FEDERICO JUNTO AL DIAMELO


Dedicado a mi compañero, Federico Álvarez Santibáñez
Por Ana Marín Molina

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Federico camina hacia el diamelo, se sitúa ante él y mira hacia la cámara. Tiene treinta y un años, pero representa muchos menos. El pelo negro, brillante y ondulado, cae sobre su frente y las oscuras y gruesas cejas sombrean el café verdoso de sus ojos profundos... Sonríe, o más bien, intenta una sonrisa que sólo se ha quedado en una mueca melancólica y triste. Lleva aquella camisa que le regalé la navidad pasada, unos viejos bluyines desteñidos y los zapatos café con cordón que tanto le gustan.

Mira hacia la cámara con ese gesto suyo que le da un aire de altivez e insolencia. El sonido del obturador ha detenido el tiempo. Sí, para que dos años más tarde yo lo vea y pueda pasar tardes enteras observando su rostro, la línea firme y recta de la nariz, el corte varonil de sus mejillas, los reflejos del sol en su cabello, los pliegues de la camisa a cuadritos de color amarillo, anaranjado y verde, aquel bluyins con la bastilla que cosí y descosí más de una vez, sus manos, la forma de sus dedos, y lo que es más, la expresión de sus ojos que me miran a través del tiempo y que, quizás, cuántas y cuántas cosas me quisieran decir.

Y está aquí tan cerca, sobre mi cuaderno, con ese amago de sonrisa propio en él, como si quisiera hablarme, como si estuviera a punto de decirme algo.
Sin embargo, no.

La última vez que lo vi, su rostro era plomizo y sus labios estaban hinchados y con sangre. Grandes ojeras hacían más lúgubres esos ojos vacíos que me miraban desde los límites del sufrimiento. Sus cabellos revueltos y ensangrentados caían opacos sombreando su amplia frente. Este cuerpo, que resplandece en la fotografía, lleno de juventud, de vitalidad y de optimismo, sería más tarde víctima del más cobarde y vil ensañamiento quedando reducido a un guiñapo humano, a un zombi, a un muñeco de trapo que, con los brazos colgando mustios a los costados, con la cabeza rota, el cuerpo hecho una llaga, sosteniéndose en pie por extraño milagro, me clavaría unos ojos grises e inexpresivos desde el territorio más remoto de la impotencia y del dolor.

Pero no olviden que hace sólo dos años, Federico caminó hacia el diamelo, se situó ante él e intentó sonreír, para que yo siguiera recordando su risa en este cruel presente, ahora que no la tengo más.


Cierta noche, hace varios años, cuando llevábamos pocos meses casados, tuve una pesadilla y desperté asustada.
-Chico, si te mueres no podría seguir viviendo... ¿Con qué fin viviría? ¿Qué sería la vida sin ti?
-No seas tonta. No soy el único que puede hacerte feliz. Encontrarás a alguien.
-No.
-Nadie es imprescindible. Aunque nos cueste reconocerlo, es así.
-Me gustaría que muriésemos juntos. O yo primero. Porque no puedo hacerme la idea de quedar sola. Sería tan terrible.
-Eres egoísta. Deseas morir primero para que sea yo el que deba cargar con la tristeza y la soledad.
-No soy egoísta. Tal vez sea cobarde.
-No hablemos más de esto... ¿Por qué eres siempre así de pesimista? ¿Por qué hablar de la muerte? No podemos vivir pensando en eso. Si empiezas a darle vueltas al asunto lo único que conseguirás es amargarte y al final no disfrutar de nada.
-Federico, te quiero.
-¿Y eso qué? Yo también te quiero un poquitito.
-Si me quieres no me dejes sola, por favor, nunca...
-No me pienso morir. No, todavía.
-Chico, ¿te dormiste?
-Sí. Hace rato.
-Tengo miedo...
Entonces Federico me estrechaba en sus brazos, me acariciaba el cabello y me contaba historias. Yo sentía llegar la calma poco a poco y un sueño dulce me transportaba lejos, más allá de su pecho y de su corazón.


Llegamos al hospital cerca de la una. Todo estaba en regla, estaba lista incluso esa maleta vieja que me prestó una amiga y que llené de pañales y ropa pequeñita con tantos meses de anticipación. Nos miramos antes de despedirnos. Me hiciste un guiño: "Todo va a salir bien". Alguien me condujo al tercer piso, pidieron mi maleta y me encontré de pronto en una sala limpia y espaciosa con fuerte olor a medicamentos... ¿Sentí miedo? Tal vez, pero pensaba en ti. Quizás irías preocupado recorriendo aquel camino a casa, con el ceño fruncido y la frente cortada por los profundos pliegues que te dibujan siempre los momentos difíciles. Sin embargo, dime... ¿No fue acaso lo que siempre esperamos? ¿No fue este día el que ansiamos tanto y tanto disfrutar y vivir? Un hijo... ¿Cierto? Tuyo y mío.

A las tres de la tarde me hallaba en una cama blanca, junto a la ventana. La aguja del suero en el brazo izquierdo, sin moverme, esperando que llegara la hora. Luego, ciertos dolores, desconocidos antes para mí, empezaron a hacerse presentes. Había sol, sí. Un pálido sol de comienzos de julio. La gente subía y bajaba por la calle ascendente que va a las poblaciones obreras, allá en el cerro.

