CHE COMPADRE

Homenaje a Hugo Ratier Noguera
Por Martín Faunes Amigo

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Claro que me acuerdo del "Che Compadre", pero nosotros no nos referíamos así a él, o al menos no directamente. Es que el che era bastante serio y su nombre político era "Edmundo", o tal vez "Raimundo", y él no daba pie como para que lo llamáramos de otro modo. Tengo que confesar también que su puntualidad y su formalidad en todo casi molestaba.
A las doce en Alameda con Matucana, o a las doce en la punta de diamante de SEDERAP, y ahí estaba clavado con sus bigotes gruesos esperando. Uno llegaba a las doce con nueve pero él ya parecía que hacía rato estaba por ahí, porque ahí había que estar.

Y no sólo molestaba. "Va a aparecer un argentino grande", me dijo el propio Torres, en realidad el Coño Villavela, "sé cauto, porque no sabemos quién realmente es". Y claro, un argentino con pinta de agente secreto y encima puntual, llamaba a sospechas, así que sospechábamos. Además se preocupaba de cosas que a nosotros no nos importaban, o por lo menos no importaban para el partido ni para la revolución: Me vio con una Revista del Ministerio de Educación sobre enseñanza industrial, y adivinó que yo hacía clases en esas escuelas, o iba a hacer clases en alguna de ellas, porque, por esos días, Joaquín, en realidad Jaime Vásquez, me acababa de proponer como profesor en la Industrial de Maipú, y yo me estaba preparando para mi primera entrevista. "¿Son idóneas esas escuelas?", me preguntó el Che; y estoy seguro que ningún chileno me habría hecho una pregunta como ésa.

Como puede notarse, claro que me acuerdo de Raimundo el Che Compadre, pero ahora que lo pienso, era un argentino bien diferente de los que conocí ese domingo en El Tigre. Sin un panorama Buenos Aires, ni tampoco nadie quien visitar, porque mi comadre andaba lejos, por Las Cabañas o por Mar del Plata; así nomás, tal como andaba, tomé el tren que sale de Retiro y me senté en la butaca rodeado de burreros que sacaban cuentas alegres de lo ganarían apostándole a los fijos que, según ellos, sus estudios y los datos que el periódico les corroboraba, iban a convertirlos en millonarios. Más de uno quiso inclusive repartir sus datos y por ende su ganancia conmigo, un "pajarito nuevo" que no parecía haberle ganado nunca a nadie.

No. El Che no era como ellos ni tampoco como el que revisaba los boletos, un gordo que lo hacía cortando con su alicates todo lo que los burreros le pusieran por delante, ya fueran boletos comprados o pases libres permanentes, u otros documentos sospechosos que él aceptaba sin cuestionamientos, y sonriéndoles a todos como un viejo conocido que, como para agregar más elementos a la poca acuciosidad de su tarea, vestía sólo la chaqueta de su uniforme, una chaqueta negra con botones de bronce y charreteras que en nada combinaba con el pantalón de mezclilla raído que llevaba por abajo.

"Un pueblo alegre y despreocupado", me dije, recordando lo contradictorio que me resultaba el recuerdo de las actitudes de nuestro Che esa noche que salimos a hacer rayados por Lo Errázuriz, y mientras todos pintábamos con alquitrán felices, el Che se puso de vigía para avisar por si venían pacos o guardias blancos; fue una tarea que él mismo se dió y que lo mantuvo alejado de la verdadera fiesta que significaba para nosotros realizar esos rayados: "FTR: Poder Popular".

No, el Che Compadre no era bueno para la risa. Nosotros sí. Nos pasábamos riendo con la Martuca y con Cicleto -en realidad Lucho Guajardo- y con todos los de las tres unidades de aspirantes que manejaba nuestra unidad, entre los cuales se contaba el Che, o sea "Raimundo", que no era bueno para reírse, que le preocupaba la idoneidad de las escuelas industriales, que llegaba siempre puntual a los contactos, y que además era algo rubio y alto: para sospechar.

