Profesionales a fines y contrapuestos
Para María Cristina López Stewart,
Ana María Puga Rojas
y Alejandro De La Barra Villarroel

Para mí era una novedad ya anunciada, me sacarían de los frentes. Era además algo en lo que aunque no había sido fácil ya estaba de acuerdo, era además la manera lógica de sacar el mejor provecho a los cuadros;

las aspiraciones personales era necesario postergarlas, de lo contrario no sólo no tedríamos cómo enfrentar al golpe que vendría en un año o en dos, sino tras él no podríamos sobreponernos o al menos evitar que nos aniquilaran. No había sido fácil aceptarlo, pero había primado la razón, así que ahí iba yo, ex jefe de unidad del frente estudiantil, ex segundo jefe de unidad del GPM de Cerrillos, ex eterno portador de bluyines y bototos, ex muralista apasionado, ex escritor de arengas y discursos. Iba a incorporarme a una unidad de profesionales que tedría una misión especial en una estructura centralizada; y no parecía que me trataran como al joven profesional que se suponía que era: de ojos vendados en el piso de un citroen tipo "sapo", hasta un edificio años cuarenta "en algún lugar de Santiago".

Algo después, ya con los ojos destapados, me encuentro en un departamento de aquel edificio; y hay otros dos conmigo, uno de unos veintisiete que parece que conozco, quizá me tocó alguna vez de ayudante o fue mi profesor de laboratorio, sin embargo no estoy seguro ni lo preguntaré. Al otro, de unos veinticinco, no lo he visto jamás, tengo certeza; ambos sin embargo son de los nuestros: gente que aprobó física y cálculo, se les nota por la manera de
cómo se observan entre ellos y de cómo me observan a mí mismo y probablemente se preguntan si acaso este mocoso que lleva traje y se nota que es primera vez que lo usa porque le incomoda, podrá ser uno de los de ellos.

Ingresa entonces un tercero con aspecto de sabio ingenuo a quien tampoco conozco. Es también mayor que yo por un par de años y no me parece que sea de los nuestros. Es posible que sea un profesional pero de otra disciplina tal vez a fin con la nuestra, tal vez ni siquiera es matemático. Nos saluda con algún tartamudeo. Nos dice que no pertenecerá a esta unidad de manera propiamente tal, pero que cooperará con su jefatura; acto seguido toma asiento en actitud de esperar, pero en realidad se dedica a observarnos a nosotros, los otros tres, haciendo quizá las mismas conjeturas que yo también me hago pero nada digo, y que se hacen también los otros, empaquetados como yo en sus trajes y corbatas, y nada dicen tampoco.

Me abstraigo de ellos y de mí mismo, y se me ocurre que en cualquier momento va a entrar un tipo grande de lentes, como alguno de los profesores de máquinas eléctricas o micro ondas, tal vez, o como uno de los tipos astutos que enseñan circuitos o análisis de sistemas. Es que claramente espero a alguien así: profesional experto, profesional sabio.

Empieza a sonar una llave en la cerradura y luego el sonido se cambia hacia la cerradura que hay más abajo. Se abre entonces la puerta por fin, e ingresa una chiquilla de metro sesenta, cabello largo, cuerpo frágil y ojos muy dulces que, acaso tenga diecisiete. Es casi una colegiala y, claramente, no es de nuestro gheto, los que aprobamos física y cálculo, constituimos una secta en que de todas maneras nos reconocemos. Es quizá la hija de los dueños de casa y ha hecho ingreso en el momento equivocado. Eso me parece, la chiquilla sin embargo, oh sorpresa: ella, la del cabello rubio, ella, la del metro sesenta, ella, la que en definitiva y de manera evidente no es de las nuestras como por su edad, no puede ser tampoco profesional de ninguna disciplina, nos dice de manera convincente que será jefa de nuestra unidad de profesionales y que no sólo espera hacerlo como corresponde sino aún mejor, mucho mejor. Unos días después, partíamos los cinco a un lugar cerca de una playa donde tendríamos nuestra primera instrucción especial; y la muchacha dulce nos da con creces muestras de saber de qué está hablando y de cómo todo eso ensambla con lo que nosotros sabemos y con las metodologías que nosotros dominamos porque "somos de los nuestros". Así nos gana la chica, así comenzamos a admirarla. Pero la chica sabe también muchas otras cosas, y con el sub jefe de la unidad -él es un humanista, ahora claramente se le nota-, al final de ese día nos deslumbra hablándonos de Auerbach, de Heguel, de los filósofos alemanes y de cómo se llega a través de ellos hasta Marx.

