su imagen de lector zodiacal infundía si no temor al menos respeto. Ahora a sus sueños de manejar el futuro de las personas que escuchaban su pequeño espacio radial, se agregaban pensamientos siniestros: “depende del cristal con que se mire”, respondió demostrando una seguridad que a Garamo, el director, lo llenó de incertidumbre. Es que al fin, él era el director de esa emisora por la que el gobierno popular comunicaba sus acciones y programas, y los análisis de la situación que se vivía. Qué se esperaba de él ahora. Cerca de las once las informaciones desde Santiago eran más decidoras, más aún cuando en la misma Serena empezó a verse movimiento de tropas que rodearon a la Intendencia. -¡Viva el nuevo gobierno! –gritó Garamo cuando un pelotón de militares ingresó a la radio. -¡Cállese, mejor!, le respondió un oficial. Garamo agachó la cabeza y se encerró en su oficina a la espera de que los militares dispusieran qué hacer, pero el profesor destino dejó la emisora ese mismo día. No dio explicaciones. Otros continuaron trabajando en ella, y algunos comenzaron a tener otro tipo de nexos con “el profesor” que, establecido ahora en la colina del regimiento, desde esa misma tarde empezó a recibir a los detenidos. -¿Cómo está compañero? -decía con una voz que a muchos les resultaba familiar -aquí tengo una máquina que usaremos si se niega a colaborarnos. ¿Le ha dado la corriente alguna vez?. -Sí, sí –le respondían asustados. -Bueno, esto es mucho peor.

Destaco la capacidad de desdoblamiento de aquel hombre que un rato antes estaba a punto de decirle a los habitantes de La Serena y Coquimbo lo que les deparaba el destino, y que ahora conducía interrogatorios salvajes, por decir lo menos. ¿Considerarían los signos del zodíaco de ese día lo que el futuro les tenía reservado a muchos?, ¿la prisión?, ¿la tortura?, ¿la separación de las familias?, ¿la desaparición?, ¿la muerte? Ahora parece claro que “el profesor” seguramente sabía lo que se preparaba desde hacía varios días, pero obviamente no estaba dispuesto a revelarlo. Imagínenlo diciendo “tauro, dentro de la tarde será detenido y torturado por soñar con un mundo sin pobreza”. Y ahora el profesor tenía al frente a nuestros compañeros y compañeras de izquierda, y disfrutaba del oráculo con todo su nuevo poder; es que ya no sólo predecía el futuro, sino lo determinaba sin oposiciones y a su total antojo, para eso circulaba por el regimiento como un viejo conocido de los militares, y la radio era cosa del pasado, aún cuando a los pocos meses pasó a conducirla como uno más de los hilos que manejaba.

Donde el profesor destino fui a parar tras ser entregado a mis dieciséis por mi profesora jefe y por el inspector general de mi liceo de apellido Martínez, quienes, lo hicieron a pesar de ser ambos profesores cuyas asignaturas nada tenían que ver con oráculos. Pero al tal profesor destino no pude verlo porque tenía vendada la vista con un paño rojo, pese a eso, sin recordar específicamente de quien era, reconocía esa voz que me interrogaba con vehemencia porque la recordaba de alguna vez en que me había interesado en el horóscopo. “Aquí te las vai a ver, guevón... enderézate y abre la boca”. Me enderecé pero no abrí la boca, no me atrevía. “Abre la boca, conche’tu’madre. Apenas la entreabrí alguien me metió dos pastillas pequeñas que traté de dejar debajo de la lengua. “¡Trágatelas, mierda, trágatelas!”. Me tragué una pero empecé a hacer arcadas mientras la voz empezaba a preguntarme por Horacio: -si nos decís dónde está le salvai la vida, porque nosotros sólo lo vamos a interrogar, hay otros que quieren matarlo. –Es que le digo que no lo he visto desde el golpe. -¡Golpe?, ¿qué golpe, conche’tu’madre?, eso que vo’llamai golpe fue un pronunciamiento militar pa’salvar al país...? -Si señor, pero a mi hermano no lo veo desde antes del pronunciamiento. Varias horas más tarde, esa voz conocida que dirigía los interrogatorios me dijo “aquí está tu hermano”, pero Ulises, nuestro hermano mayor, se adelantó diciéndome “hola Edgardo, cómo estás”, rompiendo de esa manera lo que el torturador pretendía, que era hacernos creer que tenían detenido a Horacio. Ulises fue castigado con una bofetada que retumbó fuerte e hizo gemir a una mujer madura cerca de mío: “aquí están sus hijos” dijo la voz. “Sí señor, ya los escuché”, respondió mi madre... ahora lo sabíamos, a ella también la tenían prisionera. “Pero falta Horacio”, continuó la voz. “¿Dónde está Horacio señora?”. “No lo sé señor”. “Pero se comunica con usted, ¿verdad?”. “No señor, entienda”. “Señora, nosotros lo único que queremos es salvarlo”.

