TRAS LOS PASOS DE LA MEMORIA


Hilda Espinoza Figueroa / Lucrecia Brito Vásquez
Ilustración de
María Paz García Huidobro
CONOZCA:
Tren nocturno hacia la esperanza
Escribir tiene muchas caras, casi tantas como los recuerdos
A la vuelta del calendario: nuestra gente de la UTE
María Isabel tenía diecinueve años y una vida por delante
Palabras a Claudio Thauby, o el gesto perdido del bello recluta







El verano de San Juan se nos venía luminoso. Rayos de invierno que ahora nos acompañaban buscando esos pasos que el tiempo amenazaba con borrarnos. Nuestra idea era, por eso, poderlos rescatar para compararlos con los de ahora y con las huellas que nos han dejado en el cuerpo y aún en las almas. No parecía simple, pero eso era lo que nos proponíamos e intentaríamos realizarlo.

Aún vivía en un entorno de recuerdos nebulosos. Así se vivía ahí, todo era barrotes, edificios tristes. Tres Álamos y el «Negro José», el grito de esperanza de esos grandes soñadores que éramos que en vez de enajenarnos en discoteques,


colaborábamos para ganar la batalla de la producción, apoyábamos a los campesinos, en las tomas de terreno construyendo media aguas, en los almacenes populares, y en un sin número de campañas por los derechos a estudiar y por vivir en plenitud la equidad a la que llamaba Salvador Allende.

Lucrecia daría estos pasos como sobreviviente de aquellos campos de detención tenebrosos. Don Manuel, su papá, daría los suyos como el padre que lograba traspasar esos muros de horror y llevaba aliento a su hija en palabras que alcanzaban también para sus compañeras, prisioneras como ella. Por mi parte, yo los daría como la esposa que los visitó tantas veces buscando entre los detenidos a mi compañero Carlos Rioseco, quien jamás apareció. Y Joan, hijo de Lucrecia nacido en el exilio, con un hermano mayor nacido en cautiverio, los daría como la esperanzadora generación de recambio que desea conocer la historia de su madre y la de todos aquellos que sobrevivieron o no a la tortura.

Gracias a Hilda, tomados de la mano con mi padre y con mi hijo, caminamos hacia nuestro primer objetivo. Parecía un sueño, me acompañaba el ser que me salvó la vida con sus porfiados recursos de amparo, pidiendo y golpeando puertas a como diera lugar. Me reconfortó el alma agradecerle en cada paso las humillaciones que vivió, y sus esfuerzos por compartir lo poco que tenía con nosotras, las prisioneras políticas de esos días espantosos.

Después de varias vueltas llegamos por fin a Tres Álamos. Nos habían cambiado el lugar, la dictadura no deseaba que pudiéramos reconocerlo. Teníamos claro que estaba donde Departamental se cruza con Vicuña Mackenna, sin embargo en vez de las rejas y las alambradas nos recibe una fortaleza con murales infantiles, acaso para borrar el pasado. Los cuatro sentimos un recogimiento mientras leíamos “Centro de Menores de Santiago”. Habían cambiado a los protagonistas, ahora los prisioneros eran unos pobres chiquillos. Y no pudimos ingresar, nos quedamos dando vueltas por donde había estado también Cuatro Álamos mientras sacábamos fotos para compararlas con las fotos de nuestra propia memoria. Es que nos faltaban las colas de madres esperando las horas de visita y no se sentía la tensión ni el dolor de esos días. No estaban tampoco las alambradas que se clavaban en el alma ni las ametralladoras que amenazaban en las puertas.

Me quedé con las ganas de ingresar, me dije no hay huellas de lo que pasó, nada queda de los rostros cansados de las madres que se paseaban con las fotos de sus hijos preguntando si los habíamos visto. Nosotras, las sobrevivientes, éramos las privilegiadas por vivir y tener todavía alguna esperanza de futuro.

Caminamos tratando de hacer coincidir nuestras pisadas con ésas del ayer, queríamos recoger el dolor que en ese lugar habíamos sentíamos y éste nos llegó con escalofríos que nos obligaron a callarnos y a hacer el recorrido en silencio. Paso a paso empezamos a sentir voces que todavía clamaban por justicia y que sonaban en nuestros corazones. Cuántos dejaron aquí sus últimos suspiros, cuántos fueron llevados a lugares sin retorno. La historia debe juzgar estos hechos, nos decíamos, y no nos fue fácil serenarnos.

