LA ÚLTIMA LECCIÓN DEL PROFESOR

Dedicado a Federico Álvarez Santibáñez
Por Ana Marín Molina
CONOZCA: Coquimbo
Federico junto al diamelo
Pasajeros en el tren Elquino
Agosto
La primavera del 75
Nuestra gente del Liceo de La Serena




El 16 de agosto de 1979, recibo un telegrama de mi suegra pidiéndome que la llame por teléfono. La llamo inmediatamente y me dice que han detenido a Federico y que le han allanado su casa.
Saber que el Chico ha sido detenido me impacta. Sé que va a ser torturado y sufro y me preocupo por eso. Mi madre me sigue por la casa haciendo mil preguntas. Yo no deseo hablarle para no preocuparla más. "Lo deben estar interrogando", digo. Pero ella insiste: "¿Y qué le irán a hacer? ¿Qué pasará?"
Llamo a uno de mis primos, al que es detective. Le cuento lo que está sucediendo y se asusta. Me dice: "Si mis tíos tienen los medios, ándate mañana mismo del país". Me aconseja irme de Chile de inmediato. En primer lugar, mis padres no tienen los medios económicos para enviarme de un día para otro al extranjero. Y en segundo lugar, ¿a dónde voy?... Rechazo esta posibilidad en seguida. Y le digo a mi primo: "Tengo mi conciencia tranquila. Jamás he hecho nada malo. ¿Por qué debo arrancar?"
El domingo en la noche parto en bus a Santiago. Es el 19 de agosto. Mi primo me va a dejar al terminal. Me dice: "Desde ahora en adelante compórtate como si estuvieras dentro de un acuario. Seguramente te seguirán. Observarán todos tus movimientos". El viaje se me hace eterno. Pienso una y mil cosas. Y también rezo mucho. Una sola frase repetida hasta el cansancio: "Señor, que todo salga bien. Señor, que todo salga bien".
Llego al terminal norte a las 6:30 de la mañana, me lavo y me cambio ropa en el baño de Los Conquistadores. Me demoro más de lo necesario lavándome los dientes, pues sé que es temprano aún y debo hacer hora antes de ir a la UTE a contarle a una amiga y compañera de curso lo que está sucediendo. Al fin tomo una micro y me dirijo a la universidad.
Las clases ya han iniciado. Por el pasillo están las puertas de las salas cerradas, así es que doy la vuelta y la miro por el gran ventanal que da hacia al patio. Le hago señas desde afuera y ella sale. "Detuvieron al Chico", le digo. "Nadie sabe de su paradero. Por favor, ayúdame a buscarlo".
Vamos a la Vicaría de la Solidaridad a preguntar y ahí nos dicen que -después de tener algunos días a los detenidos en las cárceles secretas de la CNI- los llevan a declarar a la Fiscalía Militar. Nos aconsejan ir a la Fiscalía.
Ya en la calle, nos damos cuenta de que no tenemos idea de dónde queda. Pedimos indicaciones a los transeúntes, finalmente alguien lo sabe y nos dice que está ubicada en la Alameda, cerca del monumento a los Padres de la Patria.
Es el 20 de agosto y se festeja el famoso natalicio de O'Higgins. La Alameda está llena de niños del liceo -listos para el desfile- y se escuchan discursos en los altoparlantes. Tenemos que cruzar por el medio de ellos, entre bandas de música, redobles de tambores. Algunos muchachos nos dicen cosas, nos molestan, echan la talla, ríen, sin siquiera imaginar en qué andamos nosotras. Yo, con un pequeño bolso de viaje y la cartera. Mi amiga, con su bolso de universitaria y sus cuadernos. Preguntando aquí y allá, por fin damos con la Fiscalía. Consultamos a un joven soldado que está ahí en un mesón atendiendo a la gente y dice que Federico Álvarez no aparece anotado en los registros, pero que dentro de poco van a llegar otros detenidos. Que esperemos.
Ya son casi las tres de la tarde. Nos sentamos frente a frente en unas bancas junto a la puerta de entrada. Saco un cuaderno y empiezo a escribir una carta a mis padres, para contarles lo que está pasando y tranquilizarlos. No sé qué se pone a hacer mi amiga, pero de pronto dice: "Acaban de pasar unos hombres llevando a otro... ¡Lo llevan arrastrando!"
No los alcanzo a ver, porque suben las escalas muy rápido. El soldado que está allí, grita hacia arriba: "¡Los tienen que ingresar!" Y luego baja un hombre y da los datos de los dos detenidos que han llevado con tanta rapidez hacia el segundo piso. Siento el nombre del Chico y ambas nos acercamos a averiguar. "Es mi marido. Es mi marido", digo.
El hombre sube las escalas de nuevo, sin dignarse a mirarnos, y el soldado me dice: "Sí, se trata de su marido, pero no pueden pasar las dos: sólo una persona". Tengo que dejar el carnet, y él me pone una especie de tarjeta en el pecho para identificarme. Mi amiga se queda abajo y yo subo.
Arriba hay otra sala de espera, mucho más amplia y grande. Varias personas están ahí de pie, o sentadas en completo silencio. En un rincón veo a dos gendarmes conversando en voz baja y lanzando, de tanto en tanto, miradas significativas a la gente. No sé qué hacer, no sé qué decir, y permanezco un instante de pie en medio de la sala, tratando de ubicarme. De pronto, al fondo de un pasillo, veo al Chico.
Me acerco a él y le acaricio el pelo. Él me mira y es como si no me conociera.
