Conversar teniendo todo el tiempo del mundo
Para Juan José Boncomte Andreu
y para José Carrasco Tapia




Haz lo que tienes que hacer, le dijo Boncompte a Pepone, pero éste se negaba, no podía entender que aquello estuviera sucediendo.

Cuando llegó Pepone para compartir el mismo lugar, Juan José ya estaba instalado. Tenía una biblioteba que ocupaba una muralla entera, ésa que daba hacia el lado norte de la habitación. Sus libros los había ordenado por años y también por siglos, porque en eso era riguroso. Desde hacía algunas lunas que estaba investigando el juicio de la Inquisición contra Galileo, claro, ésas eran las cosas de Juan José que todos debemos entender. Con respecto a Pepone lo primero que hizo fue colocar en la muralla una enorme foto de sus amigos, Juan Pablo, de la Juanita, de la Pamela, del zambo, del Paulsen, de la Mónica. Estaban todos, él la había tomado. La puso junto a esa otra donde aparece con sus dos hijos en brazos, con el mar como telón de fondo.

Pensé que yo iba a ser el último, le dijo Juan José al Pepone. Desde acá sólo hay espacio para dolerse, no podemos llorar, ésa es una cuestión que conversaremos, tendremos todo el tiempo del mundo para hacerlo.

Cuando me enteré -empezó a contarle el Pepone -que habían caído en Valdivia, lo primero que se me vino a la cabeza fue de cuando transitábamos por los pasillos infiernosos de Grimaldi, días de mierda en que cada nombre era un golpe, tú y antes que tú, Luciano Aedo, Mario Lagos, Nelson Herrera, Mario Mujica, Rogelio Tapia, Raúl Barrientos. Los que nos encontrábamos en México no podíamos soportarlo, es que a ustedes los estaban asesinado, pudo ser eso lo que me obligó a apurar mi regreso; además me hacía falta escribir y contar, porque ése ha sido siempre mi oficio, ser periodista y lo fui hasta que me llevaron a ese sitio baldío y me dispararon todos esos balazos.

Mientras daba mis últimos pasos, recordaba, y mientras me obligaban a tenderme en la tierra, lamentaba las cartas que no había alcanzado a escribir, los reportajes y los análisis que habían quedado inconclusos, pero sabía también que otros se sentarían en mi escritorio y seguirían haciendo lo mismo, ése es el sino de los periodistas. Pero mis sentimientos estaban en el partido. Recordé también olores tan personales, besos generosos y bellos.

En mi caso -empezó a contarle Juan José -cuando llegué aquí, me dolía todo, Inés ya estaba por tener a la niña y presentí que necesitaría cantidades inmensas de amor para que la Javiera continuara sus días hermosos, estaban sacándola de la casa y me tendieron en el suelo de la cocina. Ahí me quedé, abrazado de esas dos mujeres y ya no sentí nada más. Y qué más podía hacer, estaba desarmado; andaba vestido apenas con la vieja armadura. Inés escuchó los disparos, todavía le deben retumbar en el cerebro.

Se quedaron en un silencio descolgado, sin tiempo, como el que estaban viviendo. Una pausa sin ruidos, como el ruido que no existía en ese lugar y en todo, más allá y más arriba.

Pepone rompió el silencio cuando le pidió que le contara porque estaba leyendo a Galileo, cuando en relación a ese astrónomo todo estaba claro.

Juan José comenzó por recordar que había sido un buen estudiante y que desde pequeño miró con asombro las luces que aparecían en las noches despejadas y le pedía a la más grande, a la más luminosa, que le ayudara para que su vecina le pidiera que le regalara su lagartija que tenía en una caja de zapatos. Era lo mejor que tenía en esos tiempos; era, según él, el más hermoso trofeo imaginable, y su vecina era tan linda.

