La foto de mi casa
A Julio Guerra Olivares, asesinado en la Villa Olímpica durante la matanza de Corpus Christi

Luis Alberto Tamayo






Esto es como un mal de familia. Mi abuela tenía varias cajas de cartón bajo su cama, allí archivaba recortes de diarios, fotos del Zig Zag, de la revista de Ferrocarriles y programas de teatro. Mi madre guarda todas las tarjetas de saludo, los telegramas, cajitas de fósforos y sobres con el primer mechón de pelo de cada uno de sus hijos. Yo también‚ la memoria no es tan confiable como quisiera. Sé que una moneda es igual a miles de otras, pero yo tengo dentro de un frasquito una de diez pesos que encontré en el patio del liceo el último día de clases de la secundaria. Ahora tengo esta fotografía, toda la fachada del edificio de cuatro pisos en que vivo. Allí está mi ventana con su cortina roja y sus vidrios sucios, tras esa cortina tal vez está mi cara o la de Natalia. También‚ está el árbol tocando con sus ramas las macetas del balcón, haciendo el puente perfecto para las hormigas en el verano. No sabemos a que hora ni que día exactamente tomaron esa foto, lo cierto es que allí está nuestro entorno, una página completa del diario para la caja de los recuerdos.

Esta era nuestra ventana, diré exhibiéndola en varios años más, cuando estemos viviendo quizás dónde. O tal vez sigamos siempre aquí y contemplemos quietos como la Villa Olímpica se transforma en ruinas a fuerza de terremotos y raíces de árboles que revientan las veredas. Entonces habremos de recordar la noche aquella, los años éstos, la vida ésta, que quizás entonces sea distinta.

"Las fachadas de los edificios circundantes no muestran huellas del tiroteo" -dice el diario-. Es verdad que no las hay, las conozco muy bien, eran las mordeduras que yo me entretenía contando en los edificios de la Alameda desde la ventanilla de una micro, era la viruela que atacaba a las ventanas, a las cornisas y a las terrazas. La primera vez que las vi fue para la sublevación de un coronel en Junio del setenta y tres. Lentamente las fueron borrando, tapándolas con cemento como si fuesen caries. Después, la epidemia. A principios de los ochenta ya casi no quedaban.

Algo pasaba afuera. Yo bajé la radio, estábamos en espera del redoble de tambores que anuncia las noticias de la medianoche. No fue el ruido, sino el silencio lo que me llamó la atención. Algo pasa, -dije para mí- mis piernas se encogieron como resortes y llegué a esa posición fetal que adquiría mi cuerpo hace tantos años cuando un vehículo frenaba en plena noche frente a nuestra casa. Frenadas, pasos, golpes de puertas, vidrios rotos. Al otro día en el almacén nos enterábamos de qué era lo que había sucedido, de cuál era el nombre del que se habían llevado. Eso fue en otro tiempo, en casa de mis padres.

Mi oído captó algo y lo pasó adentro, allí se fundió con los recuerdos. Sin que mi piel se enterara mi estómago lo supo. Agucé el oído lo suficiente para seguir los portazos de las camionetas, las frenadas pretendiendo ser silenciosas. Las portezuelas se abrían y se cerraban justo las décimas de segundo necesarias para que un hombre bajara. Los pasos afuera, sonidos mínimos de metal, tacos y voces en códigos urgentes. Revisé mentalmente los adornos de cada muralla, uno a uno los lomos de los libros, recordé que en el lavadero había ocultas dos revistas no autorizadas para circular. Quisiéramos saber que quieren, pero no hay diálogo posible. Pienso en mis amigos, tal vez alguno tenía mi dirección en su libreta, quizás eso. Nadie cuenta lo que hace, es el pacto de no preguntar, y un día abrir el diario y encontrar allí sus nombres, y con suerte, sus rostros mirando apenas. Adivino que los vecinos estarán mirando por los bordes de las cortinas, yo no, no lo hago, huelo demasiado peligro. Hasta el ruido del refrigerador que acciona su motor es un peligro. No hay que llamar la atención, esa es la regla, ser el promedio justo de comportamiento. Quizá estén agazapados al otro lado de mi puerta. Voces y motores y todo está claro, son ellos, los mismos con su idioma.

Tantos edificios aquí, tan cerca unos de otros, la intrincada ciudadela con sus pasillos enormes y sus puertas rojas y verdes con manillas de bronce relucientes, olor a cera y avisos en los descansos de las escaleras llamando a pagar los gastos comunes. Los televisores se apagaron, apenas unas pocas luces en los edificios más lejanos. Me atreví a mover un poco la cortina del ventanal del living, miré hacia arriba: estaban las estrellas.

