Thamesis
A la memoria de Marcelo Salinas Eytel
Nicole Drouilly









Marcelo llegó un día a mi casa cuando yo tenía doce y venía bajando por las escaleras. Fue cuando lo vi sentado en el sofá, tocando guitarra y me impresionó su mirada dulce; fue quizá a causa de ella, que Jacqueline, mi hermana, se enamoraró de él de inmediato y se mezclaron así nuestras vidas. Marcelo cantaba lindo y era de profundas convicciones, pero aunque era su bondad la principal de sus virtudes, tenía también una imaginación extraordinaria que lo llevaba a contarme historias increíbles, que a pesar de eso a mi gustaba creer.

Para mí que consideraba a mi hermana como la absoluta perfección y quería parecerme en todo a ella, Marcelo representaría desde entonces el tipo de hombre del futuro, no machista, no agresivo, comprensivo, inteligente, revolucionario; y mantenía con él discusiones interminables que viéndolo ahora desde lejos, serían más bien preguntas cortas de mi parte y respuestas largas y elaboradas de la suya. Mi real relación con él era de absoluta admiración, apenas llegaba corría a darle cafecito, y el cariño que sentía por él crecía al observar la forma en que trataba a mi hermana. Marcelo estaba absolutamente enamorado de Jacqueline y era dulce y cariñoso, al mismo tiempo de respetar sus opiniones.

Marcelo había se dedicaba a las tareas políticas en sus días y en sus noches, y Jacqueline se incorpora con él al MIR y parten. Se marchan a Santiago donde Jacqueline va a la Universidad, mientras Marcelo continua sus tareas a tiempo completo. Eran los años en que una se sentía orgullosa de ser chilena, porque cosas maravillosas estaban sucediendo, y los pobres y los desposeídos le arrebataban a los ricos la historia. Fueron años cortos en el tiempo pero interminables en el recuerdo, y ceo en ellos a Marcelo y a Jacqueline rodeados de sol y de esperanza.

En enero del 73, fui a pasar con ellos el verano. Fue verano es agitadísimo en que Marcelo estaba inmerso en una vorágine de tareas, pero aún así pudimos reanudar aquellas conversaciones, en que ahora me explica las características de la lucha de clases chilena, y con Jacqueline igualmente, hablamos y hablamos, y ella me cuenta que Marcelo es el amor de su vida y su mejor amigo.

El golpe lo vino a cambiar todo. Nuestra familia empieza a vivir angustiada por Jacqueline y por Marcelo, quizás más por Marcelo, ya que pensabamos que el riesgo era mayor para él. Mi padre se las arregla para conseguirles pasajes a Europa, y va a Santiago a convencerlos de que se vayan. Marcelo se emociona con el gesto, pero le contesta a mi papá: "Nosotros nos quedamos a apagar la luz". Mi papá se descorazona y les insiste, Jacqueline explica que en estos momentos difíciles, ellos no harán uso de las garantías pequeño-burguesas, y que los pobladores, los trabajadores de los cordones industriales no pueden irse, tienen que aguantar, y eso es lo que ellos van a hacer también.

Amigos alrededor de nosotros caen uno a uno, en Temuco, en Santiago. Compañeros de partido de Marcelo y Jacqueline son asesinados, desaparecidos, torturados. Pero Marcelo y Jacqueline estan incólumes. Viajo en enero del 74 a pasar con ellos, y trato entonces de convencer a Jacqueline de que se vayan, pero Jacqueline me dice, "yo Nicole, nací parada. Nosotros sabemos los riesgos pero estamos decididos, el partido y el pueblo nos necesitan".

A mediados del 74, el cerco se estrecha. Jacqueline y yo, en una dimension paralela, hemos hecho arreglos para que me vaya a Santiago a vivir con ellos mientras estudio en la Universidad. Estoy fascinada con la idea. También es importante para mí, ya que confío que Jacqueline me dejará integrarme a las tareas políticas con ella.

Ese año Jacqueline y Marcelo se casan para evitar problemas y "legalizarse" con respecto a la dictadura. Para su matrimonio fuimos todos a Santiago y en la noche, Jacqueline y Marcelo se encargan de hacer mil bromas acerca de la noche de bodas. Jacqueline me pide prestada la camisa de dormir que yo tenía puesta para hacer el momento más importante, pero antes de irse a acostar, se acerca a la pieza donde estabamos acostadas sus hermanas y con sus veinticinco años, se pone a saltar en la cama y a decirnos lo que nos quería y lo feliz que estaba. Marcelo entró riendo a la pieza a sacarla y a que dejara de hacer escándalo. No pudo haber una velada más linda que ésa. Después, a principios de octubre, Jacqueline nos llamó para contarnos que estaba esperando guagua y que estaban felices con Marcelo. También concretó algunos detalles conmigo de mi inminente ida a Santiago.