Esas fueron las primeras impresiones que tuve de María Cristina López Stewart, y se mezclan con su imagen de muchacha dulce que se me quedó grabada en algún lugar del corazón o del cerebro; son las mismas impresiones que se me ocurre, me asaltarán fugaces como la historia de aquellos años, que se desencadenó violenta a pesar de todo lo bien que lo hicimos, a pesar de toda la razón que teníamos, a pesar de que todo el amor lo llevábamos en la frente.

Y tuvimos logros, logros verdaderos e importantes que no son del caso señalar, pero que digo, justificaron con creces nuestros esfuerzos. Y no necesito decir que vino el golpe ni tampoco que sobrevivimos, sí vale la pena que cuente, porque lo recuerdo como ayer: A María Cristina la ví por última vez en un punto en que ella vendría desde Costanera y yo desde Providencia, y ni siquiera nos saludaríamos, intercambiaríamos apenas barretines con tabletas fotográficas en una de las cuales decía que había una militante colaborando. La muchacha dulce apareció en un recodo de ese par de cuadras que serpentean, venía con un disfraz de ejecutiva que bien podía confundir y hacer creer que efectivamente se trataba de una profesional de las nuestras. Además, para mi tranquilidad, en nada se parecía a la de la foto con el letrero "se busca" que publicaban en el diario "La Segunda".

Es al mes o a los dos meses de aquel último encuentro, cuando nos avisan que María Cristina ha caído y debemos "guardarnos", porque ella es para los perros un hueso de oro y se la jugarán por hacerla que hable. Sin embargo pasan tres días y pasan cinco, y diez, y al parecer la chica no está hablando; nosotros nos preguntamos si vale la pena su sacrificio y si no es mejor que nos entregue y así tal vez pueda salvarse.

En esas condiciones llegamos a octubre, con la moral en el suelo y sabiendo de toda la gente que ya ha caído. Corresponde entonces la caída de Miguel, tremendo y doloroso golpe. El mayor de esos profesionales que éramos se quiebra y nos avisa que escapará al Canadá porque con nuestra unidad descabezada y con todos los planes posiblemente descubiertos, nuestro trabajo carece de sentido; además, en caso de que nos atrapen, él está convencido de que no seremos perdonados, otros militantes sí, pero no nosotros. A pesar del vaticinio adverso, los que quedamos decidimos continuar, todos sabemos que tiene razón, seguramente nuestro trabajo ya está descubierto, es verdad, y es verdad también que a los que hacen el trabajo que hacemos se les asesina; sin embargo nadie dice eso en voz alta, por el contrario, lo que decimos es que el MIR no se asila. Somos dos militantes, más la red que todavía controlamos con aspirantes y ayudistas, y con un nuevo jefe, el sabio-ingenuo que asume como tal, y ninguno de nosotros lo dice en voz alta tampoco, pero es un hecho que pesa mucho en nuestra decisión el recuerdo de la chica y nuestra necesidad de continuar por ella, de continuar para que su sacrificio no resulte en vano. Por qué no decirlo, es su ejemplo el que nos impulsa y nos permite afrontar las cien peripecias diarias con valentía y orgullo. Es su ejemplo y el ejemplo de Miguel el que nos ayuda a no quebrarnos y así conseguimos todavía algunos logros, e inclusive llevar algún tipo de vida normal en medio del caos; una normalidad que me deja ver de vez en cuando a mi hijo y a mi compañera que pasa a ser mi enlace y contacto.

