NUNCA DEJARÁS DE ESTAR CONMIGO
En recuerdo de Goyo Mimica


Por María Antonieta Blaisse

CONOZCA:
Martes once en la Universidad


Tuve la oportunidad de conocer y querer más que a nada en el mundo, a un ser maravilloso: Gregorio Mimica, un hombre noble, lleno de virtudes y con un corazón capaz de abarcar todo el sufrimiento; un hombre fuerte, lleno de vida y de grandes ideales.
Amaba la música, el deporte, el teatro y las artes plásticas, el teatro. Le gustaba disfrutar al aire libre, recuerdo cuánto gozaba caminando sobre las hojas secas, oyéndolas crujir bajo nuestros pies. Disfrutaba como un niño al pisar las hojas de otoño mientras me hablaba del enorme cariño que sentía por su familia y de su esperanza por encontrar un futuro con igualdad de condiciones para todos.
No necesito esforzarme para recordarlo, él ha estado presente en todos los momentos de mi vida, siempre estuvo y estará conmigo en los momentos más difíciles y en mis grandes decisiones. Tal como me lo dijo más de una vez: "Nunca dejarás de estar conmigo".

Me vio, se paró y me dio el asiento
Vi por primera vez a Goyo en el año 1972, mientras acompañaba a uno de mis primos a una actividad que se realizaba en la Universidad Técnica del Estado (UTE); yo aún estudiaba en el liceo. Un año después ingresé a Pedagogía en Artes Plásticas en la misma Universidad y empecé a verlo con mucha frecuencia, sólo nos cruzábamos miradas sin intercambiar palabras. Fue a fines de marzo de 1973, cuando nos hablamos por primera vez. Yo iba a clases, tomé la micro "Colón - El Llano" y vi que Goyo iba sentado. Me vio, se paró y me dio el asiento. Como era tan alto y la micro tan baja, tuvo que viajar con la cabeza inclinada. Sin saberlo, hacíamos el mismo trayecto porque vivíamos muy cerca: él en San Ignacio, en el paradero diez y yo en el paradero seis. Más tarde o más temprano nos íbamos a encontrar. Conversamos y el nexo se produjo de inmediato: si él me ubicaba, si yo lo ubicaba, cuál era mi número de teléfono y cómo nos contactamos. Desde ese día nunca nos separamos. Gregorio tenía 22 años.
Resultó que mi papá también lo conocía, subían a la misma micro y con el mismo diario, se ubicaban; entonces la entrada de Goyo a mi casa fue natural, mis padres lo aceptaron en la familia con mucha alegría y lo quisieron profundamente. Si yo estaba con él, se quedaban tranquilos.
Quizás esa abierta demostración de confianza de parte de mis padres, despertó en Goyo un fuerte sentido de responsabilidad, que él asumió en cada actividad que hicimos. Diariamente nos juntábamos en la Universidad, en una sala chiquita que había cerca del Tattersall. Ahí me reunía, después de clases, con el grupo que pintaba y con los que guitarreaban, ahí era donde Gregorio me iba a buscar. Desarrolló una actitud muy sobreprotectora, se quedaba conmigo y todas las noches me iba a dejar a mi casa. Estaba al tanto de todo lo que yo hacía y se sentía responsable de cuidarme y de que nada me pasara, se hacía tiempo incluso para ir a buscarme a las clases de natación. Yo lo veía observar las prácticas desde el segundo piso en la Asociación Cristiana de Jóvenes (YMCA)