Cerca de las diez de la noche nos dejaron marcharnos. Le pedí a mi madre que saliéramos un rato antes del toque de queda a caminar, quería sentir el aire en el rostro, quería sentir que podía transitar libre. Quería sentir que mi vida estaba en mis manos todavía. En esa caminata nos encontramos con Liliana, la compañera de Horacio, enterándonos de que también la habían tenido detenida y que venía saliendo como nosotros.

No duré mucho tiempo libre. Era agosto del 74. En la puerta de mi casa un hombre canoso de lentes con gruesos vidrios: “Tenís que acompañarnos”, dijo. Su voz era la misma de quien había dirigido mis anteriores interrogatorios, pero ahora le podía ver el rostro: allí estaba ante la puerta el propio “profesor destino”, mientras en la calle nos esperaban con el motor andando. -Yo también voy -dijo mi madre. -No señora, usted no -replicó el profesor destino. -No, yo voy -repitió y se subió a la fuerza con toda decisión. Partimos así con ella y otros hombres entre los cuales no olvido a uno con acento extranjero que llamaban “el polaco” y que parecía tener tanto poder como “destino”, y si lo recuerdo es por sus actitudes arrogantes y groseras, que podía distinguir sobre el resto de los hampones a pesar de que la cabeza me daba vueltas y vueltas, y de sentía ese calor que anuncia que la vida se aleja más y más. Un poco antes de llegar al regimiento dos de los tipos se bajaron del vehículo para tironear a mi madre hasta dejarla botada en la vereda. Yo, a pesar de que no quería mirarla, se me fue la vista y alcancé a ver cómo se alejaba y se quedaba allá atrás; es que al no verla esperaba tal vez disminuir esa enorme sensación de soledad que ahora sí, se acrecentaba.

Me llevaron a la sala donde que bien pudo ser la misma donde me habían tenido antes. Allí tenían al “árabe”, un compañero al que habían detenido un poco más temprano. Su estado era lamentable. Junto a él había una pequeña máquina: “con ésta te van poner corriente” me dijo arriesgándose a que lo patearan por advertirme. Triste perspectiva. Afortunadamente, en forma paralela, y sin que ninguno de nosotros supiéramos dónde, una mujer teñía rubios los cabellos a un muchacho para que éste después empezara a vestirse como en un ritual de quien se prepara para salir a escena: terno, camisa blanca, corbata italiana, y puso sobre su cabeza un sombrero negro que pretendía hacerlo parecer más maduro aunque sólo hacía resaltar la armonía y belleza de sus rasgos y no lograba ocultar sus veintiuno. Le dio un abrazo a es hombre y a esa mujer que lo habían acogido en su casa por tanto tiempo; lo mismo hizo con el que le había conseguido la vestimenta, quien era también el que le posibilitaba la comunicación con su madre, su compañera y su pequeña hija, ésa que aunque con apenas dos años, recibía de su padre hermosas palabras, poemas y letras de canciones infantiles. Otro hombre, también joven, se asomó por la ventana y divisó cerca de un kiosco de diarios, a tres hombres y a una mujer que simulaban leer titulares. “Vámonos, en 15 minutos pasa el tren” le dijo a Horacio. “El tiempo justo para llegar a la estación”, respondió ese otro vestido tan elegante que en nada se diferenciaba de esos pequeño burgueses que asisten a la catedral los domingos.

