Playground
En memoria de
Patricia Peña Solari y su hermano Mario Fernando
María Paz Concha Traverso







Nostálgica del aroma de los limoneros maduros, mis ojos se encienden. Confirmar un presentimiento tras una oscura eternidad no es fácil, es una pena que no estés aquí, te habrías dado cuenta de la exactitud de mis sentidos. Pero en este sector casi verde lleno de frutales, me encuentro resignada por no tener la posibilidad de compartir contigo la verdad de mis percepciones, ¿qué lindo hubiese sido, no? Es que aunque me lo negaras, mis oídos no me engañaron, y hoy día te puedo dar certeza de que en este perímetro de sombras, testigo de todos nuestros miedos y esperanzas, existe una plaza con juegos, un «playground» como me enseñaron a nombrar mis hijos pequeños, en el exilio, a las diversiones de los parques.

Si mi querida Patricia, era un «playground», un lugar con columpios, balancines, y resbalines, donde los muchachitos juegan alegres, y que a las siete de la tarde se vacía y pasa a ser ocupado por los escolares cimarreros vespertinos, que fumando cigarrillos sueltos, ligan cubiertos por la maleza desregada.

Patricia no sé en qué etapa del día estábamos, lo que sí sé es que ahora es junio y hace frío, y los días parecen grises, pero cuando nos encontramos en ese infierno era diciembre, víspera navideña. Seguramente habían menos escolares por las vacaciones, pero niños si había porque yo escuchaba sus risas, sus gritos. No gemidos dolorosos como los de nosotras sino exclamaciones de euforia de éxtasis, ése que sienten los infantes cuando van a las plazas.

Durante muchos años, viví llevando mis hijos a parques, en Hungría, en Suecia, en Inglaterra, donde fuese, tratando de vencer los tormentos infernales de los recuerdos, los desgarros, los manoseos, la corriente, la sed. Pensaba que mis pequeños no podrían haber vivido con una madre traumatizada que oía a niños jugar en un cautiverio absurdo, sin derecho a observar, a degustar, con los olores alterados, con las orejas alertas.

«Son niños» te dije aquella tarde en que me acostaron junto a ti Patricia, y te encontré tapada entera con una frazada vieja que te echó encima ese hombre repulsivo que me golpeó la cara con la mano abierta sólo por preguntarle por qué te tapaba, si era diciembre y el calor hervía.

Tomé tu palma cómplice y recorrí tus dedos, fui testigo de tus tiritones, de la fiebre y las tersianas. Te dije que estaríamos cerca de un parque porque escuchaba risas de angelitos, a lo que tú replicaste, «no puede haber niños tan cerca del infierno». Yo no me quise callar y seguí insistiendo, al final te aposté unas chirimoyas y un plato de tallarines para cuando saliéramos.

Sólo yo tuve esa suerte, y por años te rendí mis tributos en cada uno de los «playgrounds» que visité con mis niños, tardé dos décadas en volver y cinco años en poder venir hasta acá, barrio con nombres de árboles y casas con naranjos. Tardé años en saber tu nombre completo, en reconocer tu foto, en saber tu identidad. Años también desligada de los compañeros, para quienes mis flagelos adolescentes fueron en vano, y de quienes decidí marginarme, porque sé que en eso concordaríamos, Patricia: la intransigencia debería ser nombrado el octavo pecado capital. Tardé años también en poder darme cuenta de que los niños ya están grandes y que tengo venir sola a reconocer nuestro querido «playground». Donde quieras que, te encuentres, admite que yo no estaba equivocada.

La Niña
junto al piano

A
mi querida compañera
de los tiempos
de la resistencia

Mi querida Patricia como te recuerdo en las interminables noches de trabajo por la causa, descifrando el Rebelde de esas microfichas, a veces ilegibles y que teniamos que poner de nuestra cocecha para darle forma y contenido, con las manos entintadas acariciandonos despues de la reproducion de los 200 o 300 ejemplares que eran saboreados por todos los que buscaban alguna información en los días más oscuros de la dictadura.

El amanecer nos encontraba cansados y tu te callabas por largas horas quizas pensando como seguir, tomabas el piano, Mozart, Chopin invadía el espacio y nada decias, me encantaba, me dormía y volvía, ahí estabas nuevamente, dulce como siempre, el amor, la reunión, El Rebelde y volvias al pentagrama.

La tarde de Diciembre 8 nos despedimos como todos los días, desde que nos encontramos frente al mar en Quintero jugando con todos nuestros amigos.

Claudio




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Nilda Patricia

por JUPARO desde su poemario Exiliado

Nilda Patricia Peña Solari
Tenías en tu mirada sincera
el vuelo de una paloma
con mil caminos, y el alma prisionera.

¡Te amo! dije,
acariciando tu piel tan morena,
y tus ojos brillaron en la noche
encendiendo las estrellas.

¿Ves?, mira mis manos?, dijiste sonriendo, son tan pequeñas; y tengo un ombligo perfecto.

¡Deja niña, deja!
¿Cómo hacer que me quieras?
Y una luz pequeñita,
(como el lucero del alba)
en el fondo de tu mirada marrón
con fuerza y ternura brillaba.

Hoy la lista de nombres
con el tuyo, en rojo destacado,
hoy los leí todos, uno por uno,
los 119 nombres fusilados.



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