Guaripauchito
En memoria de
Víctor Oliva Troncoso
Sonia Oliva Troncoso







Me preguntan por mi hermano, el más querido, y yo, para que sepan cuánto lo quería, no tengo más que contarles que nació cuando yo tenía dos años y, a pesar de ese poco par de años míos, lo amé como a mi propio hijo. Y cómo no iba a amarlo así, y cómo no iba a estar contenta con tenerlo, si yo era la única de la cuadra que tenía un muñeco de verdad que sonreía, decía "agú" y todo... era maravilloso: nació para que yo lo quisiera. Le pusieron por nombre Víctor, para mí fue siempre mi "guaripauchito". Si hasta para llorar era hermoso, a veces jugábamos con Carlos, nuestro otro hermano, a hacerlo llorar, es que al pobrecito se le inflamaban las narices de una manera tan divertida. Claro, eran maldades que una hacía de vez en cuando. Mi guaripauchito lloraba también cuando perdía su equipo favorito, el Colo-Colo. Una como mujer no es capaz de entender eso cabalmente, pero igual ahí estaba yo para consolarlo con miles de besos y cariños.

Y no lo quise sólo entonces, lo seguí queriendo para siempre, si lo quería tanto que hasta me ponía celosa. Fíjense que se dio cuenta de que mi papá, que era maquinista de trenes, cuando volvía a la casa después de sus viajes le entregaba dinero a mi mamá. Entonces él tomó un bolsito y le dijo a la mamá "me voy a trabajar", y dio unas cuantas vueltas ahí por la casa y simuló que volvía. "Ya llegué, mamá", dijo, y a ella, tal vez adivinando, se le ocurrió decirle "el papá cuando vuelve me trae dinero"; sí -le dijo él -aquí está el mío. Y le pasó unos papeles. La mamá le preguntó que cuánto se iba a dejar para él. Mi guaripauchito le respondió "Nada, mamá, todo es para usted". ¿No era para comérselo? Y claro, yo quería que él alguna vez me hiciera a mí eso mismo, que me trajera unos papelitos como de dinero, pero no, porque él me veía como hermana y no como mamá, aunque para mí él fuera como mi hijo, mi guaripauchito.

No era yo la única que lo quería, en la Escuela Estándar Nº 5, lo elegían siempre el mejor compañero, porque desde chico demostró un sentido de solidaridad que sobresalía. Pero no lo elegían sólo por eso, sino porque era amigo de todos, y yo seguía entre celosa y orgullosa. Partió con su curso a conocer Santiago con su profesora, la señorita Nelly Rivas, la que le enseñó a leer y a escribir y lo tuvo siempre entre sus mejores alumnos. Fueron al Estadio Nacional con tan mala suerte que justo el Colo-Colo perdió y Víctor lloraba amargamente... su pobre profesora no hallaba qué hacer para consolarlo. Yo me decía, cuando lo supe, que cómo no haber estado allí, porque yo sí habría sabido cómo consolarlo. Esa profesora también lo quiso mucho.

Después, cuando estuvo más grande, estudió contabilidad en el Instituto Comercial de Temuco, lo hizo a pesar de que no le gustaba y se tituló incluso, y todo por agradar a mis papás. Claro que igual, lo pasó bien allá. De hecho fue elegido presidente de curso por todos esos años. Era que no, si era tremendamente amistoso; no paraba en la casa. Acostumbraba regalar su ropa argumentando que tal o cual amigo no tenía zapatos o alguna prenda. Él se conformaba con unas puras y simples alpargatas... hasta vino a mi matrimonio con chaqueta y alpargatas. Era además muy alegre, le encantaba cantar, imitaba a Leonardo Favio. Si nadie lo acompañaba con guitarra, cantaba así nomás, a capella, y hasta recibía pedidos. Yo lo hacía que me cantara esa canción que hablaba de "una blanca palidez".

Era también excelente para el baile y muy pololo, tenía un arrastre con las mujeres innato; es que era atractivo, coqueto, educado, caballero, halagador. En el Instituto tenía un club de admiradoras. Imagínense que yo que ya tenía también mis amigos y mis pololos, seguía poniéndome celosa por su culpa. Bueno, ya lo dije: entre celosa y orgullosa.

