La casita de La Faena
Para Jaime Orellana
Kenya






Tenía el piso de húmedo cemento y una ducha frente a la cual había que optar entre el agua glacial de la cordillera o la posibilidad de las descargas anárquicas del calefon eléctrico que nos habíamos comprado entre todos. Eramos en total cinco, sin contar a las chicas (La Marce y la Lily) que pasaban una buena parte de la semana con nosotros. Teníamos tres "piezas", una para el Claudio, otra La flaca y el Paco (hermano de Jaime), otra yo, el "living" para el Mauro.

Habíamos ido llegando por goteras a Chile. Algunos con sus padres (los menos), otros solos (los más), pero todos empeñados en encontrar el país que nos habían relatado padres, madres y compañeros. Teníamos hambre de pertenecer a un lugar, de nos ser más los "chilenitos" en otras tierras. Veníamos también llenos de discursos encendidos y ganas de hacer. Ello no sólo por quimeras, sino también y sobre todo porque habíamos visto que era posible, sobre todo porque también habíamos participado del sueño en la Nicaragua dulce y violenta que nos describía Cortázar.

En fin, nos reencontramos acá. Decidimos, con una imprudencia barbara, arrendar juntos la casa y reunir entre todos los 9 mil pesos por mes que exigía su dueña.

A esa casa llegó un día Jaime Orellana. El hermano del Paco traía en cada visita el pretexto de noches en vela para un festival de longanizas de Chillán con fideos, para cantar, para fiar cigarrillos a la señora de la casa del lado (que después no podíamos pagar), y para conversar y juntar información. La única tristeza era constatar nuestra precariedad y hasta qué punto la reorganización del MIR era difícil. Más aún cuando nos abofeteaba la lectura "comparada" de los documentos y comprendíamos que militábamos en organizaciones distintas y que avanzábamos a una ruptura. Pero bueno, teníamos a nuestro favor la porfía alegre de los que no han cumplido veinte años y a la gravedad se sobreponían las esperanzas y el hecho de que nos teníamos a nosotros en la casita con piso de cemento.

Jaime era un flaco serio de ojos claros. Supongo, con el tiempo, que para él las visitas a la casita de su hermano (junto a la manga de cronopios que éramos) debieron ser momentos buenos, momentos de reir y de ser joven. Supongo también que en algún lugar todos escondíamos la fantasía de que era la visita normal del primo del sur, que venía a la casa también normal de esa nuestra familia recompuesta. En esas noches, nadie, como reza la canción, se iba a morir...

Luego me viene a la memoria la noticia en la madrugada. Con cada palabra la voz de Sergio Campos hacía trizas el refugio diciéndonos que Jaime había muerto en una explosión, que jamás volvería a cantar con nosotros, ni a conversar , ni a traernos longanizas de Chillán para que el Paco cocinara los tallarines.

Esa madrugada abandonamos la casa, sin más maletas que los papeles de rigor y las ganas de largarse a llorar. Algunos se fueron de Chile, otros no. Recuerdo, ya sin rabia, lo difícil que fue encontrar quién nos acogiera esa madrugada.

La casita de La Faena quedó ahí tirada.

      


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