Compartíamos el día completo
Comenzó una relación de pareja muy dulce y llena de ideales. Grandes compromisos volvieron muy intensos nuestros momentos: el estudiante de Ingeniería de Ejecución Mecánica, miembro del Consejo de Facultad, posteriormente Presidente del Centro de Alumnos de la Escuela de Ingeniería de Ejecución; estaba lleno de actividades y, aunque nuestra relación fue muy breve, fue también muy intensa.
Compartíamos el día completo. Además de estudiar y de las actividades propias de la Universidad, visitábamos el Museo de Bellas Artes, íbamos al cine y almorzábamos en el restaurante "Pimpilinpaucha", en el que se sentía muy cómodo y disfrutaba la comida. Nos gustaba ir a ver pequeñas obras de teatro universitario que a veces se representaban al aire libre. También íbamos a una Peña muy entretenida, que no terminaba muy tarde, donde tocaban música folklórica. Recuerdo que esa Peña quedaba en el centro de Santiago, pero he olvidado el nombre del lugar.
A Goyo le gustaba cantar y tararear, le gustaba mucho el contenido de las canciones de Víctor Jara. Una de sus preferidas era "Las casitas del barrio alto" y en mi recuerdo tengo grabada su imagen cuando él la cantaba.
Goyo era muy divertido, caminábamos por las calles comprándonos imaginariamente cuanta cosa ridícula vendieran. "Te voy a comprar esos zapatos" -me dijo un día, mientras caminábamos cerca de la Estación Central- y me mostró unos zapatos usados enormes, raros y feos. Jugábamos y nos reíamos mucho en esos recorridos.
Era muy generoso y siempre tuvo algo que darme, siempre, todos los días: una barra de chocolate, flores, siempre un detalle, era increíble.
Como era tan alto, cuando me tomaba en brazos y me daba vueltas, yo le decía: un día de estos, me vas a soltar y voy a quedar arriba de un árbol y no me voy a poder bajar nunca más, esa sensación me daba.
Respeto, cariño y amor fue lo que recibí de Goyo en todo momento.

Ayudaba a su padre en la carnicería
En nuestras conversaciones, siempre estaba presente su familia, la historia de inmigrante de su padre, la dulzura de su madre, el cariño de su tía y el de sus hermanos. Gregorio admiraba mucho a su papá y sentía un gran afecto por él, por lo esforzado y trabajador que siempre había sido. Le impactaba la experiencia traumática que su padre y su tío vivieron: habían perdido familiares durante la guerra, vivieron situaciones muy inhumanas y tuvieron el valor de emigrar a un país desconocido desde Yugoslavia. Ambos hermanos llegaron juntos a Chile, conocieron a dos hermanas y se casaron con ellas. Eso siempre le llamó la atención.
Goyo era uno de los pocos estudiantes de la Universidad que trabajaba. Ayudaba a su padre a atender la carnicería, iba casi de madrugada al matadero y compraba la carne para que se hicieran las ventas. ¿Cómo resistes? -le dije en más de una ocasión- me vienes a dejar a la casa a las dos de la mañana, te vas a la tuya y luego te levantas tan temprano a comprar todas esas cosas. "Hay que tener energía para todo -respondía- cuando puedo duermo un poquito". Hacía ese trabajo con mucho agrado, se sentía contento de poder ayudar a su papá. Tenía mucha energía y el trabajo lo tenía muy bien incorporado.

Quería buscar sus raíces
Muchas veces nos sentamos en algún banco a planificar el futuro, Gregorio lo veía lleno de grandes satisfacciones y siempre se expresaba con optimismo. Quería conocer el mundo, quería salir, ver otra gente, otras culturas, otras costumbres, quería buscar sus raíces. Soñaba con viajar y conocer Yugoslavia, el país de sus ancestros.
También soñábamos con nuestro futuro. Íbamos a viajar juntos, pero nos faltaba tiempo, entonces sacaba cuentas: cuánto tiempo le quedaba para terminar su carrera, en cuánto tiempo más terminaría Ingeniería Civil y en cuánto tiempo podríamos reunir el dinero para viajar, "Estoy trabajando con mi papá -decía- atiendo la carnicería así es que tenemos que darnos un tiempo de ahorro", luego agregaba: "Y nos titulamos y vamos a poder viajar, vamos a salir, vamos a ir donde mi hermano que está en Australia, es un lugar lindo con playas lindas, mi hermano tiene una casa frente al mar, está casado con una australiana, así es que vamos a viajar porque tenemos dónde llegar".

