Diana
En memoria de Diana Aron Sviliski
Gilda Waldman M.

CONOZCA: Hermosa niña judía,
por María Paz García-Huidobro
Diana y Paulina vencen la impunidad,
por Lucía Sepúlveda Ruiz






Con el tiempo me he vuelto una coleccionista de huellas, vestigios, fragmentos y ruinas de historias dormidas que estallan a veces en relámpagos de memoria, desencadenando como torrentes la materia herida del recuerdo. En un antiguo baúl de roble guardo retratos en sepia de la familia de mi padre, papeles sin destino, libros prodigiosamente conservados, ilegibles pasajes de barco fechados en Septiembre de 1939 y que mi padre ya no alcanzó a enviar a Cracovia, carpetas de caligrafía quebrada, ropa deshilvanada, discos de 33 revoluciones por minuto, notas caóticas, poemas de amor y soledad, una carta en idisch dirigida a mi padre relatándole la noche en que sus dos hermanos fueron arrastrados, junto con los amigos valerosos que los habían cobijado, desde un ático en el ghetto de Cracovia hacia un tren con dirección al exterminio, y muchos objetos más que forman el rompecabezas de mi memoria, aquella que fisura el tiempo congelado del presente e inscribe en la levedad frágil de mis días el tormento de un duelo en suspenso.

A veces, en las noches lluviosas de invierno, levanto la mirada a la cordillera de los Andes y busco en el baúl los chales de mi madre, con los que Melissa, tú y yo nos envolvíamos en las tardes de nuestra dulce y misteriosa adolescencia para escapar al cine a ver películas prohibidas. Algún mediodía de otoño recorro con mis dedos el samovar de mi abuelo, del que el viejo extraía infinitas tazas de té que endulzaba con terrones de azúcar que se deshacían en su boca mientras tú, Diana, le arrancabas los secretos de su vida de comunista revolucionario y clandestino en su pueblito de Yanov, del cual partió cargando sólo una bolsita de tela con tierra del cementerio judío donde reposaban sus muertos. Con mayor frecuencia, y a medida que la primavera comienza a derretir la nieve en la cordillera, releo las notas caóticas de tus agendas, que anticipaban tu vocación de periodista. Salta tu voz en las frases inacabadas de las canciones que transcribiste en tus cuadernos escolares, en las que se entretejían los cantos tradicionales israelíes que aprendíamos en el colegio con los paisajes campesinos de los que te hablaba Alba, tu nana de Chiloé. Hojeo los papeles que conservan aun tus versos, los que dedicabas al desierto seco y ventoso del Neguev o a las aguas movedizas del Jordán, y los que hablaban también del cobre oscuro, los bosques de eucaliptos y las tierras lluviosas de nuestro país, lejano e insular, que se te metió en la piel. De la lejanía del tiempo escucho, en un viejo disco maltratado por el polvo, el eco de tu voz resonando junto a la canción Yerushalaim zel zaav, ve shel nejoshet ve she or, que entonabas, casi siempre, mezclada con cantos que gritaban la injusticia y la pobreza en que vivían los hombres de las minas en las que sol abrasa de día y hiela de noche. Me sonríes, Diana, desde un collage de fotos, las nuestras, las de melissadianavaleria, dianavaleriamelissa, valeriamelissadiana, las amigas invulnerables, las cómplices inmortales. Melissa, la de mirada profunda y dulce, Valeria, contemplativa y silenciosa, y tú, Diana, toda picardía y malicia, toda alegría y ternura en tu pelo castaño y tus ojos color miel. La mirada punzante de mi memoria se detiene en momentos congelados. Enero de 1962, melissadianavaleria tendidas en la playa de cara al sol con la arena pegada al cuerpo. Marzo de 1963, dianavaleriamelissa disfrazadas de reinas en la celebración escolar de Purim. Abril de 1964, valeriamelissadiana nadando en el Pacífico, helado, embravecido. Diciembre de 1965, dianamelissavaleria comiendo cerezas a puños junto al magnolio de tu casa, aquel que plantaron tus padres el día de tu nacimiento. Julio de 1966, dianavaleriamelissa revolcándose en la nieve bajo el cielo nublado de Farellones. Agosto de 1967, melissavaleriadiana trabajando en la cocina de un kibbutz, voluntarias en Israel después de la guerra de los seis días. 18 de noviembre de 1968, dianamelissavaleria cortando el pastel de mi cumpleaños, en el desorden de libros y cuadernos de nuestro primer año de Universidad.

Esa fue nuestra última foto juntas.

