Futbolistas del Carrera Pinto
Homenaje a Miguel Angel Pizarro Meniconi
Oscar Montealegre Iturra
CONOZCA:
Una casa al fondo por Joaquín Godoy Donde se recuerda a Isidro, a Carlos Carrasco Matus, y a Ida Vera Almarza







El "Chiro" era largo y flacuchento, y parecía aún más largo cuando usaba pantalones cortos y las calcetas que orillaban el borde de sus zapatillas de lona "Sello Azul". Tenía 10 hermanos y una atracción especial por el idioma mapuche. Los sábados y domingos se trasladaba a pié desde "La Palmilla" hasta la población "Juanita Aguirre" para leer las revistas de mi hermano Jorge y jugar la "pichanga" que, generalmente, terminaba en una rica onces-comida preparada por mi madre.

"Tan respetuoso que es este niño" decía ella, con especial afecto.

Estudiábamos juntos en el Liceo "Ignacio Carrera Pinto". No éramos alumnos sobresalientes pero tampoco del montón. En contadas ocasiones nos juntábamos a estudiar, más bien nos íbamos desde el colegio a la cancha que quedaba cerca del hospital San José o a recorrer la Vega Central o me acompañaba a casa, un departamento en pleno centro, en el cual vivía con mi padre inválido. Preparábamos la comida y almorzábamos, después nos íbamos a los subterráneos del edificio para colarnos al cine Rivera a través de los baños e instalarnos en primera fila a ver las últimas películas de mayores.

Mi padre también le tenia aprecio.

Teníamos un club de fútbol muy peculiar. Un compañero de curso financiaba nuestro equipamiento, el arriendo de la cancha, la pelota y el lavado de camisetas, medias y pantalones. Artemio González era un niño mimado por su padrastro, empresario y dueño de caballos de carrera que se enamoró de su madre cuando ella lo visitaba en la cárcel mientras cumplía la condena por el asesinato a balazos de quien fuera su amante en el café "El Molino" de Santiago, hecho que por sus características sentimentales ocupó las primeras planas del Clarín durante mucho tiempo, a comienzos de los sesenta.

Eramos pobres y cuando uno es niño y pobre, el deseo de acceder a "cosas buenas" se convierte en una obsesión : regresar a casa en micro, ir a la popular a ver cuatro películas y en cada intermedio comprarnos un rico berlín o un sandwich de jamón con una coca-cola y a la salida fumarnos un cigarrillo con filtro compartiéndolo con nuestros mejores amigos; esos eran deseos que sólo un genio o un milagro podían convertirlos en realidad.

Y el milagro ocurrió : Una noche en que regresábamos de un partido de fútbol, haciendo equilibrios en las cunetas de calle Unión, buscando cucarachas para pisarlas (nos gustaba sentir como crujían cuando las aplastábamos) comentábamos acerca de qué haríamos si tuviéramos algo de plata en nuestro poder. Bajo un poste de luz, entre hojas secas y cucarachas que huían despavoridas ante la amenaza de nuestras pisadas, se asomaba brillante, luminoso, fulgurante ante nuestros ojos un billete de "diez lucas". Estupefactos, nos invadió por unos momentos el silencio de la sorpresa. El Chiro se agachó y ahí lo tenía en sus manos, el sueño hecho realidad. Nos reíamos nerviosa y angustiosamente. Lo increíble. Era muchísimo dinero para nuestras pequeñas ambiciones. Ahora, ¿qué hacer con el? ¿Cómo asencillar el billete? ¿Quién creería que ese dinero se había obtenido de esa forma?. El Chiro fue depositario del billete por esa noche. Al día siguiente, en el primer recreo convidamos a varios compañeros a una "corrida" de bebidas, "sanguches" y berlines. "¡Sírvanse lo que quieran, compadres!" decíamos con la prepotencia de los que tienen dinero. El dueño del kiosco estaba feliz por la venta pero con una enorme duda acerca del origen de la plata. Cómo el Chiro pagó, tuvo que contar el milagro. Por supuesto, nadie le creyó y más de alguna sospecha despertó este derroche. A la salida del colegio nos fuimos a orillas del Mapocho a comer pescado frito con ají y unos vasos grandes de mote con huesillos; compramos una cajetilla de Hilton para cada uno y yo aproveché de comprar una de Cabañas Especiales para mi padre. El, agradecido y extrañado por este regalo de dudosa procedencia sospechó de algo malo y quedé entre ojos. Al día siguiente nos gastamos el saldo en una pelota para el club y en otra "corrida" de bebidas y completos en la fuente de soda de Independencia con Dávila. Ahí se terminó el dinero, el milagro y bajamos abruptamente a la realidad ("cosas tan bellas nunca pueden durar").

Mi padre falleció en febrero del 67 y mi madre en mayo de ese mismo año. El Chiro me acompañó a los funerales de ambos. A mi y a mis hermanos nos llevaron a vivir con tíos y hermanos mayores. Yo me fui al Seminario y perdí contacto con él.