Que nunca más haya gente pobre
Gregorio deseaba ver un mundo distinto, un Chile con igualdad de condiciones. Ese deseo le brotaba a flor de piel. Le hacía sentir muy mal la pobreza que había en Chile, esta diferencia tan grande de clases que él palpaba, se daba cuenta que mucha gente no tenía derechos. "Yo quiero llegar a dónde pueda, para lograr justicia social en mi país, que nunca más haya gente pobre" -dijo tantas veces.
Estaba lleno de mucha ternura. Cuando veía a un niño pidiendo en la calle, se conmovía, le conversaba y le daba lo que tuviera: una galleta, dinero, dulces o una fruta y si podía comprar en la calle algo para dárselo, se lo daba. Nunca dijo "no" a quién se le acercaba, siempre trató de ayudar con lo que pudiera a quién lo necesitara. Era tremendamente bondadoso.

Vamos a tratar de ayudar
Gregorio estaba muy ilusionado con el gobierno del Presidente Salvador Allende. Vibraba de una manera increíble y tenía el convencimiento de que, en algún momento, el resto de Chile se iba a dar cuenta que el gobierno servía y que se iban a lograr grandes cosas. La situación del país se tornaba difícil y esto lo preocupaba constantemente. A través de las noticias, cada día nos enterábamos de cómo se entorpecía la labor del gobierno: acaparamientos de alimentos, paros, desórdenes en las calles. "Vamos a tratar de ayudar -decía- va a llegar un momento en que se van a dar cuenta de que esto vale, de que esto sirve" y participábamos en trabajos voluntarios. Muchas veces fuimos a trasladar sacos de harina porque había escasez y los repartíamos en distintas panaderías. Recuerdo haber estado arriba de un camión, junto a él, tirando sacos que apenas me podía.

Aquí no pasó nada
Llegó el día del "tancazo" y parte de las Fuerzas Armadas (FFAA) mostraron su descontento. Desde la Universidad se organizó una marcha hasta La Moneda para apoyar al gobierno de la Unidad Popular. Recuerdo a Goyo dirigiendo consignas con su gran vozarrón. En un momento estaba cerca y en el siguiente lejos, era imposible perderlo de vista: alto y con su pelo dorado, sobresalía del resto del alumnado, inyectando energía y pasión a través de cada palabra que salía de su boca. Durante la prolongada caminata, se acercaba con una sonrisa o una palabra de aliento y hacía desaparecer mi cansancio. Traspasaba fuerza para continuar en la actividad que fuera.
Desfilamos hacia La Moneda cantando canciones de Víctor Jara, Quilapayún, Inti-Illimani. Las canciones de esa época eran parte de nuestra vida cotidiana, las cantábamos siempre: después de clases, cuando nos juntábamos a guitarrear y en las marchas, después de las consignas. Recuerdo a Goyo en esa marcha, con qué alegría gritaba las consignas. En algunos momentos se acercaba y me decía: "no pasó nada, aquí no pasó nada" porque el "tancazo" me produjo mucho temor. "Es imposible que pase una cosa así en Chile -decía- no hay historia de que eso ocurra en nuestro país, los militares no podrían hacer algo así." Después de permanecer en "La Moneda" demostrando nuestra adhesión al gobierno de Salvador Allende, regresamos cantando a la Universidad y todo fue un reunirse a guitarrear y a seguir cantando.

