Hombre niño casi alado
Para Claudio Venegas Lázzaro


Margarita Román Dobson




Cómo voy a dejar de recordar ese tiempo, cómo podría. Pretenden acaso que olvide a esas compañeras con sus fantasías, con sus ilusiones. Cómo no recordar si la ceremonia privada era tan rápida y nosotras la esperábamos con ese tremendo ánimo.
AMIGO AUSENTE

A Claudio Venegas Lázzaro
Por Rodrigo Posada Parra

Donde andarás, amigo de ojos soñadores.
En qué camino tus pasos de gigante se perdieron con un grito de dolor.
Qué fue de tus ideas y tu relajada alegría.
Cuándo emprendiste el tempranero viaje al que te obligaron las metálicas garras carroñeras.
En qué lugar la tierra húmeda abrazará tu figura delgada.
Quien forjó la bala asesina que acabó con la sencillez de tu ser.

Aún recuerdo tu irónica voz en los recreos del liceo
tus desordenes en clases, tu risa complice de un pariente cercano
tu admiración por las compañeras de juventud
tus enseñanzas de política, tu vocación social
tus días de campamento entre martillo y barro
tu esforzado grito en marchas de cascos negros
tu caminar entre el flamear de banderas soñadoras.

¿Por qué tú?, si tu simpleza y tus limpias manos nunca hicieron daño.
¿Dónde se esconde el chacal que marchitó tu esperanza en la que envolviste a tu pueblo?

Quizá algún día,
cuando la bestia se canse de callar
sabremos la verdad,
y ese día me vestiré de primavera,
de rojo y negro,
y sobre la verde hierba que cobijó tu perdido cuerpo depositaré una flor,
la flor que apretó tu puño al morir
la flor por la que luchaste
esa rara flor con espinas de hierro
esa flor que representa la conciencia del hombre.

Teníamos una amiga vestida de novio, con corbata de huma y todo, que la recibía con una inclinación conmovida. La novia llegaba entonces donde nosotras bonita y contenta. Había ido a casarse muy linda y nosotras le teníamos preparada nuestra propia ceremonia. Un mesón blanco de sábana era el altar, mis compañeras de celda estaban vestidas de acólitos y yo, con una bata roja de esponja, era el obispo y decía en latín todas las frases que me venían al recuerdo de mi madre beata, «ora pronovis», «yorate frates». Agregaba cantos y musarañas que uno ve de chica en la Iglesia sin entender nada, pero que allí en el patio de la cárcel de Tres Alamos, sabían a alma mater de iglesia.

Cómo me voy a olvidar de todo eso y cómo de las siete de la mañana de ese día once en que comenzábamos a acicalarnos con mi hermana para desayunar e irnos a trabajar de prisa. Mi hermana alojaba con nosotros porque a su departamento de Providencia, su vecinos que no soportaban que fuera allendista le habían roto los vidrios.

