A LA VUELTA DEL CALENDARIO, GENTE DE LA UTE
A la memoria de Agustín, Herbit y Claudio,
detenidos desaparecidos de la UTE.
Por Juan Carlos Díaz







A nuestros dirigentes del partido yo los veía mayores, bastante mayores, cuando la verdad es que no pueden haber tenido más de veinticuatro o veinticinco años, claro que uno a los dieciocho encuentra que ya alguien de veinte es mayor. Y a mí Claudio Contreras, rubio, alto, ojos claros, me parecía mayor. Hablo de un tipo muy resuelto, tal vez un poco esquivo. Estudiaba Ingeniería Civil pero ya era constructor civil, egresado de la UTE Sede La Serena, donde había sido “rola-rola”, “come fuego” y equilibrista en ése que en el norte llamaban “El Circo Minero”. Claudio vivía en los edificios de la Villa Portales, frente a la universidad. Lo recuerdo nítido caminando siempre de pasada. Es que iba y venía con su polola, la Silvia, una morena buena moza del Pedagógico.

“Sata”, alto y moreno, de hablar acelerado, también me parecía mayor. Usaba un poncho estilo Quillapayún. Era el presidente del centro de alumnos de Construcción Civil. Nos recibía en sus dependencias, un subterráneo de su escuela que en los días posteriores al Tanquetazo, junio de 1973, fue nuestro refugio donde pernoctábamos en sacos de dormir, pegados todos, unos contra otros, para espantar el frío. Era el invierno anterior al golpe.

Agustín, de nombre político “Boris”, bajo y crespo, ya era Ingeniero de Ejecución Mecánico, y como Claudio, había estudiado en La Serena y ahora estudiaba también Ingeniería Civil. Boris estaba a cargo de la Escuela de Artes y Oficios, donde yo militaba como el estudiante de ingeniería que era. El chico Boris trabajaba en el Departamento de Mecánica de la Universidad de Chile, donde estaba a cargo del mantenimiento de los tornos de alta precisión, los justos para fabricar cañones. Su polola, la Gloria, estudiaba Diseño en nuestra Escuela de Artes, y era experta en silkcreen, la técnica que usábamos para hacer afiches con nuestros colores rojo y negro.

El cuarto se llamaba, así no más, “Pancho”, era el más joven de nuestros dirigentes, y el único que no me parecía tan mayor. Pancho era un muchacho trigueño, ni alto ni bajo, de mejillas coloradas, bigotes y pelo largo. “El mino del MIR”, dirían ahora. Pancho era nuestro portavoz en las asambleas estudiantiles. Las mujeres desde la izquierda a la derecha escuchaban embobadas sus palabras, el magnetismo masculino que irradiaba era lejos superior a su discurso político, pero qué podíamos hacerle. Además él se sabía “tincudo”, pero su polola, La “Pili”, una rubia delgadita y tierna que estudiaba Artes Plásticas, no lo dejaba solo a sol ni a sombra, marcación al hueso.

La pasábamos bien en esos días, a pesar de que sabíamos perfectamente que el golpe venía, y que venía fuerte. Tal vez, como manera de evadirnos, se nos ocurrió aprovechar un fin de semana largo, o sería quizá vacaciones de invierno, y viajar a Constitución, aprovechando que el “hippie”, otro militante y compañero, estaba allá construyendo una cabaña para sus padres. Así que ahí partimos, el chico Boris con la Gloria, Martín, que había sido nuestro dirigente pero para entonces militaba en las unidades centrales del partido –una trasgresión a la compartimentación que se suponía debíamos observar con rigurosidad-, su compañera, la Vicki, estudiante de música, el hippie, dueño de casa, y yo, solitario. No me olvidaré del trencito desde Talca, ni después, que el camino estaba fangoso. Es que había dejado de llover hacía poco, pero no una lluvia corriente, sino un tremendo temporal que es probable que la gente del Maule todavía recuerde.

La vista del mar desde el Cerro Motrum era una maravilla, la Vicki gritaba como trastornada porque no era capaz de soportar el vértigo. Abajo, un cementerio con tumbas antiquísimas y el campo con su verdor que se extendía hasta la misma orilla del mar. Unas arboledas con hojas otoñales predisponían a una nostalgia eterna y a no querer irse jamás de aquel sitio.

Los días se nos fueron en guitarrear y en cantar –en eso la Vicki se reivindicaba-. No se me olvidará que el hippie, la única canción que se sabía era una que hablaba de un tal “caballo tordillo mío”, y lo recuerdo porque la cantaba pésimo y teníamos que estar siempre alertas cantando otras canciones, porque a la hora de que nos callábamos, ahí tomaba él la batuta para atormentarnos con el “caballo desafinado suyo”.

Fue un paseo maravilloso y casi del realismo mágico, imaginen que cocinábamos los pescados que había arrojado la marea producto del temporal, y que aunque no pudiera creerse, no los encontrábamos a la orilla de la playa; o bueno, ahí también, pero lo extraordinario era que los encontrábamos incluso en el ante jardín de la propia casa donde estábamos. Así de grande había sido la crecida del Maule y la marejada en la playa de Constitución.