-Algo parecido me sucedió también -le contó Pepone -yo le escribía cartas a la mía, se las pasaba a dejar todas las mañanas, media hoja de cuaderno que había escrito la noche anterior, y se la deslizaba por su ventana. No sé si las habrá leido, pero debo decir ahora que en aquello puse mis mejores ropas de poeta, aunque pensándolo bien, puede que no hayan sido tan bueno. Si le pedimos a la misma estrella que nos ayudara en aquello y otros tantos hacían lo mismo, la lista de espera debe haber sido enorme y, claro, cuando llegaron a nuestros nosotros ya estábamos grandes.

Parece estimado amigo -le dijo Juan José -que no nos ayudaron; porque, finalmente, mi mamá, cuando vio a mi trofeo que tanto me había costado meter en aquella caja, la soltó en el patio y a la vuelta del colegio no había lagartija ni caja, y me di por enterado que esas cosas no se hacían; pero es que yo quería que aquella niña de cabellos largos me la pidiera como una prueba de amor.

Pepone insistió en que le hablara sobre Galileo.

Juan José comenzó por contarle que todos aquellos hechos no estaban cerrados, que los protagonistas, a pesar de haber pasado tanto tiempo, todavía estaban en conflicto.

Tú sabes que Galileo dijo "eppur, si mouve" mientras decía que la luna era un trozo de queso. No me equivoco si te digo que este astrónomo es sinónimo de libertad, un ícono presente convertible en todos los hechos que hemos visto como se suceden y en los que van a venir y que presenciarás desde donde estamos. Este no es el cielo ni el infierno y no estamos purgando nada, estamos donde estamos porque es así, este es el lugar nuestro. Pero sigamos -acotó.

Galileo nunca fue torturado, la Inquisición sostiene que era necesaria su rendición porque él no es que tuviera miedo a los palos ni al estiramiento, ni al potro, sino que no quería irse al infierno. Es bueno saber que en la escuela peripatética de Pisa, estaba llena de aristótelicos, sus enemigos más acérrimos y envidiosos.

Puede que tengas razón -le respondió el Pepone -el papa Urbano VIII en persona pidió que aquel juicio fuera rápido, la salud de Galileo no era buena, incluso he leído que la noche anterior a la última sesión él pernoctó en la casa de uno de los inquisidores.

Recordemos algunos hechos -acotó Juan José -Galileo era bastante conocido, su reputación de astrónomo no era discutida, sabía demasiado y sin duda ése puede ser un indicador que hace que la iglesia católica se vea en la necesidad de enfrentarlo utilizando aquellos métodos. Galileo sabía lo que le había sucedido a Giordano Bruno a quien habían torturado por siete años y que finalmente terminaron quemándole vivo en la plaza del Campo del Fiori en el 1600.

Claro -afirmó Peone -Galileo tenía treinta y seis años y aquellos hechos estaban demasiado fresco en su memoria. Agreguemos que Descartes había pedido asilo político en Suecia bajo el amparo de la reina Cristina y que encima, antes que ellos había pasado Copérnico, que llevaba años entre los escritos prohibidos. Tendremos bastante tiempo para seguir conversando este tema, para divagar en estos hechos -hizo notar Juan José a Pepone -pero hay un pequeño inconveniente que deberás resolver. Desde aquí podemos ver cómo hay personas que llegan hasta el lugar en que te asesinaron y colocan velas y te piden que les ayudes en sus problemas, te vienen a pedir favores, te has convertido en una "animita". Te propongo, ya que tenemos todo el tiempo de nuestro lado, que estudiemos juntos cada petición, pero hagamos que sean ellos mismos lo que consigan encontrar sus respuestas, porque finalmente la solución a estas demandas está en sus manos. Y ten ciudado Pepone, te conocemos, hay cosas que desde aquí no podemos hacer.

Puede haber sido una mañana o el atardecer en aquel lugar, donde el sol estaba de frente a la luna y no habían sombras, pero luego de haber conversado ya por años sin medir todos los tiempos que los tenian escritos en las palmas de sus manos, los vi perderse en el tiempo al que fueron obligados a permanecer y sabia también que en nuestros calendarios, los de acá abajo, eran sumas diarias de sus ausencias.

