Nuestro Aníbal
En memoria de Agustín Reyes González___
Maria Stella Dabancens Gandara






Conocí a Aníbal en 1972, en el local de Fevenoch una noche de día de semana. Era mi traslado de una estructura del Partido a otra. A pesar que trabajaba en un banco comercial en el centro, fui enviada al sector pobladores, a cargo del G-3. Su jefe, Aníbal.

Ambos andábamos por los 22 años. Entonces yo recién era una aspirante, Aníbal tenía tremenda trayectoria de lucha. Debo haber llegado directo de la oficina, con traje dos piezas y tacos altos, desde la entrada los compadres murmuraban, ¡y ésa, de dónde salió! Aníbal, con su estampa que conservaría por siempre, flaco y desgarbado, me brindó una sonrisa y lo agradecí.

La tarea encomendada era en el Campamento San Luis, detrás de lo que ahora es Parque Arauco. Toma de terreno en la mismísima Kennedy, de Las Condes. Un proyecto especial, se trataba del programa de ejecución directa. Los pobladores eran los trabajadores de la construcción de sus propios edificios de departamentos, la Población Carlos Cortés, el nombre en honor del ministro de vivienda. Se avanzaba, era un modelo para resolver la falta crónica de techo.

De mi trabajo bancario me iba a la población diariamente. Mi unidad estaba compuesta por compañeros de dentro y fuera del campamento. Comenzamos un centro comunitario, una JAP, nos integramos a un comando comunal junto a Inacap, otros núcleos poblacionales y centros de trabajo de la comuna. Había mucho trabajo y estudio.

Aníbal nos visitaba, nos reuníamos periódicamente en Fevenoch, los sábados. El compañero no tenía tiempo libre y sí permanentemente un trato suave, una sonrisa, una palabra de apoyo.

El día del golpe el banco no abrió. Partí muy temprano al campamento. Horas de mucha angustia y al estar ubicados en lo alto de la ciudad, vimos los aviones bombardeando La Moneda y en el centro comunitario lloramos las últimas palabras de Salvador Allende. Lloró también la tierra. Lo próximo que supimos fue la bandada de soldados que cercó el lugar y comenzó a apalear pobladores. Mis compañeros me metieron a una letrina, de ahí a la calle. Salvé el pellejo, muchos de ellos no pueden decir lo mismo. Es cuestión de ir a ver nuestros antiguos campamentos, hoy centro comercial y hotel y centro de convenciones y casas hermosas y edificios de militares.

Entre el golpe de estado y mi secuestro en noviembre de 1974 pasó de todo. La actividad desplegada era arriesgada, solidaria, necesaria.

No volví a ver a Aníbal. En el invierno de 1974 llegó a casa de mi madre, siendo llevado por Osvaldo Romo. Coartada perfecta porque no se encontraban presentes ninguno de los buscados. Sin preguntarle nada, mi madre lo alimentó y le miró largamente con mucho cariño, el mismo que Aníbal profesaba a sus militantes. En mi casa es un héroe, Agustín Reyes González, nuestro Aníbal.


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