Agradecí en silencio tanta solidaridad y cariño de las compañeras de presidio que siempre nos dieron lo mejor a las embarazadas y luego a los niños. Si hasta hicieron turnos para cuidarlos y lavar pañales. Gracias a sus demandas un día, al final de mi embarazo, me pude comer un huevo frito que ansiaba. Sus cantos, nuestros cantos, volaban por sobre las alambradas en un manto de amor que nunca pudieron avasallar. El Barco de papel surcaba el espacio y se daba la mano con Lucía de Joan Manuel Serrat. Los presos y presas nunca dejamos de soñar con el amor.

Nuestro siguiente paso sería Pirque. La calidez de este sol invernal nos carga de energías para ayudarnos a emprender esa ruta que don Manuel hizo tantas veces. Nos va envolviendo entonces un paisaje montañés bordeado de aguas turquesas. No llevamos la dirección exacta del lugar, por ello preguntamos a varios lugareños. Los primeros nada saben. Los justificamos porque son demasiado jóvenes. Otros ya mayores, tímidamente nos dicen: “eso está por allá, pasando el puente por la subida El Salitre... pero eso fue hace tantos años”.

Cómo creció la ciudad, antes La Florida era casi puro campo, pero nos queda la cordillera señera que era y es mi pilar. El camino es tan largo, no lo puedo creer, tanto viajaban nuestros familiares, tanto los amigos. Hoy los caminos son buenos, hay muchos más medios para venir. Por esos años nada de esto había, sólo los familiares que se coordinaban entre sí, y el apoyo que la Vicaria les brindaba, les permitía llegar hasta donde nos tenían.

La memoria nos traiciona, el campo de prisioneros, está mucho más lejos de lo que habíamos pensado, más allá de Pirque, mucho más. Otra lugareña nos dice: “parece que es donde ahora está la Asociación Cristiana de Jóvenes, al terminar la subida larga”. La montaña nos rodea, el sonido del Río Clarillo nos marca la ruta. Vamos por la avenida Subercaseaux, entramos en la Bahía Coipo que desemboca en un puente de una vía. Aceleramos para tomar la gran subida “El Salitre” y llegamos por fin al lugar donde nos parece que pudo estar ese campamento donde intentaron quebrarnos.

El campo de concentración de Pirque no aparece por ningún lado pero mi mente se vuelca y reconoce el penacho nevado que para bien nos vigilaba. No me puedo olvidar de la canción que le hicimos: “La montaña con su nieve, las nubes con su alambrada, palomas tejen y bordan, de amores son sus miradas». La cantábamos con ritmo de guaino junto a Ana María Jiménez y a Karena Pérez por las horas de las horas, así éramos nosotras.

El lugar que finalmente Lucrecia reconoce está frente a nosotros con sus puertas abiertas. No hay guardias como antes. La memoria de Lucre, da un brinco: “son las mismas cabañas, pero, ¿y dónde están esos carabineros, bestias al acecho?” Caminamos por una senda bordeada de araucarias y quillayes que protegen y perfuman. Lucrecia y Joan se adelantan. Ella siente la necesidad de recorrerlo en libertad y se sitúa frente a la cabaña que la protegió y encarceló por tanto tiempo. Lucrecia mira y busca a través de ella para atrapar esos recuerdos y tomarlos en sus manos enseñándolos al mundo.

Era tal como los campos nazis que se muestran en las películas. Los reflectores iluminaban de frente a cada cabaña mientras carabineros con perros daban vueltas tras vueltas observándonos; por eso teníamos que sentarnos al centro, única manera de protegernos de sus miradas lascivas e indiscretas y para que no escucharan lo que conversábamos.

