Bolsas de pan en el estadio
Manuel Paiva






EL SÁBADO 15 SE CUMPLÍAN 4 DÍAS
desde nuestra detención, pero parecía como si ya llevásemos meses. Las sienes latían acompañando al dolor de cabeza, las piernas pesaban como hechas de plomo. Lo poco que habíamos dormido había sido a sobresaltos. Es que los lamentos por las torturas que realizaban en algún lugar del recinto eran constantes y ya se habían convertido en parte de la pesadilla. Ahí fue, en medio de esa pesadilla, que Chambo, amigo mío, compañero de la IRT y del MIR, acaso para despertarse y ya no seguir en esos sueños tan malos, quiso ir a echarse un trago de agua y mojarse el rostro y, cuando venía de regreso se cruzó con un niño de ésos de los muchos que habían sido apresados por haberlos sorprendidos en la calle tratando de comprar pan, y que como prueba de ello, llevaban todavía la bolsa de género hecha por sus madres. Hablo de un muchacho que no tendría más de 13 y que se cruzó con Chambo junto a un guardia muy joven que tenían ahí de vigilante. El hambre, el encierro y las amenazas constantes obligan a cometer locuras, y no todos podemos contenernos, por eso fue ése el momento en que el niño de la bolsa se lanzó contra el guardia para arrebatarle el fusil, y veo entonces detenerse al Chambo con las manos en la nuca a un metro de distancia, obedeciendo a la orden de alto dada por otro milico que le apuntaba desde la parte más alta del pasillo. En los ojos del muchacho se veía reflejada la furia enloquecida del arrebato, en los del guardia se notaba en cambio el temor. Es que el uniformado no era más que un recluta que cumplía con su servicio militar y estaba, por lo tanto, obligado a cumplir el papel de verdugo y, que no quería herir al niño era evidente.

Chambo, mi camarada estaba allí mismo, en vivo, y sin saber qué hacer y aunque hubiera querido hacer algo nótese que había un fusil apuntándole, y llegaron otros guardias que sólo se limitaron a amenazar al Chambo sintiéndose incapaces de golpear al niño, éste en cambio había adquirido la fuerza de un adulto y en varios momentos tuvo a mal traer al guardia, pero éste lograba rehacerse; sin embargo repito: estoy seguro de que el guardia no quería herir al niño. Es que 6 meses antes, ese vigilante-conscripto-muchacho, había ingresado al ejército en la lejana Antofagasta. Lo digo porque en su rostro estaba la huella de ser hijo del desierto. Cinco días atrás, al anochecer del lunes 10, los habían formado y el comandante les hizo una arenga sobre la patria y la defensa de la libertad conseguida por 0'Higgins. Habló de un montón de otros héroes y por último dio media hora para que la unidad completa estuviera nuevamente formada con traje de combate y su correspondiente armamento. "Noche de maniobras", deben haber comentado los reclutas, y otros más belicistas probablemente se entusiasmaron imaginando que a lo mejor habría guerra contra los peruanos. -Claro -pudo agregar otro -si los viejos del 79 lo hicieron, ¿por qué no nosotros? Sin embargo nadie parecía querer aclararles nada. El comandante pasó revista y hubo otra alocución y órdenes. En seguida los subieron a unos camiones y partieron en dirección al aeropuerto, donde, en medio de la noche, los embarcaron en aviones de transporte con rumbo desconocido.

Mientras volaban, todos se imaginaban que amanecerían en Arica. Con seguridad varios se jactaron de tener allí amigos y parientes, y de que tal vez iban a poder visitarlos. Muchos también durmieron en el trayecto como lo habían ordenado sus oficiales. Por fin, cuando los aviones tocaron tierra y todo el mundo bajó a formar de nuevo, se podía leer en un letrero grande: "Base Aérea Los Cerrillos". Estaban en Santiago, la capital del país, a muchos kilómetros de distancia de su querida Antofagasta. Estaban en Santiago, nada menos, y ninguno de ellos había estado nunca en Santiago. Parecía un sueño cumplido sin haberlo pedido y sin saber para qué, y sin que lo supieran tampoco sus padres que seguramente los imaginaban a esa hora despertando por el toque de la diana. Pero no era así. Ellos estaban en la capital de Chile y un coronel desconocido les hablaba en la loza sobre "la patria pisoteada por el insurgente rojo con órdenes de Moscú y La Habana, para hacer de Chile una segunda Checoslovaquia".

