El cartel anunciaba,
“Hércules contra los piratas”
Para recordar a Carmen Bueno Cifuentes y Jorge Müller Silva,
militantes del MIR desaparecidos
Por Pablo Varas

CONOZCA:
Homenaje a los 119
Hermana niña
Los ojos olvidados del camarógrafo de la "Batalla de Chile"






En la pantalla de aquel cine, Hércules lanzaba unas enormes piedras que caían justo en medio del barco pirata, este ya había perdido sus velas que con estruendo cayeron sobre los dieciocho remeros de la embarcación, fue ese instante en que aprovecharon los que lograron sobrevivir ante descomunal ataque, para lanzarse a las aguas y tratar de alcanzar la playa. Era un día soleado y los músculos del actor llenaban toda la pantalla. Lavinia, la prometida de Hércules se tapaba los labios con la punta de los dedos de su mano izquierda, en un gesto de susto incontenible.

En la última fila, dos adolescentes no se perdían detalles de aquella película, todo lo que en ese instante sucedía estaba pasando realmente y los dos habían olvidados sus cuadernos de historia. Jorge había tomado la mano de Carmen, la mantenía así tranquila, como para que ella supiera que él estaba a su lado en el momento en que uno de los piratas le hacía un corte, no muy profundo, en el costado izquierdo a Hércules. De vez en cuando Carmen cerraba sus ojos, le daba pena el trágico fin de aquellos piratas, pensaba en sus cuerpos expuestos al sol para que aves carroñeras los hicieran desaparecer.

En la pantalla aquel combate había terminado, Lavinia abrazaba a Hércules y mientras él la llevaba en brazos, ella se aferraba a su cuello, y lo hacía para que nunca más volvieran a separarse

Carmen puso su mano derecha sobre la de Jorge, se quedaron mirando en lo oscuro unos instantes, y ese fue sin duda el mejor de todos los besos que se han dado en la última fila de aquel cine. Nunca más volverían a separarse, Jorge le prometió que siempre la traería a ese lugar, cuando pasaran “una película de romanos”.

Y así como si hubieran ellos inventado su propia religión, se encontraban con puntualidad en la plaza Egaña, caminaban con todo el tiempo y sus horas vestidas, hasta José Miguel de la Barra 72.

Pudo haber sido lo que sucedía con cierta frecuencia en la última fila de aquel cine los domingos, o los tiempos que le tocó vivir que los llevó a los dos esa tarde cuando ya anochecía a colocarse detrás de la pantalla, allí lo vieron todo, quedaron de ese lado de los que cuentan buenas y malas historias de vida.

La historia en ese período llegó con un viejo sombrero de mago, que había comprado en el Mercado de Chillán, sin duda por eso no tenía fondo y de él salían asustados conejos, palabras con sus sombras, alocados pasajeros que llegaban con algún minuto de atraso a la estación de trenes, sombreritos blancos de alas anchas que cubrían niñas vestidas de percal. Se podía ver también la sombra de quien había cantado en la vidriera de aquel almacén y aquella grela que abandonaba el salón de baile con las segundas horas de la madrugada.

Carmen y Jorge fueron guardando todo aquello en esa caja, junto a recortes de diarios, las cartas que se escribían, y los besos que ellos se daban. Es por ello que a nadie asombró que estuviera la sombra del sol envuelta en un pequeño papel de color rojo y negro.

Desde aquel día en que juntos descubrieron que había otro mundo detrás de la pantalla, donde se podía ver a los actores como se cambiaban de vestuario, donde el choque de las espadas daba un frío escalofriante, se juraron no abandonar aquella caja. Durante años fueron recogiendo todo lo que encontraron. Jorge guardó en cierta ocasión a Chaplin con la condición de que no hablara, Carmen guardó una moneda que se le cayó al Mercader de Venecia en el día de aquel juicio. Todo lo que veía lo metían en su caja. Todo aquello era serio. Se les veía como desaparecían cantando sus canciones por caminos empolvados en el sur y el norte, y volvían con más cosas en su caja.

La caja de Carmen y Jorge estaba en el centro de la mesa. Los dos se miraban mientras el café llenaba de aroma el departamento, ella repartía de forma regular la mermelada en aquellas tostadas y con su mano derecha le desordenaba el pelo a Jorge.

