Blancas abandonan
Para el maestro de Lota Danilo González Mardones

Pablo Varas
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Ricardo Huenchumán había lavado y estaba ordenando los cinco platos sobre el pequeño mueble que servía de mesa para la cocinilla a parafina, donde humeaba una tetera con agua caliente lista para tomarnos el café, así lo hacíamos desde ya casi un mes, cuando nos trajeron a este lugar.

Afuera la noche estaba tranquila y desde la pequeña ventana podíamos ver la luna que de tanto en tanto era tapada por nubes que tenían dirección al sur. Cada uno de nosotros estaba tendido sobre su cama, vestidos. No hacía frío al interior de la celda. Desde el techo colgaba una bombilla que iluminaba todos los rincones del pequeño espacio en que habitábamos. En las murallas blancas pintadas con cal, yo jugaba a encontrar algún sentido a las sombras que se reflejaban entre las camas y los muebles Todos los que estábamos allí nos conocíamos desde pequeños.

La primera noche en que nos encontramos los cuatro en este lugar, luego de analizar la delicada situación en que nos encontrábamos, quizás para espantar el miedo que cada uno tenía en su interior, jugamos a recordar como era la clase y los bancos en que nos habíamos sentado el primer día de escuela. La Señora Nora, yo no me acordaba, que se llamaba así, fue ella quién nos enseñó las primeras letras. Danilo y Floridor se sentaban en la primera fila del lado derecho, yo y el negro Esteban junto a la ventana, Ricardo por bueno para conversar sentado siempre frente a la maestra. Nuestros padres habían ido también a la misma y única escuela en el pueblo. Cuando tenían doce años dejaron de estudiar y comenzaron a trabajar en la mina de carbón, se hicieron mineros, se casaron con la silicosis. Hoy en la tarde habíamos podido ver a nuestros familiares, estaban preocupados por lo que nos estaba sucediendo, nosotros tratabamos de calmarlos. Nada malo hemos hecho, todo esto debe ser un error y pronto se arreglará.

Todo comenzó cuando por la Radio Nacional de Lota un bando militar entregó los nombres de veinte personas que debían presentarse de inmediato en las oficinas de la Intendencia y que de no hacerlo se consideraba delito de fuga, lo que obligaba a utilizar la fuerza para nuestra detención. Pasé a buscar a Ricardo, éramos vecinos y nuestros hijos estaban en la misma escuela a la cual habíamos ido nosotros, yo era el padrino de Antonio el hijo mayor que estaba haciendo servicio militar en Osorno. El se puso una chaqueta corta y nos encaminamos a paso ligero a las oficinas de la Intendencia. Cuando llegamos estaba todo lleno de militares en trajes de combate, nos subieron a los despachos del segundo piso y nos dejaron en un pasillo con dos conscriptos armados. Escuché cuando el oficial les dijo que al menor intento de algo, dispararan sin hacer preguntas. Los dos jóvenes estaban más asustados que nosotros, que ya era bastante. Ahora pienso que en el fondo, ellos rogaban que nosotros no hiciéramos nada. Pasado un tiempo, nos llevaron a presentarnos frente a un coronel, quien con voz dura nos dijo que estábamos detenidos por extremistas y que deberíamos entregar de inmediato el lugar en que se encontraban las armas y la dinamita, así como las claves que teníamos para comunicarnos con los submarinos soviéticos que estaba esperando en alta mar para acercarse al muelle y desembarcar a los marinos. Los dos estábamos de pie con las manos cruzadas a la espalda, pensaba para mí “qué cosas tan raras está hablando este hombre... de qué armas nos habla y de qué claves para comunicarnos.

-Ustedes -nos dijo el uniformado -son unos traidores, unos vendepatria, unos infelices, no merecen estar de pie sobre esta tierra generosa que tanta riqueza tiene en su interior. Sabemos que en las reuniones que ustedes han tenido, acordaron matarnos a todos, pero nosotros nos adelantamos, hemos impedido que conviertan las calles en un baño de sangre.