¡Cómo estás Gregorio!
Era estimulante caminar por la Universidad junto a él. Antes de ser alumno de Ingeniería de Ejecución, primero ingresó a la Escuela de Artes y Oficios de la UTE. Cursó los últimos años de la enseñanza secundaria en la misma Universidad, entonces la gran mayoría de las personas lo conocía: lo saludaban, lo detenían para hacerle una pregunta, le recordaban reuniones o simplemente le hacían alguna broma acerca de mí. Era un muchacho sano, risueño y querendón con toda la gente. A veces caminábamos por la Universidad y nos topábamos con el rector, con don Enrique Kirberg y me decía "Ahí viene el Tata", luego le decía "¡Hola Tata, cómo está!" -después yo le preguntaba ¿pero cómo le dices Tata? El rector se detenía y le contestaba el saludo "¡Cómo estás Gregorio!" Nunca pasó de largo, conversaba con Goyo y después seguía su camino. A mí me llamaba la atención esta relación tan amigable con el rector y, en general, con toda la gente de la Universidad, aunque fueran de otros colores políticos. Había mucha gente que lo estimaba, lo saludaba o le echaba una talla.
A Goyo le gustaba mucho el deporte, jugaba fútbol con sus amigos y tenía muy buenas piernas. Siempre estaba hablando de sus amigos. "Te gusta el pantalón que tengo -me dijo un día- lo encargué, un amigo me trajo este blue jean." No eran fáciles de conseguir en ese tiempo y le gustaban porque eran de una tela gruesa y durables, así podía ponérselos todas las veces que quisiera y no les pasaba nada.
Los meses transcurrieron llenos de vida entre manifestaciones políticas, estudio, guitarreos, trabajos voluntarios, cuidar nuestra Universidad o pintar consignas.

Goyo Mimica candidato
Sabíamos de los militares por las noticias, andábamos con radio, escuchábamos lo que estaba pasando, entre todos comentábamos y un día tomamos la determinación de proteger nuestra Universidad. Muchos grupos comenzaron a quedarse por temor a que pudieran atacarla o que pudieran tomarse la Radio de la UTE. Al comienzo yo no podía quedarme durante la noche porque mi padre era un poco estricto y yo tenía que llegar a dormir a mi casa, no importaba si a la una, a las dos o a las tres de la mañana, pero tenía que llegar. A partir de julio del 73 yo ya no quería volver a la casa, me quedaba en las noches ayudando a pintar en la Universidad o en sus alrededores, dormíamos en saco de dormir y en la mañana nos levantábamos para ir a clases.
Cuando llegó "el once", aún estaban los carteles de "Goyo Mimica candidato" pegados en las pareces de la Universidad. Gregorio asumió el cargo muy cerca de septiembre, alcanzó a estar muy poco tiempo ejerciendo como Presidente del Centro de Alumnos de la Escuela de Ingeniería.

Nos iríamos a Copiapó
Aunque el clima político en el país estaba muy tenso y encrudecía con las protestas y los cacerolazos de la oposición, nosotros empezamos a notar que el invierno estaba a punto de terminar. Se acercaba septiembre, lentamente los días se hacían más cálidos, pequeños brotes anunciaban la primavera, tendríamos unos días de vacaciones para las Fiestas Patrias y podríamos salir de Santiago. Nació la idea de viajar al norte con un amigo que era pareja de mi prima hermana, nos iríamos a Copiapó. Nos dimos tiempo para estar felices planificando cuándo partiríamos, qué haríamos y cuánto dinero necesitábamos. Goyo estaba entusiasmado y muy decidido a salir por algunos días al norte, podríamos disfrutar juntos conociendo parte de nuestro país. Nos tentaba la idea de visitar Caldera y Bahía Inglesa; sin embargo, en algún momento las noticias tomaron una dimensión distinta y nuestros deseos nunca llegaron a realizarse. Goyo compartió conmigo su preocupación, comenzaba a manifestarse un inquietante movimiento en las Fuerzas Armadas, quizás se podría esperar algo complicado; entonces empezó el temor en mí. Sinceramente creo que a él nunca se le pasó por la mente que estábamos a punto de vivir algo tan drástico y tan brutal. Nunca lo vi atemorizado o quizás mi propio temor -que era muy grande- me impidió darme cuenta si él sentía temor o no.

