COCA-COLA
Para Jaime Vásquez Sáez



Por Martín Faunes Amigo




Coca-Cola era mayor que nosotros por dos años o más, no estoy seguro, eran sin embargo los suficientes como para considerarlo “de la generación anterior”. Y así lo considerábamos. Es que un par de años a los diecisiete son muchos, muchísimos.

Y por pertenecer a la generación anterior, el Coca-Cola tenía costumbres y actitudes que nos sorprendían. De hecho, a quién se le habría ocurrido cantarle un tango al oído a una muchacha. A él nomás. Es que el tango y el bolero no corrían, eran cuestiones de papás o tíos; nosotros estábamos sólo por Los Beatles y los Rolling Stones pero por ningún tango. Aunque Goyeneche y Manzanero eran excepciones.

Sin embargo para Jaime Vásquez, Coca-Cola, cosas como ésas no tenían importancia; él conquistaba muchachas susurrándole boleros de Gatica y ni siquiera le daba vergüenza.

Es que insisto en lo del par de años, y el Coca-Cola tenía más, diecinueve, veinte; en fin, toda una vida para nosotros y también para él, que había sido bautizado con ese alias en el barrio Plaza Sucre donde vivía; y eso, porque Vásquez de nombre verdadero Jaime, hombre de piel morena de betún, era a la vez chispeante como coca-cola, espumoso: “¡Biiiéééénnn!”, decía, aunque nos estuviera yendo “maaal”, pero él insistía en su “¡biiiéééénnn!”, porque sólo así, decía, se espanta el “maaal”.

«Coca-Cola», así lo siguieron llamando después cuando ingresó a la Universidad Técnica a estudiar Construcción Civil. Para entonces ya se había casado y su compañera esperaba una niñita a la que llamaron Tamara, como a la que acompañó a Bolivia al Che. De ahí para adelante, Jaime Vásquez-padre, pareció todavía mucho más maduro; y nada tenían que ver con eso el par de años que nos separaban. Jaime Vásquez, casado y con responsabilidades, chispeante y todo y siempre entusiasmado, pero mucho más maduro. De hecho empezó a trabajar, se convirtió en profesor de la Escuela Industrial de Maipú. Hablo de tiempos extraordinarios, una época maravillosa: muchachos apenas, asumiendo responsabilidades de personas tan grandes.

Año de 1968, y en dos más habría elecciones, de tal modo que, «por el ascenso de la lucha de clases, es factible que gane Allende, y de ganar Salvador Allende, la oligarquía tendría que reaccionar con la CIA y sus fuerzas armadas, con dos posibles escenarios: un golpe inmediato para que las fuerzas populares no alcanzaran a afianzarse, un golpe tardío después de boicotear y desgastar al gobierno, lo cual les aseguraría más años de mandato dictatorial».

Eso nos dijo «Joaquín» –el Coca-Cola- cuando nos recibió como aspirantes a rojo y negros, un vaticinio casi exacto a más de cuatro años plazo. Un vaticinio terrible, a pesar de lo cual, nosotros igual la pasábamos felices.

Pero eso no fue todo. A los que algo después cumplíamos diecinueve nos pidió realizar el servicio de militar como estudiantes por tres meses en el verano. “Para que conozcan desde adentro el monstruo que tarde o temprano intentará tragarnos”.

Tarde, después, más allá del setenta, con el General Schnneider ya asesinado, Salvador Allende en el gobierno, y el vaticinio en un 70% cumplido, la cosa se pondría más dura, mucho más dura; y nosotros, sin darnos cuenta por qué, acelerábamos la vida y tomábamos decisiones que ahora los muchachos se tardan años en tomar. Aunque miento, de qué decisiones estoy hablando; en realidad a nosotros las mismas circunstancias nos llevaban de allá para acá, no alcanzábamos a decidir nada, vivíamos apenas reaccionando a la vida, que eso sí, era rica y maravillosa. Por eso, cuando mi compañera me contó que estaba embarazada, decidimos conservar el hijo a toda a costa, quizá porque después del golpe que tendría que venir tarde o temprano ya no tendríamos oportunidades; cómo, si una de las posibilidades que habría sería que fuéramos asesinados.