Mientras tanto, en el regimiento, yo nada decía al profesor destino porque no quería decirle nada, y porque aunque hubiera querido algo, nada sabía del periplo de mi hermano. El profesor destino, tras largas sesiones de maltrato, comprendió que yo nada podía hacer por él, y me envió furioso del regimiento a la cárcel. En paradoja, al muchacho que era ahora rubio, sus compañeros lo enviaban al sur, lejos del profesor destino que tanto deseaba influir en sus horóscopos para “salvarle la vida”. “Adiós “Angel” –así se llamaba ahora-, que estés bien”, alcanzó a gritarle alguien. Todo estaba calculado de manera precisa; había que llegar a la estación de Coquimbo cuando el tren ya estuviera en el andén, no fuera que alguno de la DINA lo reconociera. El tren partía cuando llegaron –ésa era la idea-, así que rápidamente Ángel y el compañero que protegería su salida, subieron. Entonces ése que ahora se llamaba “Ángel” se fue mirando por la ventana hacia la parte alta de Coquimbo que se le fue haciendo diminuta, y miró también por la ventana de su alma a aquella parte de su vida que alcanzaba a ver pero que iba también dejando atrás. Pensó en su compañera y en su hija pequeña, con las que había logrado juntarse algunos días antes de partir, pero que ahora no podría abrazar para despedirse. Cuándo volvería a verlas y cuándo podría encontrarse de nuevo con ellas, se preguntó repetitivamente mientras era observado a cierta distancia por ese compañero que lo acompañaría hasta llegar a su destino, y avisaría si por desgracia lo detuvieran. Eran pasajeros de ese tren y del tiempo que vivían, compañeros de sueños y utopías, sin embargo debían hablar de temas triviales: “¿supo que Caszely perdió un penal con Austria?”, “sí, no hallaba donde esconderse el pobre”.

En la primera reunión quiso saber si se podría juntar con su compañera y con su hija. Le respondieron que sí, pero que tendría que tener paciencia. Y la tuvo, cómo no tenerla en medio del trabajo intenso que tenían por delante. Un día un compañero le anunció que tendría visita. Él imaginó que quizá sería algún dirigente de la estructura central, pero no quiso preguntar, no se preguntaba, era mejor no hacerlo. Sólo esperó. Pero una espera que lo puso en acción, porque debió trasladarse con sus pocas cosas a una casa pequeña donde viviría en un barrio popular de Quilpué. Atento, como había estado toda la tarde, sintió un vehículo que se detenía frente a la casa. Miró con sigilo por una de las ventanas, ésa ya era su costumbre. De un taxi bajó uno de los compañeros con los que había tenido contacto en el tiempo que llevaba en la zona, pero oh sorpresa, tras el compañero, bajaron Liliana y su hija que ya cumpliría tres años. Las estrechó a ambas en un fuerte pero corto abrazo, es que había que ingresar rápido a la casa. Cuando el compañero se retiró, se acariciaron, acariciaron a la niña, y ésta reconoció a su padre más por la dulzura de su voz que por su aspecto que estaba tan cambiado. Jugaron con ella hasta que se quedó dormida. Luego conversaron de las familias que habían quedado en La Serena, de lo difícil que estaba la cosa, las tareas del partido, de la represión, de las esperanzas a pesar de todo. Enseguida se comieron unas papayas al jugo que alguien le había enviado. Cuando se fueron a acostar, Liliana le dijo: -hay algo que no te he dicho. -¿De qué se trata? -preguntó el hombre-muchacho, un tanto preocupado. -¿Te acuerdas de los últimos días antes de que te vinieras? -¿Estás embarazada? -preguntó él de inmediato. –Así es -dijo ella. Se quedaron por un momento abrazados, con la vista fija en el tejado, para luego iniciar un juego de caricias silenciosas, rotas a lo más por alguna palabra dicha calladamente en la penumbra de aquel cuarto tan lejano de todos sus afectos.

Así reiniciaban de nuevo la vida juntos. No duró mucho sin embargo. Por desgracia el cerco se había venido cerrando, hasta ese día de enero de 1975 en que no regresaste a la hora que debías. Cuando llegaste, te traían los de la DINA. Allanaron tu casa, se llevaron documentos que habías redactado. Se llevaron a tu compañera embarazada y a tu hija pequeña. Los condujeron al Regimiento Maipo de Valparaíso. Allí estaba el teniente Pablo, con una comitiva de “notables”, que, de visita en el puerto, se deleitaban torturando. Ay hermanito, te pusieron en la parrilla eléctrica, desde donde escuchaste que en una pieza contigua, mujeres prisioneras gritaban a carcajadas, emitiendo sonidos parecidos a los de hienas. Con Liliana, dos amables doctores chilenos, iniciaron un proceso de inducción del parto. Entonces te dijeron “fuiste padre de gemelas, están bien las chiquillas, la madre también... bueno por ahora están bien, que sigan así depende de ti, sólo falta que te decidas a hablar”. Horacio bajó la cabeza como para controlar esa tormenta de pensamientos que le azotaban. Se quedó de pie allí en ese inhóspito subterráneo aún cuando apenas podía sostenerse en las piernas. Lo dejaron solo, muy solo. Pensó en sus hijas, en la pequeña que ahora estaba bajo la custodia de carabineros y en las dos que acababan de nacer no muy lejos de donde a él y a los otros compañeros los habían estado torturando.