Ese calendario no mentía, también lo tenían los otros. Era el 29 de noviembre de 1974.

Jorge y Carmen se fueron caminando por calle Salvador cerca de Bilbao, iban con rumbo a Providencia. Carmen llevaba bajo el brazo aquella caja que nunca dejaron, tenía ruido incluso, si se movía sonaban alegres piedras pequeñas, de todos los colores que ellos recogieron en sus veranos cuando hundían sin miedo, sus pies en las arenas de la playa. En el bolsillo de Jorge quedaban restos de las arenas del desierto de Atacama

Guardaron algunas canciones de Sandro, hasta el surco de una balada de Leo Dan, un trozo de un arado, los latidos de sus corazones cuando bailaron Morir un Poco. Carmen fue tomando ruido por ruido que dejaban las gotas de lluvia al llegar al suelo, las acomodó una al lado de la otra, de tarde en tarde sacaba una de ellas y la colocaba frente a sus ojos para ver el sol.

Estaban llegando a Los leones cuando ese ruido que nunca habían escuchado se puso frente a ellos, Jorge apretó fuerte la mano de Carmen y ella guardó aquella caja en el bolsillo de su chaqueta. Desde ese día ellos trataron de borrar los días del calendario, pero Carmen los guarda en medio de sus dolores y también en los de Jorge. Allí guardó todos los detalles como si ellos dos estuvieran viendo el mundo por el ojo de una cerradura de puerta.

Fátima Mohor dijo que aquel 2 de diciembre de 1974, en la calle José Arrieta 8.200 de Peñalolen en Santiago, vió a Carmen Bueno tapando con arena nombres, calles, fechas y las direcciones que tenía en su caja. Y contó también que Carmen se abrazaba a sí misma mientras decía que Jorge la estaba saludando, que era un abrazo del próximo cumpleaños, “es que él me los manda siempre adelantados”.

Cuando Silvio encontró aquella caja lo supimos todo, estaba ese primer beso de ellos dos en la película de Hércules, hasta esa foto donde aparece Antonieta Castro escribiendo esta carta: “fui llevada al sector de incomunicados de Cuatro Alamos el 11 de diciembre de 1974, fue cuando me crucé con Carmen Bueno, vestía blue jeans, sandalias, una polera. Me introdujeron a la pieza quince. Encontré escrito en la muralla su nombre y seis pequeñas rayas, por allí pasó Carmen, ella era así, dejaba escrito o guardaba todo lo que encontraba a su paso”.

En una esquina de esa caja suya estaba el trozo de cartón que tenía apariencia de un rompecabezas, detrás y en letra muy pequeña decía: “fui llevado vendado y amarrado a Villa Grimaldi, posteriormente trasladado al pabellón de incomunicados del campo de concentración de Tres Alamos. Allí compartí la celda trece con Jorge Müller Silva hasta el 18 de diciembre, porque entonces a Jorge se lo llevaron junto a Carmen Bueno, ambos vivos y en buen estado a pesar de las torturas a que fueron sometidos”.

Las palabras pertenecen a Víctor Zúñiga Arellano.

Silvio se quedó largo rato mirando el interior de la caja, que ese personaje vestido de pirata le había entregado en sus manos mientras sonreía y le pedía que le firmara como un recibo de conforme esa entrada de cine de barrio, donde habían pasado la película de Hércules algunos años atrás.

      

Luis Eduardo Durán Rivas, estudiante de Periodismo de la Universidad de Chile, militante del MAPU, fue detenido en las siguientes circunstancias: Durante la mañana del día 14 de septiembre de 1974, probablemente en los momentos en que la víctima se aprestaba a salir de su domicilio en dirección a su trabajo (su maletín con libros no fue encontrado en su departamento, cuando a raíz de una investigación judicial se ingresó a él, tiempo después), fue detenido por agentes de civil pertenecientes a la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), los que no portaban orden de detención alguna, y conducido a un lugar desconocido.

Aunque no existen testigos presenciales de la detención del afectado, su certeza y la responsabilidad que le cabe al organismo mencionado (DINA), se afirma en acontecimientos posteriores.