"Quién es usted", escucho que me dicen. Hay dos hombres vestidos de civil que vigilan al Chico y al otro detenido. "Soy su esposa", respondo. "No puede hablar con él", me dicen. "Espere aquí un momento".
Uno de ellos, el más joven, entra a preguntar algo en la pieza del lado. Una idea inquietante me pasa por la mente: "¡Ahora me detienen a mí!".
El hombre vuelve y dice: "Espere allá, en la sala. Aquí no puede estar". "Quiero hablar con mi marido", insisto. "Después de que declare. Está incomunicado".
El Chico trata de mirarme, pero aún no sé si me ha reconocido.
"No puede quedarse aquí, señora", vuelve a decirme el hombre. Obedezco y me encamino lentamente hacia la sala, pero me detengo al otro extremo del pasillo. Me apoyo a la pared y espero.
El Chico mueve la cabeza en cámara lenta y me mira con unos ojos que yo jamás le he visto. Trato de sonreírle. Trato de recoger una señal de reconocimiento en ellos. Es inútil. Es como si mirara sin verme. Su rostro no dibuja ninguna expresión. Me muerdo los labios de rabia e impotencia, mientras digo en silencio: "Señor, parece un zombi".
El más viejo de los que vigilan lo sorprende mirándome y le da un manotón en la cabeza, para obligarlo a volver a su posición inicial: de cara a la pared.
Siento que hiervo por dentro de la ira.
El otro detenido, un muchacho que está cerca de mi marido, se ve más joven. Su aspecto es más normal, más saludable.
El Chico apenas puede tenerse en pie. Veo que apoya la frente contra el muro. Tiene las manos atrás y, de repente, las lleva hacia adelante y se las mira: las abre y las cierra. Examina sus dedos.
Yo lo observo. Me parece un muñeco. Un enorme muñeco de trapo tirado ahí, en un rincón cualquiera, olvidado de todos. Me mira nuevamente. Yo me trago las lágrimas e intento una sonrisa. Otro manotón del vigilante.
Me voy a la sala de espera y me siento a llorar. Luego se me ocurre una idea. Debo salir a comprarle algo: galletas, chocolate, algunas cajetillas de cigarro. Lo que sea. Son las tres y media. "Voy y vuelvo", pienso.
Dejo la tarjeta y me devuelven mis documentos. Digo que volveré. Con mi amiga vamos a comprar algunas cosas y pasamos a la Vicaría. Hablo con la asistente social y le cuento que he visto a Federico. Y en qué estado lo he visto. Les ruego que hagan algo. Que traten de hacer algo por él. Que necesita ayuda.
La asistente me dice que no puede hacer nada. Que vuelva a la Fiscalía y que trate de hablarle, de estar ahí presente. Ellos se pondrán en contacto con los abogados, para avisarles que se encuentra allí.
Vuelvo a la Fiscalía Militar con dos cajetillas de cigarro y dos barras de chocolate en mi cartera.
Hablo de nuevo con el soldado y me da la tarjeta para poder entrar. Dejo mis documentos. Subo la escala. El Chico sigue al fondo del pasillo. Me instalo ahí en el corredor para que pueda verme. Él me ve.
Pasa el tiempo. Los dos hombres que lo están vigilando miran la hora una y otra vez. Ya se está haciendo tarde. Querrán volver a casa. Los esperarán seguramente las mujeres, los hijos, la familia. "¿Cómo te fue en tu trabajo, papi?", les preguntarán. "¿Qué hiciste?"... Trato de imaginar qué cosa podrán responder a sus hijos.
Voy un momento a la sala de espera a sonarme y a secarme las lágrimas. No quiero que él me vea llorar. Me aclaro la garganta, busco un chicle, me peino un poco, y vuelvo a dirigirme hacia el pasillo.
Uno de los gendarmes me llama. Me acerco a él y -en voz muy baja- como si estuviese por hacer algo prohibido, como si hubiese decidido transformarse en mi cómplice, dice: "Esos señores que acaban de entrar son abogados de la Vicaría. Hable con ellos." Miro a los gendarmes sin entender muy bien lo que está sucediendo. Ambos sonríen para darme valor. Son hombres maduros. Gente del pueblo. Deben ser padres de familia.
"Gracias", les digo. "Muchas gracias". Y corro detrás de los señores que me han indicado.
"Señor, por favor, ayúdeme", le ruego a uno de ellos, tocándole la espalda. Se vuelve hacia mí con gran sorpresa. "Quién es usted", me dice, casi a la defensiva. "Soy la esposa de uno de los dos detenidos".
Sólo entonces su actitud cambia, se vuelve más paterna, más dulce. "¿De cuál de ellos?", quiere saber. "Del más bajito", le respondo.
Él me toma del brazo y me conduce a la sala de espera. "Señora", me dice, "su marido está muy mal".
Al escucharlo decir esto siento un vacío en el estómago. Sí: se ve mal, pero pensaba que así quedaban todos los detenidos después de haber sido sometidos a días y días de tortura. Sin embargo, el abogado ha visto a tantos y si dice que Federico está mal es porque lo está realmente.
"Su marido está muy mal", repite. "Se está desmayando solo ahí dentro".
Pienso que quizás ya lo han llamado a declarar y me asalta un gran impulso de arrancarme, de escapar de ahí, porque siento un terror enorme al sólo pensar en tener que enfrentarlo.
Si es que está tan mal como dicen, quizás no pueda continuar reprimiéndome. Lo más seguro es que rompa en sollozos ahí mismo. Y no quiero llorar delante de él.