Cuando volvió a tener alguna conciencia, el tiempo había pasado; estaba en la torre de Villa Grimaldi, muy lejos de su Liliana y de las niñas. Los gritos, la sangre, los quejidos, las botas, los fusiles, las burlas, la humillación, la barbarie y la muerte eran el contexto. El niño hermoso, el joven hermoso, el que soñó con la justicia estaba ahí destrozado en miles de pedazos en una realidad que compartía con otros y otras tan hermosos y hermosas como él, pero que ahora también estaban destrozados en miles de pedazos. Mi hermano, con la vista vendada, colgaba amarrado de pies y manos, con la sensación de que caería en cualquier momento al vacío, haciendo cada vez más consciente de la condición en que estaba, sin posibilidades de escape, sin posibilidades de lucha, sin posibilidades de nada y, sin siquiera saber en qué momento le llegaría una nueva andanada de golpes, ni de sospechar tampoco si vendrían desde atrás o del frente, o si le llegarían por alguno de los costados. Tampoco sabía cuándo le aplicarían de nuevo corriente o le sumergirían la cabeza en agua. Es que las únicas certidumbres de Horacio eran el no saber qué le ocurriría en un momento más, y el sí saber que la tortura no terminaría a pesar de que nada ya que pudiera decirles tenía importancia, y de que ellos se dan perfecta cuenta además de que estaba moribundo. Horacio por más que pensó en su madre no hubo caso, por más que pensó en su hermano mayor, su compañero de tantas jornadas, su compañero de discusiones casi interminables tampoco hubo caso; por más que pensó en su hermano menor, en su compañera, en sus hijas no hubo caso. No había caso. No había cómo decirles algo ni recibir de ellos alguna palabra de aliento, alguna de abrigo. Hacía frío, mucho frío a pesar del cálido y pleno verano.

Algunos que sobrevivieron, contaron que aún cuando su situación era extrema, igual había intentado entonar canciones en algunos momentos de pausa encerrado allí en esa torre, y contaron también que a ratos lo sacaban para que con su estado amedrentara a los otros prisioneros; es que todos los que lo veían, entendían que ése compañero no podía venirse levantando de otro lugar que fuese el cementerio. Y la verdad es que al cementerio le correspondía ir, sin embargo a ninguno de ellos llegó, lo tiraron por allí total qué importaba, se había atrevido a soñar con mundos mejores y eso hay que cobrarlo caro.

El “profesor destino”, ése que de verdad quiso tener el destino de las personas en sus manos y lo logró en gran medida, se trasladó hasta la Villa Grimaldi para disfrutar de los interrogatorios, no podía perdérselos, lo había buscado tanto que ahora no tenía ni la más mínima intención de dejar de sentir el orgullo del vencedor: “al fin lo conozco Horacio o ¿mejor lo llamo Ángel...? lo buscamos tanto allá por Serena y en Coquimbo, y mire donde lo vengo a conocer, ¿y qué me dice de la revolución ahora?”. Claro que Horacio no supo quién era ése que le hablaba, aún cuando la voz le hizo recordar los días de la toma del liceo y ese programa del zodíaco que algunos de los muchachos escuchaban. De allí nada más, sólo sombras que, como cortinas de un escenario, se cerraron para impedirnos saber qué pasó después.


“Ángel”, es extracto de la novela testimonial “Fragmentos de la memoria”, escrita por Edgardo Carabantes Olivares, Ediciones Universidad de La Serena, 2004. El título y el reordenamiento del texto para cuento testimonial es de “Las historias que podemos contar”

Horacio Carabantes Olivares, ex alumno del Liceo de Hombres de La Serena, dirigente del MIR, guitarrista y cantante, está desaparecido desde enero de 1975. Dejó una viuda y tres hijas, dos de ellas, gemelas nacidas en cautiverio.

