Una preciosa silueta recortada contra la montaña
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Para José Manuel Ramírez Rosales


Nelly Berenguer Rodríguez




Unos días después que lo detuvieran, Pepe me envió su último mensaje. "Díganle que no haga nada, que nada se puede hacer, que la amo y que lo único que le pido es que guíe al niño por el buen camino". ¿Qué estaría viviendo que le hizo tener tan clara conciencia de su futuro? ¿Cómo, en tan pocos días, sabía que ya no podría ver crecer a su hijo?, ¿que no podría estar nunca más con nosotros?

¿Quién era mi Pepe, o "Moisés" o "El Cura chico" o simplemente "El Pelao", conocido de muchos en Renca, Quilicura, Pudahuel, Quinta Normal, Cerro Navia?, conocido por su seriedad, por su madurez, por sus dotes de líder, por su compromiso con las luchas de su pueblo, por su incansable trabajo partidario. Militante del MIR, veintidós años recién cumplidos, dirigente innato, profundamente cristiano, estudiante de ingeniería de la Universidad Técnica, amado compañero, padre de un hermoso niño de sólo siete meses, incondicional de su madre, el segundo de siete hermanos y que asumió desde pequeño responsabilidades de padre en su hogar y también de manera prematura, de dirección en su partido.

Nos conocimos en el Cerro Renca, arriba en plena cumbre. Una preciosa silueta recortada contra la montaña, ése era él. No podré olvidar esa primera vez, cuando lo vi con su chupalla en la cabeza, apuntando con una escopeta de dos cañones. Me sonrió y nos hicimos amigos. Después nos encontramos en varias reuniones y siempre el verlo me produjo una enorme alegría. Ambos teníamos dieciocho, ambos ya militábamos en el MIR. Un año después nos correspondió militar juntos, sin embargo, para sorpresa de nuestros compañeros y la mía propia, la amistad se transformó en disgustos, peleas constantes, diferencias que yo misma y todos creían irreconciliables. Pese a eso durante el año setenta y dos, me sorprendí yo misma: terminamos pololeando; tal parece que era la única manera de que resolviéramos nuestras diferencias y con eso lógicamente los sorprendimos a todos.

Siete meses después nos casamos y quisimos "encargar" de inmediato a José Manuel, quién se hizo de rogar un poquito y tardó cuatro meses en gestarse. Pepe se desesperaba más por cada minuto, quería que naciera, quería tenerlo en sus brazos, quería vivirlo y sentía que el tiempo se acortaba. Desde el día que nació, le fue difícil separarse de él, tanto así que en más de una oportunidad lo llevó a alguna reunión clandestina. Es que vivíamos luchando contra el tiempo que rápidamente se nos adelantaba. Queríamos vivirlo todo en pocos meses, le estábamos robando tiempo al tiempo, él mucho más que yo; quizás intuía lo que venía por delante.

Le gustaba la música de Inti Illimani, Víctor Jara, Quilapayún. Sentaba a José Manuel en un sillón y con un bongó entre las rodillas le cantaba ésas canciones que amaba tanto.

¿Cómo amaba Pepe? Con pasión, con ternura, con inocencia. Hombre joven de mirada cristalina con su pelo lacio contra el viento, su sonrisa siempre tan fácil, sus manos cálidas protectoras. ¿Qué fue de ti que no volvimos a verte? ¿Dónde te llevaron tus cobardes enemigos? Voces anónimas atestiguan de tu fuerza inquebrantable que conmovió hasta los cimientos de esa casa de torturas y sirvió de apoyo a muchos en la dura lucha por sobrevivir en los infiernos.

Nunca volvimos a verte Pepe, pero quiero que sepas que puedes estar tranquilo, tu hijo ya se hizo hombre, tiene tu hermosa sonrisa y al igual que tú, es un hombre bueno. Por mi parte, tenlo por seguro, finalizaré mis días con tu fotografía en el pecho exigiendo la verdad y que se haga justicia.


JOSÉ MANUEL RAMIREZ ROSALES fue secuestrado desde su domicilio el 27 de julio de 1974, en horas del toque de queda, por agentes de la DINA encabezados por Osvaldo Romo Mena. José Manuel Ramírez "pelao Moisés", era estudiante de la Universidad Técnica y militante del MIR.


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