MAESTRANZA SAN BERNARDO

Fernando Lizana




Un día cualquiera -ninguno se diferenciaba mucho de los otros-, me llamaron a la reja y el funcionario me preguntó si de verdad había sido un boxeador, campeón chileno y sudamericano y todo eso; y todo eso que el funcionario deseaba saber era verdadero, pero me parecía tan lejano; tanto como cuando llegó ese circo al Caupolicán con los caballos chiquitos y yo todavía era un niño, o cuando tuve mis primeras peleas con el gusto mezclado con susto que se sentía al subir al ring.

Lejano todo tanto que antes de responder me pregunté yo mismo si todo eso habría podido ser cierto, porque de haberlo sido, cómo se explicaban todos estos días sometido a golpes, a corriente, a amenazas de muerte. Dudé por eso. Dudé aunque al final le contesté que sí, que de verdad había sido boxeador, campeón chileno categoría gallo, y que había ido a Lima y a Montevideo con la FACH, y también a Guayaquil; y que sí, que habíamos salido campeones por primera vez fuera del país. Conversamos de boxeo, de jad, de uppercut. El funcionario terminó diciéndome que al día siguiente nos pasarían a “Tres Álamos” donde podríamos recibir visitas. Vaya buena noticia. Las buenas noticias aclaran las ideas, por eso, con las ideas algo más claras, dejé a firme en la mente que había sido realmente un púgil con todos esos títulos, pero quise retirarme a tiempo como el campeón que era, y lo logré como lo logran pocos. Llegué así a trabajar a Ferrocarriles, a la Maestranza San Bernardo. Fue allá, convertido en trabajador, que supe de la ventaja de pertenecer al Consejo Obrero de la Maestranza, e ingresé al Partido Comunista, algo de lo que jamás me he arrepentido.

A fines de julio de 1973, por haber comprado un taxi con mis ahorros y ya ser conductor experto, me destinaron en comisión de servicio como chofer del subsecretario de minería, don Hernán Soto. Creo que ese traslado me salvó de la muerte. Estuve feliz en mis nuevas funciones hasta ese fatídico martes once con el jefe diciéndome “hay problemas”. Y claro que los había, de hecho llegamos al ministerio pero ya nadie quedaba trabajando; pero eso habría sido lo de menos. Apenas pusimos pie en tierra, desde la Torre ENTEL empezaron a ametrallar La Moneda. Las balas pasaban silbando por todos lados y muy cerca nuestro. Parapetado en la entrada del edificio esperaba que el subsecretario bajara de vuelta cuando siento un golpe inmenso y un estruendo que me lanza al suelo y hace crujir los edificios. Parecía el fin del mundo, pero no… estaban bombardeado La Moneda, de eso me di cuenta rápido. “No es gracia pegarle al puching ball”, me digo mientras por fin aparecía de vuelta el subsecretario con el único ingeniero que había decidido permanecer en su lugar de trabajo. Corremos hacia el auto pero éste no parte, no parece tener corriente. Quise bajarme a ver la batería con las balas silbando y todo. Es cuando veo hacia el tablero y descubro unos cables desprendidos. Nos habían boicoteado. Los uní como pude por colores e hice partir el motor bajo el fuego de ametralladora de la torre.

Mapocho al oriente… ésas eran nuestras intenciones, pero estaba bloqueado el paso y tuvimos que cruzar el río por la Plaza de Artesanos. Ahí mismo nos detiene una patrulla. El subsecretario mostró sus documentos sereno, pero el sargento los miró y endureció su actitud de inmediato. “¡Estos son de los que iban a asesinarnos!”, les dice a otros pacos que disparaban hacia el otro lado del río. Nos ponen manos arriba y nos encierran en el calabozo del retén de La Vega, hasta un par de horas después cuando nos liberan con el ingeniero pero dejan preso a don Hernán, a quien le pregunto si desea que vaya a avisarle a su madre. Me contesta que no, sólo me pide que vaya a entregar el auto. Dejo en su casa al ingeniero y, dos días después, cuando levantan el toque de queda, devuelvo el auto en Telecomunicaciones de la Armada en Quinta Normal, un lugar donde Polito Marchant, unos cuantos años antes, había querido integrarme como pugilista. Adentro, mientras devuelvo el auto, veo a una cincuentena o más de muchachos jóvenes, que ahora ya lo sé, eran algunos de los que atraparon en la Universidad Técnica del Estado. Los tienen en el suelo, de cúbito dorsal y de brazos en la nuca.