Y cada 18 de noviembre, cuando se apagan los ecos del ritual con el que mis hijos celebran el aniversario más de una vida que es sólo espectro y máscara, me acerco al baúl, hundo mis dedos en él y sin esfuerzo encuentro un papel amarillento, trizado en cada doblez, y lo leo nuevamente aunque sé de memoria cada una de sus palabras: "Hoy, 18 de noviembre de 1964, nosotras, Diana A., Melissa G., y Valeria S., prometemos que dentro de diez años, estemos donde estemos, nos reuniremos en el Hotel King George de Jerusalén como símbolo de nuestra amistad."

Y también hoy, 18 de noviembre, doy vuelta nuevamente a las páginas de los periódicos aparecidos un día después a la fecha de aquella promesa incumplida, pero no encuentro ni una palabra de tu desaparición, ni una noticia que registre tus huellas, ni una letra que me digas si estás viva o muerta. Esa tarde, tu nombre fue borrado de la historia, y todo rastro tuyo se perdió en el silencio.

¿Fuiste detenida en el instante en que, agotado el último refugio posible para ti, quedaste a la intemperie en una ciudad que había perdido la capacidad de sentir el dolor ajeno y a la que no conmovía ni siquiera el propio? ¿Fue ése el momento en que, herida de bala, la maquinaria todopoderosa de la dictadura te trasladó a la villa tras el portón negro, y de allí a la clínica frente al cerro, testigo de nuestras confidencias adolescentes, y de donde nunca más se supo de ti? ¿Se detuvo tu corazón en el hospital de los militares, como lo susurró un médico aquella noche, después de que tu cuerpo no cediera a la destrucción de la vida, bien aprendida la lección de callar? ¿O, precisamente esa tarde malhadada, fuiste reconocida por un compañero "quebrado", condenada a la oscuridad, obligada a traspasar el umbral de aquella casona roja rodeada de árboles, donde ya no pudiste reinventarte sosteniendo que no sabías nada? ¿Fue ese el momento en que tu tiempo, ya sin mañana ni ayer, le perteneció por completo al torturador?

Si desgarraron tu piel, desgarraron la mía. Si el dolor desfiguró tu cuerpo, el espejo me devuelve desde entonces un rostro desconocido. Si el grito sin control del capitán rubio de mirada inquisitiva y provocadora "¡Además de comunista, judía"! acompañó tu estallido final, yo quedé para siempre herida de muerte.

Esa tarde, Diana, en que un silencio espeso cubrió tus huellas, te fue arrebatado el mañana que se gestaba en tu vientre. Desde esa tarde, mi insomnio está inundado de ti.

Dicen que este es un país sin memoria. Con la que yo conservo, bastaría para desmentirlo. Café y cigarros acompañan mis pesadillas, como te acompañaron a ti esos días, a principios de noviembre del 74, escondida en casa de Melissa entre las flores secas y los libros abandonados de una recién casada que adoptaba, sin protestar el imperativo familiar: "Está escrito". Sabías ya que "ellos", los que no perdonan, conocían los lugares de enlace, el disfraz de algunos "contactos" y los nombres de cobertura de los últimos dirigentes de la resistencia clandestina. Sabías que arreciaban las detenciones, que el río que atraviesa como grieta herida el corazón de la ciudad ya no corría como siempre sino que arrastraba ahora cuerpos y que muchos otros, parte de la historia maldita del país, eran sepultados secretamente. Sabías ya que el tiempo se acortaba para ti. Entonces, adivinando el miedo deletreado en el cuerpo de Melissa, te alejaste. Sin consuelo, ella vio partir la noche en que te adentraste en los misterios de las calles santiaguinas, despobladas de cuerpos que no fueran las sombras militares.

Melissa me lo contó días más tarde, una mañana en que recorríamos las calles apacibles de nuestra infancia. Quizá pasamos frente a la casona roja, con arquitectura de castillo. (Alguien me dijo, alguna vez que en ese lugar, fuera de toda ley, había compartido contigo algunas palabras de aliento). Esa mañana, Melissa hablaba con voz entrecortada. Había tristeza en su mirada. Me entregó las llaves de tu departamento, diciendo en voz muy baja:

-Por favor, Valeria, recoge las carpetas y agendas escondidas en el libro de poemas de Balik. Las reconocerás por la caligrafía quebrada y lo caótico de la escritura de Diana.

