El niño invisible
Para Ambrosio Badilla, Ricardo Ruz, Bautista van Schouwen y Miguel Enríquez


Manuel Holzapfel Gottschalk






Devoré el pan con mantequilla y engullí la leche como todas las tardes. La pesadilla de las tareas había llegado a su fin, al menos por ese día. Era el momento de montar mi vieja bicicleta azul para vagar por las calles de Temuco. Avancé por la vereda hasta la esquina de Vicuña Mackenna con Manuel Montt y me detuve en la luz roja, imitando el movimiento de los autos en la calzada. Aproveché la obligada detención para asegurar mi improvisado "motor", compuesto por dos pares de naipes a cada lado de la rueda trasera, aprisionados con sendos perros de colgar ropa. El sonido que generaba el roce de los naipes con los rayos de la rueda, me parecía por entonces igual al mejor de los motores. El semáforo cambió a verde y era hora de continuar la marcha. Miré hacia atrás, antes de seguir hacia mi ansiada libertad callejera, pero vi algo que me detuvo: tres autos entraban raudos a mi casa.

Esa visión cambió mis prioridades de manera radical. Di media vuelta y pedaleé lo más rápido que pudieron mis piernas. Entré al patio y dejé tirada la bicicleta detrás del último de los vehículos estacionados en fila. Caminé hacia atrás, para entrar por la cocina y escuché voces al pasar junto al comedor. Me acerqué a la ventana para ver hacia adentro, pero la luz del sol reflejó mi propio rostro en el vidrio. Entonces, mi curiosidad comenzó a crecer como los ríos en el sur de mi infancia. Ingresé a la casa por la cocina y enfilé mis pasos hacia el comedor. Allí me detuve, frente a la peor afrenta que puede sufrir un niño: una puerta cerrada frente a sus narices. Sin embargo, no estaba dispuesto a darme por vencido. Permanecí allí un rato, escuchando la voz de una persona que parecía leer algo en voz alta. Hablaba de manera extraña y caminaba al mismo tiempo, haciendo pausas. Lo más raro es que nadie le contestaba. Sólo hablaba él y en las pausas, se escuchaba un sonido muy extraño y desconocido para mí. De pronto vi como mi mano giró la manilla y la puerta se entreabrió lentamente. Era demasiado tarde para retroceder y asomé mi cabeza hacia el comedor.

Entonces mis ojos vieron algo increíble: sentado en la cabecera de la mesa un hombre de bigotes movía los dedos sobre algo que parecía una máquina de escribir, pero que sin embargo no era una máquina de escribir. Al menos no como las que yo conocía. Movía los dedos sobre el artefacto con gran agilidad y luego ocurría lo más asombroso: la máquina escribía sola. Estaba tan maravillado con lo que acababa de ver, que casi sin darme cuenta, entré a la habitación. En el otro extremo de la pieza, estaba la voz que yo había escuchado. Pertenecía a un hombre alto, delgado y también de bigotes, que caminaba de un lado a otro y gesticulaba, mientras el otro escribía. Estaba completamente absorto y parecía que se le iba la vida en cada palabra que pronunciaba. De pronto se acercó a la mesa y le dijo al bigotudo de la máquina que borrara la última frase. Se quedó un momento en silencio y peinó con su mano derecha, un mechón rebelde que luego volvió a caer sobre su frente. Luego, continuó su descarga de palabras aún con mayor ímpetu.

Como ninguno había percibido mi presencia, caminé invisible hacia el living, atraído por otras voces que parecían un murmullo. Lo primero que vi fueron las inconfundibles piernas largas y flacas de Ambrosio Badilla, ("El Flaco Ariel") y a Ricardo Ruz ("Julio"), a quienes conocía bien, porque eran amigos de mis padres. Ambos conversaban animadamente con un tercero al que le decían "Bauchi", mientras un cuarto a quien llamaban "Pituto", intentaba dormitar en un sillón. Luego, giré la vista nuevamente hacia el comedor, atraído por el sonido de la máquina mágica, que seguía escribiendo sola. El flaco se acercó a mí y me dijo: "es una máquina de escribir eléctrica. Están preparando el discurso de esta noche".

Me quedé allí, ensimismado mirando la máquina eléctrica escribir las palabras que ese hombre alto y delgado pronunciaba con una fuerza arrolladora. Su silueta deambulaba de un lado a otro de la habitación, como un felino encerrado en su propia e infinita libertad. Por la ventana entraba el sol del crepúsculo, cuando me fui a vagar en mi vieja bicicleta azul. Esa tarde, de 1972, de un mes que no recuerdo, había visto por primera y última vez a Miguel Enríquez.

En estos años, muchas veces he mirado por la misma ventana, de esa casa hoy desabitada, e invariablemente, aún en el peor de los inviernos, el sol del crepúsculo ha estado allí. Debe ser porque todo depende de nosotros mismos, de nuestras propias fuerzas. Las cosas mueren o se acaban, cuando las dejamos morir y acabarse. Las cosas viven cuando la vida nos vive incluso más allá de la muerte.

      

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