Irregulares
En memoria de "Baucha", "Viriato" o "Juan Carlos",
Mauricio Jorquera Encina, "chico Pedro", Horacio Carabantes, "Angel", y Federico Álvarez Santibañez.
Ernesto Marcosy

CONOZCA:
¿Negligencia Culposa?
Una mano en el bolsillo trasero y la otra didáctica, con el índice en ristre .
Federico frente al diamelo .
Ángel.
Cartas de Bautista a su madre .




Tienen que entender que no he vivido en Chile desde el 7 de marzo de 1977 cuando salí en un avión de exiliados a Suecia. Hay que sumarle a eso que nuestras vidas no eran precisamente regulares. Que valga esto de disculpa por no poder me acordar de muchos detalles, pero sí recuerdo que me pidieron que fuera solo a un paradero de Vicuña Mackenna, porque ahí me recogerían. Para eso tendría que estar en ese lugar a las 18.00 horas en punto.

Era la primera vez que iba a Santiago a un contacto, e iba, porque nuestra pequeña organización quería participar orgánicamente en el MIR y nos habían conseguido un punto con alguien de la dirección de ese partido.

Éramos dos los que veníamos del norte, Horacio Carabantes y yo. Nos alojaron en distintos lugares. A mí me tocó donde una familia muy bonita, que mucho después supe que eran los Jorquera, pero entonces yo no debía saberlo ni debía tratar tampoco de averiguarlo. Me debería conformar con saber que era el hogar del compañero "Pato", y gozar de mi estadía, porque allí a todos se les veía felices y me trataron realmente bien. La mamá de Pato me asignó una habitación donde alojaría esa noche, acto seguido, me llevó a almorzar y me trataron como uno más de ellos. El padre de Patricio me hacía bromas y me preguntaba si conocía a Juan Carlos, "mira si ellos se dejan caer a veces aquí y se quedan hasta 2 días trabajando sin dormir ni decansar siquiera, y yo y mi mujer tenemos que traerles algo para que coman, porque si no, siguen nomás trabajando, así nomás, en ayunas... tú tienes que conocerlo" -me decía, y hacía la mímica de trabajar y trabajar como enajenado. Patricio se llegaba a sacar los lentes para reírse.

Como yo no conocía muy bien Santiago, el Pato se estaba ofreciendo para acompañarme, pero como nos dimos cuenta de que eso no se podía hacer, sólo me dio las señas lo mejor que pudo, y pude llegar. Llegué incluso un poco antes y esperé los 10 minutos que se pasaron, y empezó a llegar la noche. Apareció entonces un auto color plomo -un Buik, o un Studebaker, que después se repitió un par de veces. Yo pensé en salir de allí, porque estaba semi-clandestino desde que me había venido desde el norte donde estaba relegado por el gobierno de Frei. De hecho ya me retiraba cuando se me acercaron dos muchachos y uno me pidió el santo y seña, luego me indicó que los siguiera. Cruzamos la esquina y nos adentramos en unos edificios, hasta que tras subir por unas escaleras, me hicieron entrar a un departamento y me pusieron frente a un joven alto que se notaba muy cansado, pero a pesar de eso, se puso de pie para saludarme y hacerme tomar asiento.

"Soy el Baucha", me dijo, y comenzó a hablar de la situación nacional y lo que el MIR proponía para el período. No estábamos solos. Otros compañeros que lo escuchaban le empezaron a hacer preguntas en un diálogo extendido que nos llevó hasta la madrugada. El Baucha como un profeta nos iba dando la palabra y nos aconsejaba de cómo teníamos que organizarnos y cómo teníamos que ganarnos la confianza de los pobladores y los estudiantes.

Ya, al otro día, nos trajeron té con leche y unos sanguches para que desayunáramos antes de retirarnos. Baucha me fue a dejar al paradero para hablarme de algo que, ya me había adelantado, tendría que decírmelo en privado. Sin muchos rodeos me preguntó si, como nortino, sabía andar en mulo. Yo le contesté que sí, porque es cierto, casi todos los nortinos sabemos montar burros y mulas. Baucha entonces, me contó que necesitaba gente para hacer algo en el sur, específicamente en un sector cordillerano, y me invitó a participar. Yo no sólo acepté, sino me permití ofrecerle otro "baqueano", cuestión que Baucha también aceptó, estaba pensando en un viejo muy noble que trabajaba con nosotros en los cerros de Coquimbo, que sabía que era mandado a ser para el burro y para el macho; y él aceptó, así que, así nomás, sin proponérmelo, en pocas semanas estábamos con ese viejo en la pre cordillera sureña viendo por primera vez la fiesta del angelito, y, por supuesto, con el Baucha, uno de los compañeros más queridos de nuestra organización.

Y después, cuando ya volvíamos de esa expedición por la pre cordillera, destinada a revisar factibilidades, ya con las cabalgaduras devueltas y bajando por unos cajones, nos encontramos casi a boca de jarro con tres casas humildes de campesinos y un sinnúmero de personas, camiones e inclusive una micro; y entre ellos podía haber tiras y gente del ejército o carabineros de civil. Baucha sin perder la calma, porque la idea inicial era bordear el caserío nos dijo, "aquí nos detenemos, saludamos, seguramente tendremos de tomarnos un pencazo y luego nos vamos". Es que lo más probable era que ya nos hubieran visto. Así que así lo hicimos, con la calma recomendada por Baucha, para darnos cuenta de que se trataba de una fiesta de bautizo con gente que venía de distintos lugares; y nosotros, pasamos, como se acostumbra en el sur, a saludar y a compartir.

El que más celebraba ese "aro", era el viejo, porque echaba de menos su acostumbrada caña que se pegaba al almuerzo comiéndose los pollos de su pequeño criadero junto a su esposa Aurora. Al viejo lo encontré años después, en la tarde de aquel fatídico once, en los cerros de Coquimbo. "Ernesto tenemos que hacer algo, algunos compañeros cayeron y al parecer están en calle Colón en la comisaría de los pacos".

Después nos vimos con Baucha en Santiago, estuvimos largo tiempo trabajando juntos. Antes de que empezara el invierno de 1974 me dice: "tenemos que trasladarnos, decide tú que harás". Yo ya tenía clara la cosa y les dije: "vuelvo a mi tierra a ayudar a mis compañeros que están presos y a hacer allá algo por la organización". Fue así como al poco tiempo me encuentro en calle Benavente con el querido Perico Álvarez, él andaba arreglando sus cosas para trasladarse en forma definitiva a la capital. Algún tiempo después, supe que Baucha había caído en el Convento de Los Capuchinos y que a Horacio lo atraparon en Valparaíso y lo hicieron desaparecer, pero eso fue a los meses siguientes de lo de Miguel. Mucho tiempo después, ya en el exilio, me enteré de la caída de Federico, lo mataron a golpes después que los carabineros lo acusaron de intentar poner explosivos. Con respecto a esa familia tan linda que me acogió en Santiago esa primera vez, supe que les hicieron desaparecer a uno de los niños, el hermano de Pato, que se llamaba Mauricio. Y al noble viejo de los cerros de Coquimbo no he logrado verlo nunca más.


      


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