Cuando terminó de hablarnos, respiraba fuerte, tenía el rostro enrojecido, con la mano indicó que nos pusieran contra la muralla. Se abrió entonces la puerta y entró Danilo González que era el Alcalde de Lota junto a Floridor Pérez, “el poeta de mortandad”, como se definía. El coronel se pudo más agresivo, especialmente con Danilo.

-Usted es el responsable de todo esto, mire donde nos venimos a encontrar ahora. Si lo hubiera sabido antes nos habríamos ahorrado todas estas desagradables molestias. Usted es el responsable de todos los comunistas que hay en Lota, es usted quien iba a entregar la orden para que nos mataran a nosotros y a nuestros familiares.

-Coronel -le respondió Danilo -hace una semana, recuerde usted, estuvimos en su oficina trabajando en los preparativos para el desfile militar y para celebrar el día de las Fiestas Nacionales y de las Fuerzas Armadas

-No señor -le respondió el militar -usted estaba allí juntando información para después pasarla a sus compinches, esos que están allí. Nos indicó con el dedo. Danilo nos miró sorprendido. Dí un paso y pedí permiso para poder hablar, un culatazo en el pecho me dejó en el mismo lugar en que me encontraba, no alcanzé a decir nada. El coronel llamó a un sargento y le indicó en voz alta que nos trasladaran a la cárcel de Lota bajo estrictas medidas de seguridad. Al instante entraron unos conscriptos que nos amarraron a cada uno las manos con una cuerda y después a los cinco en conjunto.  Allí estábamos de nuevo, esta vez amarrados, el primer año A de la Escuela Mixta de Lota, la clase de 1947. Bajamos atados los cinco las escaleras de la Intendencia y a empujones nos subieron al camión que estaba frente de la entrada principal, nos sentaron en las banca del lado izquierdo, frente a nosotros una docena de uniformados nos miraban serios. Eran muchachos que hacían su servicio militar, todos de la zona, en su mayoría hijos de mineros. El camión inició su marcha y pudimos ver como las calles de la ciudad minera se comenzaban a llenar de uniformados, algunas casas tenían la bandera colocada en lo más alto

Era septiembre, el sol alumbraba y comenzaba a dar un calor agradable, las casas bajas, pintadas de gris y de una sola planta una al lado de las otras, los niños miraban pasar el camión, algunos, los más pequeños agitaban las manos amistosas, a la manera de saludo como antes, cuando no se esperaban las maldades y los asesinatos que cometerían. El camión se detuvo ante la puerta de la cárcel, la cual, cuando estuvo totalmente abierta, traspasamos casi corriendo. Un fuerte y pesado ruido seco del portalón al cerrase se escuchó como indicando que se había bajado el telón de una comedia del absurdo. Nos soltaron las amarras y nos llevaron hasta una oficina, donde un funcionario de prisiones nos comenzó a pedir los datos a cada uno de nosotros. Era el chico Reinoso, el hijo de don Marcos que había sido presidente del sindicato, se asombró de ver a Danilo y a nosotros en esas condiciones.

-No se preocupen todo se arreglará Danilo -le dijo con voz tranquila -los acomodaré lo mejor posible. Luego de llenar el formulario que nos ingresaban a la cárcel, él mismo nos encaminó hasta una celda que estaba desocupada, en su interior habían algunos escombros.

Les conseguiré algo para que la limpien -nos dijo -y les traeré algunas cosas para que se instalen, serán pocas porque no creo que vengan por mucho tiempo, aquí los dormitorios son pequeños -dijo riéndose, como para cortar lo tenso de la situación.

-Espero que sea antes del viernes -dijo Danilo -tengo cita con el dentista, hay una muela que no me deja de molestar. -Debe ser la muela del juicio que está saliendo -le comentó Ricardo “eso debe ser” dijimos todos, y nos reímos. Al poco rato llegó el chico Reinoso, venían unos presos con él, traían colchones, frazadas, una cocinilla a parafina, unos jarros. Los dejaron a la entrada, la celda estaba limpia y aseada, sólo había que esperar que se secara el suelo.

-Aquí hay un almacén pequeño -dijo Reinoso -pueden comprar algunas cosas por el momento, azúcar, café, cigarrillos, la comida de la cárcel se sirve a las doce, hay días en que se puede comer, pero otros no, hoy es martes, pescado, pero cuidado con las espinas.