El 14, creo, me presento a la Maestranza San Bernardo, porque entiendo que mi comisión de servicio está caduca. Pero allá ha cambiado todo. Sólo hay preocupación y tristeza. Es que la gente olía que cosas más terribles se venían. De hecho no pasarían muchos días antes de que soldados de la Escuela de Infantería vinieran armados a revisarnos y a llevarse a operarios de diferentes talleres. Y no fue la única vez. Una mañana fui testigo de cómo se llevaban a once compañeros de partido. Entre ellos veo a mi compañero José Morales sereno entre dos soldados. Él con la seguridad de la conciencia tranquila me dice, “Fernando ve donde mi esposa y le dices que no se preocupe que volveré pronto”. Más atrás veo a Adiel Monsalve, también entre soldados. Adiel al verme preocupado me dice sonriendo, “tranquilízate, no hay problema”. “Tranquilízate…”, “volveremos…”. Pero ni Adiel ni José volvieron a pesar de todo lo que los buscamos. Una búsqueda frenética en que alguien viene a vernos y nos cuenta que le han dicho que a nuestra gente la tienen en Santiago, en la morgue. A la mañana siguiente partimos temprano en mi taxi desde la maestranza para esa diligencia que sería tan triste. Al tratar de salir nos encontramos con un camión militar que pretendía entrar, pero le bajaron las barandas porque iba a pasar el tren. El guardia ferroviario con mucha audacia, tras el paso del tren, nos dio la salida a nosotros primero, lo cual me salvó porque, según supe después, los milicos de ese camión, entre otros, venían a buscarme a mí.

A la entrada de la morgue había una cincuentena de personas llorosas. Dos carabineros nos preguntaron quiénes éramos y, tras explicarles que éramos familiares de los ferroviarios, quizá por inexperiencia nos dejaron pasar a mí y a otro compañero. Tal vez no debimos haber pasado, pero claro… era necesario: ahí estaban nuestros compañeros, pudimos verlos sólo de pasada, pero esa pasada bastó para que viéramos sus marcas de tortura, y viéramos también a cientos de otros cadáveres desnudos y semi mutilados. Ver a nuestros compañeros de trabajo ahí asesinados y con marcas horribles junto a tantos y tantos nos dejó petrificados. No podíamos movernos. Solo sentí el grito de un guardia al lado mío “¡ya pa’fuera!, tienen que venir mañana a las 8:00, de lo contrario se les entierra nomás como sea...” Se les entierra no más como sea... pucha, así que esto era una dictadura de derecha, me dije mientras llorábamos como niños a la salida de la morgue. En ese momento llegó un compañero de la maestranza diciéndome, “vine de San Bernardo en micro compañero, para avisarle que se eche el pollo porque dejaron unos milicos esperándolo en la maestranza”.

Mi cabeza se bloqueó, sólo pensé en que no había hecho nada malo, nada ilegal ¿por qué entonces querían detenerme?”. Pero cómo entender que los compañeros de la maestranza cuyos cuerpos acabábamos de ver, y que estaba ciento por ciento seguro de que tampoco habían hecho nada malo o ilegal, pese a eso los habían asesinado. Sin pensarlo, porque seguía con el cerebro bloqueado, me dirigí mecánicamente a mi hogar. Dejé, eso sí, el taxi lejos de la casa. Mi esposa estaba preocupada pero contenta de verme. Le cuento algunas de las cosas que me han pasado pero le oculto las más fuertes. Igual, me atrevo a decirle que deberé dormir en la casa de un compañero en Buin. Ella, ahora sí, se queda asustada. Parto a Santiago a ver a mi hijo, quien me cuenta que han allanado su casa buscando al subdirector de Investigaciones Samuel Riquelme. Intento calmarlo sin contarle mis problemas. Antes de llegar el toque de queda me dirijo a San Bernardo, al servicentro donde pongo bencina diariamente y soy amigo de los operarios. Les cuento que me he cambiado de domicilio para que me dejen dormir esa noche en el auto y en el box donde engrasan. Intento dormir pero es imposible.

