James y el Camaro
En memoria de Patricio Munita, «James»
Por Flaco Lucho, desde Bélgica






Sólo supimos su verdadero nombre cuando lo mataron. Más bien cuando su asesinato se hizo público. Para nosotros, Patricio Munita fué siempre el querido "Rucio" James. Llegó a nuestro barrio por allá a fines de 1968. Fue el contacto que nos dejó "el Pituto" cuando recién comenzabamos a militar oficialmente en el MIR.

Rubio, de buenos modales, James era la imagen del cabro de buena familia. Acostumbrados a los apodos físicos, inmediatamente lo bautizamos como el rucio James. Le tomamos cariño desde el pricipio y desde ese momento fué adoptado por ese grupo de cabros marginales de población que éramos nosotros. El "Rucio" James era un excelente compadre. Fue nuestro primer instructor intelectual y de karate. Muchas veces estuvo en mi casa y al igual que Andrés -Pituto-, comía nueces bajo el gran nogal que todavía está en el medio del patio.

Su tarea no era para nada sencilla: enseñar los fundamentos del materialismo histórico, economía política marxista y aplicar estos conocimientos a nuestra propia realidad. Nada de fácil sobretodo tratándose de cabros palomillas que, a excepción del chico Feliciano, no teníamos hábitos de disciplina hacia los libros ni tampoco para el rigor de las discusiones serias. Además viviamos en mundos diferentes: él, de buena cuna, del barrio alto; nosotros, de nuestro universo pobre de la comuna de Renca, divididos por la barrera artificial de la Plaza Italia. Hay que imaginarse que los más aventureros habian llegado sólo hasta el Estadio Nacional para ver a la "U" o al Colo-Colo, de nuevo, con excepción del chico Feliciano que llegaba hasta el Pedagogico y del sastre que hacía entregas en Providencia.

Las diferencias con nosotros eran más que notables. A veces ni siquiera nos comprendia nuestra manera de hablar, populachera, media en coa que nosotros utilizábamos. Sin embargo el Rucio se adaptó rapidamente con nosotros; quizás porque teníamos un punto en común: el deseo de aprender y de explicarnos todo lo que nos rodeaba. Con él formamos la primera unidad de militantes de Renca.

Con harta paciencia nos explicaba "El Capital" y nos enseñaba a analizar los escritos de los filósofos, economista e historiadores, y comenzamos así a entender que nuestra situación social no tenía nada de casual. Y nosotros sin darnos cuenta, le enseñabamos a él cómo era la vida en las poblaciones y en las fábricas.

Con él analizamos nuestra situación como obreros de una inmensa empresa textil en la cual la "plusvalia" era terriblemente manifiesta. En la sección telares donde yo trabajaba, bastaban apenas dos horas de labor para cubrir el salario diario. Con ese cálculo simple y de buen sentido común, nos propusimos sacar nuestro primer panfleto denunciando la explotación de nuestro trabajo. Nos entretuvimos bastante redactándolo. No era ninguna maravilla, ya que no teniamos ninguna experiencia en ello, pero para nosotros tuvo un valor inmenso.

No teníamos tampoco como imprimirlo, asi que tuvimos que acudir donde don Clotario Blest, quién nos recibió y nos ayudó con la simpleza que tienen los grandes hombres. No sería por lo demás, la única vez que nos prestó ayuda.

El problema estaba entonces en repartir el panfleto. Los dos que trabajabamos en Hirmas no podiamos aparecer públicamente como miristas. Así que optamos por repartirlo a la salida de la fábrica. Para ello necesitabamos un vehículo ya que debiamos hacerlo rápido y después partir.

-Lo que necesitamos es un "tocomocho", p'a " echarnos el pollo" sin que nos vayan a cachar los ratis -dijimos. -Bueno -dijo James -me voy a conseguir un vehículo para el viernes. -Va la paloma entonces.

Nos quedamos haciendo conjeturas sobre el tipo de auto que nos traeria el Rucio. -Te apuesto que va a llegar con el tremendo auto. -Con la pintita que se gasta, seguro, llega por lo menos con un Camaro (alusión al famoso modelo de la Chevrolet)

Ese viernes, cuando el Rucio apareció en la vieja citroneta amarilla, nos cagamos todos de la risa. El Rucio no lograba entender por qué nos reíamos tanto. Cuando se lo contamos, se puso a reír también con nosotros de buenas ganas.

¿Y cuál es el problema? -dijo el Rucio -bautizamos a la citroneta con "El Camaro" y se terminó la cuestión. Asi quedó bautizado nuestro primer vehículo subersivo, y así es como lo recuerdo hoy junto a nuestro chofer de lujo, fuera de lugar en esa "solución automotriz" de los años sesenta.