Los otros presos se acercaron a Danilo y lo saludaron. El había venido en varias ocasiones para informarse del estado de la prisión, debía hacerlo era el representante del Presidente de la República en esta ciudad, ahora estaba preso.

El trabajo de instalarnos nos tomó lo que quedaba de la mañana, almorzamos y comimos el pescado teniendo cuidado con las espinas, tal como nos había dicho el chico Reinoso, nos fumamos un cigarrillo y bebimos el café que nos regaló nuestro vecino de celda.

-Me dicen el “Cara de Laucha” -nos dijo riéndose -cualquier cosa que necesiten me la piden, yo se lo arreglaré, acá adentro las cosas se arreglan así, entre los presos, pero no se preocupen, toda la gente es tranquila, de la zona, casi nos conocemos todos.

Después de descansar continuamos nuestra instalación, las camas más o menos ubicadas. Los presos nos hicieron llegar una mesa pequeña, dos bancas, jarros y un pequeño mueble donde instalamos la cocinilla a parafina. Eran las tres de la tarde cuando llegó hasta la celda el oficial que estaba a cargo de la unidad penitenciaria.

-Señores, no se preocupen -habló calmado -supongo que ustedes conocen bien este lugar, mañana tendrán visita y sus familiares podrán traerle sus enseres personales, lo que no puedo decirles es cuánto tiempo deberán estar detenidos, supongo que eso es cuestión de los tribunales de justicia, deben estar tranquilos, son gente respetable, usted Don Danilo es el Gobernador, perdón era, ahora parece que las cosas han cambiado, usted Floridor es el poeta, le he escuchado en varias ocasiones y debo decirle que hay algunos que no me gustaron pero otros si, y Ricardo el hijo de don Marcial que estudió en la Escuela Normal de Valdivia, que increíble, nos conocemos todos. Yo soy más joven que ustedes pero ustedes cinco acá, piensen que es una pesadilla que terminará, estas cosas pasan.

Se despidió gentil. Todos nos sentimos más tranquilos aunque de verdad estábamos nerviosos, no por el lugar en que nos encontrábamos, sino por que intuíamos las cosas que se estaban sucediendo en el país.

Estábamos sentados en las bancas, fuera de la celda, cuando llegó el chico Reinoso, venía pálido. –Danilo –dijo -acabo de escuchar en la radio que el Palacio de la Moneda está en llamas, la aviación lo bombardeó y que el Presidente Allende dicen que está muerto.

Nadie habló, nos quedamos en silencio, creó que allí comenzó un duelo que me ha durado todos estos años y con el cual moriré. No sé cuanto estuvimos así, el tiempo tiene esas cosas raras, cuando en ciertas ocasiones no se puede medir, cuando todo queda suspendido en el aire y se puede ver el color del viento. Todos lloramos, pero Danilo lloró en voz alta. Cuando levanté la cabeza, vi al Cara de Laucha, nos miraba con los ojos bien abiertos, sin comprender lo que nos sucedía. Estaba parado cerca de nosotros con una jarra pequeña de la que salía un olor a café. Llenó los cinco jarros y nos repartió a cada uno de nosotros. En medio de un silencio que se cortaba sorbo tras sorbo, creo que hicimos a nuestro modo, la eucaristía. Cuando sonó la campana nos enteramos de que eran las cinco de la tarde y debíamos entrar a nuestras celdas.

Cerraron a nuestras espaldas la puerta y nos encontramos los cinco allí, cara a cara, vestidos y desnudos, huérfanos y tristes, con el mundo en el suelo todo quebrado, hecho añicos. Aquella noche nos dormimos tarde, se hacía más angosto el camino al sueño. A quien culpar de lo que estaba pasando, ¿éramos nosotros mismos los responsables de aquello? La última vez que vino el Presidente recordó a los viejos mineros sus días tristes sin esperanza y nos dejó a todos con un nudo en la garganta cuando nos prometió que construiría más escuelas, que se entregarían becas para que los hijos de los mineros pudieran estudiar en la Universidad, porque ésa era la mayor preocupación de él como Presidente, se había comprometido a que su gobierno eliminaría la pobreza a la que por años estuvieron condenados.