No hubo sirenas ni parlantes intimando a rendición. Las botas suenan, suben y suben, pienso en que puerta se detendrán para derribarla. Pero ya no es posible que vengan por mis padres, en este departamento no hay niños, sólo dos adultos, los que éramos niños entonces. Pienso que no pueden ser los mismos, los de esos días ya deben estar viejos. Ya no somos niños y si vienen por nosotros no tendremos una mínima esperanza de piedad. Yo recuerdo el mar de sus sonidos. Los pasos llegan al tercer piso y suben más. Nosotros aguantando la respiración y parece que hubieran volado las murallas porque el frío nos coge todo el cuerpo. No patean ninguna puerta, pero tampoco bajan. Camino hacia la cocina y es el aire de esos años, el edificio de enfrente, el largo y tendido al sol por las mañanas, también tiene miedo, no hay nadie asomado a sus ventanas. Vendrán registrando cada casa, pienso. Mis libros están aquí, centellean y yo no tengo un patio para cavar un pique, como hizo mi padre, y meterlos todos al fondo y descubrir después que sobran tantas piedras y que la tierra de la profundidad tiene color a chocolate y un olor recién liberado que es imposible de ocultar. Los rábanos que sembramos entonces se demoraron en crecer, pero a los dos meses el verde luminoso se extendía, y el hoyo del patio lucía zurcido por manos mágicas. Camino con mis piernas tiesas como vigas, llego a la pieza, oímos más gritos, pero no entendemos que dicen; carreras, pero no sabemos si persiguen o arrancan.

Los dos primeros disparos sonaron gruesos, con todos sus ecos posibles, luego ráfagas desde muchas direcciones. Nos tiramos al suelo, a unos pocos metros todo el aire lleno de balas reventando y silbando con sus fogonazos a cuestas. Silencio. Los vehículos se van, nuestro pasaje queda allí, quieto, discretamente vigilado. Nadie se atreve a prender o a apagar luces, ha sido una hora y media de no saber qué quieren. Disparos ahora lejos, como si alguien pateara un portón de lata. Al amanecer caminamos alerta por nuestra casa, desconfiamos. Abrimos con temor nuestra puerta. Afuera todo está igual, mentirosamente perfecto, el cielo despejado también. La televisión dijo que hubo un ir y venir de disparos entre el conminado a entregarse y los agentes. Un diario informa que no hubo intercambio de disparos, ni menos que desde la ventana hubiesen hecho fuego con esa arma automática que indica el parte oficial. Sólo un diario informa la verdad, publican la foto de mi edificio sin ninguna huella en su fachada. No hay otros muertos, ningún vecino herido. Nuestras murallas son sólo planchas de zinc o ladrillo hueco, nuestros vidrios son sólo vidrios. Su dormitorio quedaba justo en diagonal a nuestra ventana. Todas las balas fueron al aire esa noche, sólo las dos primeras buscaban matar a un hombre. Fueron sombras negras que caminaron como arañas por los muros y de un salto estuvieron adentro copando todos los rincones. Afuera todos ellos, adentro todos ellos. Lo cogieron. Inauguraron la fiesta con dos disparos certeros, directo a los ojos, ineludibles para un hombre inmovilizado. El no tuvo un solo aviso, ni un mínimo presagio. Estaba, como nosotros, ya acostado, con la radio encendida sobre el velador, esperando el redoble de tambores con que la Cooperativa anuncia las noticias de medianoche.


La operación Albania
En junio de 1987 agentes de la CNI realizaron la llamada Operación Albania o matanza de Corpus Christi, que afectó a miembros del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR). También en este caso se justificó ante la opinión pública las muertes como consecuencias de enfrentamientos sucesivos, señalándose igualmente que los agentes habían actuado en cumplimiento de una orden judicial y en presencia de un fiscal militar, circunstancia esta última que después sería desmentida.

Los hechos comenzaron en la mañana del 15 de junio de 1987, cuando fue interceptado en la vía pública, en calle Alhué de Santiago a metros de la casa de su madre, Recaredo Ignacio VALENZUELA POHORECKY, economista. Sin intimársele la rendición le dispararon causándole la muerte agentes de la CNI que se encontraban esperándolo.

Por lo anterior, ratificado por testimonios a que tuvo acceso esta Comisión, ésta llegó a la convicción de que la víctima fue ejecutada por agentes de la CNI, considerando su muerte una violación a los derechos humanos de responsabilidad de agentes estatales.

Aproximadamente a las 18:30 horas del mismo día fue muerto en calle Varas Mena, donde vivía, Patricio Ricardo ACOSTA CASTRO, mediante un disparo que le provocó un traumatismo cráneo encefálico y raquimedular.

La Comisión adquirió la convicción, dado el contexto de los hechos acaecidos en esa oportunidad y la forma de la muerte de la víctima con único balazo en el cráneo, de que la víctima fue ejecutada por agentes estatales en violación de sus derechos humanos.