El Liceo de Hombres de La Serena, el segundo más antiguo del país, tras la toma dirigida por Horacio, empezó a ser reconstruido durante el final del gobierno de Eduardo Frei Montalva, terminándose en el gobierno de Salvador Allende. Hoy se llama “Liceo Gregorio Cordovez”, pero mucho opinan que se debiera llamar, con toda propiedad, “Liceo Horacio Carabantes”.

Con respecto a Osvaldo Andrés Pincetti Gac, empleado civil de la DINA y el CNI, con conocimientos de hipnosis y parapsicología, de alias "el Pincetti", conocido también como “profesor destino”; cumple hoy prisión por su involucramiento en el asesinato del carpintero Juan Alegría, crimen encargado por su jefe Álvaro Corbalán Castilla -preso también a cadena perpetua-, para encubrir el asesinato del líder sindical Tucapel Jiménez. El profesor destino intentó hipnotizar al carpintero Alegría para que éste escribiera una nota autoinculpándose por el asesinato de este dirigente.

Entre el 17 y el 27 de enero de 1975 fueron detenidos en Viña del Mar, Valparaíso y Quilpue, la pareja integrada por Sonia del Tránsito Ríos Pacheco y Fabián Enrique Ibarra Córdoba, además de Carlos Ramón Rioseco Espinoza, Alfredo Gabriel García Vega, Horacio Neftalí Carabantes Olivares, María Isabel Gutiérrez Martínez, Abel Alfredo Vilches Figueroa y Elías Ricardo Villar Quijón. A todos ellos, y a otros que fueron detenidos también entre esos días pero fueron liberados, se los trasladó al Regimiento Maipo donde se les practicaron torturas de acuerdo a los métodos habituales en la DINA. El 28 de enero de 1975 un grupo de unas 20 personas de las que permanecían en el Regimiento Maipo, entre las cuales se cuentan las ocho mencionadas, fueron trasladadas a Villa Grimaldi, donde las vieron numerosos testigos. En principio, de acuerdo con los métodos habituales, la detención fue negada por las autoridades. Sin embargo, en medio de múltiples contradicciones y frente a la gran cantidad de evidencias, el p ropio director de la DINA, ante a una consulta de la Corte de Apelaciones de Santiago, en julio de 1977, reconoció el operativo realizado en la zona de Valparaíso y Viña, así como la detención de los ocho desaparecidos. No obstante, señala que todos ellos quedaron en libertad inmediata, salvo Horacio Carabantes que fue puesto en libertad en Santiago, a solicitud de él mismo. Más adelante, la versión de que los detenidos fueron puestos en libertad y que nunca permanecieron en Villa Grimaldi, la Comisión de Verdad y Reconciliación la calificó como falsa, porque las respuestas oficiales no fueron concordantes, porque hay numerosos testigos de la permanencia de las víctimas en Villa Grimaldi, y porque las respuestas de la DINA respecto de muchas otras detenciones han sido comprobadamente falsas. Lo único cierto es que los detenidos desaparecieron en poder de la DINA, y todos los testimonios coinciden en que el grupo de los ocho de Valparaíso fueron trasladados dentro de Villa Grimaldi al lugar llamado "La Torre", así como en que el día 20 de febrero, todos o la mayor parte de ellos, fueron sacados del recinto sin que haya vuelto a saber de ninguno de ellos. Si usted sabe algo más sobre ella, compártalo con nosotros con un e-mail a martin@lashistoriasquepodemoscontar.cl Si sabe algo sobre cualquier desaparecido o asesinado por la dictadura, escríbanos también, eso nos ayudará para siempre recordarlos.


EL AUTOR
Edgardo Carabantes Olivares. Ex preso político. Coordinador en los 80 del área educacional en la Región de Coquimbo de la Fundación para la Protección de la Infancia Dañada por los Estados de Emergencia. Profesor de Estado en Historia y Geografía. Consejero Educacional y Vocacional. Magister en Psicología Educacional. Autor del Libro “Fragmentos de la Memoria”, Quimantú 2005. Participa además con cuentos en los libros "Miradas diferentes" y en “Aulas que permanecerán vacías”, Cuarto Propio. Cantor popular. El año 1988 queda entre los diez finalistas a nivel nacional en el Festival “El pueblo le canta a Violeta”. Desde 1999 se desempeña como académico en el Departamento de Educación de la Universidad de La Serena



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