Un chasquido de metal nos despertó a todos, y la puerta de la celda se abrió hasta la mitad, era la mañana, los cinco nos habíamos dormido vestidos. Nos encaminamos hacia los baños, nos aseamos como pudimos y volvimos. El Cara de Laucha había colocado sobre la mesa los cinco jarros llenos de café y cinco trozos de pan. Estábamos tomando el desayuno cuando llegó el chico Reinoso, para decirnos que nuestras mujeres estaban en la puerta de la cárcel pidiendo autorización para poder entrar a vernos, que seguramente las podremos ver en unos quince minutos.

-Hay que poner la mejor cara, nada de llorar, las lagrimas que había que mostrar salieron ayer -dijo Danilo. Así, cuando llegó el funcionario que nos guiaba hasta el recinto de visitas estábamos listos, un poco alegres y un poco tristes. Cada uno abrazó a su mujer y se ubicó separado del otro, todos las teníamos tomadas de las manos, como si nos hubiéramos puestos de acuerdo. Allí nos enteramos de lo que había sucedido el día anterior, se moría el sueño del gobierno popular, el presidente estaba muerto y cuatro generales comenzaban a gobernarlo todo. Cada uno pidió les trajeran sus enseres personales, libros, cuadernos, lápices. Los cinco alentamos a nuestras mujeres, había que darles coraje, los niños deberían seguir yendo al colegio, a la misma escuela donde habíamos ido nosotros y sus abuelos.

Pasado el tiempo de visitas volvimos a nuestras celda, tratamos de hacer un resumen de lo que había pasado en la capital y cómo se presentarían los hecho en Lota, aquel pueblo minero donde estaban nuestras vidas, donde aprendimos a jugar al fútbol e hicimos nuestros mejores partidos en sus calles, y en las tardes de domingo, partíamos al sindicato para la sesión de cine, dos veces por mes y a la salida nos comíamos una manzana confitada. Todos nos convertidos en el Santo o el Ángel de la Muerte, dos tremendos luchadores de lucha libre mexicana, y era un espectáculo ver a los niños haciendo en la calle, de vuelta a casa los mismos gestos y contorciones que habían visto en la película, pero duraban más semanas los comentarios sobre la niña a quien Drácula mordía en aquel cuello tan fino Estábamos más relajados. La visita de nuestras familias nos reconfortó. Cuando volvimos, la celda estaba arreglada y limpia, las camas ordenadas, en el suelo una vieja frazada se había convertido en alfombra, en la puerta estaba el Cara de Laucha riéndose como siempre. Nos pidió un cigarrillo. Floridor fue a buscar la comida y como no teníamos platos decidimos cada uno con su cuchara ir sacando de la misma olla, habíamos empezado cuando entró en la celda nuestro vecino de celda, traía su propia cuchara, se hizo un espacio entre los cinco. Entre bromas y risas, nos devoramos todo lo que flotaba en el interior de la cacerola.

-Vendrá un abogado en la tarde a visitarnos -dijo Ricardo -veremos qué podemos comenzar a hacer para salir de esta situación, la podremos sostener un tiempo pero el estar acá, sin saber por qué me parece una cuestión de locos. A las dos y media de la tarde se acercó a la celda un grupo de gendarmes, nos esposaron de las manos y nos encaminaron a la oficina del ofical de la prisión. Es allí donde un grupo de oficiales de ejército, vestidos en traje de campaña nos comunica que mañana a las ocho de la mañana comenzará el Consejo de Guerra que nos juzgará por los delitos que hemos cometido. Danilo le pidió nos dijera cuales eran las acusaciones que tenían en contra nuestra. Una sola respondió un oficial, “subversión” y sin decir nada más abandonó la sala, nos sacaron las esposas y nos devolvieron a la celda. Ahora sabíamos de qué se nos acusaba y entendíamos el motivo de nuestra permanencia allí. Ricardo planteó la posibilidad de que nosotros mismos nos hiciéramos cargo de nuestra defensa, la mejor defensa que tenemos es decir lo que hacíamos desde la noche hasta la mañana durante los tres últimos años. La idea no era del todo mala, pero en nuestros conocimientos, un consejo de guerra es una cuestión más seria de lo que uno imagina y más aún en las condiciones que se estaban viviendo. Mientras conversábamos sobre todo esto, el Cara de Laucha se había encargado de traernos los bolsos que nuestras mujeres nos hicieron llegar: ropa, cepillos de dientes, platos, café instantáneo, azúcar, cigarrillos y entre los paquetes, un tablero de ajedrez metálico. Ordenamos las cosas en un pequeño anaquel es la esquina y Danilo colocó sobre la mesa el tablero.