Apenas pasada la medianoche, a unas cuadras más allá de la misma calle Varas Mena, en el N 417, se produjo un nuevo hecho en el que fallecieron dos personas. En ese lugar, en el cual funcionaba una escuela de guerrillas del FPMR, se encontraban tres personas y un número indeterminado de alumnos en la parte posterior del inmueble. Este había sido rodeado desde temprano, habiéndose apostado los agentes en las casas vecinas. A esa hora, un nutrido grupo de agentes golpeó el portón y ordenó a los ocupantes que abandonaran la casa. Casi inmediatamente los agentes echaron abajo ese portón con un vehículo y comenzaron a disparar desde diversas direcciones. Las personas que estaban en la parte posterior del inmueble huyeron, siendo algunas detenidas en las inmediaciones. Los que estaban en la casa se enfrentaron a los agentes durante algún tiempo y luego también trataron de escapar.

El primero de ellos, Juan Waldemar HENRIQUEZ ARAYA, ingeniero, cayó cuando intentaba huir por el entretecho de la casa vecina signada con el N° 415. La Comisión en rigor no puede calificar su muerte de violación de derechos humanos, sino que estima que cayó, víctima de la situación de violencia política, puesto que no le era exigible una actitud distinta a la de defenderse de sus agresores quienes manifiestamente tenían la intención de ejecutarlo.

Por su parte, Wilson Daniel HENRIQUEZ GALLEGOS, obrero, quien se encontraba herido, se refugió en el patio de la casa vecina signada con el N° 419, la que había sido abandonada ya por los agentes. Ahí fue visto por la dueña de la casa, quien le indicó que debía entregarse, a lo que él se negó. Testimonios indican que al rato volvió otro grupo de agentes e hizo a la familia introducirse en el dormitorio. Apresaron a Wilson Henríquez y comenzaron una suerte de juego con él, lo golpearon, lo sacaron a la calle arrastrándolo, dijeron que lo iban a volver a entrar para que no se resfriara y luego lo mataron, registrando su cuerpo según el protocolo de autopsia 21 orificios de bala.

La Comisión ha llegado a la convicción de que se Wilson HENRIQUEZ fue ejecutado por efectivos de la CNI, considerando su muerte una violación a los derechos humanos de responsabilidad de agentes estatales.

Mientras tanto, en el sector de Villa Olímpica de la capital se produjo una nueva muerte también a manos de los agentes de la CNI. Julio Arturo GUERRA OLIVARES, electricista, se encontraba en su departamento cuando éste fue rodeado por los efectivos de seguridad. Se produjo un enfrentamiento por sus captores, el que fue presenciado por testigos. Una vez concluido éste la víctima fue ejecutada, mediante disparos a corta distancia. Por lo anterior y apreciando que la víctima se encontraba a merced de sus captores, esta Comisión considera su muerte una violación a los derechos humanos de responsabilidad de agentes estatales.

Finalmente, en la madrugada de ese día en calle Pedro Donoso de la comuna de Conchalí se produjo el último episodio donde falleció el mayor número de personas: Esther Angélica CABRERA HINOJOSA, cesante, Elizabeth Edelmira ESCOBAR MONDACA, empleada, Patricia Angélica QUIROZ NILO, estudiante, Ricardo Hernán RIVERA SILVA, chofer, Ricardo Cristián SILVA SOTO, estudiante, Manuel Eduardo VALENCIA CALDERON, electromecánico, y José Joaquín VALENZUELA LEVI, estudiante.

Nuevamente la versión oficial señala la existencia de un enfrentamiento en la ocasión, del cual habrían resultado muertas las víctimas antes mencionadas, logrando escapar otra persona. También se señala la existencia de agentes heridos.

La Comisión ha descartado esta versión, en atención a las siguientes consideraciones: en el lugar no existirían huellas de disparos efectuados desde el interior del inmueble; las marcas en el piso del inmueble dejadas por las balas dan cuenta de que a algunas de las víctimas se les disparó desde arriba hacia abajo, presumiblemente mientras estaban encuclilladas; resulta inverosímil como lo sostiene la versión oficial que alguien haya huido del lugar dadas las características de la casa, que es totalmente cerrada; no fue posible comprobar la existencia de agentes heridos como se comunicó públicamente; y, finalmente, debe considerarse la falta de colaboración de la CNI en el proceso destinado a esclarecer esta situación, donde no han sido dados a conocer los nombres verdaderos de los agentes que intervinieron ni menos han prestado declaraciones, ni se ha acompañado el armamento que supuestamente se confiscó en el lugar.

Considerando lo anterior, la Comisión ha llegado a la convicción de que estas siete personas fueron ejecutados por agentes del Estado, en violación de sus derechos humanos.

Como consideración general debe agregarse lo inverosímil que resulta la existencia de tantos enfrentamientos con tantas víctimas fatales en unas pocas horas, lo que hace presumir un planeamiento previo de estas situaciones y su desenlace. (Informe Rettig)

      


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