CAYÓ JUNTO A SU PUEBLO

José Aldunate s.j.
Homenaje a André Jarlán


Sucedió un cuatro de septiembre, hace quince años. Una bala asesina mató a André Jarlán, sacerdote cooperador de la Parroquia de La Victoria. Casi nadie conocía a este humilde sacerdote francés. Pero con su muerte saltó a la fama en Chile y en el mundo. Sus funerales se celebraron en la Catedral de Santiago y después, cuerpo presente, en Nôtre Dame, la Catedral de París. Todos los años conmemoramos la memoria de su martirio. Es que se dio en circunstancias muy significativas.

André Jarlán llegó a Chile en febrero de 1983. Hombre sencillo y valioso a la vez, a cargo de la Pastoral Obrera de su región, a los 42 años optó por venir a Chile. Aquí le asignaron el cooperar con Pierre Dubois, Párroco de Nuestra Señora de La Victoria.

Casi con su llegada a Chile comenzaron las protestas, iniciadas por los sindicatos obreros del cobre. Eran de suyo manifestaciones no violentas contra el régimen de dictadura, que quería perpetuarse todo lo posible. Diversas comunidades cristianas de base, como la de La Victoria acompañadas de sus sacerdotes y religiosas, solían participar con responsabilidad y entusiasmo en las manifestaciones. Por el carácter político de éstas, la jerarquía de la Iglesia Católica tenía ciertos reparos con respecto a esta participación, pero terminó por tolerarla.

Algunos obispos, como don Enrique Alvear, comprendieron que el compromiso político (no partidario ni violento) de la Iglesia con la liberación del país de la violencia y tortura era una exigencia del Evangelio.

André acompañaba a Pierre en estos combativos días de protesta. Ambos sacerdotes, con la autoridad que habían ganado, intentaban retener a la juventud poblacional dentro del marco de la no violencia. Al mismo tiempo, intentaban defenderlos de la violencia represiva, que siempre cobraba víctimas, heridos y hasta muertos. Pierre se interponía a veces delante de los vehículos policiales para impedirles entrar en la población. Jarlán mientras tanto, atendía a los heridos en la sede parroquial.

El 4 y 5 de septiembre de 1984 eran los días fijados para una gran protesta. La víspera, Pierre advirtió a Jarlán: "Mañana cualquier cosa puede pasar".

El 4, temprano, avisaron a la Parroquia que habían baleado a Miguel, joven drogadicto amigo de Jarlán. El muchacho murió antes de llegar al hospital. Jarlán se había conquistado la confianza de los jóvenes y particularmente de los drogadictos. Por la tarde, Pierre volvía de la calle y buscó a André. Lo encontró en su pieza, sentado a la mesa con la cabeza descansando sobre su Biblia abierta. Pierre lo remeció por el hombro. "¡André!". Estaba muerto. Una bala le había perforado el cuello y salido detrás de la oreja. En la pared de madera había dos agujeros de bala.

Se comprobó judicialmente que las balas habían sido disparadas por un carabinero desde la esquina. Era parte de una estrategia usada para atemorizar a la población. Fuera de los muertos en la calle, se cuentan unos diez muertos en las poblaciones, casi todos dueñas de casa y niños, como resultado de esta estrategia.

El Salmo que estaba leyendo André al recibir el impacto era "De Profundis", "Desde el abismo, clamo a ti Señor / escucha mi clamor!", que terminan con la promesa del Señor: "El Señor dejará libre a Israel / de todos sus males".

Descubrimos en André Jarlán un alma profundamente religiosa que ante los momentos trágicos que vivían, busca en Dios la respuesta de los grandes interrogantes. Y un hombre valiente que se mantiene junto al pueblo, sabiendo que aquel día "cualquier cosa puede pasar".


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