Estadio Nacional y Chacabuco, memoria del silencio
Por Dr. Luis Cifuentes S. (*)


Estos dos comentarios cinematográficos constituyen también dos testimonio de un preso político y dos historias que podemos contar.


ESTADIO NACIONAL

Muchas personas juzgan un film, sobre todo un documental, de acuerdo a sus expectativas. La verdad, yo no me hice ninguna, y encontré en esta película de Carmen Luz Parot un notable aporte a la recuperación de memoria histórica.

En un estilo ya muy establecido, respetable y efectivo, la autora deja hablar a los protagonistas sin ella aparecer jamás en pantalla. El prolongado y bien hilado testimonio fluye sin saltos. Uno tras otro, los ex-presos políticos cuentan sus historias, cada uno en su estilo, desde el enfoque anecdótico y humorístico de Cochín al más solemne de Jadresic, pasando por las apariciones de Chamaco Valdes, Joyce Horman (viuda del personaje en que se basó "Missing") y muchos otros.

Declaro mi interés: yo llegué al estadio, en calidad de preso político, un día después de su habilitación como campo de concentración y lo dejé (trasladado a Chacabuco) un día antes de su cierre. Permanecí en su interior durante dos largos meses.

El film incluye mis imágenes más perdurables del estadio, que es el indiscutido personaje central. Sus polivalentes perspectivas, rincones, camarines, graderías y escotillas mezclan en mis recuerdos escenas de horror con inolvidables veladas deportivas, momentos de espanto y desesperanza con otros de alegría y júbilo. Así es y será el estadio para muchos chilenos: una moneda de dos caras, como Chile mismo.

El velódromo y la piscina son capítulos aparte y adecuadamente destacados: fueron los principales lugares de tortura, violación y exterminio. Para muchos de nosotros, ver en este film el interior de los "caracoles" (baños del velódromo, con sus muros aún impregnados de los alaridos de la tortura) resulta una primicia. Siempre ingresamos y salimos de ellos con la vista vendada y no creo que nadie haya ido, a posteriori, a visitarlos por gusto.

El film carece de un obvio molde ideológico, lo que considero una fortaleza, puesto que no antagonizará a priori a quienes no se identifiquen con la izquierda. Personeros de la dictadura y sus servidores periodísticos tienen amplio espacio para dar su visión, a veces cercana a lo idílico, del estadio y las condiciones de los que allí permanecimos encerrados. En una escena que me movió a la carcajada en el teatro casi vacío, un oficial declara con todo desparpajo que la ración alimenticia era de DOS MIL calorías diarias por prisionero.

La película tiene un grado de frialdad que tal vez a algunos no agrade. No se subraya lo más horroroso ni lo más sangriento. Pero a mi me gustó así: le confiere al testimonio y al relato una dignidad y un decoro que de otra manera se habrían visto vulnerados.

Vaya mi apreciación a Carmen Luz Parot por una obra que quedará para siempre en el registro histórico de Chile. Si el interés en el tema es hoy reducido, habrá, con seguridad, tiempos en que este país decida asumirse. Creo, no hay alternativa.

Mi recuerdo más impactante del estadio no podía estar en el film: una noche, durante uno de tantos traslados hacia y desde los lugares de interrogatorio, a un pequeño grupo de presos se nos hizo pasar, acaso para diversión de nuestros guardias, sobre una ruma de cadáveres. Llevábamos la vista vendada.

¿Cómo sé que eran cadáveres? Porque me caí y los toqué, compañeros. Y estaban fríos.

CHACABUCO, MEMORIA DEL SILENCIO

La película "Chacabuco, memoria del silencio", de Gastón Ancelovici, refleja una realidad distinta, y en consecuencia adopta un enfoque diferente, al film "Estadio Nacional" al punto que es difícil y acaso injusto intentar compararlas. Mientras el Estadio Nacional, junto al Estadio Chile, Villa Grimaldi, Tejas Verdes y varios otros lugares fueron centros de tortura y exterminio, Chacabuco fue, en sentido estricto, un campo de concentración. Fuimos enviados allí prisioneros políticos que ya habíamos sido interrogados en espera de que el aparato administrativo dictatorial decidiera qué hacer con cada uno de nosotros. La tortura y el asesinato, entonces, no fueron fenómenos de ocurrencia diaria ni frecuente en la antigua oficina salitrera. Este hecho, sin excluir la tragedia (hubo un suicidio en el tiempo que yo permanecí en el campo, al que me refiero más abajo), por si solo generó un distinto tipo de convivencia y de comunicación, con un fuerte contenido comunitario.

La película refleja esta situación: no se trata de testimonios en forma de monólogos, como en "Estadio Nacional", sino de conversaciones colectivas, filmadas tanto en Santiago como en el campo mismo. El poeta Jorge Montealegre, quien, siendo un adolescente escribiera su primer poema en Chacabuco, hace de ancla del documental y habría sido muy difícil, sino imposible, encontrar una persona con mejores aptitudes para la tarea. Su poema "Así es el choquero", recitado por el autor en su vivienda chacabucana, despertará viejas y nuevas emociones.

