La vie en rose en Grimaldi
Monique Hermosilla Jordens
Lucrecia Brito Vásquez
Para María Teresa Bustillos y María Teresa Eltit




«Quand il me prend dans ses bras
il me parle tout bas, je vois la vie en rose”
Edith Piaf

A Monique, la conozco desde que volví del exilio, para mí sin embargo es como si fuera desde siempre. Con ella y Lorena, miembros las tres del Colectivo de Arte “Las historias que podemos contar”, existe la confianza y el convencimiento de hacer memoria tomadas de la mano. En mi casa, por eso, luego de una rica once, grabamos nuestra conversación de cuando a Monique la detuvieron por segunda vez al ser sorprendida ayudando a los perseguidos durante la dictadura. Puntos o comas más, éstas fueron sus palabras:

Ese día me devolví del correo hasta la casa porque me acordé que a Leylita le habían puesto un chaleco en la mañana y estaba muy caluroso, y me dije. “a mi suegra no se le va a ocurrir sacárselo”. Al llegar vi una camioneta azul detenida. No le di importancia, porque mi calle es una de ésas donde hay siempre muchos vehículos estacionados; pero a los diez minutos después tocaron y Stanley, mi marido, abrió la puerta. Dos tipos que parecían muy caballeros le dijeron que necesitaban hablar dos palabras conmigo. Lo digo porque la Leylita, durante toda su infancia culpabilizó a su padre, diciendo “¡y el papá les abrió la puerta!” Y entonces, insistieron “la llevaremos por sólo dos segundos”. Yo les dije que no, que antes tenía que tomar unos remedios y juntar un poco de ropa. No se atrevieron a ponerme problemas. Era diciembre de 1974 Por mi mente pasó fugaz “salto la muralla, llego a la casa de atrás, corro por Girardi, tomo un taxi y me voy a la Embajada de Francia... pero cómo se quedaba mi marido, la niña y mi suegra” Y no hice nada de eso, en vez, llamé a María, la nana, mujer genial. Me metí al baño con ella y le dije: “todo lo que está en el cajón de mi escritorio lo quemas y a la niña se la llevan inmediatamente donde alguna familia francesa o belga, o donde la Chena, pero la necesito inmediatamente afuera de esta casa”.

Es que acabábamos de lograr su adopción. Hacía tres días que la habíamos celebrado “La fiesta de mi inscripción, la fiesta de mi inscripción”, cantaba Leyla y bailaba, y eso es algo que le debemos al P.C., se los contaré algún día.

Me subieron a su camioneta y me pusieron cinta adhesiva y lentes oscuros en los ojos. Yo temblaba mientras una mujer me decía a gritos que me tranquilizara. Me llevaron directo a la Villa Grimaldi y me empujaron a una pieza donde una voz amistosa de mujer me preguntó cómo me llamaba, y me hizo ver que ya no tenía que tener miedo, y después de que yo le dijera que me llamaba Mónica, me dijo textual, “sácate la venda, que estos guevones ya no vuelven...” Digamos que el aprendizaje de la resistencia es cómo conocer todos los momentos, saber si los pasos van hacia allá, vas al baño, que si golpean la puerta van a buscar a alguien y lo angustioso en mi caso es cuando pasaba algo distinto, porque una se desconcierta.

Cuéntanos con quiénes estuviste?

Bueno, ahí empecé a conocer a mis compañeras de prisión. A Eva Palominos, a Ofelia Nistal que era una chiquita del P.C., a María Teresa Eltit y María Teresa Bustillos, ambas militantes del MIR que están desaparecidas. Conocí también a la mujer de un alcalde de La Reina que se había escapado al Perú, y que a la pobre, bajo torturas, la obligaron a escribirle una carta diciéndole, “todo está en calma, vuelve, vuelve...” Ella lloraba y lloraba. También estuve con familias venidas del campo cercano. Eran dos abuelas, buscaban al hijo de una de ellas que tenía amores con la hija de la otra. Eran los familiares del que llamaban “Feliciano”.

¡Ah, la mamá Elisa...!, yo también la conocí, o sea que tú estuviste presa poquito antes que yo. Pero cuéntanos qué te hicieron.

Lo primero fue confrontarme por lo de una carta, y que sirva de lección; me la leyeron y después llamaron a dos mujeres, yo estaba vendada. El tipo me hablaba con mucha dureza, golpeaba la puerta, la mesa. Pedro Matta que estuvo prisionero también en Grimaldi y que se ha preocupado de indagar, me ha explicado quiénes eran según cómo hablaban o cómo reaccionaban. Pero la cuestión es que eran los que estaban en esa época a cargo de Grimaldi y no se ensuciaban con la tortura. Eran los jefes, y en ese momento estaban apenas averiguando “quién era ésta, y por qué venía a traérselas de que era francesa”.

