Coquimbo, donde dinamitaron personas

En recuerdo de Federico Álvarez, Germán Cuello, Mario Romero y Sonia Valencia.
Por Ana Marín Molina
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Fue temprano, en la mañana, mientras vestía al niño, mientras tú -aún tendido en la cama- escuchabas las primeras noticias como lo hacías siempre. El sol de inicios de verano ocupaba la pieza y por las calles de la población la gente se aprontaba a recibir otro nuevo año.

No sé cómo escuchaste, Federico, o quizás esperabas escuchar algo al respecto. Lo cierto es que saltaste de la cama y corriste hacia el living y alzaste al máximo el volumen de nuestra vieja radio. Algo decía que no quise entender, que no pude entender, que tuve que pedirte me explicaras.

Te duchaste y vestiste con una velocidad extraordinaria. "Voy a comprar el diario", escuché que decías y me quedé sintiendo ese eco trágico de una puerta que se cierra de golpe. Hice el almuerzo como cada día, porque esos sobresaltos no nos eran extraños. Cuando al fin regresaste, vi aquellas grandes letras que, en rojo intenso, anunciaban las sólitas desgracias de la primera página:

"TRES EXTREMISTAS MUEREN AL EXPLOTAR LA BOMBA QUE ESTABAN PREPARANDO".

"¿Sabes quiénes son?", me atreví a preguntar. "Creo saberlo, pero no estoy seguro", murmuraste. Revisamos con avidez las páginas del diario, con una rapidez vertiginosa, con desesperación, con el deseo de saberlo luego, fuese aquello que fuese. Es más terrible aún la incertidumbre que la verdad más negra.

No pude resistirlo y te arranqué las hojas de las manos. Busqué y busqué más detalladamente y... sí. Un título pequeño. Un miserable y minúsculo artículo. Sólo unas pocas líneas: "Tres extremistas mueren en Coquimbo". Lo único seguro eran esos dos nombres conocidos. El tercero -decía la noticia- no había sido identificado. "Es Rogelio", dijiste. Con una voz extraña que no te conocía.

La chica Lila, Rodrigo y Rogelio. Y un vacío increíble me pesó en el estómago. No me pude mover. Releí una y otra vez esas líneas confusas del raquítico artículo... ¡Qué contraste con el título inmenso de la primera página! "¡Pero, cómo!", recuerdo que grité, cuando pude articular palabra. Tú lo sabías ya, tú lo sabías.

Serví en silencio los platos de lentejas que ninguno probó. No me acuerdo del niño. No sé si habrá comido, no sé qué habrá sentido viéndonos consternados, viéndonos invadidos por la pena y la rabia. No. No sé si fuese rabia, más bien era impotencia, una amargura enorme, una desolación desesperante. Nuestro pequeño hijo tenía poco más de un año en ese tiempo.

No recuerdo si aquel día lloré. Sólo sé que quería huir lejos. Las paredes de nuestro departamento me asfixiaban. Quería ir no sé a dónde, estar libre, al abierto, a todo campo. Quería estar fuera de mí y no sentir ese dolor terrible que me apretaba el pecho y la garganta.

Salimos a caminar, rumiando nuestra incredulidad y nuestra pena en tácito silencio. Compramos un helado para el niño y nos sentamos sobre un grueso tronco, bajo el sol de la tarde. El verano llegaba nuevamente, todo resplandecía, aun en esas casas malandadas de nuestro humilde barrio en los alrededores de Santiago.

Yo pensaba en la Chica, y estrechando aún más fuerte la manito de mi hijo, yo pensaba en sus hijos. Recordaba a Rodrigo, compañero de la Chica, con aquella mirada de niño pobre que ha crecido de prisa y aún no se ha dado cuenta. Su sonrisa, sus bromas, su manera imprevista de llegar, y ese buscar pretextos para seguir hablando y comentando cosas sin importancia y retardar la hora de marcharse. Y Rogelio, callado y taciturno, pero abierto, amigable, cariñoso, al jugar con nuestro hijo. Los tres muertos. Los cuatro muertos. Porque la Chica estaba embarazada. Tenía siete meses de embarazo.

Cuando el niño terminó su helado, volvimos a la casa. Sólo Rogelio la había conocido, sólo él se había sentado a nuestra mesa. Siempre que aparecía, a la hora que fuera, yo hacía esta pregunta: "¿Has comido? ¿Quieres que te sirva algo?" Y él, sonriendo un poco avergonzado, aceptaba. Y un día de diciembre acabó todo.

El 31, en la tradicional fiesta de Año Nuevo, intercambiando abrazos desolados y fingidas sonrisas con nuestros familiares, pensábamos en ellos: en los tres 'extremistas', en nuestros tres amigos, nuestros tres compañeros. En tanto, los padres de Rogelio -que aún desconocían la noticia- brindaban a su salud un poco tristes por la insólita ausencia. Mientras el otro hijo, conocedor de la horrible verdad de aquel 'urgente viaje', se tragaba las lágrimas para no anticipar el dolor a los padres, y para no amargarles la cena de fin de año.

Mucho tiempo sufrí por causa de esto. Más tarde otros dolores lo relegaron a segundo plano: tú fuiste detenido y moriste en tortura, dejando a nuestro hijo sin un padre. Un dolor se sobrepone a otro y así sigue la vida.

Ahora que estoy sola, me quedan los recuerdos. Son sueños inconclusos, fragmentos de historias increíbles que se cruzan y mezclan, escenas repetidas, siluetas esfumadas, miradas y destellos de sonrisas antiguas. Anoche, por ejemplo, en sueños vi a Rodrigo. Lograba verlo bien, nítidamente. Con pantalón oscuro y camiseta blanca. Delgado, como era, con músculos enérgicos. Sonreía al hablarme, con esa simpatía y ese aire incorregible de gran complicidad en él característicos. Entonces desperté, y traté de olvidarlo. No quería volver a recordar esos hechos tan tristes. Mas su imagen siguió todo el día en mi mente. Volví a vivirlo todo, todas aquellas cosas, y -para liberarme- he debido escribirlas.


Germán Cuello, Mario Romero y Sonia Valencia, compañera de Mario, se vieron envueltos en una encerrona de la CNI en los cerros de Coquimbo, donde se simuló su asesinato diciendo que les habría explotado un bomba que ellos mismos armaban. Sonia dejó dos hijos huérfanos y, el que esperaba por ya siete meses, murió con ella. El asesinato de Sonia y su hijo, Mario y Germán, se suma a los muchos otros que el Informe Rettig no consideró por "no haber pruebas suficientes".

No muy lejos de donde dinamitaron a Germán, Mario y a Sonia, tras el golpe de estado, unos militares que cuidaban un gasómetro, ejecutaron a los niños Rodrigo Palma Moraga y Jimmy Christie Bossy y ocultaron sus cadáveres. Los militares asesinos estaban bajo el mando de Ariosto Lapostol Orrego, comandante del Regimiento Arica y de Juan Emilio Cheyre Espinoza, que en el momento de ocurridos los hechos se desempeñaba como ayudante del comandante Lapostol (su "delfín"), pero ninguno de los dos ha querido revelar la identidad de los uniformados asesinos. Conozca más detalles en Guayacán, donde ejecutaron a niños.

      

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