Semblanza de Marcos Barrantes
Por Alan Gómez Michea



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Hablar de Marcos es hablar de nuestra juventud, de nuestros sueños, de nuestras esperanzas. Pero hablar de él no es caer en lo de todos y decir que era tan bueno. No, él era como todos en nuestra juventud, con cosas positivas y de las otras pero, que esas otras no empañaban las primeras.
Fue todo un personaje, querido por unos y odiado por otros, lleno de vida, con muchas ganas de vivir, pensando en un futuro más humano que llenase su espíritu y en un entorno de igualdades donde su hijo creciera con la frente en alto.
Nos conocimos allá por 1963, cuando comenzamos nuestras vidas en la Escuela de Oficio de la Universidad, rondando las instalaciones del Circo Minero para conseguirnos una entrada; luego en el equipo de básquetbol del "profe" Ortega y desde 1965, cuando coincidimos en la Escuela de Construcción y nos convertimos en inseparables, tanto que pasó a formar parte de mi familia compartiendo la misma habitación en mi casa.
Huérfano de padre, siempre estuvo pendiente de su madre y hermanas y, grande fue su malestar cuando a Luisa, su hermana mayor, le fue negado su ingreso a la UTE, en la carrera de mecánica, sólo por el hecho de ser mujer. Es que eso era algo inconcebible en aquella retrógrada época.
Siempre alegre, de sonrisa amplia, pelo ondulado, nervioso, de profundos ojos azules y con las mangas de su camisa eternamente arremangada, soñaba con Brigitte Bardot, conquistó un sinnúmero de corazones de chicas de todos los colegios serenenses y ovallinos, su ciudad natal, hasta que conoció después de mucha insistencia y promesas de buen comportamiento, a quien le daría su primogénito que lleva su mismo nombre, Carmen Celedón, una agraciada muchacha, maestra, egresada de la Escuela Normal en 1971. Con ella compartió días eternos y felices en una sencilla casa de la Compañía Baja, hasta el fatídico día que mentes fascistas y crueles le cortaron su destino.
Siempre activo, estuvo junto a otros en la primera toma de la Universidad, sacando a las chicas de los salones de la Normal (donde le prohibieron la entrada), de los Sagrados Corazones y del Liceo de Niñas, durante nuestra larga y dura lucha por presupuesto.
Entre las bromas que para nuestro aniversario le hacíamos cada año a la ciudad y a sus autoridades, se cuentan de cuando logramos la proeza de cortarles el pelo a Los Jockers, grupo musical que paseaba sus afeminadas melenas causando furor en las muchachas, algo que no podíamos aceptar; tentando la muerte cuando caminaba por el brocal del techo de los talleres o hacer la parada de manos en la pasarela del aliviadero del tranque la paloma, o brindando con un vaso de vino tinto por el General Perón y por el General Ibáñez, mientras gritábamos: "¡abajo la dictadura!". Estábamos en las calles iluminadas de San Juan, en Argentina.
Marcos formó parte del grupo que en 1969 nos organizamos para dar nacimiento al grupo de andinismo de la ciudad y al de Socorro Andino, más tarde. "Concientizó" a sus superiores durante su servicio militar en el Regimiento Buin, donde usó con orgullo el uniforme de combate junto a otros serenenses, quienes también creían como él en la herencia de Manuel Rodríguez y los hermanos Carrera. Nunca aceptó el gobierno de Frei y odiaba la sonrisa enigmática del viejo Alessandri.
Estuvo en los barrios y sindicatos de la zona y junto a los estudiantes en las marchas contingentes. Cumplió tareas importantes para su partido, el Socialista, escoltó caravanas de alimentos a pesar de las amenazas de Patria y Libertad. Fue activo participante del sindicato de MANESA, y ardiente defensor de sus ideales por lo que recibió más de un golpe a traición.
Estuvo siempre en contra de la presencia gringa, "¡yanqui, go home!" era su pinta favorita.
Tuvo largas conversaciones con miembros del Partido Comunista para conseguir un pasaje y luchar junto a los vietnamitas quienes sufrían con el napalm de Nixon cuando muchos de nosotros ni siquiera sabíamos todavía dónde quedaba vietnam.
Podría seguir hablando de él por mucho tiempo pero, antes de despedirme, quiero darles a conocer lo que una tarde escribí en su memoria:

VENCEREMOS

Aquella funesta tarde, más gris que cualquier otra, las suaves gotas de la niebla jugueteaba en el aire antes de caer lentamente sobre su torso desnudo. Gotas transparentes y puras que al deslizarse por aquella piel inflamada se iban tornando en pequeños ríos sanguinolentos transformando aquel juvenil cuerpo en un cuadro dantesco.