Esa mañana desayuné con los bomberos, limpié el vehículo, y este ex boxeador, campeón de los barrios y campeón latinoamericano de los gallos, se sentó al volante y rompió en llanto. Más tarde, con otros dos compañeros en situación parecida a la mía, decidimos presentarnos ante el jefe de maestranza para pedirle consejo. Pero él nos contestó que estas cosas no habían pasado nunca antes en el país y que por eso no podía aconsejarnos, y además su consejo podría resultar fatal. “Convérsenlo con sus familias”.

Pasan algunos días en que curiosamente los milicos parecen haberse olvidado de nosotros, hablo de un período hasta más o menos fin de diciembre en que no me apresan pero soy exonerado. Un mes más tarde, mi hijo Fernando es también exonerado de Investigaciones tal como yo, “por motivos políticos”. Comenzamos a trabajar el taxi a dos turnos. Fernando en la tarde y yo en la mañana, pero en ese tiempo el trabajo de taxista estaba muy malo, cesantía, rebajas de sueldos, alzas de precios, ¿quién iba a querer andar en taxi? Es cuando empiezo a darme cuenta de que me vigilan. Siempre hay un tipo observando a la entrada del bloque donde vivo. Yo podía verlo por los visillos de la ventana sin ningún esfuerzo. Además, el tipo se daba perfecta cuenta de que yo lo observaba vigilarme. Esto dura hasta el 30 de agosto, onomástico de mi señora, cuando más o menos a las dos de la madrugada, suena el timbre y mi esposa mira por el ojo mágico pero no alcanza a abrir la puerta. Le dan la tremenda patada que la hace saltar lejos. Ingresan tres con metralletas, traen el rostro pintado. Uno delgado y de estatura mediana que ingresa después ordena: “póngale cadenas”. Me encadenan de manos hacia atrás. Afuera en el pasillo hay un tipo alto, corpulento, que yo lo supongo Fuentes Morrison. Veo que más arriba de mi departamento sacan también a otros vecinos de su hogar, pero ya no puedo ver más porque me ponen una venda y nos echan a un vehículo, unos encima de otros. Hablan por radio. Escucho que se dirigen a un tal “nido 20”. Dan vueltas, suben cuestas, siguen dando vueltas. Nos ha detenido la FACH, es evidente, y cuando llegamos nos forman y nos hacen pasar de a uno. Siento que va saliendo alguien a quien imagino un compañero y le pregunto qué pasa adentro. Me contesta “aquí tienes que contar todo o si no te matan”. Entonces a mí se me ocurre gritar que no sé nada, y es cuando aparentemente alguien reconoce mi voz. En los días siguientes descubriré que ése que me reconoce, es un traidor ex militante del P.C. llamado Carol Flores. Es así como vienen, no sé, uno o dos guardias que me patean las piernas y me arrastran de aquí para allá hacia otros lugares que imagino cuevas, por la oscuridad de las vendas en los ojos. Me dejan de pie y solo porque no siento a nadie más, y hace frío, un frío intenso. Por esto empiezo a mover los pies y a saltar como lo hacemos los pugilistas para mejorar el juego de piernas. Pasa entonces un guardia y me grita: “¡pelao, de aquí no te vai a arrancar!”, y me empuja al rincón.