Se dejaba querer mi guaripauchito y yo lo quería sólo para mí, así de nuevo chiquito de scout o de acólito en la Parroquia del Perpetuo; pero sobre todo de overol o de pantalón gris y chaqueta azul piedra... claro que eso no se podía, mi guaripauchito había crecido hacía mucho rato. No por eso dejó de ser creyente, decía que la Mater lo protegía. A los catorce años ingresó al Movimiento Shönstatt, al que perteneció dos años. No por eso dejó tampoco de ser buen comedor, todo le gustaba; comía de lo que le dieran. Mi mamá, nos decía, "apréndanle a su hermano que no es mañoso y agradece todo lo que le sirvo". Le gustaba la chicha dulce de manzana. No le gustaba el vino ni los licores. Le encantaba el puré de arvejas partidas y las papas fritas. Hasta el día de hoy me acuerdo de él cada vez que como papas fritas. Y se descuadraba también, no crean... una vez le pidió a mi papá que lo llevara a Santiago en la máquina para ver jugar al Colo-Colo, y mi papá le dijo que bueno, pero siempre que se comprometiera a ir al Instituto el lunes. Y partieron el sábado. El domingo de madrugada estaban de vuelta. Vicho se acostó, pero no despertó hasta el martes por la mañana.

Fue en el Instituto Comercial donde entró primero al Partido Comunista, donde fue expulsado "por revolucionario", así me dijo, por eso se fue de ahí al MIR, y llegó a ser dirigente de ellos y también dirigente estudiantil en el Instituto. Sus compañeros, y seguramente también sus compañeras, lo elegieron como representante ante el Consejo de Profesores. Yo vi los muros que decían: "Víctor Oliva al Consejo". No paró nunca más, fue dirigente hasta que egresó. Dio entonces la Prueba de Aptitud Académica y entró a estudiar Pedagogía en Castellano en la Universidad Católica, Sede Temuco, donde su compromiso en el MIR se le hizo mayor, y su condición de dirigente no cambió tampoco; así que podía leer entonces en las murallas del Campus Menchaca Lira: "Víctor Oliva a la Reforma".

Estábamos todos orgullosos de él, con mayor razón mi papá que era dirigente sindical de los ferroviarios. Claro que hubo un momento en que Víctor dio por terminada su misión de dirigente estudiantil y se fue a trabajar a los campos con el Movimiento Campesino Revolucionario. En una ocasión, como a las 11 de la noche, yo estaba estudiando y él llegó, cansado y un poco mal genio, seguramente después de alguna reunión política difícil. Mi mamá lo escuchó llegar y me pidió que le prepara huevos fritos; pero si el venía de mal humor yo no tenía la culpa, además, como estaba estudiando ni siquiera me inmuté. El perla vino a decirme "¿no escuchaste?", ante lo cual le contesté preguntándole qué clase de revolucionario era, que necesitas que las mujeres le prepararan su comida, y le dije también con todas sus letras "¿acaso tienes los dedos crespos, huevón?". Él atinó a decir apenas: "la boquita", "la boquita". Lo qué no daría yo por freírle ahora medio huevo que fuera.

El mismo día once expulsaron a Víctor de la Universidad. Él entonces, apareció en Santiago, donde yo vivía, enviado por mi papá para ver cómo estaba yo. No tenía necesidad de hacerlo para nada, pero lo hizo. Tal vez fue una premonición, porque fue allá en Santiago cuando apareció un bando que le ordenaba a mi guaripauchito y a otros, a presentarse en el Regimiento Tucapel. Entonces, como éstaba conmigo en Santiago, mi papá se presentó por él, y eso lo salvó. En el regimiento un militar le habló pestes a mi padre de mi hermano, que era un irresponsable y un flojo, le dijo. Nos cuenta el viejo que cuando el tipo terminó, le hizo ver que todo lo que había dicho era falso, porque su hijo era un buen alumno y además responsable, y por sobre todo, solidario; y que él estaba pésimamente informado, y que si además, pensaba tan mal de él, por qué no lo autorizaba a irse del país, pues aquí no lo dejaban estudiar ni trabajar. "Sí, sí", gritaba el militar, qué se vaya del país, qué se vaya.

