Hermosa niña judía
En memoria de Diana Aron Sviliski
María Paz García-Huidobro

CONOZCA:
"Diana", por Gilda Waldman M.
Diana y Paulina vencen la impunidad", por Lucía Sepúlveda







Ana María y Diana están frente al ventanal de su casa en avenida Lyon. Es mil novecientos cincuenta y ocho y ellas inmóviles esperan. Diana es la más pequeña y ya se cansó de estar allí sin moverse junto a su hermana.
-Vámonos, -dice. -No, aún no, ¿no ves que van a tomarnos una foto? -Estoy cansada de sonreír y mirar fijo hacia adelante.

-Shiiit, escucha a los jilgueros -la distrae Ana María.
-Es que llevamos demasiado escuchándolos, prefiero ir a ver el magnolio. -Pero espera, si hace poco estuvimos recogiendo las flores que cayeron por el temporal ¿no te acuerdas?
-No, ¿qué flores? No he visto esas flores.
-¿Cómo no?, mira, si aún tengo los pétalos en las manos.
-Déjame verlos por favor -suplica Diana.
-Más tarde, ahora tenemos que estar quietas, si no, vamos a estropear la foto.
Por largo tiempo guardan silencio. A lo lejos un grupo de niños juega:
-¿Cuántos panes en el horno?
-Veintiún quemados
-¿Quién los quemó?
-El perro judío, -dice un hombre con ira.
Los niños huyen, se esconden tras los árboles.
-¿Escuchaste esa canción? -pregunta a su hermana mayor. -No, ¿cuál canción?
Diana quiere correr, pero algo se lo impide. Escucha atenta y es una voz que la aterroriza, igual como aterrorizó antes a los otros niños. Siente miedo y se quiere tomar de la mano de Ana María. Sabe que no debe moverse, pero el miedo la hace buscar con su mano que nadie coge. Se escuchan voces que se acercan, son dos hombres que hablan, uno está encadenado, el otro es el atamán Miguel Krassnoff.
-Yo fui el que le disparó a Diana. La dejé botada en plena calle. -Criminal, no sabes a quién asesinaste, -dice el que está encadenado. El otro se ríe. -¿Escuchaste a esos hombres? -pregunta la niña, -no ¿cuáles? –responde su hermana -sólo estamos tú y yo, y nuestros padres en la casa -agrega. -Vámonos, es que alguien se acerca -suplica la niña. -No podemos irnos, no veo a nadie en el jardín.
Diana casi llora. La foto se va a arruinar. Generalmente sus hermanos le hacen bromas, pero ahora es otra cosa. Papá no está con ella, y nadie hay que pueda ayudarla. Papá, lejos, en Israel recuerda: «A Diana la educamos en la diáspora del pueblo judío. Cuando en la guerra de los 6 días, Diana decide acudir al llamado de «el pueblo de Israel» y contribuir con sus 16 años, nos opusimos argumentando que su vida correría peligro.

Diana se quedó perpleja ante nuestra inconsecuencia: «¿No me han educado acaso en la doctrina de lealtad al pueblo de Israel y su tierra sagrada, a jurar defenderla con nuestras vidas si fuese necesario? ¿Por qué los hijos de judíos pobres de Argentina han ido a morir a Israel y yo no puedo ir?». Nos quedamos sin argumentos y Diana se enroló en las brigadas internacionales. Pobre Diana, sus sueños de luchar por el pueblo hebreo se ven destruídos, primero, porque un feroz tifus la postra la mayor parte del tiempo en un hospital local, y luego, porque ya ha visto suficiente como para darse cuenta de que los israelíes no tratan a los árabes de manera muy diferente a cómo los nazis los habían tratado a ellos veinte años atrás. Después del golpe, cuando la presionamos para que saliéramos del país, Diana nos repetiría su resolución: «¿Qué pasará con la gente de mi pueblo que no tiene medios para irse, he luchado con ellos codo a codo, ahora, menos que nunca puedo abandonarlos».

