CIEN AÑOS DE SOLEDAD

En recuerdo de Santos Romeo González
Por Nilda Bórquez


El martes once de septiembre tenía que rendir una prueba importante sobre el Realismo Mágico, me preguntarían sobre Cien años de soledad y necesitaba leerlo. La noche anterior lo había empezado pero me quedé dormida con el libro sobre el rostro. Desperté al día siguiente y sin escuchar noticias, partí a mi prueba. Sólo allá en el Liceo me enteré del golpe. Rápidamente volví a mi casa a cambiarme el uniforme y partí al lugar donde militaba.

Cada uno tenía que asumir su puesto de combate, y el mío era una población del sector poniente. Había una confusión tremenda, empezamos a recolectar neumáticos con los pobladores, tendríamos que enfrentar al enemigo y se suponía que para eso estábamos relativamente preparados, está demás decir, sin embargo, que no contábamos ni siquiera con pistolas de juguete.

En ese contexto, no sé si fue el trece o el catorce, llegó el compañero Máximo con Santos Romeo. La primera noche nos quedamos en casa de unos compañeros socialistas, quienes estaban aterrados con nuestra presencia. Nos fuimos a otra casa y ahí tuvimos más tiempo para conversar. Fue como un regalo en medio de la desolación, ya que, nuestro compañero Santos era muy querido y respetado en el GPM. Para mí, militante incipiente, casi niña, sentía que estaba con un militante de verdad y mayor. Hoy supe que tenía apenas treinta y tres años, la edad de Cristo.

Él era respetado porque su compromiso con los trabajadores era a toda prueba. Era el contador de la empresa y eso lo hacía distinto frente a los demás; pero él en realidad no era distinto: era humilde y sensible, así lo veía yo y era excelente poder estar con él en esas horas terribles donde la incertidumbre presagiaba la muerte. He aprendido a través de la vida que el presagio de la muerta evoca siempre la esperanza, y la esperanza de Santos Romero evocaba a su mujer y a sus hijos, se cerraba un ciclo importante en su vida y él ahí conmigo, soñaba con una casita en el campo, criando gallinas. Anhelaba tomar contacto con su familia y estaba tremendamente preocupado por el dolor que su ausencia les estaría causando.

Nos pasamos la noche entera conversando y soñando e incluso hasta casi nos quedamos tranquilos gracias a ése, habernos dado permiso para divagar. Y llegó el momento en que la represión se nos cayó encima; y podíamos claramente ver y escuchar cómo rodeaban el sector donde estábamos. La señora de la casa me tomó de la mano y me llevó al dormitorio y dijo "Mi'jita, si vienen aquí no diga nada, yo voy a decir que es mi hija, mire", y me mostró su libreta de familia donde aparecía una hija que había fallecido pero que no aparecía como tal en el documento. Santos Romero me guiñó un ojo, aprobando la idea de la señora, todo eso me tranquilizó, me tranquilizó bastante. Una tranquilidad precaria que en todo caso no duró demasiado: sentimos ruidos en el patio y alcancé a ver cómo Santos se dirigía hacia el fondo. Lo llamo y le digo "no te vayas, a lo mejor no vienen hasta acá". Se dio vuelta, me miró y me hizo una seña de despedida con su guiño, y luego saltó la tapia. Lo sentimos caer al otro sitio, lo setimos correr por él; lo sentimos también cuando lo sorprendieron. Fue la última vez que vi a mi querido y respetado compañero José Santos Romeo. Era de verdad una linda persona, tras su partida para mí vendrían cien años de soledad.

Víctor Romeo de la Fuente, quien luchó en Cerrillos Maipu el 11 de Septiembre, cayó herido, fue condenado por Consejo de Guerra, salió a Francia, combatió en Nicaragua y murió de cáncer hace algunos años en París.

Sitio creado por
ULTIMOS TRANVIAS
© 1999 - © 2000 - © 2001 - © 2002
© 2003 - © 2004 - © 2005. ESCRÍBANOS