Hasta que llegó ese maldito momento en que tuvo que irse porque las cosas se habían puesto realmente difíciles -de hecho unos tipos lo habían amenazado con matarlo en el puente de Avenida Alem-, y ya no lo pedían, si no que se sabía que lo buscaban. Escapó entonces a Argentina donde lo acogió un hermano de mi mamá, y cuando se le venció su permiso de estadía, viajó a Buenos Aires y consiguió la permanencia definitiva en el país, siendo además reconocido como refugiado político por ANCUR. Así que pudo ingresar a estudiar Filosofía en la Universidad Nacional del Sur de Bahía Blanca, y eso fue bueno y nosotros desde acá nos alegramos muchp, pero parece que lo malo fue que quedó demasiado registrado.

Fernando Zúñiga, el último compañero que lo vio con vida, nos contó mucho después que Víctor compartía una cabaña con Alejandro García, "el hippie", y con María Alicia Astudillo, los tres estudiantes de Temuco asilados en Argentina, y que allá, además de militar, mi guaripauchito trabajaba arreglando techos y se movilizaba en una bicicleta. El día que lo mataron habían almorzado juntos en el restorante de Caritas. Se despidieron y Víctor se fue a arreglar el techo de una casa. Fernando calcula que lo detuvieron como a las tres de la tarde; y dice que si lo mataron a él y no a otros, fue porque a mi guaripauchito fue al único que alcanzaron a detener. Rápidamente se supo de su detención y todos los exiliados chilenos, ese mismo día escaparon de Bahía Blanca. No quedó ninguno en ese lugar, de ningún partido político. Pero esa misma noche encontraron muerto a Víctor en el barrio llamado Serri, a diez kilómetros del centro de Bahía Blanca. En El Diario apareció la noticia informando que tenía cerca de 35 impactos de bala, pero el tío nuestro que lo vio afirma que eran más de 70.

Mi guaripauchito... pensar de que no me gustó nada cuando para mi matrimonio llegó de alpargatas. Venía de una comunidad mapuche, lleno de piojos e inmundo. Se duchó y se cambió de ropa. Se puso unos jeans, una chaqueta y sus famosas alpargatas... yo lo miré con el ceño fruncido nomás pero no le dije nada... y después me hizo tanta falta. El habría sido el único que me hubiera comprendido cuando mi matrimonio ya no dio para más y tuve que separarme de mi marido.

El primero en saber del asesinato de Víctor fue mi pobre papá. Se le acercó en la calle una vecina muy joven que le preguntó por él. Y como mi papá le respondiera que estaba en Bahía Blanca, lo invitó a ir a su oficina porque le tenía que dar malas noticias. Le mostró entonces el diario donde aparecía la noticia. Pobre mi guaripauchito y pobrecito mi papá: no se atrevía a decírselo a mi madre. Le tuvo que pedir a una vecina, la señora Blanca, para que lo acompañara a decírselo. "Hay malas noticias", eso nomás alcanzó a decirle y mi mamá lo adivinó, porque una amiga le había explicado sobre unos sueños que tenía donde se le perdían cosas, que ello significaba que alguien de la familia iba a morir.

Me cuentan que mi pobre madre lloraba desconsolada, y lloraba también Carlos, nuestro hermano, a quien Lalo, así le decíamos en la familia a mi guaripauchito, cuando supo que había ingresado al MIR en la Universidad Técnica, le había dicho "no sabes en el lío en que te metes".

Fui la última en enterarme. Mi marido sin decirme nada, me llevó hasta la Mater, y le rezó diciendo: "te pido que apoyes a Sonia en estos difíciles momentos en que han asesinado a su hermano Víctor". Me puse a gritar como loca, diciendo que no, que era mentira, y que no podía ser, que era mi hermano y que lo amaba. Él me hizo callar porque no quería que nuestros hijos se enteraran, y no me dejó expresar mi dolor ni tampoco desahogarme. Pero no sé si desahogarme habría servido de algo, porque ya sé que jamás me voy a quitar de encima este dolor de haber perdido a mi guaripauchito.


Estos testimonios fueron escritos por Martín Faunes Amigo, gracias a las entrevistas que Victoria Irribarra Espinoza hizo a Sonia y Carlos, hermanos de Víctor, y a Eduardo, el padre de éstos, así como a la profesora de Víctor en primaria, la señora Nelly Rivas, y a sus compañeros en el MIR, Fernando Zúñiga y Enrique Pérez Rubilar "el indio".

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TESTIMONIO DE ENRIQUE PÉREZ RUBILAR, COMPAÑERO DEL MIR Y AMIGO DE VÍCTOR OLIVA TRONCOSO.