La voz del atamán se acerca a Diana:
-Nunca escaparás de mí -murmura a su oído. Diana no contesta. La voz se confunde entre muchas voces que cantan himnos de guerra, de muerte. Se dirigen a un parque cerrado por muros, donde un portón negro se abre para dejarlos entrar al infierno de Grimaldi. El portón se cierra tras su espalda, entre los árboles del parque, una madre sueña que está viendo a lo lejos a un grupo de mujeres sentadas junto a Diana, con su vestido nuevo. Un anciano entra a un campo alambrado con la foto de Diana junto a su hermana Ana María que pasa de mano en mano entre muchos prisioneros: «¿la conocen?, ¿la han visto?, ¿saben algo de ella?»

«Nos conocimos cuando el MIR se preparaba para la intervención militar que vendría. Aparte de su belleza, me llamó la atención la perfección y seriedad de su trabajo», el hombre encadenado es quien le cuenta al viejo. «Después tuvimos que volver a nuestros trabajos sin tener una oportunidad siquiera para despedirnos. De hecho, ni siquiera conocimos nuestros nombres verdaderos. Ella se hacía llamar “Alba”, como la empleada de su casa que estaba vieja y venía de la población Violeta Parra. Nada más supe de ella hasta que un día de principios de noviembre me llegó un mensaje: «si hubiese sido usted, compañero, al menos me habría despedido». Al darme cuenta de mi «pajaronería», por decir lo menos, empecé una ardua actividad para conseguir ubicar a «Alba». Finalmente nos encontramos rompiendo algunas reglas de compar-timentación. El amor no es amigo de las guerras».

Los ojos del hombre encadenado se ven llenos de lágrimas, «los dos estábamos muy ocupados», sigue diciendo. «Después del primer encuentro, con mucha cautela tratamos de organizar una nueva cita; sacamos nuestras libretas y descubrimos con horror que no teníamos tiempo, que «mañana era el único día» posible, y ocurrió también así al día siguiente y al subsiguiente, hasta darnos cuenta de que no podíamos estar el uno sin el otro. «Mañana es el único día», hasta que el único día, nuestro día, el mañana, fue arrebatado para siempre. El mañana nuestro que se gestaba en su vientre, su sueño de tener un hijo, nuestro hijo, asesinado. No volví a ver a Diana después que nos separamos esa mañana del 18 de noviembre».

Diana yace en una cama del hospital militar. Está muy maltratada. A su mente vuelven las imágenes de dos niñas de pie frente al ventanal. Su vestido nuevo está sucio con manchas de sangre. Ana María observa asombrada. ¿En qué momento se manchó si ni siquiera se ha movido?
-¿No te das cuenta que vemos y escuchamos cosas distintas? -pregunta Diana. -No puede ser -insiste Ana María -van a tomarnos una foto y estaremos capturadas en el cuadro para siempre, ¿no lo comprendes? -pero Diana ya no contesta.
Ha pasado el tiempo, la casa ha sido demolida y el magnolio lo han cortado. La foto yace en una caja de cartón. No hay nada más que decir.


Diana Aron Sviliski desapareció cuando sus padres estaban en Israel. Ana María la buscó por todas partes pero su hermana no dejó rastros. Nadie la vio, nadie supo nada, sólo el atamán Krassnoff Martchenko que la tuvo en su poder. ¿Qué hiciste con ella maldito?, ¿dónde escondiste su cuerpo? Era una joven llena de vida y de pasión, ¿ya no te acuerdas de que la asesinaste? Nosotros aún la recordamos y seguiremos para siempre recordándola.

       Diana Aron de 24 años de edad, era soltera. Estudiaba Periodismo y militaba en el MIR. Fue detenida el día 18 de noviembre de 1974, en la vía pública por agentes del Estado, ocasión en la que fue herida de bala. Se tienen antecedentes de su permanencia en "Villa Grimaldi" y en la Clínica de la DINA, ubicada en calle Santa Lucía Nº120. Desde entonces, se desconoce su paradero.

En el mes de diciembre de 1974 fue detenido por la DINA el conviviente de Diana Frida Aron quien se enteró en Villa Grimaldi de que ésta había pasado por allí y había sido trasladada a la Clínica de la DINA ubicada en calle Santa Lucía. Dichos antecedentes son corroborados por otros recibidos por la Comisión y se han estimado suficientes para llegar a la convicción de que Diana Aron desapareció por acción de la DINA, en violación de sus derechos humanos.


«Hermosa niña judía» fue escrito gracias a testimonios de Ana María Aron, hermana de Diana, de su padre y de Luis Muñoz Eyraud, padre del hijo que esperaba.


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