Cátedra de Educación Cívica
Martín Faunes Amigo





MI PADRE ERA UN TIPO LOCUAZ, nadie que lo conoció podría dudar de eso. Poco dijo, sin embargo, sobre los días en que pasó en el Estadio Chile. Apenas, que lo habían apresado porque había decidido permanecer en su lugar de trabajo como profesor, a pesar de las amenazas que les ofrecían a los que no optaran por irse. Y lo había hecho así porque sintió que ése era su deber, con mayor razón si sus alumnos mayoritariamente habían decidido quedarse también para defender su escuela. Sólo eso nos dijo y jamás entró en detalles de lo que había ocurrido dentro del estadio, a donde lo habían llevado junto a los directivos y a los estudiantes de su escuela y de la Universidad Técnica del Estado, a la cual pertenecía entonces la Normal Abelardo Núñez, donde mi padre era el director.

No necesito decir todo lo que quisimos que alguna vez rompiera su silencio, le habría hecho bien, supongo, no guardarse todas esas cosas que para un viejo radical debían debieron ser duras si no deseaba recordarlas ni sentirlas de nuevo en el corazón; y no hablo tanto de lo físico sino más bien al daño que le habían inferido a sus convicciones y al convencimiento de que contábamos con fuerzas armadas constitucionalistas y con una tradición republicana y democrática intachable. ¿Cómo iba a haber entonces un golpe?, ¿quién se atrevería darlo? En otras palabras, la rectitud obcecada de la escuadra, símbolo de su logia, él la atribuía y la proyectaba también al país y, ahora que lo veo desde lejos lo puedo entender mejor y hasta me parece hermoso: los que obran con rectitud piensan que todos actuarán con rectitud, una bella utopía; y esa rectitud obcecada suya y la cuestión del honor, la atribuía a ésos que ya demostraron con creces no tenerlo. El viejo estaba equivocado. Para nuestras fuerzas armadas la escuadra no era significante, como no lo era tampoco el compás, creador de círculos éticos y espirituales. Para el ejército símbolos menos constructivos eran los que importaban, el corvo, la manopla.

Mi padre se había equivocado y eso lo ponía todavía más mal. Alguna vez nos contó sí de un débil mental que tenían botado a la entrada del estadio y que milico que pasaba le propinaba un culatazo. Y nos contó también del caso del niño que intentó arrebatarle el fusil a un soldado y que había terminado muerto de un disparo; y de Víctor Jara tan maltratado, pero nada de él, nada de cómo lo habían tratado; y era evidente que el trato que le habían dado no era digno, por eso, entendiéndolo, y por respeto, nadie quiso preguntarle más.

Bastante tiempo después, mi primo Pablo estudiante de Química Industrial de la UTE que había tenido que partir al exilio, me contó en Inglaterra que gracias a mi viejo él había logrado salir de aquel maldito estadio. "Exigió que me soltaran a mí y a varios más, estudiantes de la Universidad Técnica y de la Normal Abelardo Núñez". Sorprendente. De vuelta en Chile me atreví a mencionárselo. No fue fácil para nada, pero cuando por fin se decidió a contarlo, empezó su relato preguntándome si recordaba a un teniente o subteniente que bajaba la colina desde el Regimiento de La Serena para hacernos clases de Educación Cívica a nosotros, estudiantes del Liceo; y a mí se me vinieron a la cabeza unas clases aburridísimas en que un uniformado, joven entonces, nos dictaba por las horas de las horas una serie interminable de procedimientos ridículos del tipo "cómo debe izarse correctamente la bandera de la patria". Nosotros, que no podíamos estar menos interesados en esas nobles enseñanzas, pedíamos permiso para ir al baño y ya no volvíamos... ni locos; permanecíamos escondidos generalmente entre los anaqueles de la biblioteca. Allí, entre lecturas excelentes, podíamos mirar, furtivos, cómo la bibliotecaria se acomodaba las medias. Mi papá era el rector del Liceo de La Serena entonces, y yo alumno de tercero o de cuarto humanidades.

