EN ESTO ESTAMOS TODOS

Para Lucia Vergara, Sergio Peña y Arturo Villavela, Hugo Ratier Noguera y Alejandro Salgado Troquian.
Por Pablo Varas

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Che Compadre
La Maripepa estaba en la ducha y él desde la cama podía ver aquel cuerpo tan bien delineado que alzaba los brazos para que el agua la atormentara con su música. Alvaro sacó de entre sus documentos, un pequeño sobre y dejó caer sobre la mesa de vidrio el polvo blanco. Con su carnet de oficial de la Central Nacional de Informaciones, preparó su ralla, y mientras lo hacía, de reojo miró el reloj, nueve y quince, estaba atrazado. La aspiró profundo, en aquel rito que lo obligó a cerrar por unos instantes los ojos. Maripepa seguía, lanzaba una canción.

Él estaba sentado en el borde de la cama. Por su mente comenzaron a pasar figuras difusas, sombras. Por un instante sintió que volaba y, mientras tenía la sensación de que un trozo de su rostro se caía, sentía que, a la velocidad de la luz, recorría un enorme túnel que no le permitía ver su final.

Se quedó como pegado en la figura que danzaba detrás de esos cristales donde el agua caía como en su mejor invierno, lleno de enojo. Se levantó y se acercó lento, con una idea fija.

Cuando corrió la cortina de la ducha, Maripepa se sonrió, lo quedó mirando a los ojos y le dijo que lo amaba. Álvaro se pegó a ella y el agua no dejaba de caer. Lo comenzó a besar en el cuello, se deslizó a su pecho y se puso de rodillas, él le tomaba sus cabellos.

Aquella cabellera vaporosa, que había recorrido la pasarela de la Televisión Nacional la noche anterior había desaparecido. Álvaro estaba de pie, quieto, ella lo amaba, pero él se había ido, aspiró profundo y se dejó caer lentamente mientras sentía como su espalda resfalaba por las baldozas en la sala de baño celeste de la habitación 213 del Hotel O’higgins.

Se quedaron allí en silencio, mudos. Los sacó de ese estado el timbre de la habitación. Lentamente ambos se pusieron sus batas de baño y Maripepa abrió la puerta por donde entró la camarera con el desayuno. Se lo recibió para despedirla con una sonrisa. La chiquilla tenía los ojos inmensamente abiertos, la había visto la noche anterior en el programa de la televisión.

Álvaro y Maripepa habían llegado pasada la medianoche, sin aviso, y cuando pidieron la llave de la habitación que habían reservado bajo los apellidos de Espindola Rioseco, el joven dependiente nocturno no se percató de quiénes eran los recién llegados. Fue Victoria la guardia de la puerta que esperó que hubieran tomado el ascensor, para decírselo. Tenía un memoria privilegiada, potenciada por esa costumbre de ver pasar a los artistas que una vez al año llegan para el Festival de la Canción.

Por alguna razón casi inexplicable se acordaba de él, cuando había salido en la televisión al lado del Sagrado Corazón de Jesús abrazando a su esposa embarazada de siete meses, y juraba por aquel hijo que venía en camino que trabajaría por la justicia y por la verdad, asi como agradecía a reglón seguido todos los meritos del Capitan General a quién le declaró sus lealtad de manera abierta e incondicional.

Rápido corrió el rumor entre el personal del hotel, Alvaro y Maripepa estaban en la habitacion 213. Victoria esperó que pasara un tiempo prudente y de manera disimulada buscó entre las llaves que estaban ordenadas en el mostrador. Tomó la doscientos once, subió despacio y caminó por el largo pasillo dando pasos cortitos y silenciosos, el corazón le saltaba. Cuando cerró puerta de la habitación contigua, sacó el pequeño espejo redondo que guardaba en su bolsillo y se acercó a la ventana. Los buscó en la inmensa habitación y los dejó fijos cuando los encontró. Los pudo enfocar cuando Maripepa se pasaba sus manos por aquella cabellera tan bien cortada y teñida, a él no lo podía ver bien.

