LAS RISAS Y LAS VOCES DE MI PADRE
María Paz Concha Traverso


Homenaje a Marcelo Concha Bascuñán

Hoy por primera vez he escuchado tu voz. La cinta vieja y desconocida me ha permitido conocerte un poco: Marcelo cantando en Moscú, haciendo sonar la guitarra con cuecas para los estudiantes de la Universidad Lumunba, el negrito muy fino y la amada prenda querida de Violeta Parra.

Hoy sentí tu voz, el único registro vivo aparte de tus fotos, las fotos de Marcelo con Aminta en Temuco, en esa casa sencilla donde vivieron el único tiempo legal que tuvieron para amarse, ese tiempo vertigonoso que parece que se hubiera ido con la lluvia o que nunca hubiese existido. Marcelo grande, crespo, moreno y sonriente, al que le hacían descuentos en Patronato porque lo creían de la «colonia» y que tardaba días en encontrar zapatillas de su número para hacer deporte.

Marcelo nadador en la Universidad de Chile, con las copas y trofeos que quedaron escondidos en las bodegas de nuestras casas junto con los libros en ruso y las cartas de Chacabuco. También están las otras cartas, ésas en que hablabas del cansancio y la pena que te produce dejar a Aminta sola cuando tú te pierdes en esos campos tratando de ayudar a los campesinos en sus líos de las tierras. Pero para eso estudiaste, para eso vives; sin embargo la chica que se queda sola y dejó Santiago jurando acompañarte toda la vida, también te necesita y, a su diecinueve años apenas sabe cocinar, por eso llama a su madre para preguntarle cómo se hacen las cazuelas, es que sabe de tu apetito y sabe también que en las casas de los compañeros te comerás las uvas y la harina tostada.

Hoy día por fin supe la verdad, ésa que estaba en mi cabeza y que nunca quise preguntar quizás porque en realidad lo sabía y sólo necesitaba confirmar detalles. Por eso tengo tu primera foto del campo de Chacabuco junto al grupo folclórico y al capellán, donde te volviste a reír y a tocar la guitarra y, cuando Aminta viajó esos miles de kilómetros para que me vieras recién nacida, pudiste conocerme. Me cantaste entonces, y les cantaste a tus compañeros, ésos con los que compartías el horror supremo de las prisiones, y que se burlaban de ti porque no creían que un turco tan negro pudiera tener una hija tan blanca; si parecía de leche entre tus manos grandes.

Y después el reencuentro con la libertad, ésa que duró tan poco antes de que partieras de nuevo dejando a Aminta, a mí y a ese hijo póstumo que nació después que tú te fuiste y, que al igual que yo, no conocía tu voz hasta ahora; con la diferencia que él no sabe lo del «Cachorro», el único testigo que te vio en 1976, cano y con la barba blanca, desquiciado en alguna casa de tortura en algún lugar de Santiago entre las luces de las vendas. Yo te imagino y reconozco así Marcelo sentado, cabello cano, pero no con ese pelo crespo, negro; sí con tu barba blanca. Si pudiera encontrar al cachorro, si supiera donde está, si por lo menos supiera su nombre, si tuviera alguna pista, alguna huella, algún lugar donde restaurar tu imagen y benedecirte a la luz del día.

María Paz Concha Traverso


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