Las flores de mi balcón llevan tu nombre
Para recordar a Muriel
Por Pablo Varas





"Cuando la camioneta chevrolet se estacionó en calle Serrano frente al número 485. Marcia sonrió. La entrada del hotel era más o menos discreta. Los dos se miraron frente a la puerta de entrada y haciendo un leve movimiento con la cabeza se asintieron. Marcia subía lento las escaleras de maderas, enceradas y lustrosas mientras sentía que una mano se deslizaba entre sus muslos y la tocaban. Se detuvo en el peldaño doce y se pasó sus manos por la cabellera. Osvaldo se pegó a ella y la besó en el cuello, su mano izquierda la buscó debajo de la blusa y suavemente le apretó uno de los senos. Marcia se quedó quieta, se dobló, pegó sus dos manos en el suelo, y se abandonó. Pegaba su barbilla al cuello y respiraba profundo. Osvaldo la apretaba por la cintura y era músico de su propio vaivén.

Algo se dijeron entre murmullos.

Los dos sentados en el último peldaño de la escalera antes de entrar a la habitación sonreían. Marcia respiraba apurada, su delicado calzón rosado lo tenía junto a su pie izquierdo. Osvaldo encendió un cigarrillo le dió una pitada y se lo puso a Marcia en la boca. Ella lo aspiró profundo. Los dos se quedaron en silencio. Lo que pasó después ya no es historia nuestra, es de ellos, les pertenece a las horas que se dieron para mirar de tanto en tanto en techo blancuchento de la habitación 15 del Hotel Paraíso, muy cercano a la Plaza Almagro.

En el mes de septiembre aquel lugar era un eterno movimiento. Salían y llegaban los buses del sur, especialmente los de Concepción. La Plaza Almagro era un eterno ir y venir. Las veredas estaban llenas de vendedores ambulantes. Todos tenían sus lugares asignados, los vagabundos, los lanzas, los cafiches, los cafés donde se encontraban los choferes de los buses y las putas que aparecían a eso de las seis de la tarde.

El carrusel de los Juegos Diana hacía sonar su música cuando el reloj de la iglesia daba once campanadas. Cientos de palomas giraban en círculos espantadas por el sonido.

Muriel bajó discreta del bus. Era primavera mala. Caminó segura por calle San Diego rumbo a la Alameda. Con el brazo izquierdo apretó su cartera y con la derecha su pequeño bolso de mano donde guardaba sus pocas pertenencias. Atrás quedaban sus años en la Universidad de Concepción. Años hermosos.Violentamente dulces. Sus tardes de primavera leyendo a Julio Cortázar en los enormes jardines de la ciudad universitaria. Qué hermosos besos se dieron con Julio, y fueron buenos porque no se separaron nunca más. Era primavera mala. El verdugo se había puesto su capucha. Muriel, con su andar sencillo y femenino apretaba con fuerza su bolso. Cerradas tenían las bocas con las risas que traía en sus bolsillos.

Mientras caminaba cruzó en varias ocasiones de una verada a otra la calle San Diego, así podía ver a sus espaldas sin hacerse notar. Se detuvo en la vereda sur de la Alameda frente a la Casa Central de la Universidad de Chile. El aire estaba quieto, pero al tiempo ya le habían colocado su camisa.

Marcia se quedó mirando el techo en silencio mientras Osvaldo dormía. Se puso a recordar esos días no muy lejanos cuando había llegado a Concepción, buscando refugio y asustada buscó la casa de Muriel. También volvía a otros lugares, le pasaban personas con sus nombres, sus casas, sus números de teléfono, ella los había amado.

Como un relámpago pasaron los instantes que recordó cuando se abrazaron con Muriel y le contaba como la habían tratado. Muriel la escuchó y delicadamente le secó las lagrimas que dejaban una mancha azul en el pañuelo.

La tarde agitaba sus útimos suspiros sin que ellas se dieran cuenta. Hualpencillo, Tomé y Lirquén dormían a sobresaltos. Ellas hablaban en silencio. Recordaban nombres, se preguntaban dónde estarían en esos instantes, que estarán pensando en estos tiempos relampageados. Marcia se quedó en silencio y Muriel se levantó para preparar una ensalada, había un poco de queso en el refrigerador.

Cuando terminaron de cenar, Muriel le preparó su cama, extendió el sillón, trajo una almohada y dobló delicadamente una frazada. Marcia tenía pegada su mirada al techo, Muriel se sentó a su lado, la quedó mirando con dulzura y le arregló los cabellos. Mientras apagaba la luz del comedor le dijo que hablarían al día siguiente.

Marcia tenía los ojos cerrados cuando sintió que un dedo se comenzaba a deslizar desde su frente, le hacia el contorno de la nariz, pasaba por su boca. Bajaba lento por su barbilla, y se quedaba quieto haciendo circulos en sus pezones, ella sonreía. No quería abrir los ojos.

Cuando escuchó que Osvaldo le dijo al oído que era de él, Marcia se asustó, no quiso moverse, tenía que ir por ella, Marcia se lo había prometido. Había pasado un tiempo que alargaba el encuentro, su captura. Ella había dado su nombre.

Recordó cuando dijo cómo se llamaba y pudo descansar, pidió que la llevaran al baño. Osvaldo la tomó por el brazo y se quedó de pie dejando la puerta entreabierta. Marcia se miró al espejo y no había nadie, quiso arreglarse sus cabellos pero inútil se pasaba el peine, se alegró de ser un fantasma.