¿Será niña? ¿Será varón? Aunque no lo confieso deseo interiormente que sea un hombre, sí, y que se parezca mucho a ti. Cada vez los dolores son más insoportables. Trato de pensar en otras cosas como me aconsejaste, intento relajarme, ayudar al pequeño en su búsqueda de la salida. No gritaré. No lloraré ni me tiraré el pelo como en las películas. No pienso aferrarme a los barrotes del catre. Nada de eso. No estoy en una clínica. Soy indigente y las indigentes no tienen derecho a llorar. Es verdad. Me lo han dicho. Las insultan y retan cuando empiezan con gritos o lamentos: "¿No te gustó, pues? ¡Ahora aguanta! ¡Ya, ya, ya! ¡Deja de hacer escándalo!"

Ningún sonido ha escapado de mi garganta, Federico, sólo tarareo mentalmente una canción y pienso en ti.

Son las nueve de la noche. La ciudad es ahora un montón de luces en un fondo negro. Mi respiración ha cambiado, no he podido evitarlo, transpiro, los dolores son cada vez más fuertes y con tanta frecuencia... ¿Cuánto falta aún? ¿Lograré soportar?


Desde ese día trágico de agosto
que se ha quedado estático en el tiempo,
como un lamento lúgubre infinito,
como una herida que jamás se cierra.
Desde entonces, principio de mi angustia,
desde entonces y para siempre, siempre,
envuelta en soledades y silencio,
combatiendo con toda mi desdicha,
no me he atrevido a levantar la vista
ni al cielo anochecido más hermoso.
Por temor a divisar tu sombra,
tu imagen desde entonces imborrable,
tu chaquetón azul, viejo y gastado,
tu bufanda de lana blanca, blanca,
caminando entre estrellas imprecisas.
Tu imagen tan querida y añorada.
Con la mirada triste y desteñida,
la esperanza marchita y en girones
y el corazón, cual máquina oxidada,
olvidado en el fondo de un bolsillo.
Para no verte así no miro el cielo
desde ese día trágico de agosto.

------------- O -------------


Federico, compañero,
devuélveme la alegría
que te llevaste ese día
cuando en trágico sendero
un zarpazo traicionero
puso fin a tu existencia.
Mientras lloro la carencia
de tu mágica dulzura
grito en esta noche oscura
devuélvanme su presencia.

------------- O -------------

      


Federico Álvarez Santibáñez, “Perico”, militante del MIR, químico laboratorista y profesor de química del Liceo Maipú, ex alumno del Liceo de Hombres de La Serena y de la Universidad de esa misma ciudad. Falleció el 21 de agosto de 1979 tras haber sido detenido por carabineros que lo entregaron a la CNI. En su declaración ante la Fiscalía Militar los abogados apreciaron las terribles condiciones en que se encontraba, a pesar de lo cual no se lo remitió al hospital. Al día siguiente falleció en la Posta Central donde debió ser llevado de urgencia y donde se le diagnosticó contusiones múltiples, hemoptisis e insuficiencia pulmonar. Sin embargo, oficialmente se explicó su muerte como consecuencia de un golpe en la cabeza dado por un carabinero al reducirlo.

En contra partida, el Colegio Médico realizó un sumario en contra de los facultativos que tuvieron participación en los trabajos de tortura del CNI, ya que en la Posta Central, donde Federico en definitiva fallece, se indicó que la causa de la muerte no se vincula a ningún golpe en la cabeza, sino a las torturas ocasionadas por la CNI. De esta manera, entre los médicos sancionados por el Colegio Médico se menciona a Camilo Azar Saba: participación en torturas al interior de recintos de la CNI; un dictamen que afectó además a los doctores Luis Losada Fuenzalida, Manfred Jurgensen Caesar. p> La llamada “Comisión Funa”, acudió a denunciar a Camilo Azar a su propio domicilio en La Reina, el 20 de diciembre de 2004. “es un médico que puso sus conocimientos al servicio de la tortura aplicada por la CNI al interior de recintos clandestinos”, agregando que “el caso más conocido de su actuación es el que causó la muerte de Federico Alvarez Santibáñez –Perico-, quien dejó una viuda, un hijo y el ejemplo de consecuencia de un hombre que se atrevió a enfrentar a la dictadura a pesar de los momentos extremadamente adversos.

Hasta la fecha, la Comisión Funa ha denunciado por torturadores en sus lugares de trabajo a los médicos Alejandro Forero, Werner Zanghellini, Roberto Lailhacar y Sergio Muñoz Bonta, quien continúa trabajando en la sección dental del Hospital Barros Luco.

Conozca también "Pasajeros del tren Elquino" , homenaje de Martín Faunes para Federico Álvarez Santibáñez.


Federico era ex alumno del Liceo de Hombres de La Serena; liceo del cual egresaron también Horacio Carabantes Olivares y Óscar Rojas Cuéllar. Con este último fue compañero además en la Universidad de Chile Sede La Serena.
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