"Nuestra misión, valientes soldados de la pampa, es seguir el ejemplo de los combatientes de Chacabuco y Chorrillos. Es hacer lo mismo que en Arica cuando un puñado de valientes se tomó el Morro y después se pasearon por Lima. Pero es a nosotros ahora a los que nos corresponde escribir en la historia nuestros nombres aplastando a las fuerzas soviéticas que han pisoteado nuestra libertad y la patria".

Parecía todo bonito y heroico, claro que los muchachos no lograban entender por qué los soviéticos estaban invadiendo Chile, por qué no mejor Francia o Inglaterra que las tenían más cerca. Y ahora en el Estadio Chile el fusil del guardia-muchacho, en el forcejeo con el niño quedó apuntando directo al Chambo. Yo cerré los ojos y presentí el disparo y, cuando éste se produjo, se escuchó como un estampido seco que hizo vibrar el coliseo. Abrí los ojos lento y vi a mi amigo que seguía allí con las manos en la nuca. Los dos cuerpos seguían disputando el arma mientras ésta apuntaba ora al suelo, ora a cualquier parte. En una ocasión estuvo afirmada en el pecho del guardia y habría bastado una pequeña presión sobre el gatillo para haberlo muerto, y habría muerto sin haber logrado entender la problemática de todo esto.

Pero eso no sucedió, en cambio el guardia poco a poco fue inclinando la balanza a su favor y el cañón del arma se incrustó en el estómago del niño. Esta vez el disparo se escuchó con menos fuerza que el anterior, apagado como los petardos de año nuevo. El niño soltó sus manos del arma, sus brazos cayeron primero a los costados, y pasados unos instantes, sus manos fueron a su abdomen mientras su cuerpo se doblaba en dos como sí luchara tenaz por mantenerse erguido. Por fin, al cabo de unos 30 segundos su resistencia se quebró, y el niño inocente al que sus padres no volverían a ver; hablo de ése que salió una mañana a comprar medio kilo de pan para el desayuno, cayó de bruces con sus manos apretándose el estómago sangrante. El guardia permaneció de pie a su lado como no creyendo lo sucedido. Su arma permanecía descansando a lo largo de su pierna y su mente trabajaba acelerada buscando una explicación para todo aquello. Fue entonces quizá cuando logró entenderlo: aquellos hombres de overol y de manos endurecidas por el trabajo, eran los invasores rojos de que les habían hablado; y él, que había esperado durante 4 días para encontrarse con algún soldado soviético, tenía a sus pies a un niño muerto integrante de ese ejército de hombres modestos de manos en la nuca que eran parte del "rojo invasor". Valiente acción: tenía a sus pies a un niño muerto por un fusil manipulado por ese mismo niño, por sus propias manos... como para recibir condecoraciones. Pero lo más avergonzante era el potencial bélico con que los cubanos habían pertrechado al "invasor": un bolso de tela con letras y flores bordadas en un estilo marcadamente femenino que decían simplemente: PAN.

"BOLSAS DE PAN EN EL ESTADIO", ES EXTRACTO DE LA NOVELA TESTIMONIAL "ROSTROS DE MI PUEBLO", ESCRITA POR MANUEL PAIVA, LA CUAL ESTÁ AÚN INÉDITA.
EL TÍTULO Y EL REORDENAMIENTO DEL TEXTO PARA CUENTO TESTIMONIAL ES DE "LAS HISTORIAS QUE PODEMOS CONTAR"

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