EL CHALECO ROSADO DE JACQUELINE

A la memoria de JACQUELINE DROUILLY
Por Nicole Drouilly





El día que nos avisaron, había amanecido lindo en noviembre. El día era tibio y con la primavera volándonos sobre las cabezas, los pájaros ensayaban su canto para el verano. Todo cambió después para nosotros. Desde entonces los colores fueron más oscuros y los días más tristes, hasta las pequeñas cosas familiares se tornaron amenazadoras.

Era un lindo día de noviembre cuando nos avisaron. Hace ya tanto tiempo Jacqueline. Y los años se nos han resbalado entre los dedos. Y me niego a aceptar, que de ti sólo quedaron unas fotografías borrosas, un recuerdo lejano, un eco olvidado, un tejido inconcluso, unos hilos de bordar, el telegrama ése que me enviaste, ¿te acuerdas? Y un nombre en una lista. No Jacqueline, ¡pero qué estoy diciendo! Si no es que sólo quede eso, sino además queda eso.

No hay un sólo día, desde ése, en que yo no haya tenido un momento para recordarla. Siempre, en la mañana o en la noche, o en momentos imprevistos, precediendo angustias o después de haber pensado en eso precario que se llama felicidad. Para poder escribir todo esto que deseo como corresponde, tendría que acompañar mis palabras con risas, aromas, fotos, vacaciones, ternura, cartas, miedo, pena, pero sobre todo esperanza. Mi hermana -y lo escribo con qué orgullo-, desde ese día, dejó de ser una mujer embarazada de cuatro meses, estudiante de Servicio Social, militante de MIR, casada, linda y joven, simpática y atolondrada, para convertirse en una desaparecida. Ha pasado tanto tiempo y todavía me despierto pensando en que no fue sino una pesadilla. Nosotras éramos cuatro, con papá y mamá. Una familia normal, en un país normal, en una situación normal, pero como en un juego de ajedrez, empezaron a caer nuestros amigos seguidos de terribles historias de torturas. ¿Torturas? ¡Pero si eso es algo que no corresponde a nuestra época! Y comienza el miedo -esa cosa fría que recorre el cuerpo y recoge el estómago, que hace flaquear las piernas y sentir el desamparo- y la magia exorcista que tiene la palabra «mamá» y sirve para alejar peligros, ya nos deja de servir. El miedo al timbrazo de la puerta, a los militares, a los autos con antenas, a la gente que pregunta, a los sospechosos de delatar, a las personas con las cuales habíamos discutido de política.

En la noche del 30 de octubre tocan a su puerta. Desde la oscuridad, aparecen los de la DINA que preguntan por Marcelo. Me cuentan que empiezan a golpearla y que la suben al segundo piso a patadas. Arriba lo revisan todo por más de dos horas, hasta que al final la obligan a salir, ella antes toma un chaleco rosado para abrigarse. Los agentes volverían después para esperar a Marcelo, a quien detienen en la mañana tras esperarlo toda la noche; una noche que aprovechan para romperlo todo y robar.

Jacqueline bordaba, bordaba mucho, y era en una antigua caja de galletas de lata donde guardaba sus hilos multicolores, en la cual, para protegerse de posibles ladrones (nosotras sus hermanas), le había escrito en la tapa dentro de un corazón dibujado por ella misma: «Prohibido abrir esta caja» Y esa caja quedó entre las cosas que nuestra madre guardó de Jacqueline. Dos años después, cuando no tuve más remedio que partir de Chile, mi madre decidió regalarme esa caja, ya que yo era la otra que bordaba. Me la traje a Argel, y la tenía guardada con amor y respeto. Pero un día me di cuenta de que lo que ella había escrito allí se había borrado. Traté de percibir la frase o lo que pudiera quedar de ella, busqué ávidamente huellas de lápiz, un pequeño cambio de color, un débil trazo de aquel corazón suyo dibujado; pero no, todo se había borrado. Y sentí cómo el tiempo se había ido, y cómo a pesar de nuestros esfuerzos no lo habíamos podido detener. ¿Y qué pasó con el «Prohibido Abrir esta Caja?», ¿te lo llevaste contigo, así como con nuestra vida tibia, con nuestro futuro asegurado, con todas nuestras risas?

Y se empieza a vivir una experiencia nueva y extraña en la que nada se sabía pero podía sospecharse. Y mis padres se enteran de que mi hermana está en un campo de concentración, viva aunque incomunicada.