Decidí quedarme con él
Martes 11 de septiembre de 1973: me levanté temprano, tomé la liebre "Colón-El Llano", eran las 7:30 a.m., me bajé en Teatinos con Alameda, atravesé la calle y esperé -frente a La Moneda- la micro que me llevaba a la Universidad. Las noticias de la madrugada ya habían anunciado desplazamientos militares en algunos sectores de la ciudad. Alrededor de La Moneda había muchos policías, pero no vi nada que en verdad me preocupara. Llegué a la Universidad, todos mis compañeros de curso estaban presentes, entonces un profesor nos informó que las clases se suspendían porque algo muy serio estaba ocurriendo en el país. Escuchamos en absoluto silencio, percibí mucha tensión y tristeza entre mis compañeros.
Desde ese momento todo transcurrió confusamente, yo estaba desorientada. Goyo llegó a buscarme muy pronto, me contó lo que estaba sucediendo y me comunicó su decisión de quedarse en la Universidad. Decidí quedarme con él. Poco a poco las noticias fueron llegando y nos dimos cuenta que todo era mucho más delicado de lo que pensábamos. Comencé a ver preocupación en muchos rostros.
Nos trasladamos a la Escuela de Artes y Oficios, junto a muchos otros alumnos, esa era nuestra manera de repudiar lo que estaba pasando y esa era nuestra manera de demostrar nuestro apoyo al gobierno. Gregorio llamó a su casa: "Estoy en la Universidad" -avisó. También se comunicó con mi familia y a través de él se enteraron que yo estaba en la Universidad.

Gregorio estaba preocupado por todos
Al atardecer repartieron café en el casino mientras compartíamos lo que cada uno sabía y escuchábamos las noticias en una radio a pilas; eran desoladoras. Después del café, muchos de nosotros comenzamos a trasladar colchonetas hacia la Escuela de Artes y Oficios. La luz del crepúsculo nos bañaba mientras llevábamos las colchonetas sobre nuestras cabezas y cantábamos la "Cantata Santa María de Iquique". Hasta ese momento aún cantábamos.
La noche cayó sobre nosotros muy rápido, porque aún era temprano cuando tuvimos que encender las luces en el casino de la Escuela de Artes y Oficios. Gregorio estaba preocupado por todos, buscaba la posibilidad de que comiéramos o que tomáramos café, aprovechando lo que había en el mismo casino. Lo vi hacer muchas cosas. Se reunió con otros dirigentes estudiantiles en reiteradas ocasiones.

Preguntó si alguien tenía armas
En plena noche empezaron a disparar hacia la Universidad. Ese fue el primer aviso real de que algo demasiado grave se había desatado y recién en ese momento me di cuenta de la verdadera dimensión de todo. Jamás había oído disparos reales, sólo los había oído en el cine o en la televisión. Me aterré, todos estábamos alterados, alguien me dijo que tratara de calmarme. Me di cuenta que no podríamos salir tan tranquilos de lo que estaba pasando.
Las horas transcurrieron vertiginosamente en medio del descontrol, algunos gritaban que había que tirarse al suelo y protegerse. Se cortó la luz y el pánico se apoderó de mí. Gregorio llegó a mi lado y logró calmarme, se quedó junto a mí, sin dejar de cubrir mi cabeza. Entonces preguntó si alguien tenía un arma y si era así, pidió que la entregara inmediatamente. Sin embargo, no recuerdo a nadie con armas, nunca vi un arma entre las personas allí reunidas.

¡No sigan disparando, no tenemos armas!
Imaginé que en algún momento podríamos salir de la Universidad, deseaba que llegara el día, quizás nos dejarían salir sin necesidad de disparar, conté los minutos, las horas. Estábamos demasiado expuestos en el casino, permanecer allí era peligroso así es que teníamos que cambiarnos de lugar. Goyo me dijo que nos iríamos a una sala, que no tuviera miedo, que nos cambiaríamos con mucho cuidado. Nos fuimos trasladando poco a poco a una sala que estaba más protegida de los disparos y del frío. Permanecimos abrazados, sin decir palabras, no sé por cuánto tiempo.
Un ruido infernal nos volvió a la realidad. Amanecía, balas, vidrios rotos, gritos, tenemos que salir, ¡no sigan disparando, no tenemos armas! ¡Nos van a matar a todos! ¿Quién tiene algo blanco? -gritó alguien- y vi salir a uno de los alumnos con las manos en alto, llevaba algo blanco entre las manos. Los militares habían ingresado a la Universidad disparando como locos. Gregorio estuvo hasta el último instante protegiéndome, gracias a él pude vivir ese momento.