Camino del brazo de don Manuel, vamos examinando el lugar mientras siento que su voz se quiebra emocionada. Es que hizo tantas veces esta ruta que recuerda cada paso, cada piedra del sendero, cada trozo de alambrada. Y cómo se podría olvidar de los grupos de familiares que se organizaban para poder llegar con él hasta acá y las inspecciones vejatorias a las que eran sometidos. “Mi necesidad de abrazar a mi hija era mayor, no me importaban los sacrificios, las madrugadas, las horas de viaje; su sonrisa, el sentirla viva, era mi felicidad”. Eso me dice con esa humedad en los ojos que no puede evitarse.

El colorido alegre que ahora tienen las cabañas es muy diferente de cómo eran entonces. Las fui contando una a una y tratando de sentir también en ellas el llamado de esas compañeras que vivieron aquí hacinadas alcanzando sólo a ver parte del cielo, con ese frío en sus huesos, pero sobre todo con el frío de la inseguridad del qué iría a ser de nosotras mañana, que es el que congela siempre más. “¿Seguiremos aquí?”, nos preguntábamos, “¿a dónde nos llevarán después?, ¿recuperaremos algún día la libertad?”

Las primeras son dos cabañas grandes rojo y azul, las enfilan otras más pequeñas, rosado, amarillo, celeste y verde. Fijamos nuestras energías y recuerdos en la celeste porque allí estuvo Lucrecia, “eran cerca de diez compañeras”, nos cuenta en voz muy baja, y recuerda que eran las que estaban más cómodas porque habían sido mamás hacía pocos días y les habían asignado por eso un espacio más grande… vaya gesto de generosidad. Aquí estuvo Lucrecia con su hijo mayor recién nacido. Nos habla de las discriminaciones que hacían los soldados hacia aquellas compañeras que “no tenían libreta de matrimonio”, tratándolas con palabras soeces y con la mayor brutalidad.

Y pensar que muchas ya no están, las secuelas de las torturas y la prisión no pudieron resistirlas con sus cuerpos, y a veces tampoco en sus mentes. Otras murieron en el exilio sin poder jamás mirar la cordillera desde este lado. Con algunas de ésas que sobrevivieron nos vemos todavía en manifestaciones, y siempre es un motivo de alegría encontrarlas y compartir esa enorme complicidad. Cómo no, si existen vivencias únicas que nos reunieron en lo más fundamental de todo ser que es la muerte y la vida.

Eran cerca de ciento cincuenta las detenidas que trasladaron a este lugar, y lo hicieron cuando ACNUR anunció visita a los campos de concentración chilenos, y la dictadura quiso mostrar una mejor imagen en el trato de las prisioneras. A quién creían engañar… sólo a sus conciencias. Calculamos que si eran nueve las cabañas y en una ya había diez prisioneras, quedaban ciento cuarenta personas por refugiar, lo que significaba que hacinaban a veinte mujeres en cada uno de esos lugares diminutos. En paradoja, Lucre nos cuenta que en las amplias oficinas frente a las celdas-cabañas, tenían la bandera patria flameando “emblema de libertad”, pero era sólo para remarcar aún más el militarismo reinante. El viento, sin embargo, testigo imparcial de lo que allí pasaba, hacia que el rojo de esa bandera tricolor desprendiera gotas de sangre.

Ante las últimas declaraciones del Presidente Ricardo Lagos, nos preguntábamos si realmente se entiende la importancia del nunca más, del reconstruir la memoria y del lograr justicia como una forma de sellar las heridas de manera sana, y sólo así mirar el mismo país. Las declaraciones enconadas y vejatorias de los responsables de la dictadura no hacen más que ahondar nuestras heridas al justificar lo injustificable y al minimizar el horror que impunemente establecieron.

A un costado del campo estaba el comedor, hoy acondicionado como casino. Allí las prisioneras pasaban horas silenciosas haciendo trabajos manuales para olvidarse, escribiendo cartas, componiendo canciones y dando espacios a sus mentes que volaban a kilómetros en busca de la libertad y de sus seres queridos. Todo eso nos lo cuenta Lucrecia mientras nos sobrecoge el silencio del lugar y nos llama la atención que nadie nos haya impedido el paso, sólo un vigilante aparece curioso al término de nuestra caminata, a quien nuestra amiga sobreviviente de la cabaña celeste del centro le dice con valentía: “estamos de visita ya que viví aquí meses encarcelada” y le indica el lugar protegido hoy con una majestuosa araucaria.