Me dirigí lentamente a tu departamento, saqueado después de tu detención. Los fulgores de mi memoria me regresaban a ese hermoso y legendario año de 1968, a tu compromiso político en busca de sueños que llenabas de canciones y colores, a tu paulatina vocación de combate que te convirtió en una militante disciplinada y discreta. Te sedujeron no sólo las ideas o las palabras, sino la acción para hacer del país, el que habías hecho tan tuyo, un lugar más justo. Vestida de poncho y sandalias, con una mochila al hombro y el pelo recogido, comenzaste a trabajar en barrios populares parecidos a los barrios de donde llegaba a tu casa, cada mañana, la nana de Chiloé. Asumiste como nombre político el suyo: Alba. Te declaraste en rebeldía permanente y transgrediste las certezas grises de un futuro trazado. No resististe el embrujo de una América Latina que aparecía ante ti, visible y poderosa. Le exigiste todo a la vida, respirando profundamente el aire de juventud y el fermento revolucionario de los años sesenta. No esquivaste ni el amor ni la lucha, y cuando los andares del destino cruzaron el tuyo y el de Luis, entretejiste tu historia de amor con la historia del país. Los largos e intensos días los finalizabas caminando con él por las calles de la ciudad, gozando de la oscuridad, estrechadas las manos en alegría de carnaval. ¿Qué caminos atrayentes recorriste, Diana? ¿Negaste la posibilidad de la muerte para no enturbiar el embrujo lúdico del peligro? ¿No imaginaste jamás que el cuerpo de la pasión podía ser también el cuerpo de la muerte?

Y cuando todo se trizó, aquel día en que la suerte del país se jugó en una moneda, entraste con cautela en el silencio. Olvidaste tu nombre y tu memoria en la bruma; te desprendiste de ti misma para volverte invisible; enterraste las armas en los faldeos de la cordillera y recuperaste la imagen que siempre te perteneció y a la que habías renunciado. Continuaste con tu trabajo político, único sedante para tu angustia: revisabas cotidianamente la prensa para diseñar planes alternativos de resistencia, buscabas refugios clandestinos, organizabas redes de seguridad, y como la ciudad te estaba proscrita, aprendiste a caminar por calles cortas, a conocer las puertas de salida de los portales, a tener siempre monedas para el teléfono. Una noche de fines de invierno, acurrucada en los brazos de Luis, sentiste que algo se deslizaba en las profundidades de tu ser. Un vómito imprevisto y la dureza de tus senos no te dejaron duda. La vida se te imponía, pero el cerco se cerraba sobre ti.

Cuando el calor de la primavera anunciaba el verano, y alguien no llegó a la cita clandestina de la mañana y nadie apareció en el punto de recambio en la tarde, comprendiste que el tajo abierto de la dictadura estaba pronto a engullirte. Fue entonces que te dirigiste a casa de Melissa, y después de algunos días infinitos, al último repliegue posible, al departamento bohemio de cojines, esculturas e incienso desde cuyas ventanas se divisa al río cual serpiente que cambia de piel. Caminas entre los transeúntes: algunos tienen la mirada aterrada, humillada, avergonzada. Los signos de la muerte se multiplican. Dos o tres militares, de reluciente uniforme, se cruzan contigo; caminan a paso lento, contestando con amabilidad las preguntas sobre el tráfico, pero sus ojos entrenados escrutan cada rostro, cada gesto. Con la tensión acumulada, con tu soledad más allá del miedo o el grito, las mejillas hundidas y el pelo sobre el rostro, tocas la puerta. Y en esa hora despiadada, entre la penumbra y el silencio, perforada por un terror que se hundía en los laberintos de la historia como si nada pudiera quedar a salvo de las convulsiones de una memoria que se remontaba a un ático en el ghetto de Cracovia, cerré mis ojos y moví negativamente la cabeza, clausurando violentamente la puerta abierta ante mí. Comenzaba entonces el infierno.


       Diana Aron de 24 años de edad, era soltera. Estudiaba Periodismo y militaba en el MIR. Fue detenida el día 18 de noviembre de 1974, en la vía pública por agentes del Estado, ocasión en la que fue herida de bala. Se tienen antecedentes de su permanencia en "Villa Grimaldi" y en la Clínica de la DINA, ubicada en calle Santa Lucía Nº120. Desde entonces, se desconoce su paradero.

En el mes de diciembre de 1974 fue detenido por la DINA el conviviente de Diana Frida Aron quien se enteró en Villa Grimaldi de que ésta había pasado por allí y había sido trasladada a la Clínica de la DINA ubicada en calle Santa Lucía. Dichos antecedentes son corroborados por otros recibidos por la Comisión y se han estimado suficientes para llegar a la convicción de que Diana Aron desapareció por acción de la DINA, en violación de sus derechos humanos.


«Hermosa niña judía» fue escrito gracias a testimonios de Ana María Aron, hermana de Diana, de su padre y de Luis Muñoz Eyraud, padre del hijo que esperaba.


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