Regreso al hogar
Para Lisandro Sandoval, “Layol”
Arinda Ojeda Aravena







Entre nuestras muchas reivindicaciones una de las más preciadas era la luz eléctrica, cuestión en la que la monja alcaide no claudicaba. Pero nosotras tampoco. Y le torcimos la mano. No fue fácil ni sencillo pero ahí estaba por fin la claridad, parecía un sueño: luz eléctrica brillante que nos permitía mirar incluso las noticias por televisión, buena cosa, aunque desafortunadamente, esa noche que le ganábamos a la monja, me encontré también por coincidencia con un rostro querido que gracias a esa propia luz que nos alegraba se me aparecía en la pantalla mientras la voz del locutor decía: “enfrentamiento...”, “extremista...”, “cayó abatido”. Y sí, por desgracia era él. Las imágenes se deslizaban por mi corazón apretado. Lisandro, el flacuchento estudiante secundario que después de un año preso en la Isla Quiriquina se había transformado en un tipo macizo y fuerte y tuvo que partir al exilio pocos meses después tras la caída de Miguel en combate. Lisandro se había incorporado entonces a las tareas de construcción de los grupos de apoyo al MIR y la Resistencia, con los que se inició la formación de la que llamábamos “retaguardia estratégica”.

Cuando lo recibimos, sus manos de dedos largos tenían todavía las marcas que le habían hecho con cigarrillos, pero esas marcas le servirían para no olvidarse de que cuando iban a fusilarlo: él pensó, «gritaré Patria o Muerte», claro que se quedó sin habla al sentir los disparos y no entender cómo era que después de fusilado aún permanecía vivo.

Y ése que ahora aparecía en la pantalla con sus ojos inconfundibles, era el mismo “Layol”, así lo llamábamos de pequeño: Layol, el que hacía las delicias de las «ragazze» de Brescia que se lo peleaban para enseñarle italiano o para nadar sin traje de baño en el lago de Garda a medianoche. Su rostro y su nombre eran lo único verdadero de todo el relato que transmitía el locutor. Mis ojos no obedecían a las ganas de llorar, secos a la punzada que me atravesaba el pecho y las sienes. No, llorar no. Había que hacer declaraciones sobre lo sucedido para sacarlas de alguna forma con las visitas que vinieran el domingo. Había que escribir con la luz de la vela chocando en las paredes de ese metro cuadrado, atentas a los pasos de la gendarme que nos vigilaba día y noche.

El sueño tardaba en venir, en mi cerebro se repetían las imágenes y al hacerlas pasar por mi corazón se atolondraban las preguntas: ¿Cuál fue tu último pensamiento, Layol?, ¿cuál tu último deseo?, ¿quién sería el que llenó tus ojos antes de que se quedaran vacíos apuntando al cielo?

Al otro día las visitas una a una entraban luego de pasar el registro de los paquetes, de la ropa y de su cuerpo. Veo entonces acercarse a la señora Lucha, madre de Layol. En su rostro de facciones campesinas, hermoso rostro de sufrida mujer de pueblo, sus ojos límpidos y serenos no reflejaban el sufrimiento que con seguridad debía sentir. Por un instante llegué a dudar si se habría enterado de la noticia. No obstante, no tuve necesidad de preguntárselo, su saludo aclaró mis temores: “Vine -me dijo, -para conversar sobre lo que hay que hacer ahora”

“Qué hay que hacer ahora...”, y yo qué podía contestarle, yo, la dirigenta ¿qué le podía decir?, ¿cuáles serían las palabras para expresar esa mezcla de dolor, de rabia y la inmensa ternura que me producía verla así pequeñita y tan frágil, pero a la vez tan fuerte en el espíritu? Nos unimos en un largo abrazo y nada nos dijimos. Más tarde, cuando trajeron el cuerpo de Lisandro hasta Tomé, el pueblo donde había nacido, supe que ella abrió la puerta de su casa para que pasara el féretro y, sencillamente dijo: “Pase hijo, ya está en su casa”.


Fragmento del libro inédito “De Memoria” de Arinda Ojeda Aravena. Homenaje a Lisandro Sandoval Torres, asesinado por la CNI en 1981.

Lisandro Sandoval Torres. “Layol”, había sido militante de las J.J.C.C., presidente de la BRP de Tomé, y presidente también del Centro de Alumnos del Liceo Industrial de Tomé. Junto a muchos de sus compañeros de las Juventudes Comunistas, ingresó al MIR y, con 18 años, días después del golpe es arrestado, y recibe los tratamientos e interrogatorios que usaban los aprehensores para quebrar a los detenidos en la Isla Quiriquina, desde donde es expulsado a Italia. Tras haber entrado clandestinamente al país en el marco de la llamada “Operación Retorno”, el 17 de agosto de 1981, es emboscado por tres vehículos con agentes del CNI, uno de los cuales amedrentó a los vecinos, y luego apuntó con el arma y le pegó un balazo. Layol cayó afirmándose de un árbol, pero ya en el suelo, el agente le disparó por segunda vez. Otros civiles lo cargaron en el furgón y se retiraron rápidamente del lugar. La operación de ejecución se consumó en un tiempo muy breve –un minuto-, estaba todo previsto. Lo que configura el delito de premeditación y alevosía.

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