Pero a este grupo de profesionales le faltaban todavía muchos porrazos: a unos dos meses de la caída de Miguel, nuestro nuevo jefe no llega al punto donde se debe encontrar con mi compañera. Es posible que ese punto al que faltó, haya sido alguno de los que venían a continuación de su recorrido después del lugar donde lo emboscaron, que, si es quien creo que es, fue a la salida de su hijo desde el jardín infantil a donde lo llevaban. El sabio-ingenuo-valeroso habría caído junto a su compañera cerca de Plaza Pedro de Valdivia. Mi mujer se quedó esperándolo en Bilbao, unas cuadras más arriba y se salvó por milagro. Hoy, a más de veinticinco años no estoy seguro todavía de si su nombre verdadero era Alejandro De La Barra y si su compañera era entonces Ana María. De ser así, esta historia está bien dedicada a él, a ese sabio ingenuo que no lo era tanto, y que en un punto anterior a aquel fatídico, al saber que entre esa vida normal en medio del caos mi compañera se había quedado esperando mi segundo hijo, se dio el tiempo para, con palabras más sabias que las mías, acurrucarla y advertirle de que se cuidara cien veces más que antes porque si la atrapaban en esas circunstancias nadie podría saber la clase de destino que se le reservaba a nuestro hijo. Ese era Alejandro De La Barra, y si no lo era, le debo igual un homenaje que sabré algún día concretar.

Vinieron entonces días aún más difíciles, moralmente más difíciles y penosos. Nada más penoso que darle mil vueltas a aquello de que tal vez, si María Cristina se hubiera atrevido a entregarnos estaría con vida todavía. Ella no había aprobado física ni cálculo pero su vida era más importante que la nuestra, no siento vergüenza por reconocerlo. Así lo sentía yo y también el compadre que se quedó conmigo y con la red, el otro militante, quien, entre ese ejercicio desgraciado que es el culparse y disculparse, quizá como una forma terrible de autocastigo, se dejó atrapar por el alcohol para en menos de seis meses quedar convertido en un guiñapo.

De nuestra unidad de profesionales no quedaron sino fragmentos, y yo desde entre ellos intento todavía recuperarme, aunque pasarán treinta años o más, y no lo voy a lograr del todo; me lo indica en la garganta un nudo del cual no puedo safarme y que me obliga a ir recobrando las historias perdidas de nuestra gente. A veces creo que es para esta tarea que sobreviví, para esta misión superior, mi verdadera misión, o eso es lo que siento; y cómo no sentirme feliz cumpliéndola si para revisar sus logros basta leer, adjujnto, la hoja de un diario de vida de María Cristina adolescente, el cual mucho tiempo después me permitiera leer su madre. En él ya se notan los valores con que más tarde la conoceríamos con los cuales se ganaría en miles nuestro respeto y en millones nuestro afecto. Son esos mismos valores los que me permiten entender que escogiera la muerte a entregarnos.

María Cristina López Stewart, muchacha dulce, casi escolar diría, digo también que si bien puedo entender que no nos entregara, no voy a entender jamás cómo esos salvajes se pudieron ensañar con ella hasta matarla. No lo entenderé ni siquiera asumiendo que esa jauría de perros pertenecía también a un grupo de profesionales, aunque de un tipo diferente, de un tipo desgraciado y tenebrosamente diferente: profesionales educados en universidades del horror, de la felonía. Universidades donde no les enseñan humanidad ni cuántica, tampoco corazón ni moral, mucho menos conciencia o alma. Pago treinta posgrados a quien encuentre un atizvo de moral en ese grupo de profesionales de vocaciones desalmadas, doctores del horror, maestros del espanto.