¡Los hombres a este lado y las mujeres por acá!
Me aferré a Gregorio como a la vida misma mientras nos separaban con un grito feroz: ¡Los hombres a este lado y las mujeres por acá!
Nos dejaron amontonadas en una sala y después nos hicieron salir. Un militar me obligó a sacar todo lo que tenía en mi bolso, no encontró lo que buscaba; sólo mis cuadernos, una toalla y mi traje de baño, ese día tenía clase de natación. No alcancé a guardar mis cosas porque otro grito nos obligó a ponernos en fila, salimos de la Escuela de Artes y Oficios caminando hacia la Estación Central. No sabíamos dónde nos llevaban, todo estaba tan desolado, sólo vi militares y oí disparos. Nos obligaron a permanecer de pie durante largo rato, apoyadas contra la pared, en la calle Ecuador, justo antes de llegar a la Estación Central. Tuve tiempo para mirarlos: esos militares también eran jóvenes, muy jóvenes como nosotras, ellos también tenían el miedo en el rostro como nosotras, también estaban nerviosos; sin embargo, ellos estaban armados y nos apuntaban, nosotras ni siquiera podíamos movernos y casi no respirábamos.
No sé en qué momento nos hicieron subir -custodiadas- a unas micros que se detuvieron frente al Ministerio de Defensa. No sabíamos por qué ni para qué nos mantenían en ese lugar. Nuevamente las balaceras, el miedo nos arrojó al piso, pero los militares se enfurecieron, a gritos nos obligaron a sentarnos. No sé cuándo las micros comenzaron a trasladarse a otro lugar. Pronto sabríamos que se trataba del Estadio Chile. Antes de llegar, vi hileras de hombres con rostros tristes y miradas perdidas.

Busqué el rostro de Goyo y su pelo dorado, pero no lo encontré
Nos pusieron en fila a la entrada del Estadio Chile, llegó mi turno, mi nombre, mi carné de identidad. ¿Así que soi comunista? ¿Tu familia también? ¿Cómo se llama tu padre, tu madre? Respondí sintiendo el eco de mis palabras. Se quedaron con mi carné y me llevaron al lugar donde estaba la gran mayoría de las mujeres, sentadas en las graderías. Sólo el centro del estadio estaba iluminado, frente a nosotras muchos hombres permanecían de pié, busqué el rostro de Goyo y su pelo dorado, pero no lo encontré. Trataban con mucha crueldad a los hombres que teníamos al frente, no podía creer lo que veía, sentía que estábamos atrapados en una pesadilla horrible.
Los uniformados nos hablaban con palabras hirientes, groseras, déspotas y acusadoras. Había perdido la noción del tiempo, pero por la forma en que caía la luz del sol, supe que era el atardecer de ese miércoles 12, cuando decidieron dejarnos libres. ¡Las que viven hacia la zona sur, se bajan en Avenida Matta! -me grabé esta frase y no recuerdo en qué otros lugares dejaron al resto de las mujeres. Mientras nos sacaban del Estadio Chile, vi una fila interminable de hombres con las manos en la nuca. Mis lágrimas caían sin esfuerzo. Cansada, caminé junto al grupo de mujeres desde Av. Matta hasta mi casa, algunas patrullas militares nos detuvieron cuando íbamos por San Ignacio, fue una caminata eterna.
En mi casa se quedaron algunas muchachas que vivían lejos porque tenían miedo de continuar. Junto a mi madre y mis hermanos me sentí protegida. Mi papá no estaba, no sabían nada de él, tampoco de Goyo. El tormento duró toda la noche hasta que al amanecer logramos tener noticias de mi padre. ¿ Y dónde estaba Goyo?