Aquí habíamos sólo mujeres, en Tres Álamos, en cambio, habían también hombres, cuyas voces podíamos escuchar a veces lejanas, porque estábamos separadas de ellos. Éramos un grupo solidario y organizado las mujeres, lo compartíamos todo, absolutamente todo, lo material y lo afectivo para así enfrentar firmes cada día esa maldita formación a que nos obligaban, en la cual Conrado Pacheco, jefe del recinto, aprovechaba de insultarnos. Éramos un solo bloque en la confección de artesanía, en la elaboración de alimentos. Luchábamos por el derecho a ser tratadas como las prisioneras políticas que éramos, el Consejo de Ancianas nos representaba para pedir que nos dieran derecho a la salud por ejemplo, gracias a eso pude, por ejemplo, salir a controles por mi embarazo y luego al hospital al parto de mi hijo Alejandro Ernesto.

Ya es casi de noche e iniciamos el regreso con información para abrir las puertas del recuerdo y dejar huella de la historia que allí se vivió. Iniciamos el retorno con nuestros recuerdos más claros dispuestos a seguir tras los pasos de la memoria, nos queda mucho por recorrer. Don Manuel parece revivir esos días de dolor. Esos viaje a la madrugada llevando pequeñas cosas a su hija y a sus compañeras, sacando fuerzas para entregar palabras llenas de amor y energía, sacando cartitas de aquellos familiares que no habían podido viajar. Guarda esos abrazos compartidos entre alambradas, se detiene mirando a su hija con admiración, por la consecuencia de su trabajo, por su decisión de enfrentar a la dictadura aún con un embarazo a cuestas y, sobre todo, por haber seguido esos pasos que él le enseñó de su mundo de hombre curtido por el desierto nortino.

Hemos terminado de recorrer este lugar que a pesar de su belleza no puedo dejar de recordarlo tenebroso. Aquí me enteré de la horrible noticia que hablaba de ciento diecinueve compañeros desaparecidos en el transcurso de nuestras detenciones. Recuerdo que entonces no pude reaccionar y tuve que cambiar de tema. Mis compañeras no me entendieron, era incoherente lo que hacía. Es que era tan atroz, tan terrible, y al mismo tiempo tan poco verdadero. Hoy, mientras aprovecho de dar las últimas miradas, reflexiono entendiendo que era noticia falsa que escondía una verdad mucho más atroz que esa mentira, pero entonces no podíamos siquiera imaginarnos cuál era la historia verdadera; y ahora que la conocemos, no puedo dejar de recordar a tantos compañeros que fueron mis amigos y que están en esas listas, y tampoco a tantas otras compañeras con quienes estuve aquí mismo, en Pirque, y también en 4 y 3 Álamos, y en Villa Grimaldi y en la Venda Sexi. Todo eso pasa por mi mente, Claudio Contreras, el chico Boris, el querido Claudio Thauby y “la chica del Tres”, muchachos valientes de quienes jamás se tuvo noticias, y también de otras que, como yo, se salvaron, y están ahí en un pliegue de mi mente con toda su entereza, Michell Bachelet, Mónica Hermosilla, Margarita Román, y tantas otras. Reflexiono también sobre Carlos Rioseco, detenido desaparecido, marido de Hilda, la amiga que me acompaña, y reflexiono también sobre su hijo, Esteban, que se tuvo que formar así nomás, sin su padre.

A Lucrecia la veo con una tremenda vitalidad, enfrentando cada rincón de este ex campo de prisioneras. Nos habla de lo que veían cuando eran sacadas de paso al comedor, para ello se detiene frente a la araucaria y nos indica: “veía esa montaña cubierta de nieve y sentía un frío tremendo”. Expresa además su cariño a Don Manuel: “papito, tanto tenías que viajar para verme”. Su padre recuerda que este lugar era casi desierto, que casi no existían las construcciones que ahora vemos y que eran entonces sólo quintas de gente adinerada o campos baldíos, lo que las hacia ver más como fortalezas. Hoy la vida del lugar los achica y los acalla.