Mientras bajaban las escaleras del hotel de calle San Diego Marcia se quedó callada, se pasó la mano izquierda por sus cabellos y le sonrió a Osvaldo que tenía los dientes apretados, el rostro duro, volvía ser el mismo.

El calendario soplaba el día 6 de agosto de 1974.

En calle Marconi 280 de Santiago, Muriel preparó el desayuno aquella mañana. Vió levantarse a su madre, que caminaba lento, y a pesar de lo que le pasaba sonreía. Muriel la abrazó y le susurró al oido que era la mejor madre del mundo. Se quedaron un tiempo entrecruzadas. Se sentaron aquella mañana una al lado de la otra.

Extraño fue aquel silencio que Muriel lo rompió para contarle que había soñado que habitaba una casa de madera en el sur, entre mañíos y araucarias y sus hijos tenían nombres hermosos que ella había recogido de sus sueños. El café se enfrió repasando las fotos del colegio, los años pasados tan bellos y sencillos. Encontraron la foto de Alejandro, amarilla ya, sin brillo, que se había tomado en la Plaza de Armas de Temuco, el del primer beso.

Cuando a media mañana sonaron a la puerta y Muriel abrió, sintió que el corazón se le partía. La vió acercarce y sintió amargo el beso que le dió en la mejilla. Vió entre sombras a Osvaldo. Giró su cuerpo y le lanzó un beso a su madre que estaba quieta en la mitad del comedor. La vió por útima vez cuando Marcia la tomaba por la cintura y ambas cruzaban la puerta que se cerraba sola a sus espaldas.

Marcia le colocó la capucha de tela negra, mientras la camioneta que conducía Osvaldo tomaba rumbo a los infiernos. Muriel se negó a rezar, se colgó a una canción " Puedes matarme si quieres, mi amor no matarás… "

Osvaldo le pedía que le colocara un nombre por cada día, Muriel callaba.
Marcia Alejandra le rogaba que nombrara un minuto, Muriel callaba
Osvaldo y Marcia le tocaban la punta de sus dedos, Muriel callaba.

Muriel se fue recordando esos caminos en los interiores de Temuco, caminos empedrados y polvorientos que recorren los mapuches a pasos lentos cuando van al mercado a vender sus gallinas flacas, sus botellas de muday, medio saco de papas, un bolso con arvejas acompañados por sus perros

Ella, delicada como siempre, bella y gentil, luminosa, decidió abandonar esos dolores. Tomó los más bellos recuerdos, los besos que le dió Juan Molina, los dobló en una cajetilla de cigarrillos y se los dió a Sara Astica, después no supimos más de ella. Por mucho tiempo fueron guardados en el fondo del bolso de un cartero, hasta que un día golpearon la puerta de tu casa. Así fue que nos enteramos de todo

En el segundo pîso y en la primera sala de lado derecho del liceo vespertino de Temuco, cada día 2 de marzo por extraño sortilegio, la sala de clases se inunda de un perfume suave, delicado y frágil, y cada mañana aparece un corazón marcado en el pizarrón "Cuánto te quiero. Muriel", también queda a cuenta del tiempo, el banco que está frente al pupitre del maestro donde alguien escribió, "serás eternamente bella".

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(En memoria de Muriel Dockendorff)
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Muriel,
dulces, kuchen y tortas

Por Patricia Ochoa

Siendo dirigenta del Centro de Alumnos de la Escuela de Economía de la Universidad de Concepción, Muriel fue una de las compañeras que más influyó en mi formación como militante del MIR.

Llegado el verano del setenta y tres, me fui a vivir al departamento donde Muriel vivía con su compañero Juan Carlos, estudiante de la universidad también. Eramos varios los compañeros que compartíamos esa vivienda ubicada en un tercer piso de los departamentos frente a la "Laguna redonda".

Muriel era una hermosa mujer de figura alta, cuya fuerza exterior se nos manifestaba en la decisión de sus palabras e ideas.

Nos organizaba tanto en la casa como en el trabajo político: yo había llegado del sur, provinciana de Valdivia, deslumbrada por lo que significaba estudiar sociología, mi universo conceptual y político se fue fortaleciendo por los libros que puso en mi cabecera, arraigándose en las conversaciones y discursivas que manteníamos hasta altas horas de la noche.

"La rucia", como le decíamos, no sólo era alemana en su apariencia física, sino en la rigurosidad de si "hacer", lo prusiano se le notaba en el cumplimiento de horarios y compromisos, no sólo de nuestras actividades políticas sino en la limpieza de la casa y comidas pero en ella, como una metáfora, al abrir las ventanas "de par en par", se nos ofrecía como un paisaje delicado, sensible, amoroso; amiga del arte, de los detalles. ¡Cómo adornaba su pieza! Con cojines bordado y lámparas confeccionadas por ella.

En esa época de estudiante pasábamos largos períodos de austeridad y la comida, en ocasiones, se nos hacía una obsesión el poderla saciar, por tanto no podíamos ocultar la alegría cuando a la Muriel le llegaban encomiendas de su casa, ya que contenían exquisitos manjares: dulces, kuchen, torta. Todos rondábamos la cocina hasta que ya nada quedaba.

Llegó el Invierno y Muriel con Juan Carlos se trasladaron a Santiago para asumir nuevas responsabilidades políticas, en tanto yo heredé su pieza, parte de sus cosas, sus posters, sus ideas, principios que me acompañaron hasta que un 11 de Septiembre tuvimos que arrancar y dejar todo detrás y cerrar la puerta.


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