Las historias que podemos contar


Santiago, 9 de agosto de 2004. Mario Garcés D.
Doctor en Historia.






EL ESCRITOR ESPAÑOL, JORGE SEMPRÚN, escribió sobre su experiencia en un campo de concentración nazi, 50 años tras la guerra. Tituló su libro La escritura o la vida, lo que a primera vista resulta en un dilema. Escribir sobre lo vivido en el "campo" era narrar sobre una paradoja, la de haber vivido la muerte. Debió dejar pasar el tiempo y en 1994 explicó: "No era posible escribir: habría sido imposible sobrevivir a la escritura (…) Tenía que elegir entre la escritura y la vida y opté por ésta". Por cierto, la postura de Semprún es la de la radical posición de un sobreviviente. Segundo problema: nos confidencia el mismo Semprún que el mayor anhelo de los sobrevivientes era contar lo vivido, a todos los amenazaba la duda: ¿les creerían lo que tenían que contar? Tanto el primer como el segundo problema tienen un elemento en común: Cómo contar del horror y sobrevivir a él, y cómo contar del horror y ser creído. La salida de Semprún a estos dilemas sólo sería posible a través de la literatura, más que del testimonio, y en cierto modo, más que de la historia. Contar lo vivido para este escritor, sobreviviente de Buchenwald, fue por mucho tiempo callejón sin salida. Agreguemos todavía, que a Semprún le tocó asistir en la muerte, en el campo, al principal pensador francés, Maurice Halbwachs, que en el siglo XX nos ofreció una primera y original reflexión en torno a la memoria social. Curioso encuentro, curiosa coincidencia.

Las historias que podemos contar, en un sentido al menos, sigue el camino de Semprún, recurriendo a la literatura para contarnos de lo vivido por muchos chilenos que sobrevivieron a nuestro holocausto. Pero, además, creo que no casualmente, quienes escriben este libro han decidido llamarlo lo que podemos contar por ser ellos en general testigos directos (se subentiende que hay mucho aún que se puede contar pero falta hacerlo). En este libro, no obstante las dificultades para narrar lo vivido, nos encontramos con el testimonio directo de testigos que nos cuentan lo que vieron o lo que vivieron con aquellos que no sobrevivieron, conduciéndonos así por la vida y la muerte de muchos chilenos del último cuarto del siglo XX. Literatura, testimonio, pero y la historia ¿tiene algo que decir sobre lo acontecido en Chile, en los años recientes? ¿Cómo y cuándo debe hacerlo? ¿Qué problemas debe enfrentar? ¿Es lo mismo la historia que la memoria? Me planteo todas estas preguntas, entre otros motivos, porque cuando Martín Faunes me invitó a escribir este prólogo, sentí que lo hacía al historiador, que por oficio debiera ocuparse, eso me parece que espera mucha gente de la memoria histórica de la sociedad. Entonces, disculpándome con el lector por mi escaso oficio literario, paso a comentar algunos de los problemas relativos a nuestra historia reciente y a la memoria en el Chile actual.

La historia por definición se ocupa de la res gestae, es decir, de "la cosa acontecida", pero lo ocurrido en Chile a partir del once presenta las más diversas dificultades y, algunas de ellas, me parece que son francamente insalvables. En Chile, a partir del 11 de septiembre de 1973, se desencadenó la más brutal y la más extendida operación represiva de que tengamos memoria, y no porque no hubiesen ocurrido acciones como éstas -Santa María de Iquique es la más conocida, aunque más cerca en el tiempo, fue la represión a los obreros del carbón, que precedió a la ley de defensa permanente de la democracia, en 1947- pero, lo que ocurre es que para el golpe de 1973, las Fuerzas Armadas actuaron cual "fuerza de ocupación" a lo largo y ancho de nuestra geografía social. Y, en tanto que fuerza de ocupación, apoyados en una parte de la nación, actuaron en contra de la otra parte -la izquierda y el pueblo organizado- de la nación, desencadenando, estimulando y dando rienda suelta a lo peor de la nación, como le interesaba saber a André Malraux, a esa "región crucial del alma donde el Mal absoluto se opone a la fraternidad".

En efecto, uniformados y civiles chilenos practicaron a partir de entonces las más crueles formas de "relaciones sociales" desde la humillación pública de pobladores desarmados en allanamientos a los barrios hasta la tortura, la muerte y la "desaparición" de detenidos. Por cierto, de esto ya sabemos todos los chilenos, aunque todavía en muchos casos de manera difusa -hay situaciones que el historiador debe todavía atender, ponderar y contarlo a sus con nacionales: cuántos allanamientos y en qué lugares se practicaron, cuántos fueron realmente los torturados, quiénes torturaron, quienes desenterraron cadáveres para luego lanzarlos al mar, etc.- pero, aún siendo urgente responder a estas preguntas, hay otra más de fondo: ¿es posible formular "una explicación" de lo ocurrido o debemos conformarnos simplemente con la descripción de estos sucesos? ¿Acaso, a propósito de toda la inhumanidad desplegada, no estamos frente al "mal absoluto" como lo definió Hanna Arendt, en el sentido de aquello que no puede ser deducido de motivos humanamente comprensibles?