Por la mañana dos bárbaros vienen a preguntarme por la camioneta de Arsenio Leal. Me dicen que es uno de los vehículos del Partido Comunista y que deben confiscarlo. Yo les contesto que la camioneta es de Arsenio Leal, que vendió un sitio que tenía en San Bernardo y su camioneta vieja para comprar el vehículo nuevo y transportar galones de gas. Me insisten en que no, que la camioneta es del Partido Comunista. Es que le querían quitar a toda costa su vehículo al compañero que, ahora lo comprendía, lo tenían a mi lado, y eso lo supe porque empezaron a interrogarlo y a torturarlo porque él lejos de reconocer nada, insistía en que el vehículo era suyo: “Algún día el pueblo se levantará contra el fascismo”, les gritó. Sentí que lo tomaron y lo golpeaban, e imagino que lo colgaron con un tecle, porque subían cadenas y se sentían los quejidos del compañero. De repente se termina el llanto de Arsenio Leal, que fue “leal” con sus principios hasta la muerte. En la tarde los bárbaros tuvieron que darle cuenta a su jefe, le contaron que el prisionero los había atacado con las cadenas, «lo colgamos y murió», dijeron. El jefe les contestó sólo que estaba bien. En otras palabras, al compañero Arsenio Leal le quitaron la vida, pero no pudieron quitarle su camioneta.

Fijan entonces toda su atención en mí, pidiéndome que les dé los nombres de los que tienen autos del partido. -Yo no sé de esas cosas -les respondo. -Danos la patente de un solo auto que sea -insisten y quién lo usa. Pero yo tampoco nada les digo. El partido ocupaba mi taxi permanentemente que yo conducía para ellos por las tardes fuera de las horas de trabajo, por eso me preguntaban esas cosas pensando que podría saberlas. Indignados me meten en un saco y me suben a una furgoneta. Me sacan la venda por calle Club Hípico donde se detienen frente a un garaje del cual me preguntan si es el del Partido Comunista. Yo, como me están golpeando por los costados, les digo que sí nomás, sin tener idea de quién podría ser o no ser el dueño verdadero de ese taller. Los bárbaros con sus metralletas en mano entran, mientras yo alcanzo a ver que hay dos maestros trabajando y un matrimonio que parecen ser los dueños. La mujer se acerca a la furgoneta donde yo estoy porque le llama la atención un hombre en un saco y se da cuenta de lo que pasa. Claro que los bárbaros se dan cuenta también de que han seguido una pista falsa y se devuelven indignados a preguntarme el nombre del jefe del garaje que yo he indicado como el del P.C.; pero como yo les digo que la verdad es que no lo sé y que si les indiqué éste fue porque ellos me obligaron a hacerlo, me dicen “que no estoy claro” y, tras ponerme la venda, me llevan de vuelta a su “nido 20” donde me sacan las cadenas y después de amarrarme como pollo, me atraviesan un fierro por los codos y por la parte de atrás de las rodillas. Yo pensaba para mí que había sido boxeador y de los buenos y que tenía que aguantar. Y me acordaba de un compañero de la maestranza, flacuchento que le quemaron un brazo con corriente y resistió. El ejemplo de ese compañero era el que me daba valor para aguantar. Claro que todos esos pensamientos se daban en cuestión de segundos. En segundos me di cuenta también de que entre los que me estaban amarrando estaba Carol Flores, porque entre la tortura me dijo algo que sólo él me pudo haber dicho: “el garage que nos interesa es ése donde te arreglaron el taxi...”

A mí, efectivamente me habían arreglado el taxi en un garage del partido, y yo se lo había contado a Carol alguna vez antes del golpe. Malo eso para mí, porque significaba que ellos sabían que yo conocía ese lugar, no obstante permanecí mudo. “Pónganle nomás... no está claro”, dijo una voz, y me colocan cables en el ano, el miembro y los testículos y empieza la corriente. Yo empiezo a gritar también pero mientras más gritaba, más corriente me ponían. Empecé entonces a rezar: “Padre nuestro que estás en los cielos...”, hasta un momento en que ya nada más escucho, ni digo, ni pienso.