Y llegan esas niñas que les digo, y que habían ingresado como falsas detenidas cuando estuve presa por primera vez en la correccional. Siempre me pego con una piedra en el pecho y me digo “qué bruta fui toda mi vida, no capté nada, no aprendí nada”. Cuando llegaba gente a la correccional, la monja madre me daba permiso para que les ayudara a ducharse y para darles ropa; y si acaso las habían violado o situaciones así, les prestábamos calzones limpios. Yo entonces, hice lo mismo con ellas. “¿Quieren ducharse, quieren comer algo, quieren jabón?, vengan, vengan”. A los diez minutos me llamaron las compañeras puras y duras y me dijeron: “con esas dos no te metas” Algo ellas habían captado que yo no. Y es que esas niñas eran infiltradas que mandaban para saber qué hacíamos, a quienes habíamos escondido y yo no me había dado cuenta. Ellas trataron incluso de hacernos planificar un escape, capaz, para que fracasáramos y pudieran matarnos de manera impune.

¿Y ellas, qué declararon sobre ti?

Que yo era ayudista del MIR, que estaba con la gente de las poblaciones donde habían activistas extranjeros, “les lleva comida y cosas así”, eso les dijeron y, en fin, eso era lo que yo hacía y seguramente debían haberlo averiguado en los pocos dos días que duraron en la correccional, porque las compañeras sintieron recelo, sobretodo cuando ellas decían: “si las murallas son bajitas... nos descolgamos y nos vamos corriendo por la calle, porque no nos conoce nadie...” Y qué ganas de salir, si allí llegamos a ser ciento veinte.

¿Pero Monique, qué te sucedió?

Primero me hicieron un simulacro de juicio con un tipo que andaba siempre con una huasca de jinete, era un militar, y pegaba y pegaba, al final dijo: “esto se terminó, le vamos a dar un papel para que escriba una carta de despedida a su familia; usted señora tiene que asumir lo que hizo”.

Y lloré. Sí, lloré. Lloré y escribí algunas cosas y me llevaron arrastrando. Uno de ellos me pescó del brazo: “¡camine, camine!” Yo me debo haber desmayado, la verdad es que me desmayé. Me llevaron a la pieza, luego vino un médico y éste me auscultó y dijo: “a ésta déjenla descansar un poco”.

Esa noche, o a la siguiente fue que empezaron a venir a buscarme para torturas, noche a noche. Alcanzaron a ser tres o cuatro noches, no estoy segura. Yo, bruta que soy, tenía bien claro por suerte, y nunca le supe los nombres a la gente que estuvo en mi casa. Después supe que algunos de ellos habían sido Bauchi y Pituto, pero entonces no lo sabía; así que de ellos nada dije, ni de ninguno, en vez de eso les repetía la historia que todos sabían: que había estado como voluntaria en el tren de la salud, y que no era militante de ningún partido porque no había alcanzado a sacar el carné del Partido Socialista. Entonces me torturaban y yo, vamos dictando nombres franceses. “¿Y quiénes son esos gringos?” “Éste es un profesor francés con el que vamos a las poblaciones y hacemos clases, y él le enseña a la gente”. El primero y el segundo día dicté varios nombres por ese estilo, eran profesores que estaban en París o en Bruselas hacía ya mucho rato.

¿Qué ocurría mientras te torturaban?

Pienso que yo no había entendido nada, cuando llegaba allí, a la pieza de tortura, me debatía feroz y les decía: “déjenme, tranquila, que yo me desvisto...” Reacción que a ellos les producía carcajadas respondiendo: “dejen a la señora francesa que se desvista tranquila”. ¿Te fijas?, muy burlones y muy groseros. Pero lo que les quiero contar es que doblaba mi ropita en una silla, así como mi mamá nos enseñó a hacerlo. Ahora, al contarlo me pregunto: “¿por qué esos ritos de la vida normal una los mete en situaciones como éstas?” Se fijan... qué loco: tres hombres desvistiendo a una mujer, amarrándola, metiéndole los cables de la electricidad. Hay gente que reza, hay gente que llora, que suplica, hay quienes se dicen “yo no voy a dejar que me torturen, doy el nombre de fulano de tal y sabe que no lo va a poder soportar”. Y yo, seguía siendo una señora hija de mi mamá, ordenadita, doblando la falda y poniendo mis zapatitos debajo de la silla. Con razón se reían.