-Floridor vamos con una partida -le dijo Danilo, mientras se frotaba las manos. Acomodaron las piezas, Danilo jugaba con las blancas.

Vamos a caminar me dijo Ricardo, hasta ese momento no conocíamos más allá de nuestra celda y del pequeño patio que quedaba frente a nosotros, en cuya esquina un ciruelo servía de referencia al paso de las estaciones, a los que llevaban más tiempo allí encerrados. Manos en los bolsillos comenzamos a recorrer los pasillos de aquella gran casa ajena, de murallas no muy altas, inundado por ese olor que tan extraño que sentí cuando crucé los gruesos portones de la prisión. -¿Te acuerdas de la Marisol? -le pregunté y los dos soltamos una carcajada. Sí me acuerdo dijo Ricardo, como no voy a hacerlo, era bella aquella muchacha, los dos nos habíamos enamorado perdidamente de ella, cada uno a su manera le declaró su amor y ella se sabía amada por los dos, era tan generosa que a los dos nos dijo que si, ella pololeó con los dos al mismo tiempo, los dos aprendimos a dar besos en esa misma boca. Yo me despedí de ella cuando se fue a estudiar a Santiago, prometió escribir pero nunca lo hizo, se habrá casado y será feliz sin duda -¿te acuerdas de su padre, aquel enorme caballero que hablaba en las reuniones del sindicato en las noches de invierno, con ese bozarrón que hacía temblar los vidrios de la sala, llamando a la huelga, para pedir mejores salarios?

Eramos pequeños, casi todos entre ocho y doce años. Los sindicato decidieron ir a la huelga, las condiciones eran muy malas, los salarios miserables y no alcanzaba para la comida. Los compañeros de nuestros padres, que vivían en la capital nos llevaron a todos a sus casas mientras duraba la huelga, estuvimos caso dos meses yendo a los colegios en que iban sus hijos, nos vistieron y nos dieron de comer, pero sobre todo nos dieron mucho cariño. A mí me correspondió vivir en la casa del secretario personal de Allende, en ese momento, ahora lo recuerdo. El resto de la tarde pasó tranquila, las horas se fueron haciendo humo hablando con Ricardo, la escuela, lo que no se había alcanzado a hacer.

Danilo y Floridor seguían en la celda jugando ajedrez, los dos eran buenos estrategas, habían logrado ser parte de los cinco tableros del Liceo. Se conocían muy bien, el estilo agresivo de Danilo se diferenciaba del pausado pero mordaz ataque que siempre desarrollaba Floridor, especialmente cuando jugaba con las negras y que estaba acostumbrado a anotar todas las jugadas que guardaba siempre en un grueso cuaderno con tapas color azul. La segunda noche fue un poco más tranquila para todos, a pesar de que sabíamos que a primera hora del día siguiente deberíamos enfrentarnos a la justicia militar. Estábamos confiados en que desde nuestras responsabilidades que se nos habían asignado ningún delito se había cometido.

Danilo escribía una carta sobre la pequeña mesa, Floridor leía, Ricardo tendido en la cama con los ojos cerrados, sabía que no dormía, yo sentado en mi cama los observaba. Allí estábamos los cinco y mis recuerdos se volvían a las tardes de junio cuando después del colegio pasábamos a jugar con los caballos en la gran cancha de fútbol detrás de las casas de los mineros. Estaban ya viejos, habían trabajado por años en el interior de la mina tirando los carros cargados con carbón y cuando les llegaba su tiempo eran sacados a esperar les llegara la muerte. Les dábamos de comer pasto, estaban tan viejos, cansados y ciegos, que no se movían cuando nos acercábamos. Mañana en la mañana nos presentarían ante el Consejo de Guerra.