Al otro día de madrugada llegan de nuevo repitiendo: “el pelao no está claro todavía”, pero no escucho entre las voces la de Carol. Me toman y me llevan a un lugar donde me ponen en las manos algo como grilletes. “¿Vas a hablar, conche’tumadre?”, preguntan. -No sé lo que hay que decir –contesto. “Levántenlo”, ordena el jefe, y me cuelgan de los grilletes y las manos que siento cómo se congelan. Grito como berraco. No parece importarles. Pasan los minutos y siguen pasando. Siento que desfallezco pero moviendo las piernas logro tocar algo que imagino una pandereta y pongo los pies ahí. Por fin descanso y dejo de gritar, claro que éstos llegaron inmediatamente: “No te vas a reír de nosotros, conche’tumadre”. Me levantan en vilo para dejarme caer como saco de papas. Siento un crujido en los hombros mientras una voz indignada grita “¿a quién se le ocurrió pegarle de nuevo al pelao?” En ese momento me desmayo. Al despertar siento a mi lado a Dino Pizarro llorando como yo. Rememoro entonces, y me doy cuenta de que ése que había gritado indignado porque me pegaban no podía ser otro que Carol Flores, que tal vez se sintió mal al ver a su ex amigo traicionado por él mismo en el estado en que estaba. Hasta creo que en ese momento pudo darse cuenta de la magnitud de su traición y quizá sintió dolor o al menos arrepentimiento.

Al otro día o un rato después, o quién sabe cuánto rato después, entran y me preguntan si acaso soy Fernando Lizana. Como les contesto que sí, me cuentan que afuera hay un amigo mío que necesita conversarme. Me levantan y me llevan casi en vilo a lo que parece la parte trasera de un camión. El que me esperaba me dice: “Fernando que bueno que te encontré, estalló la revolución, la gente está pataleando por las calles, aquí hay dos guardias nomás, les pegamos un par de chancacazos y salimos a entregar todas estas armas que tengo a la gente del partido”. Me di cuenta de inmediato de que ése no era tal amigo. “Dame los nombres de los compañeros”, me dice, y como me niego, me pregunta “¿cómo vamos a ganar la guerra entonces?” Yo me quedo mudo, pero él insiste: “aunque sea uno solo”. Le contesto que no sé de nadie. Al impostor se le acaba la paciencia. “Bueno, si no querís cooperar, conche’tumadre…”, y así nomás como estoy, con la vista vendada, me pega tremendo golpe que me deja knock out. Las cosas se ponen confusas… despierto no sé si altiro o un rato después, pero despierto imaginando que estoy sentado en un sofá. Siento incluso que hay música. Veo a Fuentes Morrison, el que me ha sacado de mi hogar. Lo escucho decir: “saquen a bailar al pelao”. Yo sin entender nada me digo “me voy pa’mi casa”, y me levanto en forma perfecta sin darme cuenta de que estoy encadenado. Y ahí parece que escucho voces de la realidad: “pelao ¿no vai a pagar la cuenta?”, y recibo un puñetazo bárbaro que me deja botado en el suelo otra vez. Y ahí me dejan, parece que ya no les importo; es que están preocupados por otro. “¡Vo’ soy el famoso Yuri, el mujeriego!”, me levanto un poco la venda y veo en el suelo, al centro de la pieza a mi amigo Yuri, hasta hoy desaparecido. “Yo no soy mujeriego señor, estoy separado por otros problemas”. Escucho que lo castigan bárbaramente. Más tarde escucho la voz lenta del Quila Rodríguez, también desaparecido, que les discursea en voz alta de los beneficios del socialismo. No lo pude ver, lo tenían escondido; pero es extraño, le permitían hablar. Alguien ha dicho que lo mataron porque no ocultó que había reconocido a Carol como el traidor. Lo decía en voz alta: «Si alguno sale de aquí, que cuente afuera que Carol Flores fue el que nos traicionó».