"Señora", escucho que me dice el abogado, "yo trataré de que envíen a su marido a la enfermería". Usted quédese aquí. Trate de hablarle".
Me resigno.
Ya casi no va quedando nadie en la sala. Sólo yo y los dos gendarmes que, según dicen, están esperando a los dos detenidos. "¿Y dónde los llevarán?", pregunto. "A la Penitenciaría". "¿Se pueden ir a visitar?". "Sí, mañana es día de visita".
"Llévele útiles de aseo a su marido, señora", me dice uno de ellos. "Todos llegan con unas ganas tremendas de ducharse, de cambiarse ropa. Llévele ropa limpia". "Ah, y un servicio de plástico, también", agrega el otro. "Cuchara, tenedor y cuchillo. De metal no se puede".
Llega el soldado joven a quién he dejado mis documentos en la entrada. Ha terminado el turno. Viene en compañía de mi amiga. "¿Todavía no puede hablar con su marido, señora?", me pregunta, sentándose en una banca, junto a los dos gendarmes. Mi amiga y yo permanecemos de pie conversando con ellos. De tanto en tanto doy ansiosas miradas hacia el fondo del largo pasadizo, por si veo aparecer al Chico.
"¿Lo pudo ver?", me dice el joven. "Sí, y está muy mal", respondo. "Como que no me reconoce".
"Así terminan estos jóvenes idealistas", dice él. "Es inútil ponerse contra los militares".
Lo escucho sin hacer comentarios.
De pronto veo que se ponen de pie y miro hacia el pasillo. Dos carabineros traen al Chico, sosteniéndolo, porque se ve que apenas puede caminar. Lo entregan a los gendarmes. Los de civil ya no se ven. Han desaparecido.
"¿Puedo ahora hablar con él?", digo yo, acercándome. Un carabinero que camina detrás de mi marido -y que al parecer tiene un grado bastante alto-, pregunta quién soy yo.
Federico se da vuelta y responde con una voz que le sale apenas de los labios hinchados: "Es mi señora, es mi señora", dice. Lo dice con orgullo. Y dentro de mi desesperación yo me siento feliz al ver que me ha reconocido.
"No, no puede hablar con él", dice el carabinero. "Está incomunicado".
"¿Pero le puedo dar por lo menos estas cosas?", pregunto, tratando de abrir la cartera para sacar el chocolate y los cigarros.
"No", dice el carabinero. "Nada".
No sé qué cara pongo, porque el Chico me mira y dice, tratando de calmarme: "Estoy bien, estoy bien, sólo un poco agotado".
Tiene el rostro pálido y plomizo, lleno de moretones. Los labios hinchados y con sangre seca en las comisuras. Grandes ojeras. El pelo sucio, revuelto, apelmazado por la sangre. Apenas camina. Y no obstante el estado físico lamentable, recurre a su gran fortaleza interior para tratar de sonreírme. Se esfuerza por tranquilizarme.
En ese instante lo admiro más que nunca. Con su comportamiento digno -en ese cruel calvario- me está dando la lección más grande: una bella lección sobre la vida, la muerte y el amor.
Inician a descender la escala y observo agradecida cómo los gendarmes lo ayudan -pacientemente- a dar cada paso. Como si se tratara de un niño pequeño que antes del tiempo la madre intenta hacerlo caminar.
Voy detrás con mi amiga y cerca de nosotras va el otro detenido que puede desplazarse sin problemas.
"¿Iba mucha gente a su casa?", siento que me preguntan. Es el carabinero que no ha logrado evitar interrogarme. "Casi nadie", digo yo. "Tenemos pocos amigos".
"¿Usted sabía que su marido estaba...?" "No. No sé nada", lo interrumpo. "No quiero saber nada. Todo esto es una pesadilla de la cual no me puedo despertar".
"La entiendo, la entiendo, disculpe", dice él. Y se queda en silencio.
Abajo sólo están esperando que nosotros salgamos para cerrar la puerta. Son las siete y media de la tarde. Entrego la tarjeta y retiro mi cédula de identidad. Veo que los gendarmes están abriendo la puerta posterior de un auto y están haciendo entrar a mi marido. Él se apoya al asiento con la ayuda de ellos, pero no logra levantar las piernas para subirlas al vehículo. El otro detenido se agacha para ayudarlo. "Despacito", digo yo. "Despacito". Porque me da la impresión de que Federico no tiene un hueso sano. Al fin logran subirlo.
Los gendarmes hacen subir al otro joven por el lado opuesto. Y antes de que cierren la puerta que está cerca del Chico, siento que debo decirle algo. Pero una cosa que sea realmente importante.
"Chico, te quiero mucho", digo. Lo suficientemente fuerte para que él me escuche, y al mismo tiempo tratando de que nadie más oiga.
Siempre he tenido dificultad para expresar mis sentimientos frente a extraños. Sin embargo, presiento que esta vez no lo puedo callar: "Chico, te quiero mucho", digo.
"También yo, chiquita", dice él. Y me sorprendo, porque jamás me ha llamado 'chiquita'.
"Cuentas con todo mi apoyo", agrego, viendo que los gendarmes no se deciden a cerrar la puerta. "Gracias", dice él, y me queda mirando. "Mañana iré a verte a la penitenciaría, te llevaré tus cosas y..."
Pero no logro decirle nada más, porque cierran la puerta.
El vehículo parte. Le hago chao a Federico con la mano. Le tiro un beso. Él me mira tratando de sonreír.
Le sigo haciendo chao hasta que el auto dobla la esquina y se pierde de vista.
Sólo entonces me pongo a llorar.