Y no sólo eso, una vez que nos sentamos en un restorán de Matucana, le dijo "mozo" al mozo, y el mozo, ofendido, no quería atendernos. Cicleto tuvo que acercarse a darle explicaciones: nuestro amigo es argentino y allá en Buenos Aires a los que atienden a las mesas les llaman "mozos", no como aquí que les decimos "joven", o "señor".

Una vez por qué nos ayudaba con la revolución en Chile y no estaba con Los Montoneros en su país. Fue parco en responderme: "los de allá, por desgracia, no son verdaderos "bolches", ustedes sí lo son.

Vaya distinto. Distinto también a la señora que me preguntó a qué iba a la Isla El Toro después de que me bajé en la Estación Tigre, y elegí una barcaza modesta, una especie de micro Matadero-Palma del agua, y me adentré por el delta del Río Tigre y Sarmiento y el Paraná De Las Palmas, sin saber exactamente hacia dónde sería el periplo en que me adentraba. Y la señora que viajaba con su marido y dos hijos me lo preguntó: "¿hasta donde vas, cordovés?". Yo algo sorprendido, porque en Chile nos reímos mucho, bromeamos y hablamos en doble sentido, pero no le preguntamos al vecino del bus o el metro, así nomás "¿a dónde va?", o "¿pa'ónde vai?"; ni menos suponemos que ese viajero vecino desconocido es de Concepción o Chiloé, o de Córdova o Jujui. Pese a eso le respondí amable "voy al Toro, pero no soy cordovés sino chileno", y le dije eso de "El Toro", porque había leído en la boletería que la barcaza que abordaría tenía como último paradero la isla "El Toro".

La mujer en vez de responderme o preguntarme algo acerca de mi respuesta se dirigió a su marido: "fijáte, el cordovés no es cordovés, sino chileno; y va al Toro, pero no lleva nada". El hombre, que había escuchado perfectamente lo que yo le había dicho a su mujer, asintió para ella como meditando sobre lo que la mujer le decía, como si jamás lo hubiera escuchado antes, o como tomando conocimiento formal de algo que había escuchado de manera informal.

Y la mujer sin esperar que él respondiera u opinara, se dirigió de nuevo a mí diciendo: "pero vos no llevás nada… ¿a qué vas al Toro, chileno? ¿no sabes que en El Toro ya no hay restoran?, ¿sólo un puesto que vende gaceosas?, y vos que no llevás nada te vas a morir de hambre, che…"

Por mi parte, algo confundido y también perplejo, me encogí de hombros mientras la mujer me atacaba de nuevo rápido: "¿llevás acaso malla de baño siquiera?, si no llevás te vas a morir de calor, chileno, aunque ya poco va a importar porque para eso ya habrás muerto qué rato de hambre". Como yo le contestara que no, que no llevaba malla de baño, se dirigió a su marido diciéndole: "fijáte, el chileno no lleva nada para el mange ni tampoco malla de baño… se va morir el chileno, se va a morir", y a mí: "chileno, estos pibes -sus hijos-, perdieron sus mallas de baño en Mar Chiquita, pero se van a bañar en calzoncillos, no habrá problema. ¿Vos te atrevés a bañarte en ropa interior chileno?", y a su marido: "¿le pregunté al chileno si atreve a bañarse en calzoncillos, y no me responde nada de pura vergüenza?", y a mí: "chileno, no estés con vergüenza, el agua es turbia, ¿ves…?, y nadie va a poder verte nada, así que te bañás en calzoncillos nomás". Y a su marido, "el chileno es re vergonzoso", y a mí… o no, ella no; su marido fue el que habló por primera vez en ese momento, pero le habló a ella no a mí: "decile que muchos se bañan en calzoncillos en El Toro, porque para eso El Toro es una isla popular". Entonces su mujer para mí, como si yo no hubiera escuchado a su marido: "chileno, El Toro es un lugar muy popular, y ya vas a ver que muchos se bañan allí en calzoncillos"; y de la mujer para mí, sin pasar por su marido: "¿y qué vas a comer chileno…?, me tenés taaaan preocupada…"