Juan José debe estar aún conversando con el Pepone. Yo sé que la tierra gira alrededor del sol y que la luna no es un queso verde podrido, pero no deja de asombrarme cómo, hace quinientos años, un hombre tenía que renunciar a lo que sostenía. Claro, Juan José y Pepone no eran de ésos, pero la nueva Inquisición nos los arrebató y conociéndolos seguramente el Pepone debe haber formado ya un equipo de básquebol, y juntos deben estar preparado algún campeonato de ajedrez.


Al Comando "Septiembre Once" se lo conocía por amenazas que hizo en multiple murallas santiaguinas antes de los crimenes de septiembre pasado: frases como: "muerte a los rojos", "a matar comunistas" las firmo con su sigla S/11. La ligazon entre esos rayados y los asesinatos de Jose Carrasco (MIR), Abraham Muskatblit (PC), Gastón Vidaurrazaga (MIR) y Felipe Rivera (PC), se estableció el 12 de septiembre. Cuando los cuatro asesinatos eran aun una brutalidad incapaz de aceptarse, una voz masculina llamo a las agencias de noticias. Friamente informo que el "Comando Septiembre Once" era el autor de la matanza cometida en las madrugadas del 8 y 9 de ese mes y justifico su proceder con la Ley del Talion: "Cinco fueron los muertos del atentado al presidente Augusto Pinochet, cinco seran los muertos por cada escolta asesinado".

La noticia, que entonces aparecio escuetamente en la prensa, confirmo lo que era una creencia masiva. También dejó sin asidero la versión del Gobierno, que intentó explicar lo inexplicable: los Ministros del Interior, Ricardo Garcia, y de Secretaria General de Gobierno, Francisco Cuadra, habian asegurado que los asesinos correspondian a "una purga entre grupos marxistas", relacionada con "el fracaso de atentado".

La probable quinta víctima del Comando - el abogado Luis Toro, de la Vicaria de la Solidaridad - logro desbaratar su secuestro gracias a la ayuda de sus vecinos y a una voz que le advirtio telefonicamente lo que le ocurriria. Los sujetos debieron arrancar incluso despues de haber entrado al patio de la casa de Toro y de haber forzado puertas. Despues de ese "trabajo" frustado, que sin muchas dudas se atribuyo al Comando criminal, este dejo de operar, al menos con su "firma".

Reaparecion el 31 de diciembre pasado. Como para que no se fuera a creer que estaba inactivo y tal vez queriendo darle un macabro simbolismo a su accion, el Comando cerro el ano 1986 con un asalto a una sede diplomatica. Quizas tambien la idea era mostrar el poder e impunidad de que goza, ya que el local del Comite Intergubernamental de Migraciones, CIM, fue invadido a plena luz del dia por un grupo de civiles armados. Estos estuvieron por mas de tres horas revisando archivos y sacando informacion precisa. Actuaron con una brutalidad ya conocida, golpeando incluso a mujeres, y sin importarles que el lugar estuviera lleno de publico. Con un fuero insospechado, los hombre, finalmente, pintarrajearon las paredes del CIM con una variante de su firma: "Frente Nacionalista Anticomunista Once de Septiembre".

Como en septiembre, la accion causo conmocion. Esta vez el tipo de organizacion vejado llevo la protesta a otras esferas. El directivo maximo del CIM, Giacinto Maselli, viajo a Chile a exigir explicaciones, "porque se ha violentado, en todo el sentido de la palabra, a las personas alli presentes y se ha violado la inmunidad diplomatica". El Gobierno le dio excusas: "Esto es condenable y deleznable", "es inaudito que se use la fecha once de septiembre para una accion de ese tipo" dijeron personeros del Regimen. Felizmente, en su ultima accion del ano el grupo hizo una distincion: no dejo muertos en el camino.


Juan José Boncompte Andreu, era Economista. Había vuelto a Chile en la “Operación Retorno” que su partido, el MIR, planificó para lanzar una ofensiva contra la dictadura. Fue asesinado por miembros del CNI cerca del mercado de Valdivia.       


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