Erguido, con el rostro transformado por traidores golpes que enemigos de ayer habían herido hasta el cansancio, con la mirada enturbiada por lágrimas de impotencia, avanzaba su mentón demostrando su hidalguía, su pundonor, su valor.

Sus manos hinchadas por el duro alambre que le atenazaban no suficiente para que crispara sus dedos en ese gesto tan propio de su filosofía, a la vez que, con la bravura heredada de indómito pueblo ascentral, inflamaba su pecho anteponiéndolo a la muerte que en veloz marcha se acercaba de frente.

Allí estaban, grises también, en sus desvalorizados uniformes que un día fueron el símbolo heroico de todo un pueblo conquistador y vencedor en miles de batallas y, que aquel día, uno más, triunfaban y ganaban fama de desprestigio y cobardía. Allí, rígidos, acunando en sus hombros la guadaña de su heroicidad apuntaban con gris frialdad aquel joven corazón que su único y terrible delito fue hambre de democracia, justicia y libertad.

Cuándo llegaron a la fábrica aquella húmeda mañana hinchados de prepotencia blandiendo sus brillantes bayonetas, inflamados sus pechos de falso sentido de lealtad...
cuando cruzaron sus ametralladoras cargadas de muerte en las puertas de la industria...
cuando, por saludo fue un rudo golpe en los costados de un trabajador con aquella misma arma con que debían de defender a la Patria del verdadero invasor...
cuando, a la réplica del - "¿Porqué?" - hubo por respuesta un insulto soez.
cuando el cañón de un fusil fue apoyado en la frente de un compañero...
cuando....cuando....se dieron cuenta que aquel símbolo que blandían en sus cascos eran innoblemente utilizado. Un sudor frío cruzó por todas aquellas sudorosas espaldas y las callosas manos, símbolo de dignidad, conocieron el temblor de la incertidumbre y el miedo.
cuando, aquel valeroso oficial escondido tras un arsenal les enfrentó anteponiendo su arma al trabajo, él, con vergüenza de ver mancillado aquel uniforme que una vez orgulloso lo usó, cruzó el rostro, lampiño casi, de un violento escupo.

Tal vez ese fue el comienzo de su odisea. Luego tendido en el piso del cuartel soportando las carreras de ellos sobre sus cuerpos, los todopoderosos, fue entendiendo el porque todas sus ropas y armas eran grises, pensó, no sin razón, que sus ideas y pensamientos también lo eran.

El resto de sus días fue un ir y venir de calabozo en calabozo, de golpiza en golpiza, de interrogatorio en interrogatorio. Su cuerpo mancillado y humillado se paseó de verdugo en verdugo demostrando una hidalguía que nunca tendrían ni conocerían sus enemigos.

Fueron largos días en solitarios y oscuros y fétidos cuartos en que los preparaban para ablandar su fortaleza y, así aprendió a sacar fuerzas de su espíritu para demostrarles que el honor no se liquida a golpes.

Aquel día parecía ser otro igual a cualquiera, las nubes como de costumbre cubrían el cielo como colocando una cortina entre ellos y el cielo para que no viese lo que iba a pasar en la tierra. Los formaron, unos juntos a otros, hombros con hombros. Se miraban en silencio a los ojos preguntándose también en silencio, que sorpresa les depararía aquel amanecer. Pronto rápidas carreras de enérgicos soldaditos cruzaron aquel patio que cientos de veces había sido mudo testigo de orgullosos juramentos a la bandera y a la lealtad, los puso alerta de que algo desacostumbrado y extraño sucedía...y sucedería.

Una trompeta rompió la quietud matinal e hizo volar las palomas que entumecidas aún se arrullaban unas a otras buscando el calor entre ellas que el sol les negaba al tardarse en salir. Un general, "enviado de Dios", se hizo presente con paso enérgico, rodeado con su séquito de guardaespaldas y floreros, se paró ante ellos luciendo sus laureles y medallas ganadas en cruentas y fatigosas batallas de salón y después de un florido discurso henchido de falso patriotismo, les puso la punta de su bastón de mando en los velludos pechos de aquellos obreros, estudiantes, profesores, intelectuales, artistas,....

