ARRAYAN

A la memoria de PAULINA AGUIRRE LUCO

Por Viviana Sepúlveda Pino
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"...el agrio valle verde mirado desde arriba,
desde el vidrio escondido:
toda la adolescencia mojándose y ardiendo
como una lámpara derribada en la lluvia".

(Canto general, Pablo Neruda)



Hace una semana llegó la niña. Escuché que va a habitarme sólo por unos meses. Es una muchacha bonita y, a pesar de que su rostro refleja transparencia, su mirada a veces se oscurece y se torna descolorida. Casi no vienen a visitarla y las llamadas que hace o recibe son breves. Aunque a veces no, cuando se extiende hablando largo con alguien sobre algo que llama “amor”. Entonces su rostro parece iluminarse. He llegado a encariñarme con ella y creo que ella también se siente a gusto y protegida en esta cabaña lejana, aunque la cabaña no entienda sus conversaciones comunes, ni tampoco cuando habla de amor.

Sale poco y cuando lo hace yo la quedo esperando. Sé cuando viene desde lejos, por que el viento trae su canto y parece que la alegría misma llegara entrelazada en su larga cabellera y en el movimiento ondulante de sus faldas. Trae flores silvestres que encuentra en el camino y con ellas me decora. Tiene muchos libros y cuando sale siempre trae algún paquete con uno nuevo que guarda misteriosamente en su baúl. Al anochecer sale a contemplar las estrellas y pasa horas afuera hasta que el sonido del río le recuerda que es hora de dormir.

Hoy se despertó mas temprano que lo habitual. Una llamada de madrugada la hizo levantarse y después de sacar algunas cosas del baúl, partió con los ojos reflejando algo que yo desconocía pero que me inquietó.

Es media tarde. escucho voces, gritos, órdenes. Se aproximan. ¡Qué pasa! Entran muchos hombres y empiezan a desordenarlo todo. Abren el baúl y se lo llevan. Destrozan mis paredes a picotazos, me levantan las tablas del piso. Armas, es lo que escucho que buscan. Yo no sé qué es un arma, pero sin duda aquí no las encontraron, porque se marchan con la mirada turbia de los perros frustrados.

La tarde se hace eterna. Algo más que mi aspecto ha cambiado. No siento siquiera el sonido de las hojas que caen sobre el techo. Espero y espero. ¿A qué hora llegará? ¿Qué irá a decir al encontrar su hogar y sus pertenencias en este estado?

Las horas siguen pasando, ya es de noche. El silencio es abruptamente interrumpido por el sonido de gritos y truenos que me llegan desde la entrada del condominio. Nada entiendo pero presiento lo peor. El ajetreo afuera continúa toda la noche. Hay ruidos de sirenas, murmullos de personas que vienen a fotografiarme. Me ciegan con sus flashes, pero ella no llega. Recién al otro día me entero por los maestros que vienen a rehacerme: los mismos hombres que la estaban esperando le tendieron una emboscada. Ni siquiera le dieron tiempo para correr. Ya no veré más su rostro iluminado, ya no volveré a escucharla cantar.

Pasó el invierno, la primavera me benefició con una reparación. Me abrieron un ventanal que da al río, ahora tengo más luz. Aún así no vienen interesados a habitarme. Creo que todavía no se borra el recuerdo de lo que aquí pasó. Los árboles están floreciendo y mis amigos los pájaros cantan afuera, yo que la echo tanto de menos, hasta cantaría con ellos para ella. ¿Será que yo, inanimado ser, cobijando a la niña y cuidándola, conocí también aquello que ella llamaba “amor?”

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