Si quisiera resumir aquellos días, tendría que decir que sólo fueron pasear, guitarrear, cantar, comer pescados asados a las brasas, ayudarle con las tablas y los clavos al hippie; y tendría que decir también que fueron un remanso de tibieza que guardo todavía, y que se me quedó tan adentro porque nada sabíamos del futuro espantoso que nos haría trizas a la vuelta del calendario. Es que ya faltaba muy poco. Al final de agosto hubo una reestructuración y nos sacaron a casi todos del frente estudiantil, para encargarnos tareas clandestinas y compartimentadas. Nos preparábamos para combatir al golpismo y se convertirían ésos, en los últimos días en que participaríamos juntos los compañeros de la UTE. El golpe nos encontró a casi todos en frentes distintos. No tuvimos bajas, salvo León, caído en Indumet el mismo día once. Claro que León era un compañero de Ingeniería Industrial que hacía más de cuatro años ya no estaba en nuestro frente, por lo mismo, no lo alcancé a conocer. Bastante tiempo después, un par de días pasado el año nuevo, fui a darles el abrazo a la Gloria y al chico Boris que vivían cerca de mi casa, con quienes seguíamos reuniéndonos de manera informal. Me recibe Gloria con el rostro compungido, y así mismo me cuenta que han apresado a Boris el día de año nuevo, que había salido a dar una vuelta con su hijo y que desde una camioneta lo habían tomado los agentes de la Dina. Él les pidió que lo dejarán llevar el niño de vuelta a la casa. “Se veía tan angustiado cuando me pasó al chiquillo, sabía que lo que venía iba a ser duro... debes irte altiro de aquí y no vuelvas, porque lo más probable es que estén vigilando esta casa”.

Salí de allí tratando de verme lo más normal posible, pero un miedo incontenible empezó a recorrerme de la cabeza a los pies. Di muchas vueltas antes de dirigirme a mi casa, chequeando por si me seguían. Tuve mucha suerte, no era mi hora. Después supe que a los pocos días apresaron a otro compadre en esa casa, se llamaba Herbit Ríos Soto, está desaparecido hasta hoy. Nunca más he vuelto a ver a Gloria. Sé que se quedó muy sola con dos chiquillos y en muy malas condiciones económicas. Y las cosas fueron de mal en peor, porque tras el chico Boris, caen varios compañeros y compañeras y seis días después cae también Claudio en una emboscada cerca de la Estación Central. Ambos sufrieron interminables sesiones de tortura. Muchos compañeros vieron a Claudio en la Villa Grimaldi con la vista vendada y un brazo quebrado envuelto en trapos sucios. Ambos desaparecieron desde la villa alrededor del 25 de enero. Ahora figuran en ese maldito listado de 119 chilenos supuestamente muertos en el extranjero en rencillas entre ellos mismos.

Con respecto al Pancho y al Sata, felizmente pudieron irse al exilio a Suecia, escabulléndose a la cacería que la Dina desató contra nosotros los del MIR. A Suecia pudo escapar también la Lupe, una morena maravillosa que estudiaba Historia, a quien le mataron a su compañero, Isidro Pizarro Meniconi, caído en una ratonera junto a Ida Vera, una niña arquitecto. La Flaca Nancy se salvó también, y se salvaron el Hippie, Lucre y Martín: Estos dos últimos escriben y recuerdan conmigo en nuestro colectivo “Las historias que podemos contar”.

Para finalizar, a Boris y a Claudio. Amigos… no pudimos ayudarles en esas interminables horas de tormento, y no sé si estuvimos a la altura que ustedes esperaban, y no sé tampoco si alguno de los que sobrevivimos se podría acercar siquiera a ese nivel de dignidad de la vara que nos pusieron; sepan eso sí, que bajo toda circunstancia, ustedes estarán presentes en nuestra memoria por vueltas y más vueltas que se dé el calendario.


Claudio Contreras Hernández, “Coco”, Constructor Civil, militante del MIR, fue detenido por agentes de la DINA, que llevaban consigo a dos prisioneros en Villa Grimaldi para que lo reconocieran:. Acto seguido, los muchachos fueron trasladados a Villa Grimaldi, en donde Ernesto Salinas fue careado con Claudio Contreras y llevados para que asistieran a la detención de Luis Humberto Piñones Vega (también detenido desaparecido). Luis Piñones y Claudio Contreras fueron sacados de Villa Grimaldi el 25 de enero de 1975, junto a Patricio Urbina Chamorro y a Carlos Guerrero Gutiérrez. De ninguno de ellos se tuvo noticias posteriormente.

Agustín Martínez Meza, “Boris”, casado, dos hijos, Ingeniero, militante del MIR, fue detenido el día del año nuevo de 1975, en Vivaceta con Gamero, alrededor de las 20:00 horas, cuando paseaba con su hijo de un año y 7 meses. La acción la practicaron agentes de la dina que llevaban consigo a Manuel Alejandro Cuadra Sánchez, quien había sido detenido el día anterior. Los aprehensores se movilizaban en una camioneta a la que subieron a la víctima y al pequeño. De inmediato se dirigieron hasta el domicilio de la suegra de Agustín para que éste dejara sus hijo en manos de Gloria Magdalena Páez –su cónyuge- quien recuerda que vio venir a su esposo, con el niño en brazos, acompañado por dos sujetos. Lo percibió pálido y preocupado. Agustín es conducido a Villa Grimaldi, donde permanece detenido junto a Manuel Alejandro Cuadra y a los detenidos desaparecidos Claudio Thauby y Jaime Robotham. Durante los siguientes días, Agustín fue llevado al sector de Villa Grimaldi denominado «La Torre», desde donde es hecho desaparecer.

Herbit Guillermo Ríos Soto, casado, dos hijos, militante del MIR, estudiaba Historia en la Universidad de Chile. Fue detenido el 3 de enero de 1975, alrededor de las 23:00 horas, en el domicilio de su amigo y compañero de partido Agustín Martínez, en la Población Jaime Eyzaguirre de la capital, por agentes de la dina, permaneciendo desaparecido hasta el día de hoy.


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