BRAZOS QUE PARECIAN ABRAZAR SUEÑOS

A la memoria de Elízabeth Cabrera Balarriz_________

Por Carmen A. Gallero Urízar





Quince de septiembre de 1973. La ciudad de Antofagasta estaba sumida en una atmósfera de miedo, y Elízabeth que había perdido su trabajo en el mismo momento del golpe, sabía que pronto perdería también la libertad. En una ciudad de provincia así sitiada, la idea imperiosa de huir contrastaba con la dificultad del «adonde». Con la mirada fija en un punto lejano, volvía una y otra vez a esas realidades confusas, mientras el agua jabonosa corría lavando tazas y platillos de un desayuno triste, como sus pensamientos.

Ya no oía las sirenas de los vehículos policiales que pasaban por la calle a toda hora. Su mente se había parapetado tras del silencio, para eludir la realidad angustiante de saber que momento tras momento sus amigos eran detenidos por sujetos que ni siquiera se identificaban. Pronto llegaría para ella esa terrible ocasión. Miró alrededor suyo: el pequeño departamento que arrendaban le pareció inhóspito. Avanzó lentamente y abrazó con fuerza el cojín rojo que durante tantas noches había bordado y tejido para que adornase el sillón viejo que le cediera su madre. Como un ovillo se acurrucó sobre él, de la misma forma que lo hacía cuando era niña, y esperó. Contra las paredes de su cerebro rebotaba una y otra vez la idea de escapar, mientras su cuerpo permanecía inmóvil, consciente de lo inútil de aquel pensamiento. Sin embargo, en aquella posición infantil algo cambió en ella. Tal vez el calor del hogar estaba impregnado en la cretona descolorida de aquel asiento. Lo cierto es que Elizabeth allí encontró consuelo.

Cuando golpearon a su puerta, supo que eran ellos. Ningún otro hubiera llegado hasta allí sabiendo de su militancia política por temor a sufrir también la venganza de los golpistas. Abrió la puerta lentamente y se dejó conducir. En el camión gris del ejército, un contingente de hombres armados siguieron con los ojos fijos en la mirilla de sus armas, a esta mujer, casi una niña, mientras subía al vehículo. En el interior cuando sus ojos se adaptaron, reconoció en la penumbra los rostros pálidos de sus amigos Nehad Theodorvic y Luis Alberto Muñoz Bravo.

Cuando el motor se detuvo, alzaron la lona de la parte trasera. La noche había caído. Antes de descender les vendaron los ojos y entonces los arrojaron hacia fuera. El aroma de desierto percibieron: partículas de arena que rozan la piel y ese silencio lleno de voces que crea la magia inmensa. La orden fue caminar hacia delante, sólo eso. Ráfagas de ametralladoras golpearon sus cabezas y Elízabeth cayó de bruces sobre un líquido espeso. Cuando voltearon su cuerpo, una sonrisa angélica iluminaba su rostro, mientras sus brazos enlazados parecían abrazar los sueños impregnados en aquel cojín rojo tejido que contenía sus sueños.

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