Palabras de Daniela Peña Soto en el Estadio Víctor Jara durante el homenaje a Miguel Enríquez







Hoy confluyen aquí las voces y los sueños, los deseos y las luchas de varias generaciones de disconformes y rebeldes, de combatientes y constructores de futuro.

Están presentes los vivos y los muertos. Los que prosiguieron las luchas en contra de la dictadura, los que hoy construyen y buscan, y aquellos que trascendieron el tiempo y el espacio y viven en la memoria popular para renacer en las luchas venideras.

En estos días, en estas jornadas de conmemoración, nosotros nos hemos sorprendidos con nosotros mismos, nos hemos encontrado para dialogar, reflexionar y rendir tributo a los nuestros.

El sábado 5 de octubre de 1974, poco pasada la una de la tarde, caía en combate Miguel Enríquez, Secretario General del Movimiento de Izquierda Revolucionaria MIR, que junto a otros, un 15 de agosto de 1965, en una casa de calle San Francisco, habían fundado una organización, que pretendía hacer presente y determinante en la sociedad chilena a los excluidos, a los trabajadores y trabajadoras del campo y la ciudad; a aquellos que venían forjando con su trabajo las riquezas y con sus vidas, la cultura popular.

El MIR, ponía en el centro de su alma la lucha política de clases, la alteración de las relaciones de poder a favor de los oprimidos. No se limitaba a lo que se pudiera conseguir desde los parlamentos, aunque esto, sin lugar a dudas era importante. La pasión era por transformar la sociedad, pero también la vida cotidiana. En sus entramados convivían obreros e intelectuales, campesinos y mapuches, pobladores y estudiantes. Esta excepcional alianza era germen de una fuerza social revolucionaria; en el centro de sus pretensiones habitaba la construcción del poder popular en barrios, fábricas y universidades.

Hoy confluyen en este espacio que no es sólo físico, sino biográfico, histórico, ético y político, los afanes de varias generaciones de disconformes y rebeldes luchadores que pusieron el cuerpo en el más brutal período histórico de la sociedad chilena. Esperemos que esto no sea sólo un episodio, sino un momento más en el complejo proceso de reagrupar a quienes todavía tenemos la fuerza para trasformar esta sociedad que no quisimos, y que se forjó aniquilando, desapareciendo, torturando, exiliando fuera y dentro de Chile, a lo mejor de una generación.

Miguel Enríquez, médico cirujano, dejó el ejercicio de la medicina para asumir en plenitud la condición humana de ser revolucionario, acto desmesurado para quienes han gobernado el país en la última década desde los espacios oligárquicos del poder, pero acto de dignidad ejemplar para quienes siguen produciendo riqueza con sus cuerpos mientras permanecen silenciados políticamente. La historia del mirismo chileno no es sólo un hecho pretérito o pasado, es la saga de la historia futura. La tristeza, el dolor y especialmente las experiencias deben acumularse como saber y conocimiento de los revolucionarios.

El MIR luchó desde su nacimiento por la vida, por la alegría y la plenitud humana, por un orden social donde cada cual diera el máximo de sí mismo y expandiera sus capacidades de todo tipo. Porque la realidad la tejen las personas y por ello la sociedad puede ser transformada.

En estos días de diálogo y reconstrucción en la memoria histórica, se ha puesto en evidencia que la cultura mirista subsiste como proceso emancipador, como ímpetu libertario, como silencioso contra-poder que se opone a una sociedad que se funda en el lucro insaciable y en la competencia despiadada de todos contra todos.

En el Chile de todos los territorios geográficos y sociales, en la pampa y las ciudades, en la cordillera y los valles, en los archipiélagos y en los pequeños poblados hay millones de mujeres y hombres que aspiran a una vida digna y relaciones humanas de afectividad y cooperación. Debajo del Chile de las oligarquías políticas y económicas está el país profundo que no se siente representado en la política oficial ni en los simulacros de informaciones que los dueños de la prensa transmiten con machacona insistencia todos los días.

En estos días se han enlazado complejas y amplias experiencias que forjaron la teoría y práctica del MIR. En estos días se han imbricado las memorias del MIR histórico de los sesenta y los setenta, el MIR del tiempo de la dictadura, el MIR de las grandes protestas y de las luchas clandestinas, de los que constituyeron la retaguardia exterior de la resistencia chilena y de quienes lucharon en otras tierras por los mismos deseos de justicia y solidaridad humana. Todas estas luchas y experiencias, que más allá de los aciertos y errores, nos señalan que los miristas nos jugamos por la vida y las reivindicamos porque son expresión de la dignidad de un pueblo que escribió paginas heroicas de la Resistencia Popular a la dictadura.

También es imperativo recordar el rol jugado por compañeras, madres, abuelas, hijos e hijas de los miristas caídos en combate y de los detenidos desaparecidos. Ellas fueron las primeras en retomar la iniciativa de la lucha desde el mismo 11 de septiembre de 1973 y no han cejado hasta hoy, a todas ellas rendimos homenaje y declaramos nuestra admiración.

El MIR constituyó desde los 60, la más alta expresión del pensamiento crítico y autónomo de las clases populares y del pensamiento contra el sistema. El MIR no se inventó, emergió como voluntad y conciencia a partir de la profunda crisis que vivía la sociedad chilena desde la década del ’50 y que no cesó de agudizarse con el correr de los años.