MARTÍN FAUNES AMIGO


María Cristina Lopez Stewart está desaparecida desde el 22 de septiembre de 1974, tenía entonces 21 años, estudiaba historia en la Universidad de Chile, militaba en el MIR. Si usted sabe algo más sobre ella, compártalo con nosotros con un e-mail a martin@lashistoriasquepodemoscontar.cl Si sabe algo sobre cualquier desaparecido o asesinado por la dictadura, escríbanos también, eso nos ayudará para siempre recordarlos.


LAS PALABRAS DE SU MADRE
María Cristina, sólo un nombre para muchos, pero, lleno de hermoso contenido, para quienes la conocieron, mi hija menor, con mucho de niña aún, de largos cabellos rubios lacios, eterna sonrisa en los labios y unos dulcísimos ojos castaños.

Fue posiblemente al despertar a la adolescencia donde se marcó en forma definitiva las metas ideales de su vida; como otras adolescentes sueñan con vestidos, fiestas y cosas por el estilo, en ella, de frágil apariencia, este sueño adquiere formas más intensas, más profundas, más universales; así su amor se dirige a todo ser humano desvalido y su ardorosa lucha va encaminada en contra de la pobreza y hacia la búsqueda de una igualdad entre los hombres.

Ya en el liceo comienza a revelarse contra la desigualdad que ve entre sus compañeras y busca la sencillez en su vestimenta como una manera de acercarse a aquellas que materialmente tuvieran menos, (por ejemplo, al llegar a la graduación en el liceo, pidió poder hacerlo con uniforme y no con vestido blanco, que ella consideró como un gasto inútil); no obtuvo permiso y no asistió a la graduación, retirando su diploma posteriormente.

Su vida se vuelve más intensa al ingresar a la universidad para estudiar Historia y Geografía, pues no sólo el estudio le preocupa, sino en mayor importancia sus inquietudes están en el trabajo, en las poblaciones, que se traduce en un constante aprender de las situaciones más difíciles de la vida.

Para Mari, como le decíamos nosotros, no existe entonces un horario, ni domingos ni festivos; parece ser que siente que cada minuto de su existencia es más importante entregado a los demás que dedicado a sí misma, y así va dejando su desbordante alegría y esperanza en hogares más humildes, mientras va aprendiendo la sabiduría de la vida que muchos no llegan jamás a comprender.

De María Cristina puedo decir muchas cosas más; pero quizás todo se puede resumir en lo que alguien dijo: "hay dos maneras de concebir el mundo, una, de salvarse sola y la otra esperar hasta el último náufrago. No dormir esta noche si hay un niño en la calle". María Cristina eligió este último camino. ¿Dónde estará?

Mi hija-militante del MIR- fue detenida por efectivos de la DINA comandados por Osvaldo Romo Mena, el 22 de septiembre de 1974, en el domicilio de doña Rosalía Martínez Cereceda, ubicado en calle Alonso de Camargo 1107. Desde ese lugar fueron conducidos: María Cristina, Rosalía y su esposo al recinto de detención de José Domingo Cañas.

El día 5 de octubre de 1974, Rosalía M. fue trasladada al pabellón de incomúnicados de Tres Alamos y su esposo el 30 de octubre del mismo año, fechas en que vieron a mi hija por última vez. De lo ocurrido a María Cristina no nos enteramos hasta un mes después de su detención, por una llamada anónima primero y luego por un llamado de mi hija el día de su cumpleaños -2 de noviembre de 1974-, en esa oportunidad conversó con su padre y conmigo, diciéndonos que se encontraba bien, pero que no podía indicar el lugar donde se encontraba detenida. Estos hechos y los testimonios entregados por personas que estuvieron con mi hija, prueban la responsabilidad de los organismos de seguridad del régimen en la detención y desaparecimiento de ella y su estadía en el centro de reclusión secreta de José Dgo. Cañas. Así lo han testificado:

Edmundo Lebrecht -actor- detenido la noche del 30 de septiembre de 1974 por la DINA, fue conducido al recinto de José Dgo. Cañas, permaneciendo allí hasta el 3 de noviembre del 74, donde vio y habló con mi hija.