"Vuelvo luego", esas fueron las últimas palabras que oí de él
El día que se levantó el toque de queda, el viernes 14 de septiembre, antes del mediodía al fin pude ver a Goyo. Su hermano lo había ido a sacar del Estadio Chile. Goyo quería saber de mí, así es que pasaron primero por mi casa. Goyo bajó del auto, entró a mi casa, nos abrazamos con fuerza, tomó mi cara, me miró hondo. "Vengo directo del Estadio -dijo- recién me fueron a buscar" y luego me preguntó qué me habían hecho, qué me había pasado. "Ahora estoy tranquilo -agregó- ahora sé que estás bien en tu casa". Lo vi muy demacrado y pensé que lo habían golpeado, me acuerdo que le pregunté, pero él me dijo que no.
Le pedí que se quedara conmigo un rato más, en mi casa, pero él aún estaba preocupado por sus padres, "No, porque mis padres tienen que verme para que estén tranquilos, necesito que mis padres me vean, si no mis padres se me van a enfermar, van a pensar que algo más grave me pasó. Voy a volver. En cuanto me vean mis padres y converse con ellos yo vuelvo para acá" -me dijo. Nos despedimos con un largo abrazo y un beso, tomó mi cabeza como lo hizo siempre y sonrió. "Vuelvo luego", esas fueron las últimas palabras que oí de él. Estaba ojeroso y pálido. Lo vi alejarse con su chomba amarillo pálido, sus jeans azules, su chaqueta verde oscuro a cuadros. Lo vi alejarse y subir al auto de su hermano que lo esperaba frente a mi casa. Él vendrá -pensé.

Se lo llevaron sin decir a dónde
Gregorio llegó a su casa muy agotado, sólo quería descansar, su madre le sirvió un vaso de leche. Estaba compartiendo con su familia cuando, fuertes golpes en la puerta interrumpieron la intimidad familiar. Abrieron y un grupo de militares irrumpió en la casa buscando a Goyo. Ante la desesperación de la familia, se lo llevaron sin decir a dónde. Sobre la mesa quedó el vaso de leche abandonado a la mitad. Goyo alcanzó a estar con los suyos sólo escasos minutos.
Junto a su hermano y algunos de sus amigos, fuimos a buscar a Gregorio. Sabíamos que del Estadio Chile, los detenidos habían sido enviados al Estadio Nacional. Permanecimos semanas y semanas en las afueras del Estadio Nacional, enviando cartas, preguntando, viendo salir gente. Todo era confuso porque algunos no decían lo que habían visto, otros decían que Goyo estaba en el Estadio Nacional porque lo habían nombrado por los altoparlantes y otros decían que lo habían trasladado a otro lugar de detención. Nuestra mayor esperanza era encontrarlo en el Estadio Nacional, pero no estaba allí.
Fuimos al Regimiento Tacna, en ese lugar era muy difícil obtener información, había que tratar con los militares casi suplicándoles para obtener algún dato que nos permitiera saber dónde estaba Goyo.

Yo no creí que Gregorio estuviera muerto
La mamá de Gregorio hizo gestiones para saber el paradero de su hijo, como resultado de esas gestiones le dijeron que ya no investigara más porque su hijo estaba muerto, le informaron que a Goyo lo habían fusilado. Recuerdo que uno de los hermanos de Goyo me lo comunicó, me abrazó y lloramos como dos niños, de puro dolor por su hermano. La familia de Goyo estaba sufriendo muchísimo.
Yo no creí que Gregorio estuviera muerto, creí que le habían dicho eso a su mamá para que no siguiera investigando. Decidí continuar la búsqueda y recorrí otros centros de detención y en todas partes me decían que él no estaba y mandé cartas y lo describí y lo busqué por años y años hasta que -en mi delirio- llegué a imaginar que lo podrían tener en Colonia Dignidad. Incluso me dijeron que a lo mejor había salido del país. Eso nunca lo acepté. Gregorio no tenía nada que esconder, nada que ocultar, ¡nada! Y si él hubiera decidido salir del país, no me cabe duda que primero habría encontrado la forma de comunicarse con sus padres y conmigo.
Repartí por toda mi casa, la única foto que tenía de Goyo. Quería que todas las personas de mi entorno mantuvieran viva su imagen para que, si alguna vez lo veían, lo reconocieran de inmediato. Recordaba que habían encontrado a un conocido nuestro de esa manera, ¿por qué no a Goyo? Sentía que en cualquier momento podría aparecer. Ese dieciocho de septiembre y esas Fiestas Patrias fueron las más amargas de mi vida.