Al cabo de cuatro o cinco años, trabajando en la Corporación de la Reforma Agraria, sentí desde mi oficina una voz que reclamaba por ciertos problemas que existían en un predio de Conchalí, se pedía expropiarlo por mala explotación y por las condiciones miserables en que se encontraban las familias que trabajaban y vivían en el fundo. Ese timbre de voz, de tono enérgico, era muy familiar. Me asomé al sitio de donde provenía y ahí estaba el Chiro, ahora más grueso, con ese mechón que le caía sobre los ojos, barbón, vestido con pantalones de mezclilla, bototos y una manta. Interrumpiendo la conversación, como un resorte saltó de la silla y se acercó abrazándome. Creo que no nos dijimos palabras en ese instante. Todos los recuerdos de una infancia sometida a proceso se nos vinieron a la mente. Por unos momentos fuimos los mismos niños detrás del balón, comiendo berlines, tomando coca-cola, matando cucarachas.

El era un dirigente del Movimiento Campesino Revolucionario reivindicando el derecho a la tierra, yo un funcionario público planificando las expropiaciones para otorgar ese derecho. Después de esa ocasión, cada vez que podíamos nos encontrábamos para charlar de esto y de lo otro, teniendo siempre como hilo conductor nuestra infancia común. Ambos vivíamos, cada cual desde su lugar, el proceso revolucionario que cruzaba nuestras existencias, lo compartíamos y lo discutíamos. Evitábamos, como una manera de respetar el pasado común, el dejar que nuestras pequeñas diferencias sobre la situación política, por el clima de entonces, se convirtiera en un obstáculo que dañara la amistad.

Cuando se produjo el golpe militar, nos vimos y algo conversábamos, a veces en las penumbras o a través del teléfono, contándonos metafóricamente lo que estaba ocurriendo. Cada uno en lo suyo. Yo sabía que él tenía un mayor compromiso con su gente y que estaría a la vanguardia resistiendo la represión militar.

Pasó mucho tiempo en que no supe de él, hasta que un día mientras caminaba por el pasaje Grand Palace, detrás de un panel con propaganda de películas, sentí su voz que me llamaba casi susurrando. El Chiro sin barba, flaco, largo y pálido, sonreía. Andaba escondiéndose de sus perseguidores. Tenía miedo y yo también. Le ofrecí compartir la pieza que arrendaba en calle Maruri, pero ya tenía asignado un lugar para su seguridad. Recibí su agradecimiento con un abrazo. "No puedo estar mucho tiempo en este lugar, te dejo, adiós hermano" . Su despedida soltó una atmósfera de incertidumbre. Se fue caminando por el pasaje, le seguí con la mirada hasta perderlo en la distancia. Casi un año después en el diario La Segunda, cuyo titular en grandes letras rojas decía "cayeron como ratas", el nombre del Chiro figuraba en una lista de 119 personas las cuales, según este periódico, habrían muerto como consecuencia de un supuesto enfrentamiento entre militantes del MIR. Sabía que aquel enfrentamiento no era cierto, sí lo era la muerte del Chiro. Lloré, sentí el dolor y esa enorme impotencia que era parte de nuestra normalidad cotidiana. Su madre pasó a integrar la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, transformando su vida en un eterno peregrinar buscando una respuesta y un paradero. Su padre y ocho hermanos partieron al exilio. María Guadalupe, su compañera, llevaba en su vientre a sus hijos mellizos que nacieron en Suecia.

Hasta ahora, cada vez que paso por la galería en que nos despidiéramos, siento que el Chiro sale detrás de un mostrario y me sonríe. Lo veo caminar hasta que se eleva sobre la multitud y sube al cielo.


Isidro Miguel Angel Pizarro Meniconi, 21 años a la fecha de su detención el 19 de noviembre de 1974. Se le ve por última vez en Villa Grimaldi en diciembre de ese mismo año.
Su tragedia comenzó cuando la DINA lo apresó junto a su amiga, la arquitecto y también militante del MIR, Ida Vera Almarza.
Ambos fueron vistos en el recinto de "Venda Sexy" e Isidro Pizarro un tiempo después en Villa Grimaldi. Desafortunadamente, hasta el momento, no se ha descubierto cuál pudo ser su paradero, como tampoco el de Ida, continuando ambos en calidad de secuestrados.
Isidro Pizarro Meniconi de 21 años de edad, tenía dos hijos y trabajaba como técnico en máquinas de escribir.
Las ilustraciones de esta página web donde lo homenajeamos, pertenecen al alumno de la Escuela E-180 de Peñalolén, Juan de Dios Gonález, quien las realizó en el marco de un concurso en que se celebraba la inauguración del Muro en el Parque por la Paz Villa Grimaldi, diciembre de 1998.


Si sabes algo más sobre nuestro amigo Isidro Pizarro, que jugaba pichangas y le gustaban las revistas de monitos, o sobre Ida Vera Almarza, una muchacha que jamás paraba de sonreir, comártelo con nosotros con un EMAIL para que podamos conocerlo mejor. Si sabes algo sobre cualquier desaparecido o asesinado por la dictadura, escríbelo también, eso nos ayudará para siempre recordarlos.

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