Marta Caballero Santa Cruz declaró: "Durante mi período de reclusión en José Dgo. Cañas, entre los días 4 y 10 de octubre de 1974 -vi a la Srta. M. Cristina López".

Cecilia Jarpa Zúñiga, declaró bajo juramento que: "Efectivamente estuve arrestada en dos oportunidades durante el año 74 junto a María Cristina en el centro de tortura de José Dgo. Cañas, la primera correspondió al período entre el 5 y el 21 de octubre, período durante el cual conviví con ella, dormíamos juntas y conversábamos las veces que los guardias no nos vigilaban. Dejé de verla el 21 cuando fui trasladada al Campamento "Cuatro Alamos". Con fecha 4 de noviembre volví a José Dgo. Cañas y nuevamente me encontré con M. Cristina. Junto a ella permanecí hasta el 7 de noviembre, fecha en que fui trasladada a "Cuatro Alamos". A pesar de las pruebas que otorgan todos estos testimonios, las autoridades de gobierno se han negado a reconocer su detención, llegando aún más lejos al intentar acallar el clamor que surgía en torno a los detenidos desaparecidos, blanqueando su imagen, eludiendo su responsabilidad al montar la internaciónalmente conocida maniobra de la lista de los 119; dos publicaciones aparecidas los días 22 y 24 de julio de 1975: Semanario LEA en Buenos Aires y O'DIA de Brasil en cuyas nóminas aparece mencionada María Cristina. Denunciamos esto y todos los intentos por detener nuestra lucha.

Recorrimos y golpeamos todas las puertas donde podían y debían darnos una respuesta sin resultados hasta hoy. ¿Dónde estará?

Recuerdo las visitas a Cuatro Alamos, dos veces por semana, siempre estábamos allí, mi hija Patricia y yo, con sol o con lluvia, siempre con la esperanza de que alguna vez apareciera y pudiéramos hablar con ella, entregarle cosas que le hicieran falta. Una vez pudimos entrar al lugar de visita de los detenidos en Tres Alamos, nos apuramos para guardar un lugar en la larga banca, esperábamos que ella acudiera a la visita, ya que habíamos entregado su nombre a la entrada, pero pasó el tiempo si que ella apareciera, al fin preguntamos a un guardia quien de malas maneras nos dijo que se había equivocado, y que no había allí nadie de ese nombre. Salimos más tristes que nunca y también con rabia, viendo cómo se reían de nuestra pena, sin otro aliciente que esperar hasta la próxima visita.

Cuántas veces hicimos colas en SENDET, esperando una respuesta porque en todos lados donde uno preguntaba le decían "vaya a SENDET, allí le van a decir donde está". Eso era una burla. Muchas veces esta situación me ha deprimido hasta el punto de ver casi esfumarse la esperanza de encontrarla, sobre todo cuando salieron las listas de los 119, pero nosotros sabíamos que estaban detenidos aquí; fue un sentimiento muy difícil de explicar y de aceptar. ¿Dónde está?

Entre las compañeras de la Agrupación he encontrado amigas para toda la vida, nos ha unido nuestro dolor y nos hemos fortalecido en la lucha por nuestros seres queridos, aportando cada uno según sus posibilidades. A ellas y a la Vicaría de la Solidaridad les estaré eternamente agradecida.


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PÁGINA DE DIARIO DE MIL NOVECIENTOS SESENTA Y CUATRO

Ayer, tal como te había anunciado, llegó por fin la Mané, prima mía de Punta Arenas; y no tienes idea de lo contenta que estoy, no sólo porque está aquí y podremos salir juntas, sino también porque no hubo problemas: de ningún tipo. Imagínate, justo mi hermana había partido al sur con un grupo para no sé qué negocio de universitarios, así que yo estaba sola en el cuarto e instalamos a la Mané en su cama junto a la mía, para pasarnos la noche mostrándonos recortes de Ringo y de Paul, y contándonos también la vida completa con chiquillos y demases. No he podido, por eso, escribirte ni siquiera una palabra, ¿me perdonas?