      


Federico Álvarez Santibáñez, “Perico”, militante del MIR, químico laboratorista y profesor de química del Liceo Maipú, ex alumno del Liceo de Hombres de La Serena y de la Universidad de esa misma ciudad. Falleció el 21 de agosto de 1979 tras haber sido detenido por carabineros que lo entregaron a la CNI. En su declaración ante la Fiscalía Militar los abogados apreciaron las terribles condiciones en que se encontraba, a pesar de lo cual no se lo remitió al hospital. Al día siguiente falleció en la Posta Central donde debió ser llevado de urgencia y donde se le diagnosticó contusiones múltiples, hemoptisis e insuficiencia pulmonar. Sin embargo, oficialmente se explicó su muerte como consecuencia de un golpe en la cabeza dado por un carabinero al reducirlo.

En contra partida, el Colegio Médico realizó un sumario en contra de los facultativos que tuvieron participación en los trabajos de tortura del CNI, ya que en la Posta Central, donde Federico en definitiva fallece, se indicó que la causa de la muerte no se vincula a ningún golpe en la cabeza, sino a las torturas ocasionadas por la CNI. De esta manera, entre los médicos sancionados por el Colegio Médico se menciona a Camilo Azar Saba: participación en torturas al interior de recintos de la CNI; un dictamen que afectó además a los doctores Luis Losada Fuenzalida, Manfred Jurgensen Caesar. p> La llamada “Comisión Funa”, acudió a denunciar a Camilo Azar a su propio domicilio en La Reina, el 20 de diciembre de 2004. “es un médico que puso sus conocimientos al servicio de la tortura aplicada por la CNI al interior de recintos clandestinos”, agregando que “el caso más conocido de su actuación es el que causó la muerte de Federico Alvarez Santibáñez –Perico-, quien dejó una viuda, un hijo y el ejemplo de consecuencia de un hombre que se atrevió a enfrentar a la dictadura a pesar de los momentos extremadamente adversos.

Hasta la fecha, la Comisión Funa ha denunciado por torturadores en sus lugares de trabajo a los médicos Alejandro Forero, Werner Zanghellini, Roberto Lailhacar y Sergio Muñoz Bonta, quien continúa trabajando en la sección dental del Hospital Barros Luco.

Conozca también "Pasajeros del tren Elquino" , homenaje de Martín Faunes para Federico Álvarez Santibáñez.


Federico era ex alumno del Liceo de Hombres de La Serena; liceo del cual egresaron también Horacio Carabantes Olivares y Óscar Rojas Cuéllar. Con este último fue compañero además en la Universidad de Chile Sede La Serena.
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