En un momento siento deseos de orinar y aviso. “Altiro pelaito”, me contesta un bárbaro y me lleva al baño. Ya en la puerta, sacándome las cadenas, me dice: “pelaito, adentro sácate las vendas y descansa todo lo quieras, y si quieres muévete y haz gimnasia, pero cuando vayas a salir te pones la venda, porque si me ves tendría que matarte, ésa es la orden que tengo”. A pesar de la amenaza tremenda que va en su advertencia, noto en él una benevolencia que me extraña. Ya adentro del baño siento quejidos, me doy vuelta y veo al compañero Humberto Castro sangrando de boca y nariz y su cara hinchada. Lo tienen tirado en una tina pequeña encadenado de pies y manos. Entonces comprendo las intenciones del bárbaro: pretende que yo converse con el compañero quizá para sacarle quién sabe qué cosa que quieren saber, y con seguridad nos van a estar escuchando. No podía darles una victoria así tan fácil. Me puse la venda y toqué la puerta. El bárbaro me pregunta si la tengo puesta y si ya oriné. “Se me quitaron las ganas”, le contesto, pero él insiste en que vuelva y descanse y en que orine; me empuja incluso de vuelta pero yo me niego. Quizá a causa de esto es que vinen a buscarme otra vez, y me amarran y me levantan amarrado de las manos, creo, a un par de centímetros del suelo. Un bárbaro empieza a darme golpes fuertes y rápidos. Se cansa y le toca a otro más pesado, lo noto por la mayor potencia de los golpes y porque estos golpes me están haciendo mella. Para agravar la situación, uno de ellos dice: “¿así que fuiste boxeador, pelao...?, conmigo te vai a pegar la cachá”. «Este huevón me va a dar fuerte», pensé, «pero si me sacan las cadenas y las vendas le saco la cresta». El tipo me baja para que pise el suelo y me da unos cuantos golpes, ahora sí, salvajes, y después me arroja a mi rincón donde caigo como masa informe sin capacidad de pensamiento.

La oscuridad de la noche era otro suplicio para mí, no lograba dormir, me levantaba las vendas y lograba sólo divisar bultos. Entonces, en el silencio de la noche rezaba, rezaba mucho; y cuando lograba dormitar daba unos saltos tremendos y veía que me tiraban de un barco con las manos amarradas y los tiburones me cortaban las piernas. Me veía también tomando el tren obrero que nos llevaba a la maestranza, pero otro tren en sentido contrario nos pegaba el tremendo chancacazo. Dormito también soñando que me muerden los pies y los brazos; pero a veces sueño que estoy feliz en libertad y que mi señora y mi hija me esperan con los brazos abiertos. Asoman entonces recuerdos mejores y nítidos, esos ponis chiquitos que el domador hacía trotar por el redondel y que diestro también, al chasquido de su látigo los hacía detenerse brusco. Con mis amigos salimos de voluntarios: la banda tocaba para nosotros la música de los trapecistas y el tony chicharrita, marchando escoba al hombro, nos gritaba: “¡Escuadrón Perlina y Radiolina!” Entonces montábamos en los ponis que trotaban rápido y se detenían brusco por el látigo del domador y todos los jinetes se iban al suelo; menos yo que firme ahí encima no me caigo y paso por un aro con fuego con éxito. Cuando el domador supo que antes jamás me había subido a un caballo, me propuso irme con el circo al Perú. Mi madre por supuesto no me dejó...

Diencisiete días sin dormir, sin comer. A mi lado siento un movimiento e imagino que están sacando a mi vecino. Escucho una voz destrozada que trata de gritar: “¡ahora compañero, hay que vencer al fascismo!” Logro subirme subo un poco la venda y veo a un compañero canoso a mi lado, siento que la cabeza se me cae, “me estoy volviendo loco”, pensé. Habían sacado a un anciano canoso, a don Víctor Hugo y me pusieron al lado a otro canoso, Humberto Castro, que estaba destrozado, pero aún con vida.