Y esta mañana amanecimos eufóricas porque yo ya tenía planes para salir con la Clarita, a ver a James Bond «007». Iríamos solas las dos, y ahora las tres con la Mané, todavía más entretenido.

Pero no todas las cosas pueden salir bien, te lo digo porque es algo que sólo ahora entiendo: ya ante la boletería del cine El Golf, donde pasaban la película, contamos el dinero y nos dimos cuenta de que nos alcanzaba nada más que para dos entradas... casi nos da un ataque. Así que tuvimos que echar a la suerte cuál de las tres esperaba afuera o se devolvía para el centro. Pero adivina quiénes ganaron: la Clarita y yo.

Claro que entonces me di cuenta de que la Mané aquí en Santiago es mi visita, así que les dije que no valía la suerte y que a mí el famoso 007 me tenía sin cuidado. Acto seguido tomé de vuelta el micro para que ellas no se perdieran el comienzo. Me senté en la última butaca desocupada que encontré, y ahí tranquila y casi sin gente cerca, pude por fin echar unos lagrimones. Después, encerrada en mi pieza, quise escribir y contártelo todo, para que así sepas lo que estoy pasando y me puedas ayudar a consolarme. Como testigo del suceso, he pegado al pie de tu página el boleto del micro Catedral-El Golf en que me vine de vuelta, el cual, si te fijas, aún está húmedo por todo lo que he llorado.

María Cristina López Stewart

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Esta historia fue recopilada de un diario adolescente de la propia María Cristina López Stewart, hecha desaparecer por agentes de la dictadura.

La niña jugando al luche es una obra de Yarixza López, alumna del Segundo C de la Escuela E 180 de Peñalolén, con motivo del concurso "Los derechos del niño", realizado para celebrar la inauguración del "Muro de los nombres" del Parque por la Paz Villa Grimaldi en 1998.



Una testigo relató que en la celda de Lumi Videla de la casa de José Domingo Cañas, se encontraba también otra detenida, una joven de cabellos rubios, de baja estatura y ojos claros. Se veía frágil y dulce. Era María Cristina López Stewart, estudiante de pedagogía en historia y militante del MIR. Tenia 21 años cuando fue detenida el 22 de septiembre de 1974 junto a Rosalía Martínez y Julio Laks en el domicilio de éstos de calle Alonso de Camargo en la comuna de Las Condes. Rosalía, que sobrevivió diría después que pudo identificar entre los aprehensores al agente Osvaldo Romo. Después fueron trasladadas a la casa de José Domingo Cañas donde permanecieron juntas hasta el 5 de octubre de 1974. Rosalía testimonió: "María Cristina no se encontraba bien, estaba enferma con anemia aguda y no se le daba ningún tratamiento. Estaba muy preocupada por su madre. El día de su cumpleaños hicieron que la llamara por teléfono pero no pudo decirle donde se encontraba. María Cristina quedó muy emocionada y triste". Su madre tampoco olvidaría esa llamada: "Nos dijo que se encontraba bien, pero que no podía indicar el lugar donde se encontraba... Se puso a llorar...". El rastro de María Cristina se perdió para convertirse en una detenida-desaparecida.


El 3 de diciembre de 1974 falleció el matrimonio formado por Alejandro De La Barra Villarroel y Ana María Puga Rojas, cientista político y ella profesora y actriz, ambos militantes del MIR, él dirigente de dicha colectividad. Ese día fueron emboscados cuando se dirigían a buscar a su hijo a la salida del jardín infantil donde asistía en calle Pedro de Valdivia con Andacollo. El jardín en cuestión había sido visitado con anterioridad por agentes de la DINA que por esa vía habían podido dar con sus víctimas. Alejandro de la Barra y Ana María Puga se movilizaban en un automóvil y al llegar a la intersección ya mencionada se les disparó sin que hubiese habido orden de detención, siendo de esta manera ejecutados por agentes del estado.

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