___ LAS HISTORIAS QUE PODEMOS CONTAR

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------ NAVIDAD EN LA ISLA

DRACO MATURANA

Pintura de María Paz García-Huidobro

ELLA LLEGÓ UN DÍA CUALQUIERA. Un día como todos; de lluvia, sol y bruma. En esa isla no eran bien recibidos los desconocidos. Siempre parecían sospechosos. Cuando quiso quedarse y preguntó dónde, nadie mostró mayor entusiasmo ni simpatía. Finalmente le mostraron una pequeña y vieja casa que estaba en un extremo del pueblo. Había sido de una prostituta que se ponía junto a uno de los caminos.

Poco después, llegó él. Sin preguntar mucho, se puso a reparar con sus manos una pequeña casa abandonada en el otro extremo del pueblo. No pidió ayuda, lo que no fue bien visto; tampoco lo fue el que nunca se apareciera en los sitios donde se reunían los demás hombres del pueblo. El Cabo del Retén rápidamente informó, en forma vaga, de sus malos antecedentes. Se dijo entonces que ambos habían estado en la cárcel, no se sabía claramente por qué. En todo caso, los dos parecían ser criminales o extremistas peligrosos, pues cada uno tenía que pasar a firmar un cuaderno al Retén todos los días. Al principio, el Cabo fue muy puntilloso a este respecto; puso horarios estrictos, los trató mal. Pero como esto se transformó en algo esclavizante para él, decidió entregarles sus respectivos cuadernos y les indicó que pasaría de vez en cuando a verificar que estuvieran correctamente firmados.

Él y ella no se topaban nunca; en parte por la bruma, muy frecuente en la isla en esa época del año, por lo que no era raro cruzarse casi sin verse; en parte porque cada uno hizo un pequeño huerto y tuvo unos pocos animales y por ello iban poco al almacén del pueblo. Las esporádicas visitas del Cabo a mirar el cuaderno de firmas aumentaron las sospechas. Dijo que el arreglo de sus casas era raro: tenían libros y cuadros extraños. Los dos tenían cojines en el suelo y sus camas en la cocina. Lo que debía ser el dormitorio de ella olía a aguarrás y en el de él, por la puerta entreabierta, sólo había visto un gran escritorio lleno de libros.

De ella, rápidamente se dijo que era bruja. Luego alguien aseguró que la había visto volar, incluso que había visto donde de dejó sus entrañas antes de emprender el vuelo, de modo que se pensó que era una Mensajera.

De él, poco a poco, también se pensó que era brujo.

Uno de los lugareños, que lo había ayudado en la descarga de sus cosas, contó que traía unas cajas pesadas. Una de ellas, que abrió en su presencia, tenía libros grandes y en idioma ilegible que, seguramente, eran de magia. Además dijo que también había un baúl, cuya tapa se rompió y que estaba lleno de instrumentos raros. Algún tiempo después el hombre ayudó hábilmente a alguien que se accidentó cerca de su casa, en los caminos donde solía pasearse. Más tarde, cuando sanó a unos pocos que le pidieron consejo frente a una enfermedad, no quedaron grandes dudas sobre sus artes.

Nadie se mezcló entonces con ellos y los evitaban cuando iban a comprar alguna pequeña cosa o al correo, donde los dos recibían cartas con extraños sellos. Alguna vez se vieron en el almacén y el almacenero, que les tenía una vaga simpatía, dijo discretamente, a cada uno, que el otro era un personaje peligroso con el cual era mejor no meterse.

Pasó el viento del invierno, llegó la primavera con sus flores y un clima más tibio. Ella comenzó a venir con más frecuencia al pueblo y fue evidente que estaba embarazada. Nadie preguntó nada, pero los cuchicheos de rigor llevaron a la conclusión de que era también una prostituta y no faltó quién aseguró haberla visto junto al camino.