¡Cómo frustraron nuestros sueños! ¡Cómo coartaron nuestras vidas! ¡Cómo nos convirtieron en una generación truncada! ¡Cómo cortaron nuestras alas pero jamás nuestras ilusiones!

Con Joan nos acercamos a las cabañas más grandes, para imaginarnos el ver lo que desde ellas se veía. Observamos así el cuartel general. Debían ver la bandera flameando que se distinguía a través de las alambradas. El gran foco las iluminaba a cada instante quitándoles la poca privacidad que poseían. El camino está rodeado de pequeñas flores amarillas que las prisioneras no podían disfrutar. Joan recoge algunas y nos regala a cada una mientras me besa en las mejillas.

Ellos querían anularnos rebautizándonos con un número, y con torturas físicas y psicológicas que no sólo nos aplicaban a nosotras sino también a nuestros familiares, haciéndolos formar y revisándolos vejatoriamente, allanando sus paquetes y ropas. Pese a eso, nuestras familias siguieron buscándonos y recorrían medio país para llevarnos su cariño. Nosotras, mientras tanto, hacíamos de todo para crecer, talleres de gimnasia, baile, literatura, matemáticas e idiomas. Creábamos convivencias, espectáculos de teatro y canto. La artesanía cruzaba cercos, fronteras y recorría con su denuncia el mundo en una llamarada de yo colectivo que se mantuvo en la hermandad con abrazos de sueños.

Don Manuel se remonta a sus tiempos de trabajador del norte y nos relata el nacimiento de su hija mayor en Antofagasta, en un día de terremoto. Desde ese día la llamó “mi terremoto” por lo inquieta y tenaz; eso nos cuenta, y salen también a la conversación marchas, encuentros durante el gobierno de Allende y de todo lo que pensábamos realizar, en lo cual, porfiadamente seguíamos soñando. Joan nos escucha con respeto y pregunta detalles desconocidos para él. Joan es el hijo nacido en el exilio de Lucrecia que hoy trata de vivir con nosotros parte de ese dolor que vivió su madre y su abuelo. Las huellas en nuestros cuerpos y en nuestras mentes, no han nublado la retina de la memoria. Algunas y algunos estamos aquí para contar, otras y otros ya se fueron. Hoy rindo homenaje a todas ellas y a todos ellos, mis compañeros por siempre.

He encontrado una gran familia, en Las historias que podemos contar, juntos hemos desenterrado las piedras que nos tenían aislados y atemorizados. Cada uno de ellos se ha convertido en la mano solidaria que requería para recordar y contar simplemente y sin prejuicios. Ha sido un crecimiento profundo al que invito a todo chileno; es que cómo no querer seguir soñando y entregando nuestras verdades hechas historia junto a Maigo, Hilda, Lorena, Javiera, Monique, Facundo, Martín, Angélicas, Violeta, Shenda, Lucho, Manolo y Juan Carlos, y todos los que nos acompañan en la Sociedad de Escritores, nuestra casa desde hace casi cuatro años. Nos comprometemos a seguir estos pasos antes que el viento del norte o del sur borren lo que la historia no debe olvidar.

      


María Isabel Joui Petersen, “Marisa”, o “la Chica del Tres”, de 19 años, estaba casada, militaba en el MIR y estudiaba Economía en la Universidad de Chile. Fue detenida en diciembre de 1975, por la DINA junto a su compañero de militancia Javier Alejandro Rosas Contador. Una semana antes había sido detenido en la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, el estudiante de esa facultad y militante del MIR Renato Alejandro Sepúlveda Guajardo, quien era el esposo de Marisa. Los 3 detenidos fueron vistos por testigos en los recintos Venda Sexy y Villa Grimaldi de Peñalolén, desde donde desaparecen María Isabel y Javier, mientras de Renato hay indicios de su paso por la llamada “Colonia Dignidad”.

Yury Thauby es hijo de Claudio Francisco Thauby Pacheco, un compañero que estudiaba Sociología de la Universidad de Chile y era militante del Partido Socialista. Claudio, padre de Yury, fue detenido el 31 de diciembre de 1974, junto a su amigo y compañero de partido, Jaime Robotham Bravo, también estudiante de sociología y fueron recluidos en Villa Grimaldi, desde donde desaparecieron.