En efecto, el 16 de septiembre de 1974, siendo aproximadamente las 21:00 hrs., en la intersección de las calles Puente con Santo Domingo, fue detenido Miguel Pedro Anglés Chateau, por un grupo de agentes vestidos de civil, que se movilizaban en una camioneta Marca Chevrolet, dentro de la cual se encontraba, en calidad de detenido, Luis Durán Rivas. El vehículo señalado fue estacionado en la calle Puente con Rosas, donde se ubicaba la zapatería "Murillo", lugar de trabajo de Anglés Chateau, y en su interior fue introducido este último luego de su aprehensión, constatando que el afectado había corrido igual suerte. Tiempo después Miguel Anglés Chateau, encontrándose en el Campo de Prisioneros de Tres Alamos, en libre plática, relataría que fue conducido, junto a Luis Durán, hasta el centro secreto de detención y tortura a cargo de la DINA, ubicado en la Comuna de Ñuñoa, en la calle José Domingo Cañas con República de Israel, lugar en el que fueron interrogados, siendo sometidos a un careo, y observando cómo el afectado era torturado en su presencia. Agregó que compartió la misma celda entre los días 16 y 19 de septiembre de 1974 con Luis Durán y otro detenido llamado Patricio Vergara, quien había sido también violentamente torturado y del que se pierde todo rastro hasta hoy. El 19 de septiembre del año indicado, los tres fueron trasladados hasta el pabellón de incomunicados del recinto, denominado Cuatro Alamos, siendo entonces separados. La última vez que el testigo vio al afectado ocurrió entre el 2 y 4 de octubre de 1974, mientras Luis Durán era llevado por personal de Cuatro Alamos, en un estado físico tan deplorable que no podía sostenerse en pie por sus propios medios.

Asimismo, con preocupación señalaría el testigo, que desde su primer encuentro con el afectado, constató que se encontraba en muy mal estado, presentando muestras de haber sido sometido a salvajes torturas físicas y sicológicas. Esta situación era aún más grave ya que Luis Durán se encontraba, el momento de su detención, sometido a tratamiento médico, pues padecía de úlcera gástrica, gastritis y colón irritable. Otro testigo, Miguel Baeza Chaud, mientras permanecía recluido en Tres Alamos, en libre plática, relató que había compartido la misma celda de incomunicados en Cuatro Alamos con Luis Durán, entre los días 19 y 24 de septiembre de 1974, fecha esta última en que ingresaron al calabozo un grupo de hombres, quienes dirigiéndose al afectado le señalaron que se preparara, pues saldría en libertad. Ingenuamente, el testigo creyó que así sería, sólo al recuperar su libertad se enteró del desaparecimiento del afectado y de la angustia de sus familiares.

El 18 de diciembre de 1974, la madre del afectado, Irene Rivas Castro, y su hermana Ruth Durán Rivas, ingresaron a su departamento del Pasaje Matte, en compañía del detective Raúl Riveros Rioseco, quien estaba encargado de gestionar una orden de investigar emanada del Primer Juzgado del Crimen de Santiago, que sustanció un proceso por secuestro o presunta desgracia. En esta visita, constataron personalmente que el lugar evidenciaba la realización de un violento allanamiento. Los muebles se encontraban en completo desorden, las camas desarmadas y rotas, algunos objetos de valor habían desaparecido, libros y documentos estaban esparcidos y formando una verdadera montaña. Asimismo, se notaba que hacía meses que nadie ingresaba a la morada, y que la puerta trasera que daba al tejado del edificio había sido forzada. Finalmente, cabe señalar que el nombre del afectado figura en una lista de 119 personas presuntamente muertas en el desarrollo de acciones guerrilleras en la República Argentina, y publicada en la Revista LEA de Buenos Aires y en el diario O'DIA de la ciudad de Curitiba, Brasil. Tres periódicos chilenos reprodujeron estas informaciones, El Mercurio, La Segunda y Las Ultimas Noticias, de fechas 23, 24 y 25 de julio de 1975, respectivamente.

Las publicaciones de LEA y O'DIA aparecieron por única vez, sin editor responsable ni pie de imprenta. Consultado sobre el particular el Ministerio de Relaciones de Chile, informó al Magistrado del Primer Juzgado del Crimen de Santiago, que no existía antecedente oficial alguno que permitiera establecer que efectivamente las personas mencionadas hayan fallecido en el extranjero o hayan hecho abandono del país. Los 119 nombres correspondían a personas detenidas por los servicios de seguridad y que habían desaparecido a partir de la detención.


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