Eso fue suficiente. El don de mando también le confería el don de poder decidir el futuro de vida y muerte a sus semejantes. Eso fue suficiente para decidir quién tenía derecho de seguir viviendo...Eso fue suficiente para que, con ese simple gesto, aquellos señalados entendieran que, pensar diferente, luchar por una causa noble, era sinónimo de traición. Eso fue suficiente, para que de pronto se encontraran delante del gris soldado que en valiente pose apretara aquel fusil sobre el varonil pecho que, esperaba inocentemente la llegada de la muerte.

De frente, las miradas quietas, el pulso casi suspendido, ambos se miraron preguntándose quizás la razón clara que los separaba y que los hacia enemigos tan poderosos que permitía a uno eliminar al otro y a aquel recibir la muerte de alguien que hasta el día de ayer se confundieron en un abrazo en el paseo habitual de la ciudad o compañeros de juegos en la práctica de algún deporte.

El uno inocentemente se transformaba en asesino para cumplir una orden de un deseo enfermizo de alguien quien transformaba al adversario ideológico en enemigo mortal; aquel que en cumplimiento de su deber se presentó al Servicio Militar para prepararse ante el ataque de un invasor o enemigo extraño y, de pronto se vio colocando en la mira de su fusil a uno como él, compatriota, joven, idealista, lleno de vida. Tal vez se vio soñando con su juvenil imaginación el ataque furioso de un soldado cargado de armas modernas, cruzado el cuerpo por cananas cargadas de letales balas y bombas mortales y en la que él salía victorioso pero, en la cruel realidad se encontraba de pronto ante un sencillo trabajador, un intelectual, un joven padre, en la que la única arma letal eran sus ideas progresistas.

El otro, luchando para ayudar a obtener un sueño en que su hijo creciera en una sociedad llena de posibilidades, se levantó aquel día pensando quizás, que todos los momentos de sinsabores era todo un mal sueño, una pesadilla y que pronto estaría nuevamente con los suyos, sintiendo el bullir de la gente al cruzar la puerta de la fábrica pero, al abrir los ojos, se encontró que lo miraba un redondo, negro, de una profundidad infinita, sin pupilas ni pestañas, fijo y tenebroso, un ojo por el que saldría fuego y humo y luego ....silencio.

Se miraron, quietos, tensos, mientras a uno le saltaba el pulso y un sudor frío le cubría todo el cuerpo haciendo que el dedo, al crisparse sobre el disparador se resbalase; al otro, con sus manos atadas, sin vendaje que le quitase la visión y su amplio pecho descubierto por el que subió lentamente primero para transformarse en un atronador grito de rebeldía y así, casi al unísono, se confundió la atronadora metralla con aquel grito desgarrador, vibrante y lleno de futuro... "¡VENCEREMOS!".

(Escrito una tarde gris, días después de su asesinato, junto a otros, en el Regimiento de La Serena, en Octubre de 1973)


Marcos Barrantes Alcayaga, supervisor de MANESA. Militante socialista. Estudiante de Construcción Civil de la Universidad Técnica del Estado, Sede La Serena, fue ejecutado por la caravana de la muerte que lo secuestró desde la cárcel de La Serena. Dejó a una viuda y un hijo de meses, también llamado Marcos, que se crió solo con el recuerdo de su padre enterrado en quién sabe qué fosa común del cementerio local. Tras su asesinato, la Jefatura de Plaza, a través de la Prensa, entregó un comunicado oficial en el cual señalaba: «Se informa a la ciudadanía que hoy 16 de octubre a las 16:00 horas fueron ejecutadas las siguientes personas conforme a lo dispuesto por los Tribunales Militares en tiempos de Guerra...» Y se nombraba a Marcos Barrantes entre varias otras personas, diciendo sobre él que había participado en la adquisición y distribución de armas de fuego y en actividades de instrucción y organización paramilitar con fines de atentar contra las Fuerzas Armadas y Carabineros y de personas de la zona.

Claudio Contreras, "Coco", el comefuegos del Circo Minero, mencionado también en este testimonio, militaba en el MIR, había egresado de Construcción Civil en la UTE Sede La Serena, y continuaba sus estudios de Ingeniería en la Sede de Santiago; lugar donde es atrapado por la DINA y hecho desaparecer desde Villa Grimaldi.

Ambos, Marcos y Claudio, eran ovallinos que habían venido a La Serena a convertirse en profesionales para así contribuir con el progreso del país. El pecado que cometieron fue darse cuenta de que hablar de progreso en un país con el nuestro, ignorando las desigualdades existentes, no sólo eran palabras vacías, sino cómplices; y por esta razón se comprometieron en la trinchera de la opción por los pobres, algo que la dictadura no podía permitirlo, por eso los asesinó.


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