Claudio Contreras Hernández, “Coco”, Constructor Civil, militante del MIR, fue detenido por agentes de la DINA, que llevaban consigo a dos prisioneros en Villa Grimaldi para que lo reconocieran:. Acto seguido, los muchachos fueron trasladados a Villa Grimaldi, en donde Ernesto Salinas fue careado con Claudio Contreras y llevados para que asistieran a la detención de Luis Humberto Piñones Vega (también detenido desaparecido). Luis Piñones y Claudio Contreras fueron sacados de Villa Grimaldi el 25 de enero de 1975, junto a Patricio Urbina Chamorro y a Carlos Guerrero Gutiérrez. De ninguno de ellos se tuvo noticias posteriormente.

Agustín Martínez Meza, “Boris”, casado, dos hijos, Ingeniero, militante del MIR, fue detenido el día del año nuevo de 1975, en Vivaceta con Gamero, alrededor de las 20:00 horas, cuando paseaba con su hijo de un año y 7 meses. La acción la practicaron agentes de la dina que llevaban consigo a Manuel Alejandro Cuadra Sánchez, quien había sido detenido el día anterior. Los aprehensores se movilizaban en una camioneta a la que subieron a la víctima y al pequeño. De inmediato se dirigieron hasta el domicilio de la suegra de Agustín para que éste dejara sus hijo en manos de Gloria Magdalena Páez –su cónyuge- quien recuerda que vio venir a su esposo, con el niño en brazos, acompañado por dos sujetos. Lo percibió pálido y preocupado. Agustín es conducido a Villa Grimaldi, donde permanece detenido junto a Manuel Alejandro Cuadra y a los detenidos desaparecidos Claudio Thauby y Jaime Robotham. Durante los siguientes días, Agustín fue llevado al sector de Villa Grimaldi denominado «La Torre», desde donde es hecho desaparecer.

María Joui de 19 años de edad, era casada. Militaba en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y había estudiado Economía en la Universidad de Chile. Fue detenida junto a su marido el día 20 de diciembre de 1975 en un departamento del Centro de Santiago por miembros de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA). Fue vista en los recintos de detención conocidos como "La Venda Sexy" y "Villa Grimaldi", desde donde desapareció. El día 12 de diciembre de 1974 fue detenido en la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile el estudiante de esa facultad y militante del MIR Renato Alejandro SEPULVEDA GUAJARDO. El 20 de diciembre de 1974, en un departamento del centro de Santiago fue detenida su cónyuge María Isabel JOUI PETERSEN junto a Javier Alejandro ROSAS CONTADOR, ambos militantes del MIR, y otra persona que luego fue liberada. Los tres detenidos fueron vistos por testigos en los recintos de la DINA Venda Sexy y Villa Grimaldi, y desaparecieron desde este último.

Carlos Rioseco Espinoza, estudiaba Odontología en la Universidad de Concepción, estudios que lo acercan a las prácticas de medicina social, dando atención a los sectores más desposeídos. En 1971 contrae matrimonio y nace su único hijo Esteban. Paralelamente ingresa al MIR. Es detenido por la DINA el 18 de Enero de 1975 en Viña del Mar, donde había sido enviado por su partido para luchar en la resistencia. Desde el Regimiento Maipo de Valparaíso es trasladado a Villa Grimaldi de donde, con 26 años, desaparece. Conozca en “Las historias que podemos contar, volumen uno” el texto “Tren nocturno hacia la esperanza”, homenaje de Hilda Espinoza para Carlos Rioseco.

Con respecto a Conrado Pacheco Cárdenas, quien era el jefe de Tres Álamos, se le conoce como un tipo sádico y misógeno con una inclinación especial por hostigar a las prisioneras, dejándolas sin visitas, prohibiéndoles cantar, haciendo allanamientos sorpresivos, incomunicaciones en celdas de aislamiento, vejándolas verbalmente. Hoy en retiro, vive con su conciencia martirizada, prendiendo velas y rezando. No llegó a general porque carabineros lo puso fuera por reiteradas estafas y cheques protestados.


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