Víctor era mi compañero de curso en el Instituto Superior de Comercio de Temuco, pero mucho que un compañero, él era mi amigo. Con él y otros formamos una base de aspirantes al MIR y nos presentamos a las elecciones del Centro de Alumnos del Comercial. Hablo del año 1969 y de una lista que bautizamos como Movimiento Estudiantil Comercialino. Sonaba bonito... "MAC", si era tan bonito que ganamos. Víctor quedó de Vicepresidente, y lo dejamos además a cargo del trabajo del MIR entre los estudiantes secundarios. Para darle relevancia, inventamos que un alumno participara en el Consejo de Profesores del Instituto. El titular era yo y el suplente Víctor, pero a los Consejos íbamos los dos juntos. Ante cualquier problema con algún alumno había Consejo y los profesores nos tenían gran respeto. Al año siguiente ya éramos militantes del MIR; claro que Víctor duró poco en el frente secundario: pidió trabajar en el sector poblacional que era todo un desafío que teníamos por delante.

Por ese tiempo fue que a mí, mis papás me pidieron que me fuera de la casa... es que las cosas no estaban muy buenas entre ellos y yo, porque creían que era un comunista y se daban cuenta además de que no estudiaba mucho. Era situación bastante complicada, pero le pedí al papá de Vicho -así le decíamos a Víctor- que fuera mi apoderado, a lo que él, probablemente, intuyendo las dificultades por las que estaría pasando, accedió de inmediato. Claro que don Eduardo nunca vio mi libreta de notas, y no sé si hubiera querido seguir siendo mi apoderado de haberla visto. En fin, se me ocurre que el Vicho lo habría convencido de continuar. Es que insisto, éramos amigos con el Vicho, realmente amigos; teníamos, sin embargo, caracteres muy distintos. Fíjense que Víctor, entre las muchas pololas que tuvo, tuvo a una que se llamaba Mónica, y esa Mónica, que era muy bonita, tenía a su vez una hermana muy bonita también. Pues a Víctor, sin que yo le dijera nada de nada, se le puso entre ceja que yo tenía que pololear con la hermana de esa polola suya; y le dio y le dio... hasta que de repente, sin yo tener arte ni parte, me vi pololeando con esa niña, y hasta contento de pololear con ella, cierto, pero muerto de vergüenza. Fíjense que apenas salíamos del Instituto y ahí ya estaban nuestras pololas esperándonos. Y claro, Víctor se ponía feliz porque todo quedaba en familia y podíamos salir los cuatro, pero a mí no se me podía quitar la vergüenza.

Claro que esa desfachatez del Vicho nos servía, y harto; por ejemplo la fiesta de aniversario del Comercial del año 1969, que se hizo con elección de reinas y todo, y en el Hotel Frontera nada menos, coincidió con el día en que una agrupación importante para nosotros, en la cual estábamos organizando un congreso de estudiantes de institutos comerciales del sur, tenía una fiesta para juntar dinero y, obviamente queríamos también reina; así pues, a sugerencia del Vicho, nos fuimos al Hotel y asi nomás, raptamos a la reina del Comercial para tener también nuestra propia fiesta con reina.

Si nos pasaban también tantas cosas raras. Imagínense que en el verano partimos a Villarrica, a apoyar el trabajo poblacional, y un campesino nos acogió en su casa pero nos advirtió que en ella había un duende; uno con nombre y todo, y su nombre era "José Manuel". Curiosa situación, el campesino nos hizo ver que el tal José Manuel no sólo silbaba, hacía ruidos y golpeaba la pared, sino además hablaba; así tal como se lee h-a-b-l-a-b-a.

El turco Silhi, el Vícho y los demás decíamos que no, que no podía ser, porque para eso éramos marxistas leninistas y no podíamos andar creyendo en tonterías de fantasmas; eso era algo que lo teníamos súper claro, de repente, sin embargo, se nos vacía en el suelo una damajuana con agua y harina cruda y queda la escoba: todos los revolucionarios nos quedamos ahí abrazados, juntitos, tranquilos, cagados de susto.

Al día siguiente, el turco (hoy, un prestigioso abogado) con Víctor me pidieron prestada la carpa, porque tenían "la movida" con unas minas. Se las presté y los frescos se juntaron con las famosas minas, llegando al día siguiente todos inflados, cachetonéandose. Claro que en la noche, el duende José Manuel volvió a aparecer diciendo que eran unos mentirosos porque con las niñas no había pasado nada. El turco reconoció que efectivamente no había pasado nada y a Víctor después no le quedó más que reconocer lo mismo.

