SOPA DE ROCAS
Para JUAN JOSÉ BONCOMPTE ANDREU

Por María Norambuena y Martín Faunes Amigo

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Escribo para quien fui siempre una hermana, eso apenas; él para mí mucho más. Algo que reconozco a pesar de lo poco que alcanzamos a estar juntos. Lo vine a encontrar sólo después de la operación retorno, cuando, convencidos de la legitimidad de continuar en la lucha, nos enrolamos cada uno en el país donde nos había correspondido el destierro. Fue cuando la suerte quiso que llegara a considerarme su hermana, no debía aspirar a más.

Era bello ser su hermana. Su hermana o su hija, una nunca sabe; cómo es difícil diferenciar cuando los compañeros son protectores, y Juan José estaba siempre pendiente de mí, mientras trabajábamos con frío o con lluvia, en lugares donde el tío Yayo, como le decían los niños, lo hacía fácil todo con su sonrisa que contagiaba y nos ayudaba a resolver los escollos. Hoy, después de quince años, me atrevo a reconocer también que la bondad que irradiaba Juan José, no era de las que brotan en navidades, o de la que surgen de ángeles o cielos, porque ésas, puras y tan blancas, resultan siempre atadas a márgenes morales que sólo pueden malograrlas.

-Cocinemos «sopa de rocas» -nos decía sonriendo, y partía al patio con los chiquillos a recoger piedras, según él «rocas desarmadas», que tras lavarlas, las echaba a la olla junto a unas pocas zanahorias y acelgas, que nos regalaban en el mercado de Puerto Montt. Eran ésas las veces en que la sopa ordinaria de verduras, casi a lo único que podíamos aspirar, sabía de un modo diferente. «Esta sopa huele a alegría», iba diciendo mientras la vertía con el cucharón para los niños, los cuales, aburridos de acelgas y más acelgas, con el elemento «roca» raspaban por turno los platos. Y con esa alegría reunía a los chiquillos en torno al fogón y les narraba historias donde no faltaban tumbas ni tarántulas, ni tampoco aullidos de hombres-lobos, sobre todo el de «Caifás, el perro mutante de la garra enmohecida». Eran cuentos de horror inventados por él mismo, pero que no asustaban a la audiencia. ¿Qué terror podían infundir con la simpatía del narrador, con su sonrisa? Sopa de rocas o «sopa de alegría del tío Yayo».

Claro que a Juan José, lo emboscaron junto a su grupo en Concepción, aunque él al menos logró romper el cerco y escapar de esa ciudad. Desafortunadamente, por uno de esos callejones que dan al mercado de Valdivia lo reencontraron, y ya no pudo salvarse. Lo lloramos como a ninguno, todavía lo lloramos: el tío Yayo era uno de esos tíos narradores de cuentos de horror que a nadie aterrorizaban, cocineros de sopas con gusto a rocas de perejil y de cilantro, un tío que tuvo, como pocos, la oportunidad de defenderse y se llevó con él a un perro CNI, que a causa de emboscarlo, tomó camino hacia el infierno.

Juan José, un tío necesario, pero lo que no he reconocido todavía, es que yo, que era para él su hija o su hermana, confieso después de tanto tiempo, que si él algo me hubiera insinuado o si yo hubiera podido percibirle acaso un atisbo de deseo; no lo habría dudado, habría sido su compañera por el tiempo que él hubiese querido, conmigo nada de obligaciones falsas. Y habría tenido un hijo suyo, cómo de bello hubiera sido un hijo suyo para amarlo y tener un trozo de su padre presente por los años de los años. No hubiera sido mujer si eso no hubiera deseado... es lo que pasa con una cuando la suerte la encuentra con un tío capaz de sacar sopa a las rocas. Si su compañera verdadera llegara a leer estas líneas, espero que no se ofenda, eso le ruego; y ruego también que esta confesión no vaya a molestar tampoco a mi propio compañero.


Esta historia fue escrita gracias al testimonio de una compañera de lucha del «Tío Yayo», que usaba el nombre supuesto de María Norambuena.

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