A veces, cuando estábamos haciendo trámites y venía la infaltable pregunta de la edad de Jacqueline, yo siempre vacilaba, es que sacar cuentas siempre me ha costado. Además para mí, ella se quedó en sus 24, así que incluso ahora no puedo responder a esa pregunta mecánicamente, sin antes ponerme a pensar y a hacer cálculos. 25, 26, ¡qué importa! eres milenaria y naces cada día, me recuerdo de tus manos, de tu risa, todo querías hacerlo, todo querías vivirlo, tu material es indestructible, eres inmortal eres tan fuerte que puedes contra eso, eso que rompe y desgarra, que degrada y sublima, que prueba y que mide.

Y estás siempre a mi lado, todo el día, toda la noche, te siento tan cerca, tan cerca que puedo tocarte. Si mis palabras sirvieran de algo escribiría la vida entera. Si mis lágrimas sirvieran de algo, secaría mis ojos llorando. Si mi amor sirviera de algo, amaría hasta morir. Pero sé que sólo sirve seguir tu ejemplo y mi vida ya la llené con él. No temas, nada será en vano.

La necesidad de Jacqueline nos obligaba a inventarla, y la encontrábamos en cualquier lugar. Mi madre cada vez que veía un furgón de la policía, insistía que la llevaban atrás, y cuando lográbamos ver a quien llevaban, nos encontramos muchas veces con niñas de caras pálidas y macilentas, que como mi hermana, estaban sufriendo como ella, pero no eran ella; ella aparecía solamente en sueños con su chaleco rosado, eso no lo pudo evitar la dictadura.

Anoche soñé contigo Jacqueline soñé que íbamos en nuestra citroneta vieja, y cuando te preguntaba si había sido duro, tu sonreías, pero no con esa sonrisa tan conocida por nosotros, que llenaba la casa y hacía sentir el olor a primavera. No, no era esa sonrisa, era una sonrisa triste, una sonrisa excusa, era como pedirme perdón por sólo venir así, en sueños. Quiero que pasen luego las horas, quiero que pase luego el día y quiero que venga la noche, para volver a soñar contigo Jacqueline.

Una tarde recibimos a una niña que había estado con Jacqueline, que nos contó entre otras cosas, que ella había perdido a su bebé, también que era probable que la expulsaran del país en libertad. Y claro la expulsaron, pero no del país, de ella nunca se encontró rastros, ni cabellos, ni una miga de pan para indicar el camino, ni un grito, ni un suspiro, ni siquiera un aliento. Sólo dejó una ruta cósmica para poder llegar hacia ella, con un recuerdo, un sueño, un ejemplo.

El estado del tiempo se me convirtió en obsesión. Yo pensaba, que mientras durara el buen tiempo serían menos los días en que Jacqueline y Marcelo tendrían frío. Por lo que cada día con sol lo recibía con un infinito agradecimiento. Además, el imaginar cuando Jacqueline volvería se me transformó en un juego masoquista y trágico. Tenía mentalmente una lista de todas la fechas importantes como la navidad, el 18 de septiembre, los cumpleaños, y yo me decía «esta navidad estará aquí», pero la navidad pasaba y ella no estaba. La crueldad de la desaparición de Jacqueline se burló de todas las listas de fechas de su ingenua hermana, que creyó poder dominar el terrible poder de la máquina del terror, con exorcismos de efemérides estúpidas.

Pero nuestro objetivo no variaba. Aunque sólo quede en el mundo una flor, un espejo, una estampilla, yo seguiré preguntando por ti. Aunque el mar se retire y los pájaros entristezcan, yo seguiré buscando por ti. Aunque las tijeras unieran y los relojes confundieran el tiempo, yo seguiría soñando contigo. Aunque la verdad mintiere, el amor odiara y la valentía atemorizare, yo seguiría pensando en ti. Aunque todo eso pasara, aunque yo ya no existiera, yo seguiría, yo seguiría, yo seguiría Jacqueline.

Alguna vez, al leer las noticias sobre el descubrimiento de tantos asesinatos, al encontrar en un párrafo escondido, la frase de «... junto con los dos primeros restos sacados del horno de Lonquén, se podían distinguir pedazos de unos restos de tejido rosado», he llorado con pena y desesperación, recordando que mi hermana Jacqueline al ser detenida llevaba un chaleco tejido por ella misma de ese color, y es con él que la veo todavía en mis sueños.

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