Álvaro había terminado de ponerse los pantalones y al coger su reloj decidió abrir el segundo sobre, se colocó de rodillas hizo su línea y nada quedó. Maripepa sentada a su lado se reía, él de reojos le dió una mirada enojada que ella respondió desordenándole sus cabellos negros y engominados, como la caparazón de un quirquincho. Maripepa fue al baño, vació media taza de su café en el lavatorio y al resto le puso tres cucharadas de azúcar. Mientras bebía, levantó la tapa a la bandeja, y le dio una mirada al jugo de naranjas y a los huevos con tocino y volvió a taparla.

Cuando Álvaro se puso su pistola calibre 38 en la cintura, le comentó que allí había un triángulo y sonrió. Maripepa quiso darle un beso pero él la hizo a un lado, algo a que ella no dio importancia; sabía que él era así, ya lo conocía a pesar de haber pasado apenas unas horas con él en la cama.

Álvaro sacó el dinero y le pidió que bajara a la recepción para pagar la habitación. Cuando calculó algunos minutos, hizo una llamada telefónica, y le dieron la respuesta que había estado esperando desde hace dos semanas. Tenía carta blanca.

La esperó en la mitad del pasillo con las piernas abiertas, como si fuera un vaquero en la mitad de una calle del oeste americano esperando a su adversario para el duelo. Tal vez eso se imaginaba él: los veía venir y disparaba, los veía de todos los colores, él esquivaba las balas que ellos le disparaban.

Maripepa se acercó, lo abrazó y lo sacó del estado de éxtasis en que se encontraba. Bajaron despacio, riéndose en voz baja por los pasillos de la escaleras alfombradas. Hacia la izquierda la recepción, hacia la derecha el parking. Cerraron despacio las puertas y buscaron el coche. Cuando estaban saliendo el hotel él se besó la punta de los dedos y se los colocó entre los muslos de la Mariopepa. Partieron rumbo a Santiago, ella se quedó dormida. Álvaro lo controlaba todo y trataba de hacerlo con cada movimiento. Llevaba pegada la vista en la carretera y en su mente pasarelas, nombres, personas.

Se detuvo para llamar a su casa. Estela fue quién le respondió diciéndole que su esposa había ido al supermercado. Maripepa dormía, la quedó mirando unos instantes antes de hacer partir otra vez el vehiculo. Aquellas rodillas bien formadas, aquellos senos tan bien delineados no los soportó y le dió un beso, Maripepa jugó son sus cabellos y siguió durmiendo.

Sin haberse dado cuenta estaban frente a la Estación Central. Álvaro la despertó la y le pîdió que tomara un taxi, él debía haber estado hace media hora en su lugar de trabajo. Ella le dijo que sí, sacó de su cartera unas gafas oscuras y se las puso. Lo besó y, mientras le decía que era el mejor amante del mundo, cerraba la puerta de auto. Él se quedó unos instantes esperando que ella se subiera al taxi que tomó rumbo por la Alameda hacia arriba. Se mantuvo un tiempo detrás pero al llegar a Avenida España dobló a la derecha. Saludó con la mano a dos guardias que estaban en la esquina.

Cuando entró al cuartel todo era normal, se dirigió a su oficina y a su paso fue saludando a sus hombres, él sabía que lo respetaban, era su ejército particular, él les había enseñado a trabajar con el dolor ajeno. Lo respetaba, cierto, aunque en algunos comentarios, ellos solían decir que él llegaba siempre cuando los otros ya habían hecho el trabajo.

Sentado en su escritorio, dió vuelta la hoja del calendario junto a la foto del general Humberto Gordon “A mi amigo Álvaro, en esto estamos todos”.

Comenzó a recorrer un enorme organigrama que ocupaba toda la muralla. Habían fotos y debajo de cada uno su nombre verdadero y el nombre político: “Ramón”, “Santiago”, “Miguel”, “La China”, “La Negra”, “Watussi”, “Beño”, “Jacinto”, ”Leo”, “Motor”, “Mariano”, “Octavio”. Mientras los recorría uno por uno, sonreía; eran sus trofeos de guerra, sus argumentos para estar sentado donde en ese instante se encontraba. Se sentía un hombre con inmenso poder. Abrió el cajón del lado derecho y llenó media copa de cognac que le había regalado su amigo Patricio Vildósola cuando volvió de Paris. Al lado estaban las fotografias de los que se encontraban en las cárceles y que él mismo se había encargado de torturar. Ése trabajo lo compartía con los tres equipos que para tal efecto trabajaban en los cuarteles de Avenida España y en el Cuartel Borgoño. Era su trabajo y le gustaba.