Llega la noche y el suplicio de no poder dormir y esas pesadilla terribles. “Padre nuestro, que estás en el cielo”, digo. Un guardia me dice: “pelao, ¿qué estai hablando?”. “Estoy rezando”, le contesto. “No me mintai, pelao, tai hablando con el viejo”. Eso era lo que creía él, pero algo lo convenció de que sí estaba rezando. “Reza nomás pelao”. Al otro día él mismo fue el que vino a hablarle al moribundo Humberto Castro: “te voy a preparar una camita con frazada, viejito”. Don Humberto apenas le pudo dar gracias. Ese intachable obrero de la construcción fallece esa misma madrugada a causa de las torturas. Yo que estaba tirado al lado suyo, no sentí queja alguna. En la mañana retiraron su cadáver en total silencio.

Esa misma tarde, quizá a causa de la muerte del viejo, aunque parezca increíble, traen a un médico. Cuando me revisa le digo textual “no sé qué fecha es hoy, pero a mí me trajeron el 30 de agosto y desde ese día no he podido dormir, dormito apenas unos segundos y veo que me botan de un barco, después que me tiran de un avión, después de un tren. Despierto a saltos, dormito de nuevo y sueño que unos perros grandes me comen los pies. El médico dice: “este pelao se va a volver loco, tienen que darle ‘meprovante’, lo antes posible”. Me quedé escuchando lo que decían los otros compañeros; unos tenían las muñecas infectadas, otros se quejan de dolores de estómago. A uno de ellos el médico le preguntó si era mala la comida. El compañero le respondió con toda inocencia, “¿qué comida...?” El médico mandó a comprar empanadas, nos dieron la mitad a cada uno. Ésa ha sido la mejor empanada que he comido en mi vida. A media noche los bárbaros me dieron el remedio, igual no pude dormir. Al día siguiente me suben a un vehículo y pienso que ahora sí van a matarme; pero no, llegamos a una especie de comisaría donde me sacan las cadenas y las vendas de los ojos. Veo entonces qué es la venda que he tenido puesta todos estos días: un trapo sucio tirado a mis pies, tan sucio como los bárbaros que vienen a entregarme, ya lo sé, al campo de concentración “Cuatro Álamos”. Por segunda vez me había salvado de la muerte.

Me conducen a través de un pasillo largo con puertas. La última de ellas la abren para mí y me encuentro con tantos compañeros y amigos que abrazo. Había salido del infierno tras 17 días terribles. Es cuando el funcionario me pregunta si de verdad he sido boxeador, campeón de Chile y vicecampeón latinoamericano de los gallos, y me cuenta que al día siguiente nos pasarán a “Tres Álamos” donde hay derecho a visita. El tipo me pide que le ayude a llevar el fondo para repartir el almuerzo. En la segunda pieza me encuentro con uno que mantienen aislado. Noto que es un compañero joven por sus movimientos, pero su pelo largo y su barba impresionan: varios meses incomunicado. Le puse dos porciones mientras volvía a mi cabeza mi Primera Comunión, realizada con un traje prestado que devolvimos después de sacarme con él fotos en el Parque Cousiño, donde se ponían fotógrafos con cuadros de caballos y botes. Volvió también a mi cabeza el día que llegó ese circo al Teatro Caupolicán con los ponis y el Escuadrón Perlina y Radiolina.

Recién, el 26 de mayo de 1976, me dejan libre y salimos a la calle junto a muchos otros compañeros. Veo a mi esposa, a mis hijos, a mis hermanos, corro a abrazarlos y a besarlos... Pero la felicidad es efímera, ahí mismo hay esposas, hijos y familiares que están tristes porque a sus hijos o esposos los mantendrían todavía detenidos, y mucho peor es la situación de los familiares de aquellos compañeros que ya los sabíamos asesinados, o que no sabíamos dónde estaban... y en muchos casos, no lo sabríamos nunca. En esas condiciones ni yo ni nadie podíamos estar verdaderamente felices... cómo estarlo.