La historia hoy nos muestra que Miguel no caminó sólo, que la cultura mirista no ha quedado sepultada bajo las apariencias del milagro político y económico chileno.

En el Chile que se aproxima al II Centenario es decisivo que el conjunto del pueblo con sus lenguajes, sus historias, sus demandas y utopías, sus luchas por la esperanza, construyan una nueva identidad política en la que confluyan mujeres y hombres honestos y luchadores, agrupamientos orgánicos, nuevas expresiones culturales, corrientes y colectivos. Puede parecer difícil, pero las historias libertarias de la humanidad las hacen personas como nosotros; con miedos, dolores, fuerza y dignidad, y enlazando todas nuestras experiencias y valentías construiremos conciencia colectiva para señalar una vez más que no nos resignamos como revolucionarios a que este sea el mejor Chile posible, no sólo porque no lo es, sino porque tenemos la fuerza, como la tuvo Miguel, para decir que ya es hora de dejar el dolor y la recriminación y comenzar a forjar el país de todo el pueblo de Chile.

Va siendo hora que rompamos con los cercos y trampas del aislamiento y nos conectemos con todos los proceso de reconstrucción social y política del pueblo de Chile, en fábricas, universidades, campos y ciudades y lo hagamos con alegría, confianza e inteligencia. Tenemos que ser capaces de reconocer la diversidad, pero reconocer también que la fragmentación del campo popular sirve a los poderosos.

En el mundo de hoy, más que nunca en su historia, habemos seres humanos disconformes, rebeldes y a quienes nos repugna este orden mundial repleto de exclusión, guerras y genocidios. Preparémonos para aportar a las nuevas construcciones anticapitalistas, acumulemos los saberes de los nuevos movimientos insurgentes latinoamericanos y retomemos el placer y la fuerza de transformar al mundo para hacerlo un lugar habitable para todos los seres humanos.

Atrevámonos a reinventar las formas de organización política y de acción, abrámonos hacia nuevos temas; los de género, medio ambiente, nuevas formas y expresiones culturales de resistencia, sin perder de nuestra atención el hecho irrefutable que las clases sociales existen y luchan.

Ensanchemos la democracia mucho más allá de los límites del orden restrictivo actual, generemos debates, discusión y luchas en todo lugar y en todo momento. De esta forma, ese cinco de octubre de 1974 no será jamás el inicio de un largo duelo, sino el primer instante de un reconocimiento fructífero y potente del ejemplo de un joven Miguel Enríquez que vio más lejos y más amplio, legándonos un sentido distinto de vida.

El mirismo es hoy una cultura, una forma de ser y estar en el mundo. No se trata de repetir lo del pasado por más trascendente que haya sido, sino de aportar con ese caudal a nuevas y mejores experiencias y procesos políticos revolucionarios.

Atrevámonos a levantar la voz y la mirada. Atrevámonos a ponernos en movimiento, y especialmente atrevámonos a ser dignos y felices, porque pese a todo, nosotros, los luchadores de ayer y de hoy estamos vivos entre tantos muertos y desaparecidos, nuestra lucha seguirá fuerte, asumiendo nuevas formas y estrategias. Sólo así haremos justicia a los que cayeron, a los que dejaron su existencia como contribución indeleble a la lucha por una sociedad mejor, más justa; más humana, más libre, más plena.

      
(*) Daniela Peña Soto, joven que representa lo mejor de la juventud chilena del Siglo XXI, es hija del querido compañero Sergio Peña Díaz "JM", quien fue ejecutado junto a Lucía Vergara Valenzuela "Piti", y Arturo Villavela Araujo "Coño Villavela" en una casa de la Calle Fuenteovejuna de la comuna de Las Condes. Lucía, Sergio y Arturo eran militantes del MIR y habían ingresado de manera clandestina al país en el marco de la "operación retorno". Los ejecutores fueron agentes del CNI que tras el asesinato en la casa de Fuenteovejuna, intentaron simular un enfrentamiento; tesis que se desvirtuó rápidamente porque al mismo tiempo que estos tres revolucionarios eran ejecutados, en la calle Janequeo del sector poniente, eran ejecutados también los compañeros Hugo Ratier Noguera, de nacionalidad argentina, y Alejandro Salgado Troquian, quienes, igual que Lucía, Sergio y Arturo, eran militantes del MIR que habían reingresado como clandestinos. Los matones que ejecutaron a los miristas de Fuenteovejuna, instalaron una ametralladora punto 50 que empezó a disparar y no paró sino hasta diez minutos después cuando ya no podía quedar ningún sobreviviente. Posteriormente, incendiaron la casa. Este modo de operar lo emplearon de manera idéntica en las ejecuciones de la casa de calle Janequeo.
LOS COMPAÑEROS QUE CAYERON EN FUENTEOVEJUNA Y JANEQUEO

Sergio Peña
Díaz

Lucía Vergara
Valenzuela

Arturo Villavella
Araujo

Hugo Ratier
Noguera

Alejandro Salgado
Troquian

OTRO SITIO EN HOMENAJE A ESTOS QUERIDOS COMPAÑEROS
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