Cuando abrió una carpeta rotulada “Resolver con urgencia” y comenzó a leer la información, lo llamó el general Gordon, quien le dijo que dejaba todo en sus manos pero quería un respuesta contundente, que así se la habian pedido a él y él confiaba en sus equipos. Con su arrogancia caracteristica, Álvaro le pidió que confiara y que viera el noticiero de la noche y los periódicos de mañana, allí encontraría las respuesta que él quería.

Cuando colgó el teléfono sintió un frio en la espalda, era una situación extraña que le quedó desde cuando ayudó su amigo Francisco Zuñiga, conocido como “el gurka”, a cortar las venas de un carpintero alcohólico en un cerro de Vaparaíso, un lluvioso domingo de julio. Unos instantes después se encogió de hombros restando importancia a este hecho. Tomó el teléfono y llamó a su eterno amigo Fuentes Morrison para decirle que esa noche tendrían trabajo. “El Wally” como le conocian, le comprometió su ayuda y le respondió que iría con sus hombres, Álvaro le agradeció diciéndole que estaban para escribir una página hermosa en la historia de las Fuerzas Armadas.y de los organismos de seguridad

Era el 7 de septiembre de 1983. Ese día la gente de Álvaro ya estaban deteniendo a personas que eran llevadas rápidamente al cuartel Borgoño, Jorge, Carlos, Hugo, Susana y Silvia. Todo el personal se informó por radio que estaban listos, recibieron la orden de concentrarse en el estacionamiento de un supermercado cerca de Plaza Egaña. El Wally descendió de su auto y tomó ubicación en el de Alvaro, sacó su pistola y pasó bala. Álvaro riéndose le dijo que no la usaría, que en esta ocación utilizarían una tremenda máquina, algo especial..

Levantó su mano izquierda y salió raudo el primer vehículo seguido de un jeep que tenía montada una ametralladora punto 50, iban tres hombres aferrados a ella, con buzos deportivos y encapuchados.

Cuando llegaron frente a la casa de calle Fuente Ovejuna, que tenía las luces encendidas, en todos los vehiculo se escuchó la información de que en el interior habían tres personas y que no deberían quedar vivos después del ataque.

El silencio del tranquilo barrio Colón en la zona oriente, de frondosos árboles que ya estaban poniéndose sus mejores galas para recibir a la primavera, se cortó con el tableteo impresionante de la ametralladora por la cual se vomitaban mil tiros por minuto.

Pasado un tiempo, aquel que no se puede medir, aquel que no tiene remitente, aquel donde todo está en manos de los relojes de arena, aquel que era el infierno mismo, en el interior de la casa los tres sintieron que era una hora maldita y que había llegado sin que pudieran percatarse.

Raudo el Coño arrastrándose, se fue hacia la cocina y comenzó a quemar papeles, mientras Sergio y Lucía tomaban posiciones con las armas en las manos y los cargadores a su lado. Se hicieron un gesto y esperaron.

Las balas atravezaban la fragil construcción y el ruido de los cristales ensordecía. Desde el interir respondían con ráfagas cortas.

Con un megáfono, Álvaro habló y se escuchó decir que estaban rodeados y deberían salir con las manos en alto.

Yo salgo, dijo Sergio, eso les dará un tiempo a ustedes..

Sergio Peña cruzó la puerta, se llevó los dedos a la boca, se los besó y se los lanzó a Lucia y el Coño, mientras comenzaba a recordar a su Luciana dando sus primeros pasos, y a Daniela cuando jugaban a tirarse bolas de nieve en el invierno de Dinamarca. Así mismo aparecieron potentes en su recuerdo sus desayunos con Anita. Anita con su pelo corto cuando estudiaban en la Escuela de Veterinaria. Todo aquello pasaba a una velocidad desmedida y en un corto viaje de resumen donde había visto todas las fotos que guardaba en la maleta.

