Una mano en el bolsillo trasero y la otra didáctica,
con el índice en ristre
En memoria de Mauricio Edmundo Jorquera Encina, «Chico Pedro»
Manuel Arriagada Figueroa

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En medio del ruido ensordecedor de ese minuto, con apenas el rabillo del ojo pude darme cuenta de que el Chico Pedro caía. Para mí la historia había comenzado al día siguiente de una celebración gigantesca en la Alameda que me había dejado perplejo y emocionado por el entusiasmo de aquella multitud. Lo que que había vivido y lo que había sentido me convencían de que no podía seguir de espectador, tenía que integrarme a ese proceso encontrando mi propio camino.

Fue así como empecé a acercarme a los grupos que conversaban de lo que estaba pasando, donde surgían discusiones acaloradas. En esos grupos comencé a escuchar a un muchacho de lentes gruesos y marcos de carey, que asombraba con la fuerza de su palabra. Desafortunadamente era de los bomberos locos y eso no no me convencía, por lo que continué mirando y buscando, aunque cada día me parecía mejor la argumentación de aquel chico. Ya sabía que se llamaba Mauricio y que estaba un curso arriba, en letras. Un día me invitó a participar en una reunión en el recreo largo en el patio del primer piso. No muy convencido, decido que mi típico berlín lo voy a comprar en el quiosco de abajo para así tantear y acercarme a ver qué pasa. En torno a un banco me encuentro a un grupo de cinco o seis muchachos a los que me acerco con timidez. Casi al terminar el recreo, y por lo tanto la reunión, aparece Mauricio, viene con su aspecto de velocidad que tantas veces vería después: a grandes zancadas, la cabeza un poco adelantada y la expresión entre «puchas que voy tarde» y «ya llegué". Hace un amplio saludo a todos y rápidamente me presenta, pasando luego a contar acerca de la reunión de un comité local, pero ya la campana estaba sonando.

Tuvimos por esos días una asamblea general del centro de alumnos, dura prueba para cualquiera que intentara hablar, ya que a pesar del preámbulo realizado por el profesor encargado al iniciarla, predicando tolerancia y respeto, la realidad era que nadie tenía muchas ganas de escuchar a quien no comulgara con sus ideas; sumémosle a eso las ganas de hacer desorden y patalear típico de la edad que teníamos, y nos haremos la idea de la olla de grillos en que nos encontrábamos. Sin embargo Mauricio levantó su voz y entre gritos y pullas mantuvo la firmeza para hacer llegar su convicción. A la salida de esa asamblea se formaron muchos grupos en los que ahora sí era posible plantear posiciones y discutir. Los muchachos que había visto en la reunión del patio se multiplicaban para abarcar la mayor cantidad de sitios y no dejar ninguno donde ellos no estuvieran.

De allí en adelante, me fui integrando a las reuniones del recreo largo, donde Mauricio era el que se encargaba de entregarnos los antecedentes que nos permitían entender mejor la situación que se vivía en el país, y por qué y en qué condiciones la violencia era necesaria e inevitable. Muy pronto comencé, junto con Mauricio y los otros compañeros, a participar en múltiples acciones de protesta, aprendí a marchar hacia adelante y a detenerme cuando era preciso para retroceder y reagruparnos. Aprendí también lo importante que eran los limones y la sal cuando las lacrimógenas abundaban.

Como alumno, Mauricio era de los buenos, y nunca dejó de serlo, cosa que a más de alguno sorprendía ya que a medida que el año avanzaba eran más y más las oportunidades en que encontraba nuevos sitios en que, desde la eterna zona en construcción de nuestro colegio, salía a realizar sus tareas que se iban ampliando y ya abarcaban mucho más allá del frente estudiantil. Qué duda cabe de que también en materia académica tenía su buena red de ayudistas.

Eramos pocos y teníamos que multiplicarnos para hacer llegar nuestra voz a la mayor cantidad de estudiantes, apuntar a las conciencias y lograr que las rebeldías estudiantiles se convirtieran en revolucionarias. Para realizarlo nos teníamos que preparar y aprender de los clásicos, de la experiencias de las revoluciones exitosas, de la Rusa, la China, la Cubana; pero a la vez era nuestro deber adquirir una visión crítica, porque no todo lo que pasaba en los «socialismos reales» era imitable, y también teníamos que saber muy claramente lo que sucedía en nuestro país. Con tantas tareas, el tiempo lo sentíamos escaso, pero nuestro ejemplo era ver cómo había compañeros que tenían aún más actividades que nosotros. Uno de ellos fue siempre el Chico Pedro, nombre supuesto de Mauricio, que normalmente surgía desde el fondo de la asamblea con su palabra convincente, llevando una mano en el bolsillo trasero y la otra didáctica, con el índice en ristre. Así era cómo acostumbraba a aportar claridad sobre los avatares de la lucha en que estábamos empeñados.

Un día, como muchos, el momiaje empeñado con todo en su ofensiva contra las luchas populares, convocó a manifestaciones en el centro contra las cuales teníamos que actuar para impedir que la derecha ganara las calles. El centro era un tumulto donde nada se entendía. Estábamos frente a la Casa Central de la Universidad de Chile intentando alcanzar el bandejón central para protegernos, cuando el Chico Pedro cae diciendo «me dieron».

-¡Chico!- grité sin entender lo que decía - ¿dónde te llegó el piedrazo? -le pregunté, mientras le miraba la cabeza y la cara por si tenía huellas del impacto.

-Aquí en el cuello -susurró el Chico. Buscando aún los rastros de una piedra, no atinaba a ver la pequeña hendidura por la que había entrado la bala, hasta que me la indicó con su famoso dedo índice.

Con mi aullido y mis aleteos otros compañeros se habían dado cuenta de que algo grave nos pasaba y vinieron en nuestra ayuda. Mientras estaba arrodillado al lado de Mauricio escuchaba, a lo lejos, órdenes contradictorias, ¡no lo muevan!, ¡llévenlo a Arturo Prat que está más seguro!, ¡llamen una ambulancia!, ¡róbense un auto, carajos!

Era evidente que el Chico se estaba debilitando, sin embargo se mete la mano al bolsillo, de donde saca unos papeles que me pasa diciendo «¡guárdatelos bien!, no se te vayan a caer, y llévaselos lo antes posible al Pepone». ¡Esa era la pasta de mi amigo! Pronto alguién llegó con un taxi en el que llevamos a Mauricio a la Posta Central, donde después del susto inicial, nos confirman que está a salvo y luego de 5 días vuelve a casa con más ánimo que nunca para continuar en la dura lucha por justicia e igualdad.

El Chico Pedro siguió dándonos ejemplo de entrega y valentía y de claridad de ideas, pero eso la dictadura no podía soportarlo, por eso en agosto del setenta y cuatro lo secuestra para torturarlo en la casa de terror de calle Londres, para llevarlo después a la de José Domingo Cañas desde donde desapareció empujado a la oscura noche de la dictadura que pretendía así, silenciar su voz y su ejemplo.


      


Mauricio Edmundo Jorquera Encina, estudiaba sociología en la Universidad de Chile y era militante del MIR desde la enseñanza media que realizó en el Instituto Nacional. Su rastro se pierde en la casa de José Domingo Cañas, donde es recluido por agentes de la DINA en agosto de 1974.
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