“Maestranza San Bernardo”, es extracto de la novela testimonial “Golpes en la vida”, escrita por Fernando Lizana, la cual está aún inédita. El título y el reordenamiento del texto para cuento testimonial es de Martín Faunes Amigo.
Los compañeros José Morales Álvarez y Adiel Monsalve Martínez, fueron ejecutados el día 6 de octubre de 1973 por efectivos de la Escuela de Infantería de San Bernardo en el centro de detención Cerro Chena. Junto a ellos fueron asesinados también Mauricio Cea, Roberto Ávila Márquez, Alfredo Acevedo Pereira,Arturo Koyck Fredes, Raúl Castro Caldera, Hernán Chamorro Monardes, Manuel González Vargas, Pedro Oyarzún Zamorano, Joel Guillermo Silva Oliva, Ramón Vivanco Díaz, trabajadores todos de la Maestranza San Bernardo y militantes del Partido Comunista.

También ese día asesinaron a Héctor Hernández Garcés, 17 años, estudiante de un liceo de Puente Alto, militante de las Juventudes Socialistas, así como a Juan Cuadra Espinoza, Gustavo Martínez Vera y Carlos Ortiz, campesinos que habían sido detenidos en Paine.

Pero eso no fue todo, ese día asesinaron también a Javier Pacheco Monsalve, que había sido miembro del GAP del Presidente Allende, cuya compañera María Isabel Beltrán Sánchez, militante del MIR, está hasta hoy desaparecida; la hija de ambos, creció en el seno de una familia que la adoptó pero fue recuperada por su abuela materna hace un pocos años; parte de sus historia conózcala más adelante en “Los sufrientes”

Con respecto a Arsenio Leal Pereira, era transportista y militante del P.C., muere el 6 de septiembre de 1975 tras ser detenido primero en Hangar Cerrillos y luego en los llamados “Nido 20” y “Nido 18”. Alonso Fernando Gahona Ochoa, «Yuri», militante del Partido Comunista, fue detenido también en el Nido 20, lugar donde murió a consecuencia de las torturas. Su cadáver habría sido arrojado al mar.

Suerte parecida tuvo Humberto Castro Hurtado, militante del PC apodado “Camarada Díaz” o “Chino”, quien fue detenido el día 3 de ese mes y trasladado hasta Nido 20, donde fallece a consecuencia de los golpes, pero en este caso su cuerpo fue devuelto a sus familiares.

El compañero que llamaban “Quila Rodríguez”, o “Quila Leo”, quien había sido grumete de la Armada, se llamaba en realidad Miguel Ángel Rodríguez Gallardo y militaba en el Partido Comunista. El Quila desapareció tras haber dicho a su compañera que hacía una semana le seguían. Durante el año nuevo 1975-1976, este compañero y otros detenidos fueron introducidos en vehículos que llevaban utensilios para cavar, tras lo cual se supo que todos habían sido asesinados en terrenos militares de Peldehue, siendo sus cadáveres quemados y después enterrados en ese lugar».

Con respecto a Carol Flores Castillo, testigos lo vieron armado en compañía de otros individuos mientras apresaban a Alonso Gahona Chávez. Flores Castillo, traidor, ex militante comunista, había sido detenido en agosto de 1974 por efectivos del Servicio de Inteligencia de la FACH, permaneciendo recluido alrededor de 6 meses. Una vez libertado se sabe que comenzó a colaborar de manera eficiente con sus aprehensores; los mismos que tras enterarse de que estaba siendo reclutado por la DINA –organización que consideraban «su competencia»-, lo asesinan permaneciendo desaparecido hasta hoy.

Esta información fue recopilada gracias al testimonio del ex-miembro de la FACH y del Comando Conjunto, Andrés Valenzuela Morales: “luego de haber operado el equipo en un hangar de Cerrillos se trasladaron a una casa ubicada en calle Santa Teresa 037, Paradero 20 de Gran Avenida (“Nido 20”), donde se mantenían detenidos; y otro situado en calle Perú 9053, paradero 18 de Vicuña Mackenna (“Nido 18”), donde, fundamentalmente, se interrogaba y torturaba.


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