Ya estábamos todos listos para salir cuando escuchamos aquel tenebroso «bando número uno». Imposible olvidar la mirada de odio del general que anunciaba la exterminación del cáncer marxista. Nos miramos preguntándonos «quién sale». Moneda al aire y yo gané, ella se quedaría cuidando a los cinco niños que teníamos entre las dos, pero no a mi hijo mayor, porque él dijo «yo quiero ir también». Es que él era militante en la célula socialista de su colegio el Valentín Letelier y tenía sus instrucciones de partido, así que salimos, él iría a juntarse con su compañero Claudio Venegas y yo seguiría a la escuela donde trabajaba; pero no pude pasar por Recoleta, los militares no me dejaron. Me devolví por eso a la Radio Nacional, donde le ayudaba a mi cuñado que era el director. De la radio quedaba poco. Los compañeros estaban sacando las cosas comprometedoras para llevarlas a un sitio seguro. Mi cuñado continuaba, en todo caso, micrófono en mano, diciéndole por el aire a la dictadura «¡No nos moverán!». De vuelta en la casa, mi hermana y los chiquillos miraban la televisión aterrados, además, escuchábamos el ruido de artillería pesada golpeando a la Escuela Dental, y de rato en rato, un disparo del veintidós que era lo único que les contestaba, en un cruel adelanto de la desigual contienda que había comenzado ese día en nuestra patria. Cómo olvidarlo, mi hijo mayor no había vuelto todavía. La angustia comenzó a horadarnos los huesos, no sé si era yo o mi hermana la que estaba más afectada. Ahora desde la distancia, se me ocurre que era ella y no yo. Yo también estaba muy preocupada, cierto, pero en el fondo estaba segura de que si mi hijo endaba con Claudio, ambos estarían a salvo a pesar de los morteros y balazos que continuaron sonando por el resto de la tarde y la noche. Es que Claudio Venegas era «un militante maduro». Puede parecer mentira porque hablo de un muchacho de diecisiete; pero es que así era, un militante maduro que conocíamos de toda una vida, pues su casa era vecina a la nuestra en calle Rogelio Ugarte, y mi hijo era el amigo y compañero de este militante maduro que cuando cumplió sus catorce pidió de regalo un libro con la historia de su partido el Socialista. Ese era su tesoro. Claudio Venegas Lazzaro, todos los amigos del barrio estaban con él en todas las manifestaciones, también mis hijos. ¿Cómo voy a olvidarlo entonces?

El día que desapareció había pasado por mi casa, andaba pegando estampillas de Salvador Allende, pero como era tan cuidadoso nadie temió que le pudiera pasar algo. Lo buscamos con su madre desesperadamente, pero de él no había huellas, además quién habría querido ayudarnos si el terror ya se había generalizado. Igual recorrimos cárceles, iglesias, comités. Todo fue inútil. Su madre se enfermó de pena y se agravó rápidamente, tuvieron que internarla en una casa de reposo. Cuando fui a verla ni siquiera pudo reconocerme.

Un día recibí un paquete de un joven para una vecina que no estaba en su casa. Era una mujer militante que fue atrapada y cuando los agentes vinieron a buscarla, no le quedó sino reconocer que el paquete se lo había llevado yo, y caí entonces también en manos de la DINA. Me recluyeron en Villa Grimaldi. Desde las cárceles logré que mis hijos pudieran salir de Chile, y yo en septiembre de 1976, cuando logré salir libre me expulsaron del país.

No, definitivamente no me podré olvidar de mis compañeras de las cárceles, ni tampoco de esa mañana del once; mucho menos de Claudio Venegas a quien seguiré buscando hasta siempre, y siempre me quedará una gota de aliento para seguir haciéndolo. Claudio Venegas Lazzaro, era un hombre-niño casi alado, no he perdido la fe en que un día vamos a saber la verdad que esperan todas las madres.


Claudio Venegas Lázzaro, de 17 años, estudiaba en el Liceo Victorino Lastarria a la vez que trabajaba como auxiliar en un supermercado. Militante socialista, fue detenido en la vía pública en septiembre de 1974. Dos días después unos matones aparecieron en su casa «buscando libros marxistas», pero se llevaron sólo los lentes que usaba Claudio. Antes de marcharse le dijeron a su madre, María Luisa, que el menor se encontraba en Investigaciones y que no era necesario llevarle ropas ni alimentos. Al salir, ella vio cómo se detenían frente al N°1498 de su misma calle, para detener a Juan Carlos González. Los arrestos de ambos jóvenes, se enmarcan en un operativo de la DINA para desarmar al P.S. de la 10a. Comuna. Detuvieron para ello a un gran grupo de militantes que junto a González fueron liberados, a excepción de Bernardo De Castro López, Víctor Olea Alegría, Mario Carrasco, Eduardo Aliste González, y del propio Claudio Venegas, quienes aún se encuentran desaparecidos.


      

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