El film comienza con impresionantes vistas aéreas del desierto y de Chacabuco. La belleza de los cerros, cielos y crepúsculos constituyó el trasfondo majestuoso de todo lo sucedido. Las conversaciones entre Montealegre, el poeta Rafael Salas y Angel Parra abren los fuegos, en un primer reconocimiento del campo. Allí estaba la pulpería... ¿o era acá ? Allá la bella iglesia de madera, destruida por el fuego en 1982; acá el templo evangélico; más allá, el "barrio cívico", donde los abogados, médicos y artistas presos tenían sus locales de atención y creación. Yendo más al hueso, aquí fue donde nos recibieron con insultos, golpes y amenazas cuando "inauguramos" el campo, donde nos dijeron que "NO requisarían las hojas de afeitar, por si queríamos suicidarnos".

La película esta cargada de emotividad e ilustrada por trozos de una filmación realizada por un equipo de la RDA que llegó a Chacabuco engañando a los militares con el recurso de hacerse pasar por holandeses. De fondo, aparte de la música compuesta para el film por Angel Parra hijo, hay extractos del concierto de despedida de Angel Parra padre, grabado en cassette por Alberto Corvalán Castillo, hijo del entonces secretario general del Partido Comunista. Alberto murió en el exilio antes de cumplir los 30, producto de las torturas sufridas en el velódromo del estadio nacional. Es su voz la que se escucha narrando aquella grabación, que apareció en forma de disco en Italia en los 70. En una escena llena de ternura, Angel canta la canción que compuso en el campo a su pequeña hija Javiera, ahora en presencia de la adulta homenajeada.

Las muchas anécdotas de Chacabuco están bien representadas. En especial, la protagonizada por el popular Filistoque, un preso que, dada su experiencia, fue encargado por el comandante para entrenar a la banda de los militares. Filistoque aprovechó la ocasión de uno de sus tantos ensayos para dirigirse a la puerta del campo a la cabeza de sus hombres, dio orden de abrirla y luego salió marchando por la carretera en dirección a Calama seguido de los disciplinados militares. Por cierto, no llegó lejos, pero esta debe ser la anécdota más sabrosa en la historia de los campos de concentración, no sólo de Chile.

Me impactó ver el teatro restaurado, aunque eché de menos los maltrechos pero elegantes asientos de fierro y tapiz y las imponentes aunque añosas cortinas del escenario, que colgaban ahí desde los años 20. El teatro era el lugar donde en ocasiones se nos autorizó a recibir visitas.

Una serie de otros ex-prisioneros agregan sus recuerdos. De especial valor son los de Mariano Requena, primer presidente del Consejo de Ancianos, que cuenta de las difíciles, y a veces hilarantes, relaciones con los militares. Otros mencionan los cursos de nivel primario, secundario y universitario impartidos entonces por los mismos prisioneros en la "universidad del desierto". Yo dicté uno de Termodinámica Química, aprovechando como texto el libro de Fisicoquímica de Castellan, que en forma casi milagrosa alguien había llevado al campo. También contribuyen al testimonio colectivo un ex-oficial destacado en Chacabuco y un ex-capellán.

La película me dejó un buen sabor, de fraternidad y esperanza. A la salida, entre las pocas personas presentes en la sala, me encontré con un viejo amigo, ex-chacabucano. Nos fuimos a tomar una cerveza, tratando de hacer durar la fraternidad recién revivida.

¿Qué podría yo agregar a este sólido testimonio fílmico ? Tan sólo una anécdota: cuando llegó al campo el primer grupo de presos provenientes del estadio (luego llegarían de todo Chile) nos formaron en la calle principal y el capitán a cargo salió del perímetro enrejado hacia su oficina. A los pocos segundos se escuchó, de lo alto de una torre de vigilancia, el grito: "¡Alberto Corvalán Castillo !". El interpelado, que estaba en el grupo, en un acto de valor inolvidable, corrió hacia la torre sin saber si lo ametrallarían. Al llegar al pie, le dejaron caer un saco con pan, reunido por los conscriptos para los presos. "¡De la base de la Jota!", le gritaron.

Lo asombroso de esta historia, de la que fui testigo presencial, no consiste tanto en que hubiera una organización de izquierda entre los militares que nos custodiaban como en el hecho - que hasta hoy me cuesta explicarme - de que ellos actuaran a vista y paciencia del resto de los conscriptos sin ser denunciados; esto, sin que me quepa ni la más remota sombra de una duda, les habría valido la muerte por despedazamiento. Los panes fueron rápidamente distribuidos (ignoro si también fueron multiplicados) y el saco lanzado dentro de una casa; los oficiales nunca se enteraron. Esta anécdota refleja un aspecto de la realidad de aquellos días que es bueno no desechar.

Expreso mi gratitud a Gaston Angelovici y a todos los que contribuyeron a hacer realidad esta película. Junto a los films de Guzmán y Parot, ella contribuye a rescatar memoria en un país amnésico que mira para otro lado.

Vayan mis recuerdos hacia mi amigo Marcelo Concha, hacia el profesor Francisco Aedo y otros, que luego de salir de Chacabuco fueron nuevamente aprisionados y hasta la fecha están desaparecidos. Rindo homenaje al obrero Oscar Vega, que había vivido y trabajado en Chacabuco en su juventud. Anciano, solo y destruido, por haber sido asesinada toda su familia, buscó su vieja casa y se colgó de una viga. Los que no nos colgamos tenemos, en consecuencia, ciertos deberes de humanidad de los que, tarde o temprano, tendremos que rendir cuentas.

(*) Académico de la Universidad de Chile.

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