Repartimos nuestro primer panfleto esa noche a la salida del segundo turno firmado por el MIR de Hirmas. El revuelo que provocó la acción no se hizo esperar. Fué el comentario de las semanas siguientes en donde los trabajadores de mi planta comentaban admirados que habian miristas en el trabajo y los jefes amenazaban con denunciaciones a la policia.

Poco nos duró la clandesta en la fábrica, nos cacharon rapidito por las visitas del Camaro y los panfletos que no cesaban de denunciar las condiciones de trabajo.

En esa época había una gran competencia entre los propios obreros por tener el mejor puntaje de productividad que daba derecho a una prima de sobreproducción. En otras palabras, entre nosotros mismos había una competencia para ser el mejor del mes y cobrar esa prima. En nuestros panfletos denunciábamos eso y llamábamos a cesar de competir entre sí, y a exigir el derecho para todos de cobrar por la sobreproducción. Algunos meses mas tarde nos tomamos la fábrica y como resultado de esa toma se abolió la competencia entre trabajadores.

A esa altura de los acontecimientos, quedaron de manifiesto los miristas de la Planta Dos. Nos sindicaron como los cabecillas de ese movimiento y pasamos a ser los "malos" de la película. Por eso era para el lado de los jefes y los patrones, porque para el de nuestros compañeros, que era el que nos interesaba, pasamos a ser realmente respetados.

Por supuesto, los patrones sin decírmelo, me la habían prometido; por eso, a las pocas semanas, me vi involucrado en una extraña pelea que puso fin a mi trabajo en la Planta Dos. Pero eso a mí ya no me importaba: estaba sembrada la semilla mirista y quedaron dos unidades de militantes funcionado en la fábrica. Con el Camaro seguimos visitando las fábricas y poblaciones de Renca y Panamericana Norte, repartiendo panfletos y conversando con los trabajadores y con los pobladores. Nuestro trabajo daba frutos rápido y eran frutos de ésos peremnes.

Cuando James dejó nuestro sector, el MIR era una estructura en pleno desarrollo en la comuna. Después nos perdimos de vista, el Rucio pasó a otras tareas mucho mas compartimentadas y nosotros en distintas areas y en distintos niveles del trabajo político. A veces nos encontrabamos en actividades públicas y siempre era motivo de alegría y abrazos. La penúltima vez que nos vimos, nos encontramos por casualidad en la Alameda y nos fuimos a comer unos "lomitos" a la Fuente Alemana. Conversamos harto de la dificil situación por la que atravesaba Chile, del paro de los transportistas, de las intentonas de golpe, de las movilizaciones populares. Recordamos a los compañeros de la primera época, nos reímos de las anécdotas pasadas, del Camaro y de otras, muchas otras; y nos despedimos como siempre… con el abrazo y la risa franca de los que se quieren de verdad.

Y la ultima vez , las cosas ya estaban harto más pesadas. Fue un encuentro fugaz en que sólo nos limitamos a mirarnos desde lejos y a seguir cada cual con su propio camino sin saber lo que el destino nos deparaba. Solo con la íntima certeza que el peligro que nos acechaba en esos momentos que era mucho más real y mucho más grande que repartir panfletos a la salida de una fábrica, e irnos después, muertos de la risa, en nuestro famoso y lujoso Camaro.


Patricio Munita Castillo, fue detenido en la Iglesia de Los Capuchinos en Santiago junto a Bautista Van Schowen Vasey, médico cirujano, miembro de la Comisión Política del MIR. Patricio Munita era estudiante de Derecho de la Universidad de Chile y, como Bautista, era también militante del MIR. Ambos detenidos más un sacerdote capuchino que fue apresado junto con ellos, fueron llevados a Villa Grimaldi, constituyéndose así como los prisioneros políticos que "inauguraron" ese fatídico recinto. El sacerdote fue liberado despues de ocho días de detención.

Por Bautista Van Schowen la Junta de Gobierno ofrecía una recompensa de Eº 500.000 a quien proporcionara antecedentes que permitieran ubicarlo, siendo esta una de las posibles razones que tuvieron los sacerdotes capuchinos que al parecer los denunciaron a él y a Munita.

Hoy Bautista es un detenido desaparecido; no así Patricio Munita, cuyo su cuerpo sin vida fue encontrado en Américo Vespucio a la altura del 3.600 el día 14 de diciembre de 1974, y posteriormente inhumado en el patio 29 del Cementerio General por de militares que se hicieron presentes en ese camposanto, según se acreditó mediante testigos presenciales del hecho. Dos meses después, su familia logró la exhumación de su cuerpo y la identificación del mismo.

      


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