Y le dije que sí, que lo recordaba perfectamente, y que cómo no iba a recordarlo si sus clases no eran sino especiales sesiones de tortura. "Pues, al tercer día de encierro lo diviso desde la gradería, y me parece a cargo del recinto, porque impartía órdenes a diestra y siniestra. Le pedí a un soldado que fuera a decirle que su ex jefe del Liceo de La Serena estaba aquí preso con sus alumnos de la Escuela Normal, y que exigía su libertad y la de todos sus alumnos. El soldado se quedó mirándome sin saber si tenía que darme un culatazo o si era mejor que le fuera a avisar a su mayor o coronel, que sería entonces. La cosa fue que el tipo prefirió ir a avisarle y yo vi cómo se le cuadraba y le indicaba hacia arriba en las graderías al lugar donde yo me encontraba, y el ex teniente/profesor intentaba verme.

Y no sé si me vio o no, pero me mandó a buscar. Yo le dije a tu primo y a todos los que estaban ahí con nosotros que se mantuvieran en alerta. Bajé entonces, y el tal ahora mayor o coronel pretendió increparme diciéndome "¿Qué hace aquí usted profesor Faunes?", y me lo dijo el irrespetuoso como haciéndome ver que me había trastornado. En otras palabras, había querido decirme, "¿Qué hace usted aquí?, ¿se ha vuelto loco?". Yo que lo quedé mirando de arriba abajo y que tendí a reconocer su voz como la del esbirro que nos había recibido en el estadio con un discurso sobre "la sierra de Hitler", una ametralladora con que pensaba asesinarnos, le contesté que si estaba aquí era porque me habían sacado de mi oficina de la Escuela Normal, que era mi lugar de trabajo, y que aquí me tenían con mis alumnos porque era un profesor, y que lo mío no era extraño, lo extraño era verlo a él aquí involucrado ahora en torturas y en un golpe de estado... imagínate, si el hipócrita había hecho clases de Educación Cívica por tantos años. "¿Acaso está dictando cátedra de cívica?". Así le dije y el tipo se avergonzó. Ofreció dejarme en libertad. "No me muevo de aquí mientras no suelte a todos mis alumnos", le contesté. Y no quería fíjate... me dijo: "es que usted no entiende su situación ni la de sus alumnos, don Gustavo, se metieron en algo muy grave..." Lo interrumpí violento "yo no tengo nada que entender, me suelta a mí y a mis estudiantes y no hay más..." Y nos soltó, nos fuimos con Pablo y con otros treinta o cuarenta de la Normal y la Universidad Técnica, caminando muy dignos hasta la Alameda. Ahí dimos la vuelta por la esquina y apretamos corriendo hacia el oriente, hasta no sé... la Casa García..."

Y ése: "apretamos corriendo", desusado en su lenguaje, lo dijo con un brillo de niño maldadoso en los ojos, tal vez el mismo que debía yo emitir cuando me escapaba de las clases de Educación Cívica del teniente del Regimiento Arica Motorizado de La Serena; y, seguro igual al que él tendría en aquel día catorce o quince cuando, también como un niño, debió correr por Alameda para recobrar su libertad.

Así fue como supimos algo más de lo que había pasado con mi padre. Claro que después el viejo radical y allendista nada más dijo, y qué le hicieron o no le hicieron o si se atrevieron a pegarle o no, fueron cosas que ya no podremos saber; y cómo podríamos si él ya desde hace años decora el oriente eterno, y desde puede guiarnos pero ya no puede decirnos nada más .:


Gustavo Faunes Huidobro, inspirador de este testimonio, era Profesor de Matemáticas y Física, y se desempeñó como tal en la Escuela Normales de Talca, de Valdivia y de La Serena; en la Universidad Técnica del Estado, Sede La Serena; en el Liceo de Hombres de La Serena, donde llegó a ser Vice Rector, y en la Escuela Normal Abelardo Núñez de Santiago, de la cual fue su último director.

      
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