UNOS VERANOS DESPUES
A la memoria de LUMI VIDELA y SERGIO PEREZ
Martín Faunes Amigo







A Lumi la conocí una tarde en que discutíamos sobre la mejor manera de construir una base desde donde impulsar las luchas en Barrancas y el Cordón Cerrillos. Una conversación donde no sólo discrepaba Santiago de Renato, sino también Nicolás con Agustín; y, a medida que la discusión se prolongaba, esas discrepancias se hacían más y más insalvables; a pesar de que hoy no podría imaginar siquiera a qué podían referirse. Qué diablos, pero entonces para nosotros eran importantes, cruciales yo diría. Fue cuando esa conversación celebrada un verano en la casa de los Videla de calle Tocornal, se iluminó con la presencia de una mujer de ojos expresivos que llevaba su cabello tomado en una trenza gruesa, quien irrumpió con un seno al aire del que un niño mamaba: «los escuché y no pude dejar de intervenir», dijo desde la puerta, y mientras el infante se alimentaba, ajeno a los planteamientos que nos haría su progenitora, ésta nos reencauzó la discusión con tres o cuatro ideas que no se podían refutar.

Esa mujer que iluminaba, tenía en paradoja por nombre el de Lumi, y yo ya había escuchado sobre ella. Era la misma que un día, mientras su compañero permanecía prisionero tras una acción de propaganda armada, tomó el tren al sur y se fue bajando estación por estación, y en cada pueblo que visitó, sembró una semilla para el partido. Esa era ella, Lumi, «La Negra», mujer carismática, madre de un niño, compañera del Pérez, alumna del Pedagógico, militante del MIR. Desafortunadamente, era también la misma que, años más tarde, la dictadura ejecutaría e iría a arrojar a la Embajada de Italia para hacer un escarmiento.

Años después, en un verano, cuando la represión parecía aflojar pero a cada cierto tiempo nos lanzaba sus zarpazos, logramos escaparnos con los niños a una playa que bien pudo ser Maitencillo o Los Molles; y, en una de esas tardes, después del baño, mis hijos volvieron a tomar once con un muchacho con quien habían estado escalando rocas. Adiviné en la mirada de ese niño al muchacho que no veranea con sus padres, sino con una abuela o una tía, o algún pariente de ésos que asumen de padres o de hermanos en gestos que a los que nos faltaron padres valoramos para siempre; algo que se nota, porque esos niños parecen más rebeldes, más tristes. Todo eso adiviné en su mirada, y adiviné también una secreta tragedia que yo no tenía derecho a recordarle. Pese a eso, después del segundo pan con huevo, quise saber su nombre, ya que mis hijos sólo se referían a él como «el chico». Nos contó entonces que se llamaba Dago, no Dagoberto, sino Dago, sólo Dago. «Soy el chico Dago», sólo eso, nada más nos dijo; sin embargo me bastó mirarlo para adivinar en sus ojos sus apellidos, y él no tuvo necesidad de decirlos. Antes de eso nos abrazamos y lloramos, lloró él, lloró mi mujer, lloré yo mismo, lloraron mis hijos. Todos lloramos y reímos. Nadie sabía sus apellidos, pero todos sabíamos por qué llorábamos y por qué reíamos.


Según una colaboradora de la DINA, Lumi adivinó que iban a asesinarla, por eso le regaló su chaqueta de cuero y repartió el resto de su ropa entre las otras prisioneras. Al día siguiente, el cuerpo sin vida de Lumi sería lanzado a la embajada de Italia.
Su compañero Sergio Pérez fue asesinado también en esa casa de horror.
Años después, su hijo, Dago, se hizo conocido por su combatividad durante las jornadas de protesta contra la dictaduras. Hoy es músico y poeta, se desempeña como percusionista del grupo Gondwana.

Homenaje a Lumi
de "El Muralla"


Supongo que de vez en cuando se debe permitir uno salir del papel de espectador, y darle curso al tecleado en medio de temblores que nadie siente,

Son fricciones de la corteza tan finos que no son desastres ni olas que jamás serán tsunamis.

Para este pecho y este techo de tope, las ocasiones son contadas y las más estresantes.

También me digo y también: me quedo con la lectura rápida de la mañana y el ojeo de la tarde antes de cerrar el boliche de los terremotos.

La Lumi se merece mucho más, no recuerdo si habrá sido en la ocasión que relataba antes Martín Faunes pero la Lumi apareció por Rancagua,

Quizá como Manuel Rodríguez, organizando y organizándonos. Venía también con el crío a cuestas, también amamantándolo... y cómo mamaba el Dago chico.

La volví a ver, o más bien a sentir en Domingo Cañas, donde nos trajo la fuga frustrada,

Siempre entera Lumi, siempre entera, sobretodo entera. Lo sabrá el diablo porque yo no lo sé, de qué pasta estaba hecha, de que acero surgió ese temple de revolucionaria, de mujer y de madre... Lumi simplemente la cagó, donde la repartieron se la llevó toda.

Sin embargo, y es su mérito, las representa a todas. No fue la única, más bien las fue todas, las que sobrevivieron y las que no lo consiguieron Las que están con nosotros en el recuerdo y las que están todavía con nosotros Esa fue Lumi a quien hoy recordamos Y la volvemos a sentir con el corazón.


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