Interpretación libre de una tragedia

Para Enrique París Roa
Piero Montebruno

"Aunque bajo la tierra mi amante cuerpo esté, escríbeme a la tierra que yo te escribiré"
(Miguel Hernández)

"Más vale matar la perra y se acaba la leva"
(A. Pinochet, 11 septiembre 1973)

"Enrique París no se asila"
(Rayado callejero)

I Suicidio
En ese instante en que la bala recorrió desde el cañón del fusil al cráneo del Presidente/penetrando por la boca como la más temida palabra/se hizo un silencio en la historia/silencio que siguió al estruendo del disparo que oyeron los 15 civiles/que se alejaban de la moneda hacia su muerte.
Entre ellos, llegaste y no partiste, Enrique París,
Entre ellos, llegaste y nunca te fuiste, Enrique París.

Después de ese silencio/el presidente y un Chile con él, morían/pero la memoria no quedaba vacía/sino que colmada con la realidad/haciéndose terreno fértil para que germinara/la simiente del pueblo/incólume e incorruptible.
Nadie se fue al exilio humillante. Nadie.
Todos se quedaron y murieron. Todos.
Fue un suicidio colectivo.

II Amnesia
En los sueños de los chilenos/se repetía el 11/desde miles de perspectivas/desde miles de ojos que fijaron la tragedia en sus retinas/(ahí se proyectaba como una película en un telón)/En las noche de toque de queda/en los subconscientes se repetía la jornada hasta el cansancio/sin extinguirse nunca/Fueron innumerables los "golpes" oníricos/Cuántas veces ese disparo y el silencio posterior/El silencio más callado de la historia del país/Hasta que un día un hombre adormilado despertó/y desde el tercer sueño trajo a su consciente una imagen:/la de Enrique partiendo/lo había visto alejándose en una fila de prisioneros/y ahora lo recordaba/¡sí, lo recordaba!/¡volviendo!/Y ese hombre contó su sueño ese día/y quienes lo escucharon/esa noche soñaron y al otro día recordaron/y siguió corriéndose la voz/hasta que todos recordaron.
Fue un olvido colectivo.
Hasta que la amnesia se consumió como una vela...

III Elegía
Hay una paloma muerta en la calle, recojedla.
Y parte Enrique de Morandé 80 dejando tras de sí a otro Enrique que no parte.
Y parte Enrique de Morandé 80 dejando tras de sí a otro Enrique que no parte.
Recojamos a Enrique muerto en la calle.
Recojamos a Enrique asesinado.
Se llevó a la tumba el secreto de su muerte, de sus huesos calcinados con soplete, el rostro de su asesino se lo llevó a la tumba.
Enrique, otro, ¡vuelve! Entra por esa puerta que ya no existe.
El Palacio de Moneda ha quedado sumergido bajo la sangre derramada.
Un gran coágulo cubre como cal ahora sus murallas.
El Palacio de Moneda es un náufrago en las aguas del río que se han teñido del color de la sangre: del concho de vino del pueblo, de tanto cadáver que han puesto a pudrir al sol, de tanto escarnio brutal y decapitado.
Un Enrique partió hacia la muerte, pero otro no partió se quedó tras esa puerta clausurada, en Morandé 80, velando a su pueblo.
En el Palacio de Moneda ha muerto Salvador mártir y el Enrique que se queda le quita el fusil de su mano mientras una lágrima cae hasta el cuerpo mismo del exánime.
Al Palacio de Moneda hay que llenarlo de palomas y dejar que el pueblo entre de mano en mano por esa puerta que ya no existe.
Surge del olvido! Surge del suicidio!
Enrique, ¡surge de la muerte!
Otro, Enrique.
Surge de las voces.
Surge de los gritos.
Pues hace falta que una voz, la tuya, se alce entre la multitud para que la siga otra y otra, hasta que sean miles los gritos y el eco uno solo y se tenga una avalancha de gargantas desgarradas.
Hace falta que se derrame una sola lágrima, la tuya, para que brote el llanto, colectivo e interminable, y en el dolor de ese llanto aciago se vaya la muerte despeñándose como en un río.
Enrique vuelve.
Enrique vuelve por esa puerta que ya no existe.
Para que tu voz una al pueblo desperdigado.
Para que tu grito guíe a las muchedumbres.
Para que tu mirada atraviese los cuerpos.
Para que tu sensibilidad haga patente tu cansada condición de ser humano.
Vuelve Enrique por que tu muerte no existe para los que quedamos aquí al otro lado de esa puerta clausurada, de esa puerta que ya no existe.
Tu cuerpo se lo lleva la distancia más temida, el tiempo.
Tu cuerpo se sepulta en la tumba más profunda, la memoria.
Tu cuerpo lo trae el pueblo en andas atravesando el cemento de esa puerta clausurada, de esa puerta de la que nunca saliste, de esa puerta que ya no existe...



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