No duró mucho la alegría. El primero de Noviembre de 1974, sonó el teléfono y nos enteramos que Jacqueline y Marcelo habian sido detenidos. Marcelo le había avisado que no iría a dormir a la casa, (había toque de queda) y que volvería temprano en la mañana. Jacqueline estaba con una compañera de Universidad que le arrendaban una pieza del segundo piso. Llegaron muchos hombres de la DINA preguntando por Marcelo. Se llevaron a Jacqueline a su pieza a empujones, y su compañera de curso nos ha contado de sus gritos de dolor mientras la golpeaban y violaban. Permanecieron con ella varias horas y luego se la llevaron de "rehén", como dijeron, pero se quedaron algunos esperando por Marcelo. Marcelo, paralelamente, ya sabía que la DINA estaba cercando el grupo donde trabajaba, por lo que llamó a las seis de la mañana a Jacqueline para avisarle que la pasaría a buscar en una hora. Fue la amiga la que contestó, pero los de la DINA la obligaron a decir que Jacqueline estaba en la ducha y que le avisaría del recado.

Lo que siguió ya estaba escrito. Marcelo llegó en taxi y al ver hombres en el jardín quiso continuar, pero los agentes de la DINA les dispararon y el chofer del taxi se detuvo. Se llevaron a Marcelo a José Domingo Cañas, donde horas antes se habían llevado también a Jacqueline.

Marcelo y Jacqueline fueron torturados salvajemente, juntos y por separado. Luego los llevaron a Villa Grimaldi, a Cuatro Alamos, y a la Venda Sexy. Sé que en Cuatro Alamos, Jacqueline pudo hablar con nuestro primo, Christian Van Yurick, a través de una ventana y le dijo de lo preocupada que estaba por Marcelo. Christian no la volvió a ver. A mediados de diciembre se la llevaron a ella y a Marcelo a un lugar desconocido de donde no vuelven a ser vistos. Mucho después aparecen en las fatídicas listas de los '119'.

Unido a todo el dolor que siento, quizás lo más punzante sea el saber que el mayor sufrimiento que sintieron no era por ellos mismos, sino por la impotencia de saber cómo sufría el otro. Nuestra familia ha tomado el deber de buscarlos y luchar por ellos, por ellos dos; porque Marcelo es y será para siempre parte nuestra. Por eso en Londres, manifestando contra Pinochet y exigiendo Justicia, llevo la foto de Marcelo junto a la de Jacqueline, orgullosa de que ellos sean parte de mi familia. Jacqueline, mi hermana perfecta a quien todavía quiero parecerme, y Marcelo, hermano también, que entre tantas fantasías, sentado en el sillón y yo arrodillada a su lado, me contó aquella de que él había nacido en Londres con su hermana, y que de la ventana de su casa veían pasar los barquitos en el Támesis y escuchaban las campanadas del Big Ben. Veinte años más tarde, yo me encontraría viviendo aquí en Londres, y al cruzar el Támesis, cada día, no puedo dejar de pensar en él, mirando sus barquitos de su fantasía de niño que ahora es parte de nosotros. Marcelo tu diste y recibiste tanto amor, estarás siempre en nuestro pensamiento.

Londres 1999



Si sabes algo más sobre Jacqueline Drouilly que estudiaba para ser Asistente Social y militaba en el MIR junto a su compañero Marcelo Salinas Eytel, compártelo con nosotros con un e-mail a martin@lashistoriasquepodemoscontar.cl
Cuando en el sur florecían los cerezos

A mi primo,
Marcelo Salinas,
desaparecido desde
noviembre del 74.

Guido Eytel


La calle no tiene hoy luz ni pájaro.
Quién va a cantar, quién va a levantar una mínima esperanza luminosa.

Se vuelven otra vez los perros horizonte y no hay agua para lavar esta injusticia.
Qué va a correr bajo los puentes llenos de vergüenza, carcomidos por la humedad del desamparo.

Yo no soy más que el testigo de la ausencia,
qué hago reclamando ante el vacío.

No sucederá otra vez:
las enredaderas ocultan la casa y a la lluvia del tiempo le dio por borrar todas las huellas.
¿Alguien ha visto un niño perdido?
He bebido cicuta:
se me dan vuelta las palabras
y como ciego busco
el gesto que perdí por esos días.
Qué lo voy a encontrar, cuál era.
¿Era una sonrisa, era un saludo,
era una manera de caminar
poniéndole el pecho a la injusticia?

Como siempre, esta noche
el mismo sueño me persigue:
"si no, primo, si no, si no era nada, aquí estuve todo el tiempo, soñando como tú bajo el manzano".

Qué voy a despertar.

La última vez usaba sandalias y una chaqueta verde del color del pasto que brota a principios de noviembre.
¿Alguien supo que le hicieron?
¿Cuándo murió qué dijo?
¿Levantó una mano, gritó, abrió los ojos se verá en sus pupilas la faz del asesino, o solamente suspiró y pensó que en el sur estaban floreciendo los cerezos?

Hoy la calle no tiene luz ni pájaro.
Afuera el silencio parece que va a estallar.

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