Fue cuando reaccionó el marido de la pareja que iba a continuación de ellos y que a diferencia de los pibes de la locuaz argentina que me hablaba, ellos viajaban con una hija de unos dieciséis o diecisiete; no obstante la reacción de este nuevo interlocutor no fue hacia mí de manera directa, sino a través de la argentina locuaz, que hacía de intérprete: "decíle que nosotros con mi mujer llevamos asado de tira y queremos invitarlo…"

Reaccionó entonces el marido de la argentina locuaz, mi intérprete: "¿qué decís?, ¿qué no ves...?, el chileno viene con nosotros, viene". Y la esposa de la otra pareja: "perdón, pero yo veo claro que el chileno viene solo, por eso lo estamos invitando con mi marido". El marido de mi intérprete: "cierto, vino solo pero ahora está con nosotros, ¿no le parece evidente?". El marido de la pareja dos, supuestamente el intruso, a su mujer: "deciles que podemos hacer perfectamente un quincho común". Y su mujer al marido de la mujer que hacía de mi intérprete: "podemos hacer un quincho en común, no te ofendás". El marido de ella mi intérprete: "¿quincho común?, me parece felómeno".

Y finalmente su esposa, mi intérprete, a mí directamente que nada había dicho pidiendo ser invitado ni había tampoco asentido a la invitación: "¿viste chileno?, no trajiste nada de nada y hasta tenés vergüenza de bañarte en pantaletas, pero vas a comer que te lo encargo… permitítelo con nosotros".

Pasamos un día expléndido con asado a punto, fútbol donde las mujeres también pateaban al arco y, finalmente, con un calor de sobre treinta y seis grados, un excelente baño en el Río Sarmiento, así nomás, "en calzoncillos".

Y claro, hoy que preparo una pequeña historia-homenaje sobre lo ocurrido en Fuenteovejuna con el Coño Villavela, la Pity Vergara, y Sergio Peña "Jota Eme", observo el retrato de esos otros que cayeron el mismo día en Janequeo para extender mi homenaje a Alejandro Salgado. Es cuando descubro en una foto antigua, posiblemente de cédula de identidad, los bigotes y la mirada seria del Che Compadre, y conozco así su nombre verdadero "Hugo Ratier Noguera", que ya veo cómo debió encontrarse con nuestro jefe de GPM, el Coño Villavela, en el exilio y volvió con él para terminar asesinado así tan a mansalva. Bigotes gruesos y mirada seria. Cierto, el che compadre poco tenía de esos bonachones y acogedores argentinos y argentinas del tren al Tigre y del Delta del Paraná, salida de selva de mil islas tropicales, una de las cuales es ésa modesta que llaman El Toro. Distinto el Che Compadre, muy distinto. Distinto pero bueno, bueno también, bueno de otras maneras. Grande el Che Compadre, grande Ratier, grande… y pensar que alguna vez hasta nos provocaste sospechas.


Hugo Ratier Noguera, de nacionalidad argentina, "Raimundo", o "Che Compadre", llegó a Chile para incorporarse a la lucha revolucionaria y al MIR, allá por 1969, siendo sus primeras tareas aquellas relacionadas con el frente sindical en el Cordón Cerrillos, el mismo GPM que dirigía Arturo Villavela, "Coño Villavela", "Torres", "Torretti", o "Torreja"; quien era ingeniero y fue ejecutado junto a Sergio Peña Díaz "JM", veterinario, y Lucía Vergara Valenzuela "Pity", en circunstancias que habían ingresado clandestinamente al país en el marco de la "operación retorno" organizada por el MIR. Los ejecutores fueron agentes del CNI que, tras el asesinato, intentaron simular que habían sostenido un enfrentamiento, tesis que se desvirtuó rápidamente porque al mismo tiempo que estos tres revolucionarios eran ejecutados, en la calle Janequeo, del sector poniente, era ejecutado también Hugo Ratier Noguera junto a Alejandro Salgado Troquian, quien era veterinario y que al igual que Lucía, Sergio, Arturo y Hugo, era militante del MIR reingresado al país de manera clandestina. Los matones que ejecutaron a los miristas de Fuenteovejuna y Janequeo, instalaron una ametralladora punto 50 que empezó a disparar y no paró sino hasta diez minutos después, cuando ya no podía quedar ningún sobreviviente, para posteriormente incendiar las casas.

      


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