El pueblo se olvidó de ella; ignoró su embarazo. Si era una mala mujer, nadie tenía la menor intención de ayudarla. Luego, los ocupó la noticia de que vendría un cura y habría misa de Navidad y todos los comentarios se centraron en cómo adornar la iglesia, qué comida le darían al cura, cómo hacer un bello Nacimiento. Cada uno sacó sus tesoros y los fue colocando como adorno para que el pesebre fuera fastuoso. Se lavó el piso de la iglesia. Incluso se limpió la campana, para que su sonido atravesara toda la isla. Por fin llego el día tan esperado. Se recibió al cura con gran alboroto y todos esperaron la nochebuena y su misa del gallo como una gran fiesta. p>Para él, la Navidad se llenaba de recuerdos de infancia, de la familia que había tenido y que ahora estaba dispersa por el mundo. Estar solo en la isla, lejos de los suyos, le resultaba doloroso y por eso ese día caminó mucho más lejos y finalmente volvió muy tarde, por el otro extremo del pueblo, donde nunca se había aventurado. Bajó casi hasta el borde del mar y comenzó a caminar ensimismado por la playa. Algo como un llanto apagado le llamó la atención. Se detuvo y escuchó más atentamente. Era claro que alguien se quejaba en forma intermitente. Los quejidos venían de una casa cerca de la playa, la última de ese extremo del pueblo. Él conocía esos quejidos. Eran quejidos de parto. Se acercó a la casa, empujó la puerta y allí se encontró con un fuego moribundo y, en la cama, con una mujer acostada de espaldas, sola. La reconoció inmediatamente. Ella lo miró como quien espera todo y nada. El enorme bulto sobre su cuerpo no dejaba duda. Se acercó a ella y le preguntó si estaba bien. Volvió a mirarlo buscando más compasión que ayuda y, con voz cansada, le confesó que había estado así hacía horas, que temía morir. Algo se revolvió violentamente dentro de él. Tenía estrictamente prohibido ser médico en la isla, pero debía intentar ayudar a esa mujer que sufría delante de sus ojos. Se sentó a su lado y sin mayor comentario comenzó a examinarla. A ella ya nada le importaba; igual sentía que se moría. Él corrió las frazadas que la cubrían y dejó a la vista su vientre enorme. Le bastó palpar una vez para saber que el pequeño estaba mal ubicado. Supo que así el parto sería imposible y que sin su ayuda la mujer y su hijo morirían. Sintió que era un milagro que él hubiera pasado por allí. Debía hacer algo que no había hecho nunca, una maniobra de otro tiempo, que ya no se hacía jamás: debía girar al pequeño dentro del vientre de la madre. Debía hacerlo allí, inmediatamente, sin guantes, sin ayuda, sin nada. Respiró profundo y le habló para tranquilizarla. Rogó que lo que había visto hacer alguna vez a su viejo maestro le resultara. Fue hasta el lavatorio y lavó bien sus manos. Luego, con decisión, introdujo su mano en la vagina de la mujer. La dilatación era suficiente y logró tomar al pequeño para girarlo, intentando ponerlo en posición correcta. Luego le pidió a ella que pujara. Casi inmediatamente vio asomarse una mancha negra. Él rogó a todos los dioses que aquello siguiera bien. Poco a poco salió el resto de la cabeza. Lo que vino fue fácil, el pequeño cayó en sus manos justo cuando las campanas de la iglesia comenzaban a repicar. En medio de sus tañidos casi no se escuchó su primer grito. Cortó el cordón y puso al pequeño sobre el pecho de la madre. Sus propias lágrimas, la sensación de milagro, le impidieron ver el rostro de ella. Luego, mientras los cánticos de "Gloria a Dios en las alturas" inundaban la isla, lavó al pequeño, lo vistió con la ropa preparada y lo colocó definitivamente en el regazo de su madre. Después se sentó a su lado, le tomó la mano y juntos, como una familia, esperaron el alba.


EL AUTOR
Escritor, licenciado en artes, grabador, pintor, escultor, arquitecto, psicólogo,
ingeniero civil y eléctrico, estudios de post-grado en Francia, en Arte e Ingeniería.
Exposiciones: -Salón de Arte infantil 1938 (Premio de Pintura).
-Salón de Viña de Mar ( 1943) (Mención Honrosa).
-Salón Anual de la Escuela de Bellas Artes (Primer premio Dibujo y Grabado) Año 1946.
-Salón Oficial 1952 (Primer premio Dibujo y Grabado).
-Participa en varias otras exposiciones organizadas en el extranjero por La Facultad de Bellas Artes y el
Ministerio de Relaciones Exteriores.


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