Estaba dando el tercer pasó cuando se le acercaron dos agentes encapuchados que lo apuntaban con sus ametralladoras UZI y cuando abrió sus piernas con sus manos cruzadas en la nuca, pensando que lo detendrian, le dispararon hasta cansarse, hasta vaciar sus cargadores.

Lucía Vergara lo vió todo desde su escondite y, sacando la fuerza que se había templado en sus años de prisión, les gritó “asesinos”, y comenzó a lanzar ráfagas. El “Coño“ Villavela que estaba cerca de la ventana, entendió que era un combate desigual, como los que habían pasado en años anteriores, como el de la calle Santa Fe de Santiago, o como el de Buitrago, en Managua. Era como un sino para que los buenos nos dejaran tareas pendientes.

Desde el jeep comenzaron a salir las balas, y todas tenían nombres y apellidos, porque se los habían escrito, era una detrás de otra sin parar, buscando un ojo, un brazo, una pierna. Cuando todo quedó en silencio, comenzaron a caer las bengalas y las granadas de fragmentación, entonces era el fuego, el calor intenso. Sergio Peña estaba boca abajo en la entrada de la casa.

La casa de calle Fuente Ovejuna ardía por los cuatro costados. No había ruido de disparos, el fuego iba consumiendo todo lo que encontraba a su paso. Un largo tiempo pasó en que los equipos del Álvaro miraban nomás, sin decir nada; como si estuvieran esperando que algo se moviera, que algo saliera de entre las llamas para entonces pasarle la cuenta.

Al final entraron Álvaro y sus hombres, revisaron todo y no había nada. Lucia estaba de lado cerca de la puerta. El Coño semi sentado cerca de la ventana. Sus armas estaban vacias y los cargadores igual. Habían disparado hasta el último cartucho.

Álvaro dio entonces la orden de subirse a los vehiculos, por la radio dijo que no todas las cuentas estaban saldadas.

Aquel equipo de asesinos, armados hasta los dientes y bajo el imperio de la noche, tomó dirección hacia la zona poniente de la capital y cuando llegaron a una calle cercana a la Plaza Garín en Quinta Normal, llamada Janequeo, repitieron el mismo y siniestro espectáculo de Fuente Ovejuna, ahora habían encontrado a Alejandro Salgado Troquian y Hugo Nolberto Ratier Noguera, el “Che Compadre”.

Mientras tanto en Fuenteovejuna, los de la polícia técnica de investigaciones comenzaron a sacarles fotos, a los tres que estaban tendidos y desnudos en plena vereda. Les tomaron las huellas dactilares y luego los subieron a un furgón del Instituto Médico Legal, que empezó su marcha con su triste carga, mientras el Coño comenzó a contarles a Lucia y a Sergio, que una noche de invierno estando en Concepción luego de haber terminado una reunión extensa, se habían instalado en una café, entonces el Guatón Luciano les contó......... .


Los compañeros que han sido rescatados en esta historia, habían llegado a Chile de manera clandestina para incorporarse a la lucha revolucionaria y a la resistencia en la llamada "Operación Retorno", organizada por el MIR, partido al que pertenecían. Ellos eran Lucía Vergara Valenzuela, "Pity"; Hugo Ratier Noguera, de nacionalidad argentina, llamado también "Raimundo", o "Che Compadre"; Arturo Villavela, llamado también a su vez, "Coño Villavela", "Torres", "Torretti", o "Torreja", ingeniero; Sergio Peña Díaz, "JM", veterinario; , y Alejandro Salgado Troquian, quien era también como Sergio, veterinario.Los ejecutores fueron agentes del CNI que, tras el asesinato, intentaron simular que habían sostenido un enfrentamiento, tesis que se desvirtuó rápidamente porque al mismo tiempo que tres de estos revolucionarios eran ejecutados en calle Fuenteovejuna del sector oriente de Santiago, los otros dos lo eran en calle Janequeo, sector poniente. Los matones que ejecutaron a nuestros compañeros de Fuenteovejuna y Janequeo, instalaron una ametralladora punto 50 que empezó a disparar y no se detuvo sino hasta diez minutos después, cuando ya no podía quedar ningún sobreviviente, para posteriormente incendiar las casas.

      


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