Pero los temores seguían, y ocurrió que uno de los compañeros que era evangélico, dijo que si leíamos la Biblia nada podía pasarnos. Y nos salió con una teoría súper extraña de que había duendes buenos y duendes malos, y que los buenos estaban cerca de Dios, y otras cosas así por el estilo. En medio de esa perorata litúrgica estábamos cuando del techo cayó un cuchillo que quedó ensartado en la mesa; pero eso no sería nada: medio segundo después, desde ese mismo lado del techo cayó un ejemplar del Nuevo Testamento. Ahí sí que quedó la mansa arrancadera.

Pese a todo, incluido el duende, algo pudimos hacer ese verano, aunque todo terminó cuando lograron detenerme los carabineros. Fue entonces cuando el Vicho y los demás muchachos, consiguieron la intervención del entonces Intendente, don Gastón Lobos Barrientos -que hoy por desgracia es un detenido desaparecido, pero entonces era un viejo radical de los mejores- y me salvaron de haber sido golpeado por los carabineros, porque él dio la orden de que me trajeran a Temuco, y les dejó claro que él iba a protegerme.

Fueron años realmente hermosos. Víctor obtuvo su título de Contador, pero yo no, porque no vine a dar exámenes por estar en Villarrica. En la Licenciatura, Víctor leyó el discurso de parte de los alumnos, pero yo, por la misma razón, en eso tampoco participé; y no crean que lo lamento. Hasta el día de hoy nos juntamos con los ex compañeros, que tienen fotos de paseos, salidas, fiestas y, lógicamente, de la licenciatura. En todas aparece Víctor, pero yo en ninguna. Es que reitero, teníamos un carácter distinto, diametralmente distinto... tal vez por eso éramos tan amigos.

Nos vimos por última vez el 10 de noviembre de 1973. Nosotros teníamos por lema que donde estuviéramos teníamos que hacer trabajo político. Por eso, en Argentina, Víctor se vinculó rápidamente al PRT Partido Revolucionario de los Trabajadores, ligado a la Junta Coordinadora Revolucionaria del Cono Sur que incluía al MIR, al LN boliviano, el PRT argentino, a los Montoneros y a los Tupamaros, por eso que ahí operó la Operación Cóndor buscando contrarrestar la acción revolucionaria.

Víctor iba de candidato por el área estudiantil del PRT, partido que tenía acuerdos de trabajo con el MIR. Con Vicho vivían dos miristas chilenos que estudiaban en la U. de Bahía Blanca, Fernando Zúñiga y María Alicia Astudillo, quien cuando Víctor es asesinado estaba en Chile.

Estando preso me enteré del asesinato de mi querido compañero Vicho; y eso es algo que jamás dejaré de lamentar.

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Luis Gastón Lobos Barrientos, casado, 4 hijos, ex Intendente de Cautín, Diputado por Cautín, militante del Partido Radical, fue detenido el 13 de septiembre de 1973 por carabineros de Pitrufquén, que lo transfieren a Temuco, donde un teniente ordenó que le cortaran el pelo al rape y lo pasearan por las calles céntricas de Temuco (de la cual existe testimonio gráfico). El Fiscal Militar Alfonso Podlech le autorizó para que fuera llevado a su domicilio con arresto domiciliario hasta el 5 de octubre, fecha en que se presentaron en su domicilio carabineros, al mando del entonces Teniente Carlos Moreno y, por orden del Fiscal de Carabineros Gonzalo Arias González fue llevado a la Cárcel Pública de Temuco, donde permaneció hasta el 11 de octubre, día en que el Fiscal le otorgó la libertad incondicional por falta de méritos, quien además le otorgó un salvoconducto que le facultaba para dirigirse sólo hasta su domicilio de Pitrufquén. La libertad se le dio a las 19:40 horas y el toque de queda empezaba a las 20:00 horas, por lo que contaba con 20 minutos para llegar a Pitrufquén, distante a 30 kilómetros de Temuco, sin portar dinero, documentos, ni reloj. Sin embargo, su libertad fue sólo un trámite administrativo; versiones de testigos que resultan verosímiles, afirman que el afectado fue subido a un helicóptero con destino desconocido. Desde entonces, su familia nada sabe sobre la suerte corrida por la víctima.


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