Algo me fue diciendo que Goyo realmente no estaba vivo
Con el correr del tiempo, la madurez de los años y los acontecimientos desencadenados, algo me fue diciendo que Goyo realmente no estaba vivo y que sería muy difícil llegar a saber qué había pasado exactamente. Quedaba atrás nuestro anhelo de disfrutar juntos la vida, nuestra alegría de compartir y nuestros deseos de viajar.
La familia de Goyo no quiso ningún tipo de contacto, nunca. La experiencia había sido demasiado traumática, los padres temían que les fueran a llevar a todos sus hijos. A la madre trataban de evitarle cualquier noticia dolorosa para no aumentar su sufrimiento. El padre estaba enfermo del corazón y los hijos temían que se agravara. Seguramente todo eso influyó en el distanciamiento. Un familiar me pidió reiteradamente "No hagas nada, respeta el dolor de nuestra familia".
Personas de la Universidad, de diferentes colores políticos, organizaron una misa para Goyo, en una iglesia que está en la calle Bernal del Mercado. Invité a la familia a través de uno de sus hermanos, pero dijo que no asistirían. Me dio mucha pena su respuesta, quería compartir este gesto de amor con ellos, que eran lo más cercano a Goyo que aún me quedaba. A pesar de mi dolor, entendí su negativa.
Años después, cuando se hizo un homenaje a Goyo en el Estadio Chile, Osiel Nuñez me pidió antecedentes y yo le dije: esto es todo lo que sé, esto es lo que puedo dar, no me atrevo a ser vanguardia de algo que siento que la familia de Gregorio me está pidiendo que evite. Llegué a conocer mucho mejor a la familia de Gregorio, en los momentos de más sufrimiento, aprendía a quererlos a la distancia, con un profundo respeto por su dolor.

Yo estaba impregnada de Goyo de pies a cabeza
Se ha dicho que los militares necesitaban un mártir como Goyo porque era representativo de los estudiantes en forma universal y porque tenía todas las características de ser un gran líder.
Quizás la historia de su padre y de su tío, que sufrieron tanto en la guerra civil en Yugoslavia y en la Segunda Guerra, pudo haber influido en Gregorio para que abrazara ideales revolucionarios y sociales. Quizás fue su enorme amor a la vida, lo que lo impulsó a asumir el compromiso político con tanta entrega. Quizás porque tenía 22 años y tenía un futuro increíble por delante, Gregorio fue capaz de vivir tan apasionada e intensamente la vida hasta el último momento. No lo sé, ahora simplemente creo que él trascendió mucho más allá. Todo el mundo lo quería, todos los que tuvimos la suerte de conocerlo.
Yo estaba impregnada de Goyo, de pies a cabeza y por mucho tiempo le encendí velas a su fotografía. Yo quería saber qué fue lo que pasó y lo vine a saber ahora, veintisiete años después, cuando leí la información que se publicó. Para mí fue muy fuerte. Intenté ponerme en su lugar en ese minuto, cuando enfrentó la inminencia de su propia muerte: ¿Pensó algo? ¿Qué sintió? ¿Alcanzó a tener miedo?
Lo esperé ese 14 de septiembre de 1973 y todos los días que siguieron, durante meses y años. Nunca llegó... La vida ha pasado y el dolor siempre ha estado aquí. ¿Por qué? ¿Con qué derecho?
Lo buscamos incansablemente, lo lloré y lo seguiré llorando, le quitaron la vida cobardemente y aplastaron la mía.
Por ti escribo, Gregorio, por el Amor que traspasa el tiempo.
Tu espíritu está conmigo y lo estará siempre. Eres mi ángel.

Tu Marietta.
Marzo de 2001

      

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