A lo mejor era una forma de detenerlos.

Sí claro, eso supongo que era, porque en el fondo me decía “esto me toca hoy día”. Bueno, y hasta que me tocó que me violaran. Fue uno que me traía de vuelta a la pieza y que mientras me forzaba me iba diciendo “si usted habla o grita, yo le disparo y digo que usted se quiso escapar”. Con él me quedó una sensación tan extraña, ese tipo me echó el ojo mientras me torturaban y yo me di cuenta que eso iba a hacerme, y no me equivocaba, porque en cuanto terminaron de interrogarme él se ofreció para llevarme de vuelta. Así pasó, y a la cuarta noche oigo una voz llena de odio, pero llena de odio. Lo sé ahora y, no lo supe allá. Era Romo. Este hombre pidió: “déjenmela a mí”, y se me ocurre que esa vez al tipo se le paso la mano. De hecho, creo que me fui, estuve muerta, y en algún momento debo haber recobrado el conocimiento. Estaba desnuda y con un hombre sentado sobre mí, haciéndome masaje al corazón. Esperaron que se me pasara y, escucho nuevamente esa voz de odio: “esta gueona se va ir cortada como la Lumi” Yo sabía quién era la Lumi y sabía que estaba muerta y que la habían lanzado por la muralla de la Embajada de Italia. En ese momento me transformé en una mujer loca de terror, porque en mi cerebro me dije: “matan gente, matan a mujeres chilenas”. El impacto de ese hecho significó el desmoronamiento de toda esa fuerza optimista que yo tengo. Estuve en Grimaldi hasta el 23 de diciembre de 1974 cuando me expulsaron hacia Bélgica, el país donde nací.

Un gran abrazo nos reconforta. Sí, es así, ambas sabemos que resistir en ese caso es diverso, para ella, el poner atención a los ruidos exteriores, el limpiar la pieza y el repartir la ropa, eran parte de aquello. También el ser la Monique llena de risa. Risa que pudo recobrar con el psiquiatra Barudi, recién seis años después de su segunda detención, en el exilio. Ese médico le abrió la compuerta del llanto de tanta emoción contenida. Paradojalmente, Monique, la que nunca vio el Patio de las Rosas de Villa Grimaldi, era la que calmaba las penas, la furia de los guardias y la violencia de los torturadores cantando “La vie en Rose”. Así, el aroma nostálgico de esa Piaf chileno-belga, Mónica Hermosilla Jorden, nacida en Bruselas, iluminó los rostros de quienes pasaron por la villa.


Raúl Cornejo Campos, “Feliciano”, casado, un hijo, militante del MIR, fue detenido el 16 de junio de 1976, unos días después que junto a otras 30 personas había sido apresado intentando asilarse en la embajada de Bulgaria por agentes de la DINA que pocos minutos antes habían procedido a liberarlo. El encargado de negocios de Austria, a cargo de los asuntos de Bulgaria, consiguió el compromiso de la dictadura de liberarlos, lo que se produjo cerca del Parque O’Higgins, con gran cobertura de prensa y televisión. En el sector se apreciaban civiles escondidos para atraparlos cuando los liberaran; por eso, cuando esto se produjo, algunos detenidos escaparon en un bus que abandonaron, cuando llegó a Matta con San Diego. Raúl Cornejo y Sergio Raúl Pardo Pedemonte, fueron entonces detenidos.

La DINA tenía presos a varios familiares de Raúl Cornejo, entre ellos a su padre, a su madre y a su hermano, a su cónyuge y a su suegra Aminta Fuentes Quezada, junto a sus tres hijas de 19, 16 y 15 años, las que fueron recluidas en el centro de torturas de “Villa Grimaldi” durante 5 días, mientras que Aminta permaneció prisionera durante 5 meses.

María Teresa Eltit, de 22 años, militaba en el MIR. La detienen el 12 de diciembre de 1974 , agentes de la DINA que la trasladan a Villa Grimaldi y la hacen desaparecer. María Teresa había observado a la distancia la emboscada en que cayó herido su compañero José Bordás Paz, «Coño Molina».

Conozca en “Las historias que podemos contar, volumen uno”, “Un abrigo para María Teresa”, homenaje de Monique Hermosilla a María Teresa Bustillos, Asistente Social, militante del MIR que desaparece desde Villa Grimaldi.


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