Los historiadores estamos obligados a contar e interpretar lo acontecido, pero muy probablemente, nadie podrá "explicar" los por qué del horror, so pena de hacernos cómplices de la barbarie. De alguna manera, la práctica del terrorismo de estado nos enfrente a un absoluto: la práctica de lo aberrante, escoria y basura humana, que toma forma en la acción de personas -chilenos que torturan a chilenos y no a marcianos- avalados y estimulados por sus propios dirigentes, con y sin uniforme. Nada "explica" la tortura, ni el asesinato organizado, ni desenterrar cadáveres para luego lanzarlo al mar. Por éstas y otras razones, la violación sistemática de los derechos humanos, rompe con algo que alguna vez quiso llamarse "el curso normal" de la historia o peor aún como lo ha hecho cierta sociología, entender lo ocurrido como "costos" de la modernización. Más bien lo que ocurre es que "lo acontecido" se vuelve un pasado vergonzoso del que es mejor "no hablar", como planteó Pinochet en una de sus últimas entrevistas públicas. Si la nación quiso ser un proyecto integrador, en algunas etapas de nuestra historia, el horror golpista destruye esa posibilidad y la derecha sólo puede hablar de "la obra" del gobierno militar sólo en economía -su propio progreso- pero guardando silencio sobre todo el pasado. Hacerlo significaría admitir que sus mayores ingresos, propiedades y cuentas bancarias están teñidas de la muerte, de los que ya no están entre nosotros.

Por estas razones es que la historia para Estado y círculos oficiales del poder económico y político se vuelve prácticamente una imposibilidad, sólo caben historias a medias, interesadas, unilaterales, parciales, de la que ellos mismos creen a medias porque saben que su verdad no es verdad completa. Como le temen a esa verdad, prefieren recomendar el silencio y el olvido. ¿Y la memoria?, ¿qué ocurre con la memoria histórica de los chilenos? Como puede comprobar cualquier ciudadano medio en nuestro país, la memoria divide a los chilenos. La memoria, en un sentido no nos engaña: la división de los chilenos fue parte constitutiva de su historia reciente. La memoria no resuelve este problema, simplemente lo manifiesta, lo hace visible, pero ello también resulta insoportable para las actuales lógicas del poder basadas en "la gobernabilidad" con lo cual la memoria resulta ser un problema político. En consecuencia, la memoria debe ser intervenida, manipulada, orientada desde el poder, ya que todo proyecto político es al mismo tiempo un proyecto de memoria.

En este contexto, se han inventado salidas a los problemas de la memoria, siendo 2 las comunes en nuestro Cono Sur: la de los 2 demonios de Argentina y la del "empate histórico y moral" chilena. Para la primera, se trata de hacer responsable de los males a dos sujetos colectivos conocidos, la izquierda armada (demonio 1) y a las F.F.A.A. (demonio 2), y una vez identificados los responsables, la sociedad libre de culpas, puede seguir el "curso normal" de su historia. Para la segunda, la explicación estaría en que "ambos bandos" extremaron sus posiciones ideológicas y políticas llevando al país al caos y la ingobernabilidad, ello hizo necesario intervenir a las F.F.A.A. que, ejerciendo el poder, algunos de sus miembros se excedieron. El mal está al origen, en el haber extremado posiciones, así que "todos somos responsables". En su extremo, como escuché una noche en la televisión a un político de derecha -aparentemente democrático- después de lo ocurrido, los chilenos debiéramos decir, "nunca más la violación de los derechos humanos", pero al mismo tiempo, "nunca más a la Unidad Popular". El empate es entonces perfecto y ahora es el tiempo del crecimiento económico, los tratados de libre comercio y hacer grande a Chile con vistas al bicentenario de la República.

La historia y la memoria son en definitiva campos de conflicto, de disputa, que competen al historiador, pero más ampliamente al conjunto de la sociedad, admitiendo que en cada caso, no sólo habrá que romper el falso empate sino que confrontar "el Mal absoluto" como un componente de nuestra historia social.

Este libro, se hace cargo de muchos de estos desafíos y se adelanta a la tarea profesional del historiador. Rompe el empate porque nos cuenta de la vida de muchos militantes que no allanaron poblaciones, ni practicaron la tortura, ni hicieron desaparecer a sus enemigos. Al contrario más allá de sus límites humanos, protagonizaron iniciativas de cambio social que buscaban efectivamente hacer de la patria un espacio compartido, en el sentido de la igualdad y la justicia. Por otra parte, nos cuenta parcialmente -lo que pueden contar porque lo vieron y experimentaron- del horror y la barbarie que unos chilenos practicaron en contra de otros chilenos.

      

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