Para ayudarnos, Jaime, de nombres supuestos “Joaquín”, y también “Coca-Cola”, me legó su trabajo en la Escuela Industrial de Maipú porque él tendría que partir a integrar el GAP y ya no seguiría en la docencia. Partió entonces del frente estudiantil y del campesino, iba contento. Se vino a despedir de la mano de su Tamara con tres o cuatro años, una niña que como su papá, era morena y chispeante.

Y no lo volvimos a ver por la Escuela Industrial de Maipú, ni por la de Construcción Civil de la UTE, tampoco en el Teatro California donde íbamos los domingos los de Ñuñoa, ni en la Plaza Sucre donde lo bautizaron como «Coca-Cola».

Se Llamaba Jaime Vásquez Sáez, tenía una hija de nombre Tamara, partió a integrar el GAP. Después, por allá por mil novecientos setenta y cinco, lo emboscaron y se lo llevaron a la Villa Grimaldi. Ése fue el último lugar donde alguien lo vio.

      


Jaime Enrique Vásquez Sáenz, casado, 27 años, constructor civil y profesor, militante del MIR, ex integrante del GAP, fue detenido el 13 de febrero de 1975 por la dina, en momentos en que llegaba a la casa de Iván Montti Cordero –ingeniero y militante del MIR-, ubicada en Los Illanes 95, Las Condes, a quien habían arrestado horas antes junto a su hijo de 5 años de edad. Los efectivos de seguridad se encontraban en el interior del inmueble manteniendo en calidad de detenidos al dueño de casa, a Carmen Díaz Darricarrere y a Alan Bruce Catalán, militantes del MIR y estudiantes universitarios, quienes, al igual que Jaime, se encuentran en calidad de detenidos-desaparecidos.

Al día siguiente, los agentes allanaron el domicilio de Jaime Vásquez ubicado en José Miguel de la Barra 449, arrestando a René Roberto Acuña Reyes, quien resultó herido en el cuello por impactos de bala y, a pesar de que sangraba profusamente no fue atendido.

Todos los aprehendidos fueron trasladados a Villa Grimaldi, desde donde el menor fue trasladado al Hogar de Menores de Carabineros «Orden y Patria». El niño Iván Montti Araya, el único que no está desaparecido, fue trasladado secretamente al hogar de Carabineros indicado, sin que se diera aviso a sus familiares, y sin que su ingreso fuera registrado en los libros correspondientes, tal vez para “comercializarlo” o para darlo en adopción a algún influyente de la dictadura. Después de una intensa búsqueda, su tía Patricia Montti Cordero, logró encontrarlo en ese lugar en el mes de marzo.

El 13 de febrero de 1975 agentes de la DINA ocuparon el domicilio del militante del MIR Eugenio Iván MONTTI CORDERO, ubicado en la comuna de Las Condes, deteniendo a éste y a otros militantes que acudieron a reunirse con él. En esa forma fueron detenidos Carmen Margarita DIAZ DARRICARRERE, Alan Roberto BRUCE CATALAN y Jaime Enrique VASQUEZ SAENZ.

Al día siguiente fueron detenidos otros tres militantes del MIR vinculados a los mencionados. En su domicilio del centro de Santiago fue detenido René Roberto ACUÑA REYES, el que durante la detención habría intentado huir a raíz de lo cual resultó herido a bala. En la vía pública fueron detenidos Manuel Edgardo Del Carmen CORTEZ JOO y Hugo Daniel RIOS VIDELA.

Los detenidos desaparecieron en poder de la DINA. Hay testimonios que dan cuenta de la permanencia de todos ellos en Villa Grimaldi. René Acuña habría sido llevado en algún momento a la Clínica de calle Santa Lucía en su condición de herido. La mayor parte de estos detenidos habría formado parte de un grupo que fue sacado de la Villa Grimaldi el 28 de febrero con rumbo desconocido.


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