Nos vinieron a buscar; estábamos preparados. Esposados nos sacan de la cárcel. Nos suben a un furgón militar y nos llevan a las oficinas de la Intendencia. Cuando ingresamos nos encontramos con cinco oficiales sentados ordenadamente uno al lado del otro y cinco sillas donde nos instalamos. Uno de ellos comenzó por decir que era el proceso número uno del día 13 de septiembre en la ciudad de Lota. Comparecen este día, Danilo Gonzalez ex Gobernador, Floridor Pérez, poeta, Ricardo Huenchuman, profesor primario, Esteban Mansilla, Director de Correos y Telégrafos, Nibaldo Barraza funcionario de ferrocarriles, y yo. "Se les acusa de haber cometido delito de subversión y pedimos para cada uno de ustedes veinte años de prisión. Tienen derecho a que un abogado haga los descargos respectivos en un plazo de cuarenta y ocho horas a partir de hoy. Deberán estampar su firma sobre vuestros nombres dándose así por notificados de los cargos en su contra. Este tribunal da por cerrada la sesión".

Los oficiales se retiraron rápido, nosotros quedamos en nuestras sillas. Un sargento nos vino a buscar. De vuelta en el interior del furgón nos reíamos, no podíamos dar crédito a lo que habíamos escuchado en esa tan extraña ceremonia de perfil militar, veinte años de prisión. Pienso que tu dentista deberá esperar mucho tiempo le dijo Floridor a Danilo. Se recuerdan del tango aquel que dice que veinte años no es nada, “claro” dijeron todos, “pero Gardel no estaba frente a un consejo de guerra”.

A la mañana siguiente, nos visitó un joven abogado que se presentó voluntariamente ante nuestros familiares manifestando que él se haría cargo de las defensas. Nuestras conductas era irreprochables, nuestras hojas de servidores públicos daban cuenta de ello y los que nos conocían estaban más seguros. Todo se pasó rápido, así que antes de que se cumpliera el plazo, la Corte Marcial, tenía sobre su escritorio nuestras defensas, claras y transparentes, como las lluvias de abril.

Con el mismo ritual fuimos llevados ante el tribunal militar donde nos confirmaron nuestras condenas. Ni siquiera vimos sobre sus escritorios los escritos de nuestras defensas. Cuando nuestros familiares nos visitaron a la mañana siguiente y les confirmamos la noticia, estaban alegres. Están vivos nos dijeron, están matando a la gente sin piedad, fusilan sin hacer juicio alguno. Nos abrazamos y a su manera cada uno dijo lo mucho que las amábamos. Comenzaban entonces a pasar los días, con nuestros familiares de visita, los amigos solo nos mandaban recuerdos y cigarrillos, tenían miedo de acercarse a la prisión. Ya estábamos más o menos integrados a la vida del penal y dos veces por semana jugábamos fútbol en el campeonato que habían organizados los internos.

El Cara de Laucha se pasaba el día entero con nosotros, hablaba poco, observaba todos los detalles y siempre estaba muy atento de lo que sucedía a nuestro alrededor, con una mirada podía interpretar cada situación o cada gesto. Hacía con nosotros todas las comidas. Fue uno de esos días cuando nos pidió conversar con nosotros cinco, juntos. Estaba nervioso, nos preguntó si era posible que le llamáramos “compañero Laucha”. Pero claro respondimos todos, de allí en adelante le dijimos “compañero”, no duró mucho eso sin embargo, dos semanas más tarde vino a contarnos que había cumplido su condena y que estaba en libertad, pero no se le veía contento. Nos contó que ésta había sido siempre su casa. A la mañana siguiente, cuando abrieron las celdas, el “compañero Laucha” ya estaba, su calabozo estaba vacío. Días después, el chico Reinoso nos contó que era la primera vez que veía salir llorando a un preso de la cárcel

Todas las tardes, Danilo y Floridor sacaba la mesa a la puerta de nuestra celda, armaba las piezas del pequeño ajedrez y colocaba su cuaderno abierto, allí pasaban las horas, batiéndose los caballos con los alfiles, y los reyes dando instrucciones a sus peones. Algunas veces ganaba Danilo otras, Floridor. Un día nos visitó un delegado de la Cruz Roja Internacional y nos informó que podíamos cambiar nuestras condenas por extrañamiento y que habían países que estaban dispuesto a recibirnos con nuestras familias, nos daban asilo político. Aquella noche fue larga, había que tomar una decisión, nos obligaban a abandonar nuestra tierra, Lota y sus calles, la mina de carbón donde nuestros padres rezaban tres padre nuestros antes de entrar para que el gas grisú no apareciera como una viuda negra para llevárselos a sus aposentos eternos. Nos vamos dijo Danilo, estamos vivos y seguiremos con nuestros sueños en otras tierras. Mañana le diremos a los familiares la determinación que hemos tomado. Nos tomamos de las manos, nos las apretamos fuertes. Cada uno de nosotros se pasó su generosidad, su compromiso y la lealtad a las convicciones de los hombres libres que éramos, los cinco perdidos en esa celda de aquel pueblo minero del sur.

A la mañana siguiente, como ritual después del café, la mesa era despejada para el ajedrez, la visita llegaba en una hora más, Floridor anotó

Blancas: Danilo Gonzalez (Gobernador de Lota)
Negras: Floridor Pérez (Profesor de Mortandad)
1.- P4R. P3AD
2.- P4D. P4D
3.-
CD3A. PxP
4.- CxP. A4A
5.- C3C. A3C
6.- C3C. C2D
Un cabo gritó desde la guardia, Danilo González. tiene visita en sala de abogados. “Voy y vuelvo” dijo pasando el pequeño ajedrez. Tras una media hora, y como Danilo no regresara, Floridor gusradó el tablero y las piezas y anotó algo en su cuaderno que, tuve la impresión, de que no deseaba que lo vieran.

Cuando llegó la hora de la comida Nos encaminamos los cuatro hasta las oficinas de guardia para preguntar donde estaba Danilo. Nos dieron por respuesta que había sido trasladado de urgencia a la ciudad de Concepción. Esa misma tarde nos notificaban que teníamos una hora para arreglar nuestros cosas ya que a las diez de la mañana del día siguiente partiríamos a los países que nos daban refugio. Nuestras familias estaban informadas. Nos embarcaríamos todos en el pequeño avión que nos llevaba hasta la capital. El chico Reinoso, nos abrazó a cada uno y nos prometimos que nos escribiríamos Seguramente Danilo se juntará con ustedes en Santiago, nos dijo, cuando salía de la celda.

Rápido pasó el tiempo y casi sin darnos cuenta estaríamos volando a la capital con nuestras jóvenes familias, el avión sobrevolaría Lota y desde la altura veríamos los techos plomos de las casas ordenados como si fueran palomas echadas después de un largo vuelo. Era una mañana nublada, a lo lejos el sol pasaba sin permiso por entre las nubes, en el calendario corrían los meses grises de aquel mil novecientos setenta y tres. Estábamos los cuatro en la puerta de embarque, faltaban unos minutos para que entraramos en el avión. No sé porque abrí el diario que tenía bajo el brazo, fue así como encontré la noticia: "Danilo González Mardones, 39 años, profesor normalista y Gobernador de Lota fue fusilado en la tarde de ayer junto a otros subversivos comunistas en un predio perteneciente a Gendarmeria en el camino de Concepción a Talcahuano". Cuando levanté la cabeza, Floridor y Ricardo me miraban fijo, se acercaron como presintiendo algo, como si la muerte hubiera dejado caer su respiro, como si nos hubiera tocado el hombro Juro que nadie lloró, Floridor sacó de su bolso el cuaderno donde anotaba sus partidos de ajedrez y me mostró donde había anotado las jugadas de ese último partido:

7.- blancas abandonan.

Eso se podía leer en el espacio de la jugada número siete. "¿Y si yo hubiera jugado con las blancas ayer?", me preguntó Floridor.


El 22 de octubre de 1973, en un predio de propiedad de Gendarmería, en la autopista que une a Concepción y Talcahuano, fueron fusiladas cuatro personas, todas militantes del Partido Comunista:
- Vladimir Daniel ARANEDA CONTRERAS, 33 años, profesor de educación básica en Lota y dirigente gremial del Magisterio;
- Bernabé CABRERA NEIRA, 39 años, empleado en la Celulosa Arauco, y Presidente del Sindicato celulosa de Concepción;
- Isidoro del Carmen CARRILLO TORNERIA, 46 años, administrador público, Gerente General de la Empresa Nacional del Carbón (ENACAR); y
- Danilo Jesús GONZALEZ MARDONES, 39 años, profesor normalista, Alcalde de Lota.

Los cuatro, luego de ser detenidos, fueron sometidos a proceso y condenados a la pena máxima en un Consejo de Guerra, causa Rol 1645-73, el 18 de Octubre de 1973, por presuntas infracciones a la ley 17.798 sobre Control de Armas, como autores de los delitos de organización de grupos de combate armado con bombas explosivas; fabricación, almacenamiento y transporte ilegal de explosivos y de artefactos confeccionados con los mismos; y tenencia ilegal de explosivos y bombas; todos ellos perpetrados en tiempo de guerra. El día 21 de Octubre el Comandante de la III División de Ejército aprobó la sentencia, fijando el fusilamiento para el 24 de Octubre. Sin embargo, éste se realizó el día 22, en el lugar ya señalado. Los cuerpos no fueron entregados a sus familiares y se les enterró por instrucciones de las autoridades en el Cementerio General de Concepción, sin conocimiento de sus familiares. Sólo en Julio de 1990, pudieron ser ubicados y exhumados por orden del Segundo Juzgado del Crimen de Concepción.

La Comisión ha llegado a la convicción de la irregularidad de dichos procesos judiciales y de las sentencias emanadas de ellos, por los antecedentes ya dados respecto de todos los Consejos de Guerra y especialmente los siguientes:

- el rechazo de la excepción de incompetencia del Consejo de Guerra en tiempo de guerra, resulta inadmisible , ya que los reos, estaban siendo juzgados por supuestos delitos que se habrían cometido con anterioridad a la entrada en vigencia del estado de guerra, es decir, en tiempo de paz. No obstante esto, el tribunal no acogió la excepción; - la aplicación retroactiva de la ley, constituye otro cuestionamiento acerca de la corrección del proceso, por cuanto el Consejo de Guerra aumentó la penalidad de las mismas, aplicando el D.L. 5, a supuestos delitos que se habrían cometidos con anterioridad a la entrada en vigencia de dicha norma; - asimismo, el tribunal desconoció las reglas del concurso ideal de delitos, desmembrando cada hecho constitutivo de delito , calificándolo y sancionándolo de manera distinta, sumando las penas que a cada uno de los hechos correspondería si fueran figuras autónomas; - se desestimó por parte del Consejo las alegaciones de la atenuante de irreprochable conducta anterior, por hacer una calificación moral de los antecedentes de los reos y considerar que no bastaba una conducta "simplemente buena, porque la ley exige que sobre ella no recaiga mácula alguna", y "tampoco bastaba con la simple información sumaria de dos testigos complacientes". De esta forma el Consejo establece requisitos a la atenuante que van más allá de lo que la propia ley señala; - el Tribunal desestimó sin dar mayores fundamentos todas la alegaciones que presentaron los reos para atenuar, minorar o modificar sus supuestas responsabilidades.

En consecuencia, es convicción de la Comisión, que en los fusilamientos a que se viene haciendo mención hubo grave violación de los derechos humanos, en especial al derecho a la vida y al justo proceso. (Informe Rettig)

      

Si sabe algo más o hubiera otra cosa que desee agregar sobre Vladimir Daniel Araneda Contreras, Bernabé Cabrera Neira, Isidoro Carrillo Tornería o sobre el propio Danilo González Mardones, asesinado en la carretera entre Concepción y Talcahuano, compártalo con nosotros con un e-mail a nuestro correo electrónico. para que así todos podamos conocerlo. Si sabes algo también sobre cualquier otro compañero desaparecido o asesinado por la dictadura